FAST FOOD NATION

Julio 2, 2008 by ojosabiertos

**** Obra maestra  ***hay que verla  ** Válida de ver  * Tiene un rasgo redimible ° Sin valor

Por Roger Alan Koza

LA CARNE EN LA MÁQUINA

Fast food nation, EE.UU., 2006.

Dirigida por Richard Linklater.

Escrita por Eric Schlosser y R. Linklater.

*** Hay que verla

El injusto retraso del estreno del film más político de Linklater no le ha restado ni un ápice de actualidad y demuestra una vez más que su director es una voz única en el seno de una cultura conformista.

En uno de los libros menos conocidos y leídos de Walt Whitman, Las perspectivas democráticas, se puede leer: “Estados Unidos está destinado, o bien a superar la maravillosa historia del feudalismo, o bien a convertirse en el fracaso más grande de nuestros tiempos”. No hace falta ver Fast food nation para saber la respuesta, las evidencias son contundentes y también sus consecuencias, pero la película de Richard Linklater, uno de los pocos realizadores estadounidenses que bien podría asociársele con el espíritu libertario de Whitman, materializa el perfeccionamiento de un sistema deudor del feudalismo: el capitalismo norteamericano globalizado.

Esta adaptación del reciente best-seller escrito por Eric Schlosser de título homónimo no tiene la elegancia de Antes del atardecer o la innovación formal de Despertando a la vida (o su versión mejorada, si tiene en cuenta la técnica de rotoscoping, en Una mirada sobre la oscuridad) pero es una película políticamente ambiciosa que intenta pensar y mostrar estructuralmente el orden económico y simbólico de una nación patológica, la estadounidense.

Fast food nation es una versión madura y verdaderamente política de Supersize me, aquel documental simpático sobre un tipo que decide comer comida chatarra por un mes. Aquí, el gerente de una compañía, muy parecida a Burger King, descubre que su hamburguesa tiene gusto a mierda, e inicia una pesquisa sobre la totalidad del proceso de elaboración de la misma.

Linklater ensambla una narración coherente que intenta demostrar el conjunto de los factores políticos y sociológicos involucrados en la producción de alimentos, de lo que se predica no solo una dietética específica sino una ética determinada. En efecto, una hamburguesa conlleva una historia secreta de explotación: obreros mejicanos ilegales, cinismo corporativo, resentimiento de clase y una insatisfacción social generalizada que come literalmente mierda. Somos los que comemos, dicen los macrobióticos, y en este caso puede ser que tengan razón.

El plano inicial es una impugnación a la publicidad que reviste cualquier porquería bajo el semblante de algo deseable: un centellante y clásico fast food colmado de clientes. Que el pasaje finalice en un primerísimo plano de una hamburguesa no sólo remite a la material fecal vacuna por la que se inicia la investigación y por ello el relato. Es más bien una aclaración metodológica. De lo que se trata es poder inferir de ese pedazo de carne elaborado la historia compleja de su producción. En otras palabras, poder deconstruir el resultado de una producción específica para visualizar el largo proceso de su composición, el cómo de su total elaboración; es decir, poder filmar el conjunto de acciones destinadas a transformar la materia prima en mercancía. El resultado siempre es mensurable. El proceso, por naturaleza, se presenta esquivo.

Por eso, las dos secuencias posteriores involucran primero el trayecto de un grupo de mejicanos ilegales que cruzan la frontera en búsqueda de mayor bienestar. Muchos de ellos serán los obreros de un frigorífico, principal abastecedor de la compañía de hamburguesas en cuestión. Inmediatamente, Linklater le suma una escena típica de cualquier directorio empresarial. Siete tipos discuten las ventas, las próximas campañas, el perfil del consumidor. La abstracción es la regla, la excepción, aquí, será la mierda, pues el único dato no cuantificable es precisamente el excremento. Establecido los lazos entre hamburguesas, mejicanos, fábrica, directorio, Linklater agrega los locales de venta y sus vendedores, éstos estadounidenses de pura cepa, pero evidentemente pertenecientes a la clase trabajadora. Y son jóvenes, cuya máxima aspiración oscila entre educarse o robar un local de características similares al que trabajan.

Cuando en mayo del 2006, Fast food nation tuvo su première en el festival de Cannes, una escena despertó el aplauso del público. Unos jóvenes deciden soltar unas vacas en la noche. Pretende ser una protesta y una crítica al sistema. En un diálogo inconfundible y propio de las películas del realizador, uno de los activistas juveniles refuta a un compañero: “Hoy en día, el único acto patriótico es violar la ley patriótica”. El resultado de esta insurrección ecologista es predecible en su resultado y objetable respecto de su fundamento político, pero es también una suerte de autocrítica que asume el propio Linklater. Ocurre que los jóvenes abren las tranqueras y las vacas se rehúsan a salir, a ser libres, en el lenguaje romántico de esta brigada No Logo. Es un instante en el que quedan muy claro los límites del voluntarismo y del difuso romanticismo político del realizador.

Pero Fast food nation va más allá del propio Linklater, como él mismo lo ha expresado. Y es así que su gesto político mayor es no apelar a la guapeza de las buenas conciencias, o a la retórica del heroísmo individualista. En Fast food nation no hay Michael Claytons, ni Erin Brockovichs, ni Norman Raes. Linklater se desmarca ese último acto cobarde y colaboracionista de salvar al sistema por una operación mítica y política de elevar y convertir la proeza de un individuo extraordinario en el verdadero heraldo moral y espiritual de una nación. Eso explica por qué el personaje interpretado por Greg Kinnear, el ejecutivo que tiene que investigar sobre las condiciones sanitarias del frigorífico, abandone o prácticamente desaparezca pasado una hora de película. Como en Psicosis, el rostro oficial se mandará a mudar, aunque aquí la decisión va más allá de un experimento narrativo.

A diferencia de Babel, que como señalara Jonahatan Rosenbaum ama a la humanidad pero odia a los seres humanos, Fast food nation parece entender mucho mejor la dinámica de la migración mejicana que el propio film del mejicano Iñárritu, en donde los mejicanos más que víctimas parecen exaltados o mentirosos. Aquí no es un capricho de un guión lo que une a todos los personajes sino un sistema económico. Y ello tiene consecuencias. Es pertinente y una elección formidable que un capataz mejicano de la fábrica dé órdenes en inglés pero fornique en español. Todo sistema de producción produce también sus sujetos. 

El montaje final, entre primeros planos del rostro de una mujer mejicana y los planos generales y detalles del matadero del frigorífico, se conjugan perfectamente con lo que dice un personaje secundario: “Se trata de una máquina que se ha apoderado de este país”. La máquina tiene un nombre: Capitalismo. Y nosotros, no sólo ellos, somos su carne.

Copyleft 2000-2008 / Roger Alan Koza

Esta crítica fue publicada durante el mes de mayo junio por la revista Prometheus, de la ciudad de Buenos Aires.

PROMETHEUS: LA REVISTA

Julio 1, 2008 by ojosabiertos

Hace unos meses, un tal Nicolás Hochman se comunica conmigo para ver si quiero colaborar con una revista on-line llamada Prometheus. Dije que sí, y empecé a colaborar desde entonces. Hasta ahora, publiqué dos notas: una crítica sobre Fast Food Nation, el film de Linklater que se estrena en este mes, y recientemente, con otra crítica sobre Una semana solos, la segunda película de Celina Murga. Como la primera colaboración ya no está disponible, en breve se subirá a este blog. Y quienes quieran leer la crítica sobre el film de Murga visiten www.pmdq.com.ar/cine.html y de paso leen una muy buena revista de cultura. (Roger Koza)

ÁNGELA

Junio 29, 2008 by ojosabiertos

**** Obra maestra  ***hay que verla  ** Válida de ver  * Tiene un rasgo redimible ° Sin valor

Por Roger Alan Koza

LAS ALAS DEL DESEO

Angela, Francia, 2005.

Escrita y dirigida por Luc Besson.  

*Tiene un rasgo redimible

Lo mejor de este casi aceptable film de Besson es su fondo: París, aunque ni eso ni algunas sugerencias que se desprenden de su trama la convierte en una buena película.

Aunque ambos directores hayan realizado una película sobre Juana de Arco, y si bien la diferencia radica en una sola letra del apellido, la “r”,  nada emparenta el cine de Robert Bresson al de Luc Besson. Un plano de Bresson contiene la quintaesencia del cine francés. Un plano de Besson sugiere su antítesis: un extraño devenir americano. Son dos tendencias reconocibles en la historia del cine galo.

Y sin embargo, lejos de Bresson, Besson ha hecho una película en la que se yuxtaponen ambas orientaciones. Por un lado, retoma ciertos motivos de un clásico del cine norteamericano: ¡Qué bello es vivir! Por el otro, ofrece una película de amor dedicada a París. Son dos películas en una, y es lo que permite ver esta película de Besson con cierta simpatía.

Un marroquí de ciudadanía americana, André, supuestamente involucrado en la importación de aceite de oliva de Argentina y Chile, vive en París y está endeudado. Lo buscan mafiosos de múltiples nacionalidades. Jugador y mentiroso, debe plata y su vida está en peligro. Está quebrado, pero fundamentalmente carece de autoestima. Hasta que un día decide arrojarse al río Sena, decisión interrumpida por otro suicida: una bellísima mujer llamada Angela. Así, en vez de aniquilarse habrá de salvarla, aunque en esa acción habrá también de salvarse.

Como en el citado film de Capra, quien salta primero es un ángel. Pero en este caso no se trata de un ángel bonachón sino de un querubín femenino empilchado para un striptease muy terrenal. Es buena y está buena. Aparentemente, en el cielo, los servidores celestiales no recuerdan su existencia mortal, pero sí gozan de libertad para descender vestidos como se les antoje. Magnífica heterodoxia: una ramera con alas. No hay dudas, la teología de Besson es libertaria, pero esencialmente también cristiana: solo el amor puede salvarnos.

Esta fantasía romántica remite a un film temprano de Besson: Azul profundo, una película en la que un buzo tenía más afinidad con los delfines que con los seres humanos hasta que el amor de una mujer lo convertía en hombre. Este no es el Besson de  Nikita, El perfecto asesino y El quinto elemento, es decir, un misántropo posmoderno.

Pero Ángela es también un paseo por París, y es aquí en donde se sostiene. No es la ciudad de Nouvelle Vague, aunque esté filmada en blanco y negro. Más cercana al París de Antes del atardecer, las decisiones formales de Besson exaltan una arquitectura portadora de una cultura pretérita que subsiste al ímpetu moderno. Las panorámicas regulan las escenas. Este romance, parecen subrayar los encuadres, transcurre en París.

En ¡Qué bello es vivir!, un ángel permitía ver a un hombre cómo hubiera sido su ciudad (en plena depresión del ‘30) si él no hubiera existido. En Angela no se insiste en la interdependencia existencial sino en la función del deseo para la existencia. Vivir es desear, y siempre se desea lo que falta: un otro, aunque las plumas dificulten el contacto con la piel.

Copyleft 2000-2008 / Roger Alan Koza

Esta crítica fue publicada con algunas modificaciones durante el mes de junio por el diario La Voz del Interior de la provincia de Córdoba.

SEMANA DEL 30/06 al 06/07 EN CINECLUBES

Junio 29, 2008 by ojosabiertos

LA CUMBRE: SALA LUIS BERTI, BELGRANO 470.

2 y 9 de julio: NO HAY FUNCIÓN (INSTALACIÓN DE NUEVO EQUIPO DE CALEFACCIÓN EN EL CINE LUIS BERTI)

LA FALDA: RESTAURANTE UGOLINO, 9 DE JULIO 470

3 de julio, a las 20.30hs:

En la ciudad de Sylvia, de José Luis Guerín, España, 2007.

84 minutos / Apta para todo público

Antes de la película principal se proyectará el cortometraje  Los niños no pierden nada, de Sharunas Bartas, Lituania, 2004. (Cortesía del cineclub La Quimera)

El regreso a la ficción de José Luis Guerín de ningún modo constituye un paso atrás. El rigor de Tren de sombras y En construcción están al servicio de su infatigable búsqueda respecto de la naturaleza del cine, y en ese sentido, la ficción, cuya índole narrativa obliga a contar, no socava la voluntad primera del cine que consiste en registrar lo real para hallar algo que sin la cámara no tendría visibilidad. Un joven, quizás poeta o pintor, está por algún motivo en Estrasburgo. Es un voyeur, le gusta sentarse en cafés y observar, principalmente a mujeres (bellas). Hasta que un día cree ver entre ellas a un viejo amor, a quien seguirá por un rato. Con esta anécdota, Guerín visita un territorio explorado por Linklater (Después del Atardecer) pero desprovisto del bello exceso dialógico y la explicación psicológica, aunque sí comparten cierta curiosidad estética sobre el espacio histórico y viviente de la ciudad. Guerín ha señalado que su película está vaciada (no vacía), del tal modo que el espectador pueda escribir la historia que va descubriendo. Ocurre que Guerín convierte un bar en un microcosmos pletórico de belleza, un mundo repleto de signos que en la mirada del protagonista incluye la mirada de quien mira la película. O compone planos elegantes y cadenciosos, planos secuencia móviles, de tal modo que la “persecución” es literalmente un paseo en la mejor tradición de la literatura de Robert Walser. El trabajo sobre el sonido es un exquisito concierto de elementos ciudadanos. Pero el paroxismo de la hermosura adviene cuando Guerín transforma un viaje en tren en una gran lección materialista de cine: imágenes en movimiento, momento en el que también habrá de postularse una tesis de otro orden: la distancia entre el recuerdo y la imaginación, o cómo la fantasía reviste a la memoria de su propia lógica. (Roger Koza, programador)

VILLA GIARDINO: SALA TEATRO-CINE ALEJANDRO GIARDINO

6 de julio, a las 20.00hs:

Editado, de Brian De Palma, EE.UU., 2007

90 minutos / No recomendada para menores de 18 años

Antes de la película principal se proyectará el cortometraje La muerte de Stalin en Bohemia, de Jan Svankmajer, República Checa, 1990 (Cortesía del cineclub La Quimera)

Esta película rabiosa y desesperada de Brian De Palma es una de las pocas películas que intentan señalar que la expedición democrática norteamericana a Irak no sólo repite los errores y horrores de Vietnam, sino que perfecciona la crueldad y la ignorancia de sus tropas, aunque también constituye, como en tantas películas del realizador, una meditación sobre el lugar que ocupan las cámaras de filmar en la vida contemporánea. Basándose en un hecho real en el que una joven de 14 años fue violada y asesinada por unos soldados estadounidenses, De Palma, con un presupuesto mínimo, decide rodar en digital, según él, para evitar la protección que suministra la imagen cinematográfica. El objetivo es la inmediatez. Lo que se ve parece haber sido registrado por la cámara digital de un soldado raso, un posible documental. Es un efecto perceptivo, también una provocación. Interpretada por actores ignotos, a menudo se ha insisto en la debilidad dramática, un juicio desacertado, pues los intérpretes, en el egoísmo extremo y la banalidad ostensible de sus actos y gestos, materializan una mentalidad reconocible, y probablemente resultarían inverosímiles si se tratase de estrellas de cine. Las proezas técnicas del director están contenidas, aunque un vistoso plano secuencia habrá de saciar a sus seguidores, pasaje en el que los soldados juegan a los naipes. (RK)

EL CANON NACIONAL DE NICOLÁS PRIVIDERA

Junio 25, 2008 by ojosabiertos

Estimados lectores:

Mañana se cumple un año del inicio del blog, al menos desde nuestra mudanza a WordPress. La experiencia previa en Blogspot fue buena y duró un año y medio. Es decir que hace más de dos años y medio que sostengo casi solitariamente este espacio en la red, el de los Ojos abiertos.

Como dice el subtítulo del blog, este lugar literario y crítico pretende reunir críticas cinematográficas, crónicas de festivales, entrevistas, ensayos sobre cine, así como también suministrar la información pertinente de las funciones de los cineclubes que dirijo desde el 2001 en las sierras de Córdoba. Puedo afirmar, me parece, que, tras un año de existencia, se ha cumplido con el objetivo.

Sostener un espacio sin fines de lucro no es común, y en los tiempos que corren cuesta muchísimo. Si bien escribo en La Voz del Interior, Quid, Prometheus y a menudo colaboro con La lectora provisoria, trabajo, cuando no estoy viajando a festivales (o a Córdoba para ir a los cines y dar clases), desde una casa muy pequeña en la cima de una montaña ubicada en Cruz Chica, Córdoba. Es un hogar ideal para ermitaños, pues ni la red ni el teléfono llegan hasta aquí. Es por eso que no puedo actualizar diariamente, a toda hora, o subir los comentarios ni bien se escriben. Así, dos veces por día voy a un bar llamado El andén, nada fashiony muy localista, pero que ofrece servicio WIFI. Allí subo las notas, las corrijo, las edito y respondo cuando es necesario.

En fin, ha pasado un año y el blog sigue creciendo; a veces impulsado por la generosidad de otros blogs o páginas, como La lectora provisoria y Otros cines, cuyas menciones respectivas han elevado considerablemente la cantidad de entradas diarias. También ha ayudado el aporte casi regular de Nicolás Prividera; muchos cibernautas llegan hasta aquí por sus ensayos. Más allá de eso, me honra tenerlo como amigo, además de ser un colaborador excepcional que mejora indiscutiblemente mi intento de tener un blog con cierto nivel de calidad.  

Hace un año largué esta etapa de Ojos abiertos con un top ten del cine estadounidense, a propósito de un pedido de mi jefe de redacción de Espectáculos de La Voz del Interior, Carlos Schilling, en consonancia con la nueva lista del AFI. Al subirlo al blog decidí agregar mis 10 películas favoritas del cine internacional. Fue el primer post.

A un año, voy a sumar dos categorías nuevas relacionadas con esa práctica supuestamente banal de hacer listas (pero que denota también un rasgo reconocible de cinefilia): serán El canon nacional y el canon internacional.Así, invitaré a distintos amigos y conocidos (críticos, cineastas, actores, etc.) a que publiquen, con o sin comentarios, sus 10 películas preferidas, tanto nacionales como internacionales. A mi modo de ver, confeccionar listas, elegir películas, pensar, por consiguiente, la historia del cine, es un modo de problematizar el canon, el sistema de organización no escrito pero efectivo que selecciona cuáles son las películas que de algún modo responden a la pregunta de Bazin, ¿qué es el cine?

Larga Prividera (casi a pedido del público). Una vez más demuestra que además de ser un gran cineasta es un crítico (e historiador admirable). Y seguirán otros y otras firmas, así lo espero.

Gracias por visitar la página.

Roger Alan Koza

EL CANON NACIONAL DE PRIVIDERA

SELECCIÓN ARGENTINA

Por Nicolás Prividera

1. Prisioneros de la tierra, Mario Soficci, 1939.

2. Pampa bárbara, Hugo Fregonese, 1945

3. La casa del ángel, Leopoldo Torre Nilsson, 1957.

4. La hora de los hornos, Fernando Solanas-Octavio Getino, 1968.

5. El dependiente, Leonardo Favio, 1969.

6. Invasión, Hugo Santiago, 1969.

7. Los traidores, Raymundo Gleizer, 1974.

8. Tiempo de revancha, Adolfo Aristarain, 1981.

9. Juan, como sin nada hubiera sucedido, Carlos Echeverria, 1987.

10. La ciénaga, Lucrecia Martel, 2001.

Aunque el orden no está dado por la importancia “subjetiva” sino por la cronología (porque toda película paga tributo a la Historia, y a la historia del cine), lo primero que uno experimenta, al entregarse al juego de intentar un listado de “mejores” películas argentinas, no es tanto la dificultad de resumir en un puñado de films una historia compleja (que va del “realismo” dominante a diversas rupturas estilísticas), sino cuál es el criterio que la preside, ya que las películas más importantes no son necesariamente las más representativas (el documental, por ejemplo, no debería ocupar un lugar secundario). Es la naturaleza misma del “canon” lo que está en juego, y eso se ve claramente en un cine como el argentino, que no puede sino replicar las crisis del país: si las películas de “la edad de oro” responden a un criterio más claramente canónico es porque sus condiciones de producción así lo permiten (en el mejor de los casos, porque hablamos de una industria en formación; en el peor, porque no conocemos de primera mano el cine silente y la mitad del sonoro, irremediablemente perdidos) mientras que las películas posteriores al ‘55 están atravesadas por la inestabilidad política y económica (y muchas de las más significativas -como tres de mi lista de diez- hechas en la clandestinidad o jamás estrenadas). En base a lo antedicho, extiendo aquí abajo el numero canónico a 22 títulos (para ofrecer un equipo más armado y un panorama mas abarcativo, aunque quede casi enteramente afuera un genero como la comedia, que daría para un canon y discusión apartes, por su extensión y usos populistas y/o autoritarios), tratando de explicar brevemente el sentido de cada inclusión:

1. La vuelta al nido, Torres Ríos, 1937: habitualmente catalogado como un caso de neo-realismo criollo avant la lettre, esta breve y feliz épica cotidiana puede ser considerada la primera (y más querida) historia mínima del cine argentino.

2. La fuga, Luis Saslavsky, 1937: una de las primeras aproximaciones argentinas al cine policial (cuando el género aun estaba en formación), le permite a Saslavsky realizar un notable ejercicio narrativo (no exento de pasos de comedia que hoy parecen fuera de lugar, pero que entonces no eran ajenos a la libertad formal de ese primer cine), que fluye con una ligereza e intensidad inéditas (incluso para muchas de las acartonadas películas que vinieron después).

3. Prisioneros de la tierra, Mario Soficci, 1939: primigenia y notable adaptación de Horacio Quiroga, en un eficaz drama realista. Un film ejemplar: una muestra de lo que un cine argentino con vigorosa industriosidad (nacional y popular) pudo ser y no fue (perdido entre producciones más numerosas que categóricas, entre adaptaciones mas exteriores que profundas, entre films olvidables de un período inolvidable).

4. Pampa bárbara, Hugo Fregonese, 1945: junto a La guerra gauchade Lucas Demare forman el díptico clásico sobre el siglo XIX que fundó y clausuró el western criollo (si los norteamericanos hicieron de su “conquista del desierto” un género, en Argentina nunca se lo pudo poblar, tal vez porque -como el desierto mismo- quedó en manos militares). Aun hoy, aunque la visión sarmientina sea políticamente incorrecta, la fordiana épica de Fregonese sigue imponiéndose por la fuerza. 

5. Las aguas bajan turbias, Hugo Del Carril, 1952: en la senda de Prisioneros de la tierra, Del Carril funde melodrama y crítica social, en lo que pudo haber sido la matriz del cine peronista (si tal cosa hubiera existido). Otra gran película sin descendencia, en lo que ya es una tradición del cine argentino (habrá que esperar 25 años para ver sus efectos en Quebracho o La patagonia rebelde).

6. La casa del ángel, Leopoldo Torre Nilsson, 1957: música atonal y tratamiento moderno para narrar la privilegiada decadencia de una clase, con libro de Beatriz Guido y bajo el influjo de Silvina Ocampo. (Uno de los comienzos más sugerentes del cine argentino, como no podía ser de otro modo en una película que se propuso un nuevo comienzo.) Pero ni La mano en la trampani Fin de fiestasuperaron esta formulación inicial, y Torre Nilsson enfrentó su propia decadencia (de la que sólo saldría de a ratos, como en su impetuosa adaptación de Boquitas pintadasde Manuel Puig).

7. Tire dié, Fernando Birri, 1958: Birri se ganó su lugar en la historia con este cortometraje documental que mostraba con crudeza la pobreza que nadie quería ver, y que cincuenta años después se ha convertido (como la película misma) en una realidad consentida que ya no parece inquietar a nadie.

8. Alias Gardelito, Lautaro Murúa, 1961: vida, pasión y muerte de (apenas) un delincuente. Murúa, que el año anterior había retratado el mundo rural en Shunko, logra una aproximación a los bajos fondos urbanos que (en la senda de El secuestradorde Torre Nilsson) redescubre el realismo sucio para el cine nacional.

9. Circe, Manuel Antín, 1963: junto con La cifra impar, esta película representa la etapa modernista de Antín: la adaptación de la vanguardia europea a través de la adaptación de Cortázar (nuestro hombre en París). Luego vendría su repliegue en films “históricos” y adaptaciones gauchescas, frente a la inestabilidad industrial y política. El derrotero entre ambas fases ilustra la asfixia del “Nuevo Cine Argentino” de los ‘60, la distancia entre sus grandes esperanzas y sus imposibilidades.

10. Pajarito Gómez, Rodolfo Kuhn, 1965: estilizado humor (negro, por supuesto) en un cine argentino que usualmente enfrentaba la comedia ligera con la seriedad de “los jóvenes viejos”: este retrato del ascenso de un cantante popular (o de su fabricación por la industria del entretenimiento) demuestra que el talento satírico puede ir de la mano con una puesta en escena rigurosa. (El final, en el velorio donde todos bailan “En el año 2000″, es uno de los mas gozosamente bizarros de todo el cine argentino.) 

11. Breve cielo, David Kohon, 1968: Breve cieloes deudora del Truffaut de la saga Doinel (del mismo modo que todos los posteriores films argentinos sobre adolescentes perdidos son deudores de Breve cielo), pero Kohon hace rato venía haciendo un cine de encrucijadas existenciales, demostrando (con personajes inevitablemente prisioneros de su clase, de su historia, de su visión del mundo) que el cine “intimista” no necesita renunciar a lo político.

12. La Hora de los hornos, Fernando Solanas y Octavio Getino, 1968: como sucede con Potemkim, la paradójica enormidad de La Horaes que conserva su poder persuasivo mucho tiempo después de pasada la Historia (porque las injusticias que le dieron origen siguen intactas y aumentadas, aunque la insurrección que proponía haya sido violentamente arrasada). Enorme fresco de un paisaje antesde la derrota, La hora… es la exposición latinoamericana de “la pasión de lo real” (según la definición de Alain Badiou) que atravesó el siglo XX.

13. El dependiente, Leonardo Favio, 1969: seguramente hay mas vocación canónica en Juan Moreira, pero una vez más hay más fuerza en un film aparentemente “menor”, pues  la película más oscura de Favio puede ser vista como una alegoría de “lo siniestro” de la Argentina profunda. Repito aquí una posible lectura alegórica: el patrón sería la tradición del cine argentino (una versión oscura de Torre Nilsson). La señorita Plasini, el Nuevo Cine Argentino de los ‘60 (no en vano Graciela Borges es su cara más reconocible). Y el dependiente Fernández (que mata a “El jefe” para casarse con “Circe”), el mismo Favio. Su herencia imposible (la herencia de ese amor estéril condenado al fracaso) es el cine argentino que no fue (el que languideció bajo las dictaduras que siguieron al peronismo).

14. Invasión, Hugo Santiago, 1969: los guionistas Borges y Bioy tal vez nunca pensaron en las lecturas políticas que generaría esta película, aunque tampoco ellos lograrían sustraerse a las lecturas políticas que luego se hicieron de sus libros de entonces (Diario de la guerra del cerdo y El informe de Brodie) atravesados por una violencia inusitada, pero la posibilidad alegórica no podía estar ausente al representar, en una innombrada pero reconocible Buenos Aires, el agónde una resistencia secreta destinada al fracaso. Otro film literalmente “fuera de serie”.

15. Los traidores, Raymundo Gleyzer, 1974: este film clandestino y cuasi secreto es una de las películas más logradas de los ‘70 o sobre los ‘70 (y es seguramente la única lograda de y sobre los ‘70). Veinte años de historia (de la caída del ‘55 al poder obrero de los ‘70) a través de la deconstrucción de la figura de un trabajador devenido “burócrata sindical”. Rigor documental y energía dramática en un film extrañamente más político que militante.

16. Tiempo de revancha, Adolfo Aristarain, 1981: el film que hizo salir al cine argentino de las miserias de la dictadura sigue distinguiéndose por merito propio: junto con Últimos días de la víctima, también de Aristarain, es uno de los pocos films argentinos de principios de los ‘80 que sobrevivieron el paso del tiempo, no sólo por el talento clásico de su director (que remite a lo mejor del cine clásico argentino) sino por su enorme honestidad intelectual (el rigor y la valentía de proponer, bajo un aparente realismo, una extraordinaria alegoría sobre la represión).

17. Esperando la carroza, Alejandro Doria, 1984: sí, es teatro filmado, pero la puesta en escena de Doria fluye como en las buenas comedias italianas, y el compacto cast entrega una galería de personajes salidos del grotesco criollo que, con sus líneas memorables (¿quién no recuerda el “¡tres empanadas…!” de Brandoni?), ilustran para siempre esa Argentina que quería reírse, aun de sus miserias, en los primaverales días de la post-dictadura.

18. Gombrowicz o la seducción, Alberto Fisherman, 1985: los discípulos de Gombrowicz se reúnen para evocar la sombra de su maestro y son poseídos por su extraña presencia: ¿documental o ficción? En el límite entre ambos, Fisherman hace su propio testamento cinematográfico (un film sobre “la angustia de las influencias”) antes de disolverse en una seguidilla de comedias amables (que fueron, por supuesto, éxitos de público ajenos al fracaso de este film secreto).

19. La película del rey, Carlos Sorín, 1986: reminiscencias de Fellini y Favio (de Fellini pasado por Favio) para una película que redescubre tres territorios relegados por el cine argentino: la pequeña gran épica del cine (dentro del cine), la esperanza de crear en el desierto, y (last but not least) el profundo sur.

20. Juan, como si nada hubiera sucedido, Carlos Echeverría, 1987: la mejor película sobre la última dictadura no podía sino ser un film maldito (jamás estrenado) y un documental ejemplar (porque es a la vez testimonio de su historia y de la Historia). La investigación sobre el único desaparecido de Bariloche le sirve a Echeverría para  indagar en la culpa de una comunidad que representa a la Argentina: su efecto perturbador lo consigue sólo con mostrarnos el hilo de complicidades que se van develando de entrevista en entrevista (de confesiones excusatorias a culpas inconfesas), y cómo la minuciosa reconstrucción de los hechos termina con los asesinos “probados pero sueltos” (como diría Walsh, inspirador de este documento impresionante).

21. El lado oscuro del corazón, Eliseo Subiela, 1993: sí, Subiela quedó afuera del canon hace rato, pero esa caída ilustra precisamente las mutaciones del cine argentino: hay que recordar que sus primeras películas (hasta No te mueras sin decirme a dónde vas, digamos) intentaban ocupar un lugar vacante (frente al agotamiento del aun vigente “Viejo Cine Argentino”) y que en ese contexto eran vistas como innovadoras (¡hasta El amantele dedico su tapa a El lado oscuro…!): Subiela es el mayor ejemplo de los realizadores de la generación intermedia que querían trascender el paradigma realista pero no podían dejar de repetir (aun en plan surrealista-kistch) su acartonamiento, y esta película marca en cierto modo ese límite: es la última película “buena” del “Viejo Cine Argentino” porque (al igual que su protagonista, un poeta que quiere escapar de su vida publicitaria) extrema su fallida rebelión hasta el agotamiento y fracasa donde parece triunfar. Luego vendrían las Historias breves (1995), Pizza, birra y faso (1997) y Mundo Grúa (1998 a fundar lo que se llamó “Nuevo Cine Argentino” (que encontraría sus propios límites: pero esa es otra historia…)

22. La ciénaga, Lucrecia Martel, 2001: un estilo que se despega del “costumbrismo” habitual en el cine argentino a la vez que toca el núcleo siniestro de una Argentina alienada. Podríamos decir que La ciénagatiene la misma relación con el cine y con la Argentina que la que tuvo El dependiente con los ‘60. Es decir: que el enorme talento de Martel bastaría por si solo para justificar la existencia de ese ente llamado “Nuevo Cine Argentino”, aunque en cierto modo le es tan ajeno como el de Favio lo era a su propia generación.

FOTOS: Nicolás Prividera y RK en Filmfest Hambug, septiembre 2007; 2) NP en Hamburgo; 3) Fotograma de La ciénaga; 4) fotograma de Las aguas bajan turbias; 5) Póster de La hora de los hornos; 6) Adolfo Aristarain.

Copyleft 2008 / Nicolás Prividera

SEMANA DEL 23 al 29/06 EN CINECLUBES

Junio 24, 2008 by ojosabiertos

LA CUMBRE: SALA LUIS BERTI, BELGRANO 470

25 de junio, a las 20.30hs: Haneke en foco

El séptimo continente, de Michael Haneke, Austria, 1989.

113 minutos / No recomendada para menores de 18 años

Antes de la película principa, a las 20.00hs, se proyectará el cortometraje A la memoria del día pasado, de Sharunas Bartas, Lituania, 1990. (Cortesía del cineclub La Quimera)

Impía y lúcida, la primer película de Haneke, insipirada en un hecho real, es indiscutiblemente una obra maestra con reminiscencias bressonianas (en especial El dinero), aunque su cosmovisión está desprovista de toda transcendencia y metafísica. Los primeros minutos constituyen una clase magistral de cómo introducir una tesis: la ubicua mecanización de la vida cotidiana y la suprema insignificancia del bienestar material. Primeros planos de manos en acciones ritualizadas, de objetos que dominan sujetos; también planos generales de supermercados, empresas, fábricas. Todo transcurre en una ciudad de Austria, pero podría ser cualquier país central de Europa, sumido en su opulencia y en su orden absoluto. Una familia decide salirse de este juego perversamente perfecto, y aunque Haneke no dé explicaciones ofrece los elementos necesarios para entender el fundamento de una decisión controversial pero lógica. Divida en tres partes, no es un dato entre otros que el desenlace esté fechado en 1989. Estéticamente formidable, El séptimo continente utiliza el fundido en negro como un aforismo del nihilismo que crece y subyuga. El penúltimo plano es una invectiva contra el poder audiovisual, la hipnosis propinada planetariamente por la televisión como práctica cotidiana. El cine de Haneke intenta restablecer la soberanía de la mirada; su optimismo consiste en desmontar ante los ojos del espectador las mentiras y veleidades del mundo (pos)moderno; pensar y mirar, la fórmula de una cineasta necesario. (RK)

LA FALDA: RESTAURANTE UGOLINO, 9 DE JULIO 470

26 de junio, a las 20.30hs:

La salvaje lejanía azul, de Werner Herzog, EE.UU., 2005

81 minutos / Apta para todo público

Antes de la película principal se proyectará el mediometraje El gran éxtasis del escultor de madera Steiner, Alemania, 1974

Una tesis: un planeta devastado, una civilización a la deriva. Más allá del discurso cosmológico y político del extraterrestre interpretado por Brad Chucky Dourif, más importante es el lugar desde el que enuncia sus inverosímiles aunque poéticas hipótesis. La tierra es un baldío. La salvaje lejanía azul es un relato instructivo sobre el devenir destructivo de una especie, aunque su espíritu es incompatible con toda tendencia apocalíptica. El film de Herzog apuesta por el asombro; el universo es infinito, y es esta proposición el principal argumento contra todo pesimismo metafísico. Sin duda, se trata de una fantasía de ciencia ficción, pero es también un test epistemológico sobre cómo interpretar cualquier registro audiovisual: ¿son reales esas imágenes de la tierra desde el espacio? ¿Los astronautas son actores o científicos? ¿Están en Andrómeda o en un paisaje desconocido de la tierra? Los científicos son cosmólogos pero también son cómicos, y Herzog contextualiza sus teorías como ficciones verdaderas y/o conjeturas refutables. Desde ya que no hubo ninguna invasión extraterrestre, pero la perspectiva cosmológica de Herzog, de no ser alienígena, excede el arraigo de nuestra especie al perímetro imaginario de la biosfera. (RK)

VILLA GIARDINO: SALA TEATRO-CINE ALEJANDRO GIARDINO

29 de junio, a las 20.00hs:

Los amantes regulares, de Phillip Garrel, Francia, 2005

175 minutos / No recomendada para menores de 18 años

Antes de la película principal se proyectará el cortometraje Yo te saludo Sarajevo, de Jean´-Luc Godard, Francia, 1993

Esta épica agridulce de Phillipe Garrel sobre las demostraciones en París en el mayo francés y sus consecuencias es uno de sus trabajos narrativos más logrados. Rodada en un prodigioso blanco y negro por el gran William Lubtchansky, la película destila la creciente melancolía de toda la obra meditativa y romántica de Garrel, que ha estado siempre ligada al legado del cine mudo (como aquí el piano solitario deja ver). Este film de 2005 centra su relato en un joven poeta parisino interpretado por el hijo del propio Garrel (que interpretó un rol similar aunque más sensual en el no muy honesto film de Bertolucci Los soñadores) y su relación con una escultora (Clotilde Hesme). Finalmente se impone el derrotismo político, al que Garrel frecuentemente vincula con una entrega voluptuosa por parte del héroe a la adicción al opio. Y logra desenmascarar cuán consentida es su vida, lo que pasa a ser cómicamente evidente cuando el héroe en cuestión va a juicio por evadir el servicio militar. (Jonathan Rosenbaum, Chicago Reader)

LAS SORPRENDENTES AVENTURAS DE MARIANO LLINÁS

Junio 20, 2008 by ojosabiertos

Por Roger Alan Koza

 

¿Quién es Mariano Llinás? Para muchos un desconocido, excepto para quienes vieron hace unos años Balnearios, su opera prima, y la recuerdan como una de las películas más originales del nuevo cine argentino. Pero este año Llinás presentó su segunda película, Historias extraordinarias (título sugerente) en el Festival de Cine Independiente de Buenos Aires (Bafici), y el público y la crítica comprendió que estaban frente a un nuevo suceso argentino, un objeto intempestivo y único, que diez años más tarde parece tomar el lugar de esa película emblemática llamada Pizza, birra y faso.

Hay que agradecer al Cine Club Municipal en general y a su programador Guillermo Franco en particular por tener las agallas de programar un film como HE, dentro de la retrospectiva de Llinás que comienza hoy. Es un acontecimiento para los cinéfilos de hoy y de ayer, y un deber para los estudiantes de cine. La aventura no es prerrogativa de Hollywood.

LA ENTREVISTA 

Roger Koza: Si bien los consensos no son buenos para pensar el cine e intentar entenderlo, hubo en el último BAFICI, una aceptación casi generalizada que el hito de esta edición 2008 se llamaba Hist.Ex. ¿Hiciste un filme de 4 horas pensando en estrenarlo en el BAFICI? ¿Es así? ¿A qué responde esa elección de lugar y de tiempo?

Mariano Llinás: En cuanto al lugar, siempre pensé en el Bafici como primer puerto evidente de la película. Es un Festival que yo conozco desde sus inicios, en el que me siento cómodo y rodeado de gente afín. Hay algo de todo el boato de los Festivales Grandes que me es ajeno, que me resulta levemente desconcertante. No acabo de entender la forma en que piensan el cine,  siento que lo que yo hago, si les interesa, les interesa por motivos borrosos, y finalmente termino por sentirme un extranjero, un Robinson. Nada de ello me sucede en el Bafici. Es un lugar en el que me siento a gusto; conozco sus reglas y me gustan. Por supuesto, si algún otro Festival quiere llevar la película, lo interpreto como una buena noticia, como una excelente noticia, pero lo cierto es que eso es básicamente por motivos turísticos. Íntimamente, siento que la suerte del filme se juega en las tres proyecciones del Bafici y en el estreno posterior en la sala del Malba y alguna otra. Todo lo que pueda suceder después entra dentro del terreno del azar; es pura suerte, pura aventura. No trabajo para ello. Sé que esto puede parecer una veleidad o una boutade. Sin embargo, estoy siendo muy sincero; el festival que me importa es el Bafici.

En cuanto a las cuatro horas, no hubo cálculo previo. Salió así, nomás.

RK: Tu película es impredecible, un hipertexto siempre sorprendente, cuya construcción formal no parece tener precedentes. Es notable la concepción de puesta en escena: el plano inicial indica una noción de cine, la pluralidad de voces en off, la división de historias que audazmente nunca se cruzan, las diversas locaciones que van de la provincia de Buenos Aires a Mozambique: ¿Cuánto hay de azar y de planificación? ¿Cómo concebiste y escribiste el film?

ML: Inicialmente, mi intención era la de construir un film que fuese lo más parecido posible a una novela, casi podríamos decir que a una novela de aventuras del siglo XIX, con la voz en off como instrumento rector. La intención era explorar en qué medida esto era posible, en una disciplina como el cine  en la cual la noción de relato clásico ha estallado hace más de medio siglo. ¿Cómo reconstruir desde la modernidad esa emoción y ese vigor narrativo? ¿Cómo no hacer un film que no fuera demasiado autoconsciente, que no fuera una parodia o que no fuera una tontería absoluta? La construcción del film fue la progresiva respuesta a esa pregunta: Primero apareció la idea de los relatos múltiples, de una trama caprichosa en la que todos los temas de las novelas de aventuras pudieran coexistir. Después surgió la idea de que los protagonistas debíamos ser casi “no-personajes”, debíamos ser meros conductores de la narración, sin psicologías o características previas. Allí surgió la idea de que yo mismo fuera uno de ellos (no soy actor) y que los otros dos fuesen Agustín y Walter, mis dos mejores amigos. Es decir, si bien Walter es actor, no es por ser actor que está en el film; es por ser amigo mío desde los cinco años. Con este punto de partida, la ficción se construiría de una manera nueva. Se partiría del artificio, de decir “asumamos que esto es todo un engaño”, y se probaría a ver si los ancestrales dioses de la narración aparecían igual. Como si uno dijera: Destruyamos la narración, expurguémosla y veamos si puede volver a surgir sola y renovada.

Lo siguiente fue la revelación del tema y del universo del film: Respectivamente, los viajes y los pueblos rurales de la Provincia de Buenos Aires. Ese paisaje, el paisaje de las rutas y los hoteles de pueblo es el mundo en el que me muevo desde hace ya varios años. No hay nada que conozca más íntimamente que ese mundo ni que me enamore más. Una vez definido esto, las historias se fueron dando en forma natural. Digamos que la invención de argumentos es algo que se me da con relativa facilidad; pues bien, todos esos argumentos están allí ahora.

RK: ¿Es verdad que el presupuesto del film fue de 30.000 dólares? ¿Cuánta gente trabajó en el proyecto?

ML: Siempre es complicado hablar de presupuestos, dado que siempre habrá quien diga que no se está incluyendo tal cosa o tal otra. Para ser sinceros, si uno tuviera que decir cuánto hubiera costado el film si los Municipios no hubieran aportado todo lo que aportaron, si la FUC no hubiera cedido el estudio de sonido, si esto y si lo otro, la cifra sería enorme. Lo que es justo decir es que el dinero que se usó para hacer la película fue ese: Treinta mil dólares, más diez mil pesos cedidos por un subsidio de la casa de cultura de la Provincia de Buenos Aires. La película se hizo teniendo en la mano ese dinero. Eso alcanzó para filmarla en su totalidad y para que cobraran la mayoría de quienes trabajaron en ella: actores y técnicos. En un momento, en los dos meses finales, el dinero se acabó y ya nadie pudo cobrar. Espero resolver esa deuda en los próximos meses. Con todo, quien vea la película entenderá que dicha suma, para un proyecto de ese grado de complejidad, es muy pequeña. La clave de dicha hazaña tiene un nombre y apellido: Laura Citarella, la productora, a quien le debemos toda la sorprendente estrategia de producción que llevó a que ese dinero (apenas el diez por ciento del presupuesto de cualquier película industrial barata) haya alcanzado para hacer semejante odisea. El filme fue pensado como una suerte de desafío permanente en cuanto a la producción; queríamos probar nuestro límite a la hora de producir. Una por una, las imposibilidades fueron cayendo, y cuando en un bar de Maputo, Mozambique, Laura Walter y yo brindamos porque la filmación había terminado, sentimos que la batalla más grande que daríamos en nuestras vidas estaba ganada.

RK: Solés trabajar y producir tus películas por fuera del Incaa. También has discutido y problematizado la noción de cine independiente: ¿Qué entendés hoy por ello y cómo pensás tu modelo de producción y distribución?

ML: La cuestión con el Incaa es que sólo piensa el cine desde una perspectiva industrial, mientras que yo y quienes trabajan conmigo la pensamos desde un punto de vista artesanal. Es así de simple: Queremos demostrar que el cine puede ser una actividad tan accesible como cualquier otra disciplina artística, en la medida que intervengan en él el riesgo, la busca de la innovación y cierto sentido, por así decirlo, aventurero en cuanto a su producción. Creo que existe cierto cine que se hace desde escenarios como los que yo planteo: la mayoría de las operas primas  que pueblan el Bafici son concebidas con ese riesgo y con esa altivez. Sin embargo, el Incaa insiste en ignorar esas formas de producción y obliga a los films que quieren gozar de su apoyo a convertirse en grandes bodoques atados a las formas de producción clásicas. Nosotros creemos que dichas formas son obsoletas y que sirven para hacer films que heredan algo de  esa obsolesencia. Nos interesan films vitales, hechos de manera vital. Y la vitalidad no es una moneda que corra con demasiada generosidad por los pasillos del Incaa; eso se los puedo asegurar.

RK: Viendo Balnearios, uno puede ver los rasgos incipientes de lo que sería posteriormente Hist.Ex, aunque también sus diferencias. En Balnearios pareces un heterodoxo antropólogo pop que desnaturaliza los comportamientos colectivos en los balnearios para ver algo  insólito y revelador detrás de estos hábitos. ¿Qué buscabas y encontraste?

ML: Bueno, en principio no creo que ese particular “antropólogo pop” al que haces referencia agote la premisa narrativa de Balnearios. Lo que ocurre con Balnearios es que uno de sus cuatro episodios ha resultado tan efectivo con el público que ha acabado por adueñarse de la película entera. Mal que me pese, la inmensa mayoría de los que recuerdan el film lo piensan como una especie de compendio de actividades playeras, un poco a la manera de la famosa propaganda de Quilmes y todas sus subsidiarias. Yo me alegro de que el film le haya despertado cosas a mucha gente, incluso a una serie de creativos publicitarios, pero no puedo resignarme a creer yo mismo que era eso lo que mi trabajo perseguía. Lo que me interesaba era, precisamente, la convivencia de varios estilos distintos en una misma película, y de los distintos sentidos que una misma palabra puede tener para el cine: La palabra “balneario” puede evocar aires risueños pero también melancólicos; puede evocar tanto la belle epoque cuanto las ríspidas serranías de El Volcán o de La Florida. Ese viaje era el que pretendía el film. Si una de sus estaciones quedó en la retina con más eficacia que las otras, ya es algo que sinceramente me excede. Para mí los cuatro capítulos son igualmente importantes y el film es la estricta suma de todos ellos.

RK: ¿En qué se diferencian las dos películas?

ML: Sería demasiado fácil decir que una es documental y la otra de ficción. Ni en Balnearios lo documental está expurgado de construcciones ficticias, ni en “Historias extraordinarias” la ficción es una materia tan nítida y sencilla. Creo que podríamos decir que, en cierto sentido, ambos films parten de premisas análogas: Investigar la capacidad de una herramienta (la voz en off) para construir relatos variados, caprichosos e imprevisibles. Dado un tema (la fascinación del mar en Balnearios, los viajes, los pueblos de campo y las rutas en Hist.Ex) el procedimiento se encarga de expandirlo, de buscar sus fronteras, de darle vueltas y vueltas como un globo terráqueo. Ambos son films, con perdón de la palabra, “juguetones”; films en donde el narrador se propone desafiar y bailotear con el espectador. Creo que la diferencia central está en una cuestión de proporciones, y aún de ambición. Si “Balnearios” era apenas un experimento en ese sentido, creo que Hist.Ex es, en lo que a mí respecta, su culminación. Creo que algo que me deja conforme con el film (y que de alguna manera tiene que ver con lo de las cuatro horas) es que el film descubre un procedimiento y, en lugar de guardárselo para hacer con el infinitas películas iguales, decide explotarlo hasta que no de más en una única, desbordada experiencia. Creo que hay algo de nobleza allí, como esos tipos que ganan en el casino o en el hipódromo y se lo gastan todo en una sola, inolvidable  noche. Creo que el film se parece a esos tahúres imprudentes; nace, disfruta y muere en su ley. Es como si de algún modo, me estuviera diciendo “Aprovechá, Llinás. Soy única. Aprovechame ahora; mañana me habré ido”

RK: Se suele decir que el cine es literatura por otros medios, una noción exigua pero que tras Hist.Ex puede adquirir un nuevo sentido: ¿Qué mecanismos comunes hallas en tu cine respecto de la literatura?

ML: Con respecto a Hist.Ex  Y su posible relación con la literatura, creo que todo se reduce al hecho de que, al haber tanto texto en off, la palabra escrita adquiere un valor distinto al que puede tener en una película tradicional. Es decir: para escribirla hay que ponerse a escribir, hay que pensar como un escritor además de cómo un director de cine. Un guionista es siempre un cineasta, alguien que imagina planos, escenas y secuencias. El guionista de Hist.Ex, además de eso, tiene que ser un poco novelista también; tiene que imaginar palabras y sopesar el sonido de esas palabras en un film. Más allá de eso, las deudas a la literatura tienen que ver con determinados procedimientos particulares que en el cine no son tan frecuentes: La capacidad de resumir largas porciones de tiempo en un par de apuntes, o en un par de hechos, la capacidad de ensayar biografías de personas en espacio de pocos minutos, la capacidad de desarrollar tramas complejas y ofrecerles intrincadas explicaciones; el procedimiento borgeano de simular que lo que se está relatando ya existe y que uno apenas está ofreciendo un resumen de ello. Ese tipo de cosas. Si la pregunta es si creo que Hist.Ex explora las posibles relaciones entre la literatura escrita y el cine, bueno, yo diría que sí.

RK: Viendo tu película uno puede vincularte con la curiosidad por lo excéntrico de Herzog, ciertas formas cinematográficas de Marker, la fluidez narrativa de Tarantino, y habría también posibles filiaciones literarias como Borges, Stevenson, etc. ¿Reconocés influencias literarias y cinematográficas?

ML: Bueno, la lista es bastante generosa, ¿No? Supongo que es un paso adelante con respecto a Balnearios, de la cual decían que había estado influida por Fontanarrosa y por Les Luthiers. Ya el hecho de que la película haya evocado esos nombres ilustres es un pequeño éxito. Creo que, ciertamente esos nombres fueron centrales para mí, pero junto a ellos muchos otros. Si tuviera que agregar a esa lista los nombres cuya influencia fue, a mi criterio, más decisiva, creo que no podría excluir ni a Truffaut ni a Hitchcock. No por ser evidentes y compartidos con tantos cineastas dejaron de ser centrales a la hora de imaginar este film. Desde el punto de vista de la concepción visual (los encuadres, el diseño de arte, los colores, el vestuario, etc.) yo diría que la influencia más evidente fue el estilo del historietista Hergé, cuyos dibujos directamente han signado mi vida. Puedo decir que en muchos casos quería que la película se viera como una historieta de Tintín; no sé hasta dónde lo he conseguido. Entre las influencias contemporáneas, en un primer lugar se ubican ciertos autores de teatro argentino actual, en especial lo que se conocen como “Nueva dramaturgia”. Spregelburd, sobre todo. Ya he dicho que fue después de ver su obra “La estupidez” que yo comprendí con alguna claridad cuál era la película que yo quería hacer.

RK: Una curiosidad: una de las escenas más desopilantes de HE incluye a un león: ¿cómo filmaste ese pasaje?

ML: No fue fácil. Ahora ¿De verdad la escena te resultó “desopilante”? Se suponía que tenía que ser dramática.

RK: ¿Se estrenará HE?

ML: Sí. En octubre, en la sala del Malba y en el teatro 25 de mayo, en Buenos Aires. Después habrá que hacer una especie de gira por los casi veinte Municipios en los que la película fue rodada. Todos extrañamos las rutas y anhelamos esa gira.

RK: ¿Ya estás pensando en una nueva película?

ML: Sí.

Fotos: 1) Llinás y sus actores; 2) fotograma de HE; 3) Póster de HE, foto de Flavia de la Fuente; 4)fotograma de HE.

Estas entrevista fue publicada en una versión menos extensa por el Diario La Voz del Interior en el mes de junio, 2008.

Copyleft 2000-2008 / Roger Alan Koza 

OFFSIDE

Junio 16, 2008 by ojosabiertos

**** Obra maestra  ***hay que verla  ** Válida de ver  * Tiene un rasgo redimible ° Sin valor

Por Roger Alan Koza

HINCHADA HAY UNA SOLA

 

Offside, Irán, 2006.

Dirigida por Jafar Panahi. Escrita por Shadmehr Rastin y J. Panahi.

*** Hay que verla

Una de las grandes películas del año, cuya recepción en nuestro país ha sido sorprendentemente indiferente, mientras se celebra el regreso de Indy y sus aventuras.

En una lúcida proposición que alcanza al espíritu de la comedia, Horace Walpole decía: “El mundo es una comedia para los que piensan y una tragedia para los que sienten”. Quizás eso explique por qué es tan arduo hacer comedias, un género propenso a la imbecilidad, si no hay por detrás sensibilidad e inteligencia.

Género popular si lo hay, e impopular ante los clérigos cinematográficos que siempre ven en los dramas el cine que importa, he aquí la mejor refutación para los militantes de las lágrimas y su retórica sobre la presunta superioridad de lo grave y lo profundo. En efecto, Offside no solamente reivindica un género cinematográfico, sino también consolida el poder del supuesto género débil. La quinta película del realizador de El círculo, Jafar Panahi, vuelve a explorar, como en aquella oportunidad, la posición de la mujer en la sociedad iraní, siendo esta ocasión más accesible y divertida aunque no menos ambiciosa sociológica y estéticamente.

El contexto: un partido de fútbol entre Bahrain e Irán que define la clasificación de este último para el mundial de Alemania 2006. El nudo narrativo: el deseo de muchas mujeres por ver en la cancha tal evento deportivo, cuando el acceso a los estadios está prohibido a las mujeres. La estrategia: disfrazarse de hombres para acceder a la cancha y no ser detenidas. Con estos elementos, Panahi constituye un match alternativo entre guardias y prisioneras, un combate discursivo que por momentos parece un diálogo platónico, sin la misoginia del griego y sin un Sócrates como héroe intelectual,

Así Offside no tiene un protagonista definido, aunque cada personaje permanece en el recuerdo tras finalizar la película. En efecto, la maestría de Panahi, antiguo colaborador de Kiarostami, es utilizar un elenco de hombres y mujeres que, a través de diálogos precisos y situaciones verosímiles, materializan una idiosincrasia y una cultura atravesada por un conflicto pleno entre tradición y modernidad. En sus casi 90 minutos, lo que dura el partido  que prácticamente no vemos, se hace visible (e irrisible) un orden jurídico. Verle implica impugnarlo y desmontarlo en su propia insensatez.

Si bien Panahi toma prestado algunos mecanismos del cine documental, Offside está meticulosamente calculada, y no por ello se resiente en su ostensible naturalidad. Los planos secuencia son una marca registrada del director, pero aquí se ajustan perfectamente al relato, ofreciendo el mejor suspenso y una incuestionable veracidad, como en la escena magistral en la que una mujer necesita ir al baño y una concepción edilicia masculinizada se lo impide.

Offside es un ejemplo de cómo hacer crítica social y política a través de una comedia. Por eso no debe confundir el himno nacional que se escucha en el epílogo. Se trata de una versión muy popular previa a la revolución islámica de 1979, una que estimula más una identificación nacional que panislámica, algo así como entonar la marcha peronista en tiempos de dictadura.

El filme de Panahi es también la posibilidad de saber, sin la demonización mediante de los medios, algo sobre la vida en Irán. Un país en donde las mujeres no gozan de ciertas libertades, aunque no hace falta estar gobernados por mulás y ayatolás para constatar que se trata de una constante universal.

Copyleft 2000-2008 / Roger Alan Koza

Esta crítica fue publicada durante el mes de junio, con otro título, por el diario La Voz del Interior de la provincia de Córdoba.

SEMANA DEL16 al 22/06 EN CINECLUBES

Junio 16, 2008 by ojosabiertos

18 de junio, a las 20.30hs:

Opera Jawa,  de Noughoro Garin, Indonesia, 2006.

120 minutos / No recomendada para menores de 13 años

Antes de la película principal, a las 20.10, se proyectará el cortometraje Las variaciones Marker, de Isaki Lakuesta, España, 2007.

Opera Jawa, una de las 6 películas que componen el New Crowned Hope, proyecto cinematográfico de la Viennale con el que se celebró durante el 2006 los 250 años del nacimiento de Mozart, es como dijera un cinéfilo amigo, un OCNI: objeto cinematográfico no identificado. Se trata de un musical gameleano, que combina instalaciones, teatro tradicional de sombras, música clásica y pop vernáculas, danzas clásicas y contemporáneas, en una apropiación política y melodramática de un pasaje del Ramayana, poema épico de la cultura hindú, que va mucho más lejos de lo que alguna vez hiciera Peter Brooke con su adaptación del Mahabarata. En el inicio se lee: “Esta película es una versión de la abducción de Sinta. A menudo dramatizada en la danza javanesa y el teatro de marionetas. En la historia, los reyes Rama y Rahwana aman a Sinta y pelean por ella. Al final, Sinta es llevada por Rama a la prueba de fuego para probar su amor y su pureza”. La traducción de este verso introductorio al tiempo presente, no deja de ser soberbio y genial, pues esta historia de celos que compromete a una bailarina, un alfarero y un comerciante poderoso, se enlaza con una revuelta social significativa: “¡Acabemos con la pobreza! ¡Basta de explotación!”. Concebida como un réquiem, Opera Jawa es una de las películas más extraordinarias de la primera década del siglo XXI, un film que articula lo privado y lo político, la modernidad y la tradición, lo mítico y lo social, en un relato que excede su contexto cultural, pues como dice el coplero wayang, “Desde nuestro ancestro Adán hasta Adam Smith, todos quieren saber qué ocurrió en verdad”. (Roger Koza, programador)

LA FALDA: RESTAURANTE UGOLINO, 9 DE JULIO 470

19 de junio, a las 20.30hs:

Palindromes, de Todd Solondz, EE.UU., 2004

100 minutos / No recomendada para menores de 18 años

Antes de la película principal se proyectará el cortometraje Sentimiento, de Todd Solondz, EE.UU., 1981

El provocador profesional del indie estadounidense es capaz de enfurecer a gente de izquierdas como de derechas, a progresistas como a conservadores, a abortistas y a sus oponentes. Una película que hace una traducción literal del término pedofilia como amor a los niños no posee límites. Pero Solondz no es un irresponsable; más bien es un pesimista visceral, y es por eso que en el desprecio de todas las falsedades sociales encuentra alivio y honestidad; hay algo de moralista después de todo. Aviva, adolescente, queda embarazada y sus padres sugieren el aborto. En cierto momento, Aviva escapa de su casa y peregrina por los pueblos más reaccionarios de los Estados Unidos. De pronto llega a una comunidad religiosa que la adopta como a una de sus hijas. No es una comunidad perfecta y, como es predecible, tiene sus secretos. Humorístico e irritante, Solondz retrata la soledad infinita de sus personajes, también la estupidez y la crueldad. Estados Unidos está poblado por ignorantes. Como recientemente Haynes ha hecho con Bob Dylan, el personaje de Aviva es interpretado por varias actrices de distintas edades y colores, como si Aviva fuera un sujeto colectivo que expresa una mentalidad y un tipo de angustia. Finalmente, Solondz parece concluir con un frío determinismo: nada cambia, todo permanece igual, los genes dictaminan todo. Sea o no la respuesta de Solondz consistente, su diagnóstico desalmado tiene la virtud más excelsa del pesimista: su voluntad de no engañarse, y, por lo tanto, de señalar en dónde están las mentiras que convienen a todos. (RK)

VILLA GIARDINO: SALA TEATRO-CINE ALEJANDRO GIARDINO

22 de junio, a las 20.00hs:

El iceberg, de Fiona Gordon, Bruno Romy y Dominique Abel, Bélgica, 2005

84 minutos / No recomendada para menores de 13 años

Antes de la película principal se proyectará el cortometraje Mamíferos, de Roman Polanski, Polonia, 1963

Extraña comedia física (y casi muda), aunque también un retrato melancólico sobre el amor, la opera prima de Gordon, Romy y Abel, los tres protagonistas del film, podrá o no producir (son)risas, pero sin duda habrá de sorprender por su lenguaje cinematográfico, más cerca del cine mudo y de la comicidad de Jacques Tati. Tras un prólogo exótico, una mujer esquimal advierte que su mundo nada tiene que ver con los osos polares y las focas, y menos aún con la paz natural. Quizás su mundo esté en extinción; al menos su lenguaje, el inuktitut, está en riesgo de marchitarse. Pero dice que un posible hijo e incluso su marido podrán aprender su lengua, pues detrás de esta inquietud de supervivencia lingüística hay una historia de amor. Y así larga una película imprevisible, sobre una mujer que tras quedar atrapada en una cámara de frío de un fast food abandonará su vida mecánica, su familia y su trabajo, en un viaje que la llevará de Bruselas al Ártico. Caricaturesca, medidamente circense, El iceberg está compuesta de unos 150 planos, medios y panorámicos fundamentalmente, y hace gala de la profundidad de campo, demostrando además cómo el sonido (y no la música) puede suministrar información relevante sin subrayados. Una escena secundaria, políticamente esencial, que transcurre en un camión de reparto, justifica por sí sola los 84 minutos de este film proveniente del país de los hermanos Dardenne. (RK)

CRÓNICA DE UN CINEASTA SOLO

Junio 9, 2008 by ojosabiertos

por Nicolás Prividera

Una vez más, Nicolás Prividera publica en este blog, y como en su precedente artículo sobre Godard, vuelve a confirmar que es no solamente un cineasta necesario y cojonudo, sino también un crítico de cine, lúcido y riguroso, desmarcado de todas las modas y los consensos que de ellas se predican. (Roger Alan Koza) 

I

En un festival latinoamericano de cine (si mal no recuerdo, el FICCO de México) alguien (un programador, un periodista, un espectador) me pregunta a quién considero el director más importante de la historia del cine argentino, a lo que sin dudar (y en ese momento me doy cuenta de que es esa certeza lo que debo esclarecer alguna vez) respondo: Leonardo Favio. Mi interlocutor suelta una risa seca pero rápidamente la reprime al ver que no se trata de una broma, mientras yo trato de explicarme su desconcierto: fue como si él me dijera que el mejor cineasta mexicano es Jorge Negrete. (Favio es conocido en toda América Latina como autor de Fuiste mía un verano o Simplemente una rosa, y seguramente recordado por las películas homónimas en las que actuó de sí mismo, como Sandro o Palito Ortega, pero que no condescendió a dirigir.) Que un cantante popular pueda ser a la vez un secreto cineasta de culto es algo que pocos fuera de Argentina entienden, si es que nosotros terminamos de entenderlo… Porque ese puente que traza Favio entre lo culto y el culto, entre el cine de autor y el autor popular, entre la generación de los ‘60 y la de los ‘90, es un espacio que sólo él parece poder atravesar. Su ubicuidad tiene como precio su profunda singularidad: Favio sólo se representa a sí mismo (volveremos sobre esto al mencionar El dependiente, una de las películas esenciales del cine argentino). Elogiado por todos con evasiva distancia, Leonardo Favio es un artista solo.

II

A la generación de los ‘60 y a la de los ‘90 se las conoce con el mismo nombre: “Nuevo Cine Argentino”. El (¿inevitable?) nombre en común encubre una repetición traumática: la distancia que media entre una y otra generación está asediada por los padres ausentes o desaparecidos durante los años ‘70. Hay, entonces, abuelos y nietos más que padres e hijos. Su relación es más distante, más subterránea. Y Favio hace de algún modo de puente entre ambas generaciones, aunque no esté plenamente integrado a los hombres de la suya ni deje huella en la de quienes lo nombran como influencia. No podía ser de otro modo, ya que Favio encarna los fantasmas de una genealogía maldita.

III

Leonardo Favio siempre se reconoció hijo adoptivo de Leopoldo Torre Nilsson, heredero y padre de cineastas (su relación se inicia en 1958 con otra película fundamental y menospreciada del cine argentino: El secuestrador): Torre Nilsson es a la vez hijo de uno de los fundadores del cine argentino clásico (Torres Ríos) y quien abre el camino a la renovación de la generación del ‘60 (con un film emblemático como La casa del ángel). La relación con su propia generación no podía sino ser de amor-odio, porque Favio estaba más cerca de Pajarito Gómez (el personaje de la película homónima que satirizaba a Palito Ortega) que de su director, Rodolfo Kuhn. El director de la autobiográfica Crónica de un niño solo era un hijo del pueblo peronista, mientras que el resto de sus colegas venía de otra clase (aunque ya no miraran al peronismo como sus padres, con el desprecio de Sur, si lo hacían con la desconfianza de Contorno). La siguiente generación se entregaría al peronismo de los ‘70 con desigual furia (y haría del Juan Moreira de Favio una de las películas más vistas de la historia), pero de esa unión ilusoria solo saldría otra generación perdida (entre cuyos cineastas no hay ningún hijo del pueblo…)

IV

En medio de cineastas que sólo querían sintonizar con la nouvelle vague, Favio prefería “Il grande cinema italiano” (como lo llamaría más tarde Godard en sus Historia(s) del cine, recordando que la “nueva ola” empezó con el neo-realismo) y en cierto modo Favio hace el mismo camino: del hambre al sueño (de Rosellini a Fellini). El punto de encuentro es, por supuesto, la obra de Pasolini (el Pasolini buceador de mitos y lector de Pavese, no el marxista empedernido). Pues el Favio más popular (el de Nazareno Cruz y el lobo, su película más vista) representaba una cruza de Pasolini con Ninetto Davoli (su otro yo, el “ragazzo di vita” que había sido y que ya no era). Pero un Ninetto argentino, digamos (es decir, un muchacho peronista): un ideal Nazareno, condenado por el deseo de una Eva nada montonera.

V

El peronismo es el hecho maldito del país (según la glosa de Rozitchner de la frase de Cooke), y Favio no puede escapar al amargo retrato que de él queda en Ezeiza (en la Ezeiza reconstruida por Verbitsky): “La multitud no veía ni entendía nada, y por el micrófono no se le transmitió ni una idea política ni una explicación comprensible de lo que estaba pasando. Sólo palabras inconexas: ‘Este es un ejemplo maravilloso de serenidad e inteligencia. El pueblo peronista es valeroso y obediente. Sabemos donde se encuentra cada uno. Manténganse en su lugar y no sean pasto de la confusión’“. El hombre en el micrófono era Favio, y el peronismo sigue siendo pasto de la confusión.

VI

Alguna vez alguien tendrá que intentar una historia del peronismo y el cine, del peronismo en el cine. Y a la cabeza, junto con la mitificación poética de Leonardo Favio, no se encontrarán los melodramas populares de Hugo del Carril, ni la sesgada reconstrucción de Cedrón, ni la ruda revisión de Héctor Olivera, ni la tranquila elegía de Blaustein, sino su representante más político, el que mejor resumió la voluntad mítica del peronismo como épica patria: el cine del primer Fernando Solanas. (Hay que recordar que antes de hacer cine de la resistencia, como en su última tetralogía, Solanas incitaba a la insurgencia: La hora de los hornos, con sus minutos finales sobre la imagen crística del Che extático, era una invocación a la acción revolucionaria, aunque menos ambigua que la amable disquisición del General en su Actualización doctrinaria). Si una película lleva a su cima la mitologización del peronismo (en un momento en que el peronismo era territorio de un duelo a muerte) es Los hijos de Fierro. Solanas construye su épica tomando prestada su estética al cine de Glauber Rocha (padre del cinema novo, que unía la vanguardia formal con la exaltación de motivos populares): no podía ser de otro modo, ya que el peronismo ha hecho de la expropiación (de discursos ajenos, más que nada) una forma de sincretismo. Solanas va a buscar el mito fundante de la nacionalidad (el Martín Fierro, que por entonces cumplía su centenario) para superponerle la gesta peronista (peligro este ya avizorado por Borges, que en los ‘50 se negó a hacer una adaptación cinematográfica de Hernández previendo la inevitable asimilación del gaucho perseguido al “tirano prófugo”). Pero si Fierro es Perón, no está claro quiénes son sus hijos: para el momento de su realización clandestina, la película es más un lamento por el Padre muerto que una demanda (a esa altura imposible) de filiación. Como si la izquierda peronista, al no poder cumplir el destino que le reservaba la Historia (anunciada en La hora… y bendecida en Actualización…) se refugiara en el Mito. Lo mismo sucede en Soñar, soñar (donde Favio abandona la épica para contar una historia mínima de desencanto): ambos films fueron terminados cuando comenzaba la dictadura, lo que no hacía tan bizarro que quedaran de algún modo al margen de la Historia.

VII

 

Entre El dependiente y Juan Moreira media un hiato de cuatro años. ¿Qué paso en el medio? La violencia creciente y el inminente regreso de Perón, por supuesto. O, para decirlo en términos cinematográficos: la distancia entre La hora de los hornos de Solanas y el Martín Fierro de Torre Nilsson (en el que el mismo Favio interpretaba al hijo menor). Podemos imaginar que desde la perspectiva de Favio, la primera era demasiado radical y la segunda demasiado conservadora. Su respuesta (también respecto a su trilogía anterior) es el giro de Juan Moreira: ese otro clásico del siglo XIX se adaptaba mejor a los requerimientos del reciente (y no inocente) auge del cine histórico (en la vertiente oficial-militarista de El santo de la espada, también de Torre Nilsson), pero a la vez se acercaba a la reivindicación del “bandolero” popular (más cercano a las “formas prerrevolucionarias de la violencia” que Carri estudiaba en su Isidro Velázquez que de los sueños de la izquierda peronista). No hay que olvidar que el proyecto previo de Favio fue adaptar el Di Giovanni de Bayer: demasiado cercano a la violencia presente en la Argentina de los ‘70 (demasiado cercano a la Historia) como para que pudiera alcanzar las tranquilizadoras alturas del Mito.

VIII

La obra de Favio puede dividirse en tres etapas, cada una compuesta por tres films. Sumariamente: 1) Las películas de la segunda mitad de los ‘60: Crónica de un niño solo (1965), Romance del Aniceto y la Francisca (1968), El dependiente (1969): oscuras, en blanco y negro, explícitamente “autorales”; 2) Las de la primera mitad de los ‘70: Juan Moreira (1973), Nazareno Cruz y el lobo (1975), Soñar, soñar (1976): Extrovertidas, en colores, explícitamente “populares”; 3) Los tres films realizados en los últimos quince años: Gatica, el mono (1993), Perón, sinfonía del sentimiento (1999), y Aniceto (2008): Favio revisa la Historia y su propia historia (y llega así a los límites de su mirada). Podríamos entonces revisar el cine de Favio como una (imposibilidad de) crítica inmanente al peronismo. Y una posible táctica en función de esa estrategia sería leer políticamente todo su cine, sobre todo sus obras menos políticas (e intentar, también en cada una de ellas, una lectura desviada: hacer foco en lo aparentemente anómalo e iluminarlo como si fuera lo central). Vistos así, el destino de los films de Favio puede ser asimilado al de sus protagonistas: están irremediablemente desclasados, aunque pretendan ser comprendidos por ese mundo que finalmente les da la espalda.

IX

Habrá que ver su inminente versión musical del Aniceto para confirmar nuestra hipótesis, pero podemos esbozarla aquí: el tercer film de cada serie puede ser leído como una síntesis negativa (en el sentido dialéctico del término) de los dos anteriores. Sin que eso signifique un desarrollo “progresivo” de serie a serie: de hecho, si tuviera que elegir el film que mejor expresa (no el que más representa) a Favio, sin duda me inclinaría por El dependiente. En ese film extraordinario, el rigor bressoniano de Crónica… y Romance… cede paso a un expresionismo grotesco: a la tragedia cordial se le opone lo cómico incómodo. Esa apertura a lo siniestro (en el mismo año del “Cordobazo” y el ascenso de la lucha armada) se invierte en Soñar, soñar: el cine como sueño querible frente a la pesadilla de lo real (en el mismo año del descenso a los infiernos de la dictadura).

X

Veinte años después, con Gatica y Perón, Favio se encuentra con la Historia: por primera vez (al menos de modo explícito) hace películas sobre el peronismo, tal vez porque el peronismo que elige representar ya no existe y se ha convertido definitivamente en evocación y rito. Pues el peronismo del último Favio es deudor de la hagiografía de los “Sucesos Argentinos” (el mismo cuadro feliz que Santoro recrea en su “mitología peronista”): una vez más, la ilusión de la edad dorada y la inocencia perdida. Y así, los decorados de Gatica son intercambiables con el material de archivo que inunda Perón: el fondo es más importante que la forma, y por eso ambos films no alcanzan nunca lo que persiguen, quedan atrapados en su mera representación apologética. Del peronismo sólo queda un resignado culto a la personalidad que nunca alcanza a iluminar el movimiento de la Historia, y se conforma con ilustrar la parábola del descendimiento de Gatica y el cielo kitsch al que asciende el fantasma del General: la tragedia de ambos films es que son exteriores a la tragedia (porque Gatica dice tan poco del peronismo como las largas horas de Perón). Y es ese final abierto, esa imposibilidad de procesar la Historia (la Historia del “Proceso” que clausuró el peronismo de los ‘70), lo que el peronismo, como demuestra a su pesar el cine de Favio, nos sigue dejando como legado irresuelto.

XI

No puedo evitar la tentación de hacer una lectura alegórica de El dependiente: el patrón sería la tradición del cine argentino (una versión oscura de Torre Nilsson). La señorita Plasini, el Nuevo Cine Argentino de los ‘60 (no en vano Graciela Borges es su cara más reconocible). Y el dependiente Fernández (que mata a “El jefe” para casarse con “Circe”), el mismo Favio. Su herencia imposible (la herencia de ese amor estéril condenado al fracaso) es el cine argentino que no fue (el que languideció bajo el peronismo y las dictaduras que lo siguieron). Y esa herencia incómoda e inasible es la que esgrime el Nuevo Cine Argentino de los ‘90 (más en el discurso que en los hechos, en la cita que en el encuentro: más refugiándose tras la excentricidad del parentesco que asumiendo o cuestionando su legado). El dependiente es, en definitiva, el mal llamado cine “independiente”, que parece no poder asumir los lazos de sangre (derramada en los ‘70 o negociada en los ‘90) que lo atan al pasado. Porque también el cine argentino (como industria que fue y arte que aun pretende ser) es hijo de “las convulsiones que desgarran las entrañas de un noble pueblo”.

XII

“¿Quién de nosotros escribirá el Facundo?” se preguntaba Ricardo Piglia en Respiración artificial. (¿Quién podría repetir en el siglo XX la sombra terrible de esa evocación histórica, política, y estética? Walsh, tal vez, si no hubiera sido arrastrado por “el ensangrentado polvo”, devorado él también por la impiedad de la Historia). Esa fue la verdadera tragedia de los sobrevivientes: tener la experiencia y no lograr la obra que le diera sentido. Y si el cine es en el siglo XX lo que la literatura en el XIX, sólo Favio podría haber filmado esa Historia, si no hubiera sido devorado por la piedad del Mito. Pues, también para nuestra desgracia, ningún film de Favio llegó a las alturas del Facundo: apenas nos legó la irredenta sombra de Moreira y un sonriente Perón de utilería. La pregunta de nuestra generación (o de las que vienen) ya no es quién escribirá algo parecido, sino si alguno de nosotros será capaz de hacerlo.

FOTOS: 1) Leonardo Favio; 2) fotograma de Nazareno Cruz y el lobo; 3) fotogtama de El dependiente; 4) Póster de la película Gatica.

Copyleft 2000-2008 / Nicolás Prividera