SEMANA DEL 09 AL 15/10 EN CINECLUBES

Noviembre 8, 2009 por ojosabiertos

LA CUMBRE: SALA LUIS BERTI, BELGRANO 470

Miércoles 11 de noviembre, a las 20.30hs:

Azúcar, de Anna Boden y Ryan Fleck, EE.UU., 2009

120’ / +13

Cortometraje, a las 20.15hs: Un cuarteto para el fin de los tiempos, de Guillermo del Toro, México, 1983

Después de Half Nelson, el dúo Fleck y Boden demuestra que todo lo bueno de su ópera prima puede ser superado. Azúcar comienza en algún lugar de República Dominicana. Muchos jóvenes se entrenan día y noche en béisbol y en inglés. ¿Están en un campo de concentración? Se preparan para emigrar a los EE.UU. y jugar en alguna liga profesional. Es el sueño americano para latinos. Azúcar es el nombre del protagonista, que es descubierto y llevado al país de las oportunidades infinitas, aunque este dotado lanzador, como solía decir Mark Twain, tratará al éxito y al fracaso como a dos impostores. En efecto, Azúcar es mucho más que un film de deportes y un drama de inmigrantes. Más bien se trata de un sutil estudio sobre la cultura estadounidense desde la perspectiva de un latino que apenas habla en inglés. Así, la cámara funciona como una prolongación de los ojos del beisbolista: un virtuoso plano secuencia en el que el protagonista sale de su cuarto y visita un casino sintetiza una cultura. Los últimos 20 minutos son impredecibles, principalmente porque Boden y Fleck conciben que el verdadero desafío de su personaje pasa por la conquista de su autonomía y el desciframiento de su deseo. Deriva narrativa no exenta de emociones, Azúcar excede la ficción y en su epílogo se convierte en una conmovedora revelación. (Roger Koza)

SAN MARCOS SIERRAS: CAMPING MUNICIPAL

Sábado 14 de noviembre

A las 20.00hs:

 

Encuentros en el fin del mundo, de Werner Herzog, EE.UU., 2007

83 minutos / ATP

Cortometraje: Mi padre tiene 100 años, de Guy Maddin, Canadá, 2005

En este viaje de aventuras a la Antártida, Herzog insiste sobre sus obsesiones temáticas: formas de vida extremas y heterodoxas que estén en el linde de la civilización, allí en donde nuestra especie se confunde con las otras sin distinción metafísica alguna. En ese paisaje frío y despoblado Herzog encuentra a sus excéntricos de turno: físicos, biólogos, contorsionistas, descendientes de aztecas, músicos amateurs, solitarios y freaks para todos los gustos. Es otra Humanidad. En las profundidades de un océano congelado habitan criaturas marinas extrañas, casi un universo paralelo, mientras que la vida en la superficie polar es escasa, y, si se trata de los populares pingüinos, Herzog no hallará ninguna semejanza con la vida humana, aunque mostrará un posible pingüino demente y listo para terminar con su vida y le preguntará a un científico sobre la homosexualidad de esta ave marina. Humorística y fascinante, Encuentros en el fin del mundo incorpora material de archivo al registro casi observacional del director, como sucedía también en El hombre oso y en La salvaje lejanía azul, dos películas precedentes con las que comparte una extraña mirada (casi utópica) sobre un hipotético mundo post-apocalíptico. (RK)

A las 22.00hs:

 

Aquiles y la tortuga, de Takeshi Kitano, Japón, 2008

119 minutos / No recomendada para menores de 16 años

Cortometraje previo: Lapsus, de Juan Pablo Zaramella, Argentina, 2007

La última película de Takeshi Kitano pertenece a una trilogía en la que Kitano ha intentado conjurar su supuesto bloqueo creativo. Si Takeshis’ y Glory to the Filmmaker más bien confirmaban el diagnóstico, en Aquiles y la tortuga Kitano demuestra que su talento está intacto y que no hay muchos cineastas como él en la escena contemporánea. Después de una presentación animada en la que se revisita la paradoja del movimiento de Zenón de Elea en torno a la figura de Aquiles y la tortuga, la película se divide en tres períodos en la vida de un pintor fracasado. Desde la niñez de Machisu, pasando por su juventud, hasta llegar a su vida adulta (en ese estadio interpretado por el mismo Kitano), Aquiles y la tortuga es un humorístico y sensible ensayo sobre la naturaleza del arte en general y la pintura en particular. Aquí Kitano parece sugerir el carácter contingente de lo que se entiende y establece por obra de arte: ¿con qué criterio se determina el valor estético de una pintura? Machisu, a lo largo de toda su vida, ha pintado y lo ha probado todo: copiar a los grandes maestros, apostar a sus impulsos e instintos, probar con el azar. No hay dudas: su vida es la pintura, aunque nadie lo descubra y jamás pueda vivir del arte. La supuesta falta de originalidad de Machisu y sus pinturas (sin excepción, todas realizadas por el propio Kitano) funciona dialécticamente y en contraposición con la singularidad creativa de la película y del cine del realizador. Una gota de sangre se convierte en una pieza artística; un plano cenital sobre unos estudiantes pintando funciona como una pintura en movimiento; un travelling hacia atrás sobre un cuadro de una escalera se transforma en una instalación. Kitano siempre busca pintar con su cámara, aunque sepa y afirme que el arte solamente tiene valor después de que un cuenco con arroz esté garantizado. (RK)

¿QUÉ ES EL CINE (AMERICANO)?

Noviembre 6, 2009 por ojosabiertos

Por Nicolás Prividera

 La decadencia del Imperio Americano (I)

0.

La baziniana pregunta sobre la ontología del cine sólo puede ser respondida por la Historia: no sabemos si hay una esencia del cine (o si podemos llegar a ella), pero podemos salir de ese dilema kantiano preguntándonos no ya “¿qué es el cine?” sino (a cada momento) “¿qué fue el cine?” (en una época determinada). Porque sólo el pasado (y no el ignoto futuro) podrá responder esa pregunta, cada vez que sea formulada (desde el renovado presente). Pero para un arte tan breve como el cine (surgido a fines del siglo XIX, madurado en los albores del siglo XX y con destino incierto en el XXI), su época está determinada básicamente por el nacimiento de una Nación: los Estados Unidos. 

Porque si el pasado del cine se define (como el de todo arte) por su relación con la tradición clásica, en el caso del cine esa tradición fue encarnada por el gran paradigma norteamericano. Pues como enunció Godard (el mejor alumno y crítico de Bazin), decir “cine norteamericano” es una redundancia: todo el cine es de algún modo cine norteamericano. No sólo por el poder imperial que impuso a Hollywood como meca, sino porque Hollywood fue parte de ese poder imperial. Aunque, para no volver a esencializar esa forma en ese fondo, hay que hacer el esfuerzo por entender su relación no de modo intrínseco o necesario, sino como una sinérgica astucia de la razón: después de todo, el paradigma clásico (que Noel Burch llamó “Modelo de Representación Institucional”, y que sería mejor traducir como “Modelo Institucional de Representación”) es deudor de una milenaria búsqueda de mímesis, que encuentra en el cine del siglo XX su forma más ambiciosa.

1.

El nacimiento de una nación de Griffith (con su resumen formal y su rescate épico) implica el nacimiento del cine clásico: es una poética del espacio. La general de Keaton (con su compendio físico y su encarnación del héroe solitario) es una poética del movimiento. El caballo de hierro de Ford (con su galvanización de tipos ideales y su largo aliento) es una poética del mito. De la posguerra de secesión a la conquista del Oeste, el espacio mítico es la misma California a la que unas décadas después llegarán otros pioneros: los fundadores de Hollywood.

En apenas unas décadas se establecen las bases de un paradigma que dominará el cine con la potencia catártica de la representación clásica. Y lo hará no casualmente con la confluencia de muchos cineastas emigrados  de la Europa en guerra: el cine se configura ante todo como máquina bélica, de cuya victoria no surgirá ya una nación sino un imperio (y ese renacimiento encontrará su nuevo resumen formal en un nuevo movimiento dialéctico –el primero autoconsciente del poder del cine-, bajo la mirada revulsiva de Welles).

2.

El ciudadano de Welles invierte la épica griffithiana: no es ya el nacimiento de la nación, sino la decadencia de su último magnate. Prefiguración de la suerte del mismo Welles, cuya expulsión, crisis y rescate (vía Cahiers du cinema) simbolizan el derrotero del cine norteamericano luego de su década de oro en los ’40 (acentuada desde la primera posguerra mundial), su crisis en los ’50  (acosado por la TV) y su decadencia en los ’60 (frente a los nuevos cines europeos), para ser revitalizado por la generación del ’70 (vía la Nouvelle Vague).

Las grandes obras de los ’70 (representadas por la gran seguidilla de Coppola: La conversación, los Padrinos, y Apocalypse now) son fruto de una revisión de la tradición clásica a través del filtro de la mirada europea. Pero si El padrino es la obra cumbre (que reasume la vieja tradición clásica de Hollywood), Apocalypse now es su contracara alucinada y excesiva (la pesadillesca contracara del sueño americano). Vietnam marcó (tanto para los autores como para la política) la nueva disolución del Imperio: la guerra ya no es lo que era (y revelaba ahora  que el fascismo también podía ser americano). Y el mismo Coppola (como todo el cine de los ’70) viviría en carne propia el efecto Welles (la imposibilidad de sostener una posición crítica del imperio hollywoodense), y caerían en una renovada crisis (de la que los rescataría –paradójicamente- la degradación de la cinefilia: el cine de Tarantino reivindicado por una Europa entregada a su propia decadencia).

3.

La decadencia de Coppola representa el fin de los ’70, y abre paso a la posmodernidad: de De Palma a Tarantino (de la primera remake –primera también en su desatada violencia- al extendido explotation de autor). Esa decadencia y esa rendición aparecen prefiguradas en la película que de algún modo marca el cambio de paradigma que se produjo durante los ‘80: En su Scarface, De Palma demolía la moderación clásica del original, con un gesto que invertiría luego en su versión de Los intocables. Pues si Scarface era heredera tardía del kitsch posmoderno (cuya forma implosiona por exceso), con Los intocables la posmodernidad cinematográfica asume su pose cool: la cita se vuelve autoconsciente homenaje (a sí misma), y el exceso deviene en estilo (abriendo la puerta a la repetición cada vez más sobrecargada).

De esa matriz surgen Tarantino y sus imitadores, que reproduciendo serialmente fórmulas cada vez más despojadas de autoría (y autoridad), explotan la unicidad clásica, o a lo sumo la replican (con conservador gesto “clasicista” –como en el caso de Eastwood- que no hace más que encubrir una forma muerta), sumándole una violencia despojada –como toda forma posmoderna- de su mesura y distancia clásicas. El abismo ético y estético entre Apocalypse now (o incluso Pecados de guerra) y Bastados sin gloria (distancia cuya hondura formal es solidaria con la autoconciencia del daño) marca la profundidad de la caída de un cine que pasó de la reflexión sobre la violencia a la genuflexión ante la violencia: la decadencia del imperio americano (avisorada marginalmente por un De Palma que vuelve a su espíritu contracultural con Redacted).

Coda

Si la violencia está en el centro del cine contemporáneo es porque son las variadas posibilidades de su representación lo que define -entre otras cosas- la diferencia entre el cine clásico y el posmoderno (y esto excede a Tarantino). Pensemos por ejemplo en la obra de Peckinpah o en la de De Palma, que están en el borde del cambio de época: uno cerrando la modernidad y  otro abriéndose a la posmodernidad (aunque sin nunca llegar -salvo quizá en Scarface – al explotation de autor que desarrolla Tarantino). Por no hablar de la tradición clásica: un film como Paths of glory de Kubrick (que de algún modo la clausura) está a años luz de la puerilidad infantil de Inglorius bastards.

La gran diferencia entre el cine clásico (y moderno) y el posmoderno es que el primero no sólo se refería a películas (cuyas referencias estaban integradas a la forma, no eran mera acumulación de citas) sino que su principal referencia nunca dejó de ser lo real (incluso en un género tan sublimatorio como el musical). El cine clásico trabajaba sobre el presente (la guerra mundial era su actualidad), mientras que el cine posmoderno no puede salir del pasado (y esa es su condena, más allá de que algunos espectadores la asuman con indulgencia o -pero aun- oscura alegría).

Basta comparar Bastardos sin gloria con un film igualmente menor como Doce del patíbulo (Aldrich, como Peckinpah, es un cineasta del crepúsculo del clasicismo): las películas bélicas de los ‘50 y ‘60 usaban la guerra mundial para hablar de lo que no podían mencionar directamente (Corea y Vietnam), mientras que la única referencia de Tarantino es el cine (referenciado, más que reverenciado). Pero escapar a lo real es imposible (ni los géneros ni la cinefilia son un refugio, pese a la indulgencia de los críticos): toda representación (estética) implica un problema  (ético). La representación de la violencia no hace más que explicitarlo (y por eso hablamos “de la abyección”).

El problema “moral” es un problema “formal” (y viceversa, según la famosa frase de Moullet-Godard): la estetización de la violencia (que es en sí facista), es una cuestión clave en el cine contemporáneo (porque hace centro en la falta de límites), como lo demuestra por ejemplo la obra de Haneke -pienso ante todo en Funny games-, que es en sí discutible pero jamás gratuita): Haneke hace su remake americana para devolver de algún modo esa  reflexión sobre la violencia a su centro (material y simbólico). Pues buena parte del cine contemporáneo (no sólo de Hollywood), al separar la estética de la ética, niega la relación (de exterioridad y por eso de  mutua implicación) entre el cine y el mundo (en la que se basó el cine clásico). Pero para entender esto tendremos que volver (como el cine contemporáneo que no se resiste a ser posmoderno para seguir siendo moderno) sobre los fundamentos del cine clásico.

Fotos: 1) El ciudadano; 2) El nacimiento de una nación;  3) Póster de Juegos sádicos.

Copyleft 2009 / Nicolás Prividera

EXTRAS 1: FILMFEST HAMBURG 2009: CONTRA LA INTERPRETACIÓN

Noviembre 3, 2009 por ojosabiertos

Hamburg

Por Roger Alan Koza

El título es prestado y no admite imprecisiones. Susan Sontag escribía hace 45 años, en el ensayo que lleva el mismo título que esta crónica: “La función de la crítica debiera consistir en mostrar cómo es lo que es, incluso qué es lo que es, y no en mostrar qué significa”. Concluía: “En lugar de una hermenéutica, necesitamos una erótica del arte”.

La edición 2009 del Festival Internacional de Cine de Hamburgo, que se llevó a cabo del 24 de septiembre al 3 de octubre, se caracterizó, en gran medida, por una compulsión epistemológica por parte del público por querer entender e interpretar en cada función. Esta angustia hermenéutica, este deseo de extraer un contenido de la imagen, revelaba un problema universal: la hegemonía de un cine narrativo conlleva la regularización de una experiencia perceptiva orientada al seguimiento de una historia, que implica acertijos, suspensos, dilemas diversos y una supuesta moraleja, cifrada como el mensaje de un film. La materialidad de una imagen y el encuentro sensible entre ella y el espectador es, por lo tanto, una experiencia impensable. Descifrar en vez de sentir la imagen en el cuerpo; interpretar antes de pensar cómo el sonido y la imagen configuran y modulan las facultades perceptivas del organismo. En otras palabras, los espectadores de Hamburgo sentían comodidad ante el film mensajero y perplejidad ante el film proclive a suspender el sentido.

Literatura ilustrada en contraposición a una fisicidad de la materia fílmica, no necesariamente antagónicas, pero sí autónomas, al menos en principio, es lo que está en juego ante estos dos conceptos de cine. Más allá de nuestro instinto por organizar la infinita sucesión del tiempo en un relato, estrategia que el cine narrativo refuerza, recrea y naturaliza, es necesario pensar el cine contra nosotros mismos. De lo contrario, como incluso la misma Sontag sostiene en un pie de página, casi en contradicción con su texto, el cine sería entonces una mera “subdivisión de la literatura”.

Los festivales de cine imparten una concepción de cine. La dirección artística del festival de Hamburgo, a cargo de Albert Wiederspiel, apuesta por una dimensión narrativa del cine, pero de esto no se predica la consagración de un modelo narrativo. En la programación hay lugares de ruptura; lo experimental y lo vanguardista no están interdictos, sí acotados, oxigenando un pacto no escrito, es decir, las coordenadas de lo visible, que se establece entre un público con una educación cinematográfica específica y un criterio de selección que apenas trastoca lo que se espera que un film sea. Es así: los festivales de cine se definen en función de la distancia que se establece entre expectativa del público y exigencia de programación. A mayor traición del pacto, mejor pedagogía de la imagen. No es fácil.

Sin ser infiel a su tradición, Hamburgo tuvo films inclasificables, genéricamente subversivos, verdaderos desafíos, como Carcasses, Milk, Border, Lost Pictures-Lost memories, Wadley, Castro, Where are you?, Police, adjective, entre otros.

Fue así que el segundo film de Alejo Moguillansky, Castro, se resistía a la confiscación hermenéutica. ¿Qué es Castro? ¿Qué es lo que cuenta? ¿Por qué suele molestar tanto? Una pista narrativa: todos persiguen a un tal Castro. La ex mujer y una banda de personajes lo buscan. Castro dejó el trabajo y se fue con otra mujer. Cree que si consigue trabajo perderá a su nuevo amor. Y huye, siempre.

Narrativamente minimalista y formalmente virtuosa, la segunda película de Alejo Moguillansky, basada ligeramente en una novela de Beckett llamada Murphy, es una película de acción poética (y tenuemente política). ¿Una paradoja? La fluidez de los planos y el constante movimiento de sus personajes producen un sentimiento melancólico, difuso pero presente durante toda la película, que recién se materializa en el último plano. Pero no se trata de una melancolía metafísica sino más bien de una constatación del absurdo de toda empresa humana: “Ganarse la vida es lo mismo que desperdiciarla”, dice Castro en uno de sus soliloquios. Todas las acciones del film, tanto las persecuciones automovilísticas como las entrevistas en búsqueda de empleo y eventualmente los trabajos específicos, participan de una aceleración sin sentido, acaso una parodia de la vida urbana metropolitana.

Quienes hayan visto Historias extraordinarias de Llinás habrán de encontrar en Castro un aire de familia. Moguillansky fue el montajista de la épica Historia extraordinarias, y Llinás es productor de Castro y tiene aquí dos cameos. Ambos parecen abrir un nuevo camino en la historia del cine independiente argentino. Si en su película Llinás revisitaba el vínculo del cine con la literatura, Moguillansky apuesta a un diálogo secreto con el nuevo teatro independiente porteño. El despliegue físico característico de compañías como De La Guarda y El Descueve, y la concepción del movimiento en el teatro de Rafael Spregelburd (que tenía un papel en el film de Llinás) atraviesan Castro, y despegan al film de todo naturalismo interpretativo. Eso no significa que estemos ante un triste caso de teatro filmado, pues no es descabellado pensar a Castro como una película secretamente colindante con el universo purgado de emociones exaltadas de Bresson. Castro es puro cine, por momentos inclasificable, y aunque las piruetas y la melancolía remitan al incomprendido y sofisticado Buster Keaton, la película de Moguillansky (como la de Llinás) es una novedad en el codificado mundo del séptimo arte.

¿Qué es Wadley? La película de Matías Meyer también suscitó desconcierto. El talentoso realizador israelí Benjamin Freiberg me decía: “Es una cruza de Gerry de Van Sant y algunas películas de Reygadas”. Su intuición es, en principio, correcta, pues hay un aire de familia con ese film de Van Sant y con Japón, de Reygadas. Esencialmente, Wadley es un viaje de peyote filmado. Se trata de reproducir en el registro los cambios perceptivos del protagonista, un joven que camina en algún paraje perdido del estado de Chihuahua, México, en búsqueda del cactus sin espina y patrimonio ritual de los Tarahumaras.

Todo comienza en un amanecer. El joven camina y Meyer se limita a seguir el paso. Los primeros 20 minutos consisten en seguir un trayecto mientras se reconoce un territorio. Atmosférica y teleológica, Wadley es meticulosa en cómo traducir una percepción sonora y visual de un periplo mental en términos cinematográficos. En ese sentido, Meyer elige la mesura y gradualmente va intoxicando su registro. Así, el primer plano que manifiesta una leve saturación de la mirada involucra a unos renacuajos. El soporte digital parece conveniente. Los primeros planos de estos organismos minúsculos chapoteando en el agua adquieren una textura de inmediatez, una sensualidad hiperreal. En otro pasaje, el protagonista se cruza con el cadáver de una vaca. El verde de un moscardón nuevamente se impone sobre el plano, aunque Meyer no explicita el foco de atención y prescinde del primer plano. Es un juego alucinatorio entre los detalles y el ojo y el oído. El aleteo ultrarrápido del moscardón sí se escucha en un primer plano, lo que lleva a identificar el insecto y su resplandeciente verdor. El oído anticipa la mirada. Hay otros momentos fascinantes: un plano general del joven frente a un caballo, los planos nocturnos, el fuego en la oscuridad. En algún momento, Meyer decide musicalizar algunas escenas, lo que sugiere una tesis: este viaje es una rave íntima en la naturaleza. La sustitución de la horda ciudadana extasiada por el vitalismo colectivo de los seres vivos del desierto agudiza nuestra experiencia sensorial. Marasmo hermenéutico, las imágenes y los sonidos resisten por una hora la codificación, en ese espacio en donde el golpe del mundo sin lenguaje atraviesa la sensibilidad y la respuesta lingüística se retrasa por un segundo.

Carcasses, de Denis Cóte, cuya première fue en Cannes 2009, también transcurre en la naturaleza, pero se trata en una versión punk y postindustrial de la biósfera, o, en su defecto, de una ecología del desecho o de la naturaleza entendida como cadáver, algo implícito en el título. Como ya sucedía en Les états nordiques, su ópera prima, Cóte parece sentirse cómodo en un registro en donde lo documental y la ficción se hacen indistinguibles.

La primera media hora es interesante: Jean-Paul Colmor, un hombre de 74 años, vive en las afueras de Montreal, rodeado de chatarras diversas, principalmente automóviles. Es una especie de Robison Crusoe apocalíptico, y Cóte se limita a seguir su cotidianidad. En algún momento, una brigada de jóvenes con síndrome de Down invaden el territorio. Nada en particular sucede, a pesar de que por momentos se insinúa una explosión de violencia y sexo. Después del merodeo y la amenaza, todo vuelve a su normalidad. La excentricidad de Cóte es bienvenida, aunque todavía su cine parece estar en un estadio de construcción. La sensibilidad postindustrial de este joven realizador canadiense puede llegar a deparar alguna gran película.

Harutyun Khachatryan es quizás el cineasta armenio más importante en actividad. Su última película, Border, gira en torno a la vida de un búfalo hallado entre unos juncos de un río. A partir de ahí, el búfalo ingresa a una granja y Khachatryan simplemente ubica a esa criatura inexpresiva en el centro de su película. El búfalo es uno entre nosotros, pues Border democratiza la existencia del mamífero respecto de nuestra especie y, naturalmente, de las otras.

No es una película desprovista de terrícolas, pero éstos son retratados como una especie entre otras. Este darwinismo poético por momentos se traiciona a sí mismo. El búfalo y su encierro funciona como una discreta metáfora política, reforzada por el sonido en fuera de campo de un helicóptero que aparece y desaparece sin explicación alguna. Después de un incendio de proporciones míticas, el búfalo escapa hasta toparse con una valla. A veces, Khachatryan humaniza el bóvido en exceso, no muy lejos de esos insoportables documentales de pingüinos. Border, de todos modos, no es “La marcha del búfalo solitario”, pues su puesta en escena corrige la tentación de validar un principio antrópico. Un procedimiento constante de enrarecimiento estimula la sensación de que el mundo, sus criaturas y sus objetos no son demasiado humanos.

En las películas de Masahiro Kobayashi los seres humanos son animales solitarios. Where are you? no está a la altura de su magistral The Rebirth, pero Masahiro sigue siendo uno de los directores más fascinantes del cine japonés independiente. Dedicada a su padre ya fallecido y al mítico personaje Antoine Doinel de las primeras películas de Truffaut, Where Are You? es otro examen sobre el aislamiento y la enajenación existencial, síntoma de una plaga emocional que Masahiro parece detectar en la vida espiritual de Japón.

Como en The Rebirth, la narración se organiza a través de dos fuerzas paralelas, una estática y otra dinámica: en primer lugar, Masahiro parece estar obsesionado con la repetición como fenómeno preeminente de la experiencia humana. La repetición sería el orden natural del mundo, un orden incongruente e inconmensurable a toda voluntad narrativa que pretende atribuir dirección y sentido a los hechos. Aquí, Masahiro sigue las tareas de un adolescente. Trabaja, come, duerme, intenta estudiar. Una y otra vez se ven esas acciones que no reportan ningún beneficio o edificación. Las decisiones de encuadre son siempre las mismas, aunque paulatinamente el plano medio es reemplazado por un primer plano. En segunda instancia, Masahiro irrumpe en la monotonía con un evento de otro orden, que no puede subsumirse al orden de la repetición. Morir es irrepetible, y este tipo de acontecimiento violenta la repetición. Aquí, la madre del joven está a punto de morirse, y, finalmente, fallece. Los interludios de lo repetitivo consisten en realizar visitas esporádicas a la playa en donde el protagonista suele tomar un descanso en un bote que yace sobre la arena. Es una suerte de nirvana arreligioso, una pausa inanimada, un momento de serenidad. Posteriormente, el relato llevará al joven en búsqueda de su padre.

En esta película desprovista de música extradiegética, excepto por un tema cantado (al inicio y hacia el final del film), escrito e interpretado con su guitarra por el realizador, que también tiene a su cargo el personaje del padre, Masahiro, a diferencia de The Rebirth, no apuesta por la redención levinasiana: el reconocimiento como purga de la repetición, el reconocimiento como motor de la diferencia, el encuentro de un rostro frente a otro rostro (aquí entre el progenitor y su prole) solamente acentúa el desamparo, como se constata en el extenso plano general fijo en el que se ve al joven caminar cuesta arriba hacia la pendiente de una ruta. Hasta que la figura humana se difumina en el horizonte pasan varios minutos. Poetizar el nihilismo no lo conjura, pero ser testigos de esa errancia humaniza, en el mejor sentido del término.

La gran película del festival fue Police, adjetive. Desde su estreno en Cannes en mayo de este año, en donde se llevó el premio especial del jurado y ahora en Hamburgo, reconocida como la mejor película por el jurado internacional de críticos, es casi del orden de la objetividad que al segundo film de Corneliu Porumbiou se lo considere una obra maestra, menor si se quiere, pero magistral.

Narrativamente minimalista y filosóficamente maximalista, Police, adjective se estructura a propósito de una larga tarea de espionaje y dos interludios (uno mejor que el otro) en donde la densidad humorística y política del film aparece en todo su esplendor. Cristi es policía. Investiga (y persigue a la distancia) a un joven que puede estar ligado a una red de narcotráfico. Cada tanto escribe un informe, que suele verse en un primer plano, lo que permite entender cómo el oficial arriba a sus conclusiones de la pesquisa: detener al sospechoso es un error. Su reporte jurídico posee un fundamento político, que se revela casi al final del film y será malditamente deconstruido por su superior.

Porumbiou elige planos extensos y fijos, su cámara se mueve solamente cuando la acción lo precisa y, en su versión idiosincrásica de cinéma vérité, la película carece de música y subrayados. Police, adjective alcanza su maestría en un pasaje extenso y preciso, con algunos cambios de encuadre, aunque siempre sin movimiento, en donde Cristi, un compañero y el jefe del departamento de policía discuten el significado de la palabra ‘conciencia’. Como si se tratara de un diálogo platónico, sin por esto subscribir a la filosofía del griego, el jefe refuta las objeciones de Cristi, quien, auxiliado por un diccionario, entiende cómo las leyes cambian con el tiempo y cómo lo que hoy está prohibido mañana será permitido. ¿Es Cristi un relativista? ¿Es su superior un sofista? Por las definiciones circulares del libro, un manipulado Cristi redefine su postura, y nosotros, los espectadores, entendemos en pocos minutos el funcionamiento micropolítico y semántico de la burocracia, un sistema institucional que induce imperceptiblemente comportamientos y subordina cualquier surgimiento de autoconciencia. El deber vence y se impone una lógica funcional en el nombre del bienestar general. El último plano del film es lúcido y secretamente violento: un pizarrón, la mano de Cristi, una tiza y la estrategia para detener al joven. La burocracia piensa por nosotros.

nosotrosLos festivales no se definen únicamente por las películas que se ven; a veces, importa mucho más la gente que se conoce. Las conversaciones con Benjamin Freiberg, cuyo cortometraje Tourist Guide devela otra Jerusalén, acompañado del joven Terence Davies de Israel, Yonatan Haimovich, director de Fragments, un documental sobre los inmigrantes rusos, vecinos de sus padres (ya muertos) en un departamento de Jerusalén, y que es verdaderamente un tratado sobre la memoria y el lenguaje como territorio existencial, fueron tan importantes como todas las grandes películas de Hamburgo. Aunque fue el encuentro con el realizador iraní radicado en Francia, Chapour Haghighat, responsable de The Firm Land, el instante supremo de una semana y media de cine.

Haghighat conoció al gran Robert Bresson en su juventud. Por el tono de su voz en el teléfono, el maestro aceptó una entrevista con Haghighat. El joven realizador de Teherán quería saber cuál sería la opinión del hombre que rodó obras maestras como Al Azar, Baltasar y Pickpocket. En el guión de Haghighat morían 7 personajes. Bresson le pregunta si tenía algún otro proyecto. El iraní le describe otra película posible y Bresson responde: “Usted debería filmar ése, pues allí solamente mueren dos personajes”. El aprendiz, entonces, se interesa por la próxima película de Bresson. Se trataba, nada menos, de su última obra maestra, El dinero, un film en el que muere muchísima gente. Bresson cierra la entrevista: “Lo que es bueno para mí no lo es necesariamente para usted”.

Haghighat parece haber aprendido la lección de Bresson. Me dice: “Cuando filmo una escena y luego paso a otra, generalmente opto por dejar lo que nadie suele dejar: lo que está en el medio, el pasaje de una a la otra”. Haghighat sostiene que esos tiempos muertos constituyen el reverso orgánico de las películas; allí respiran los planos, allí centellea la luz del cine y del mundo.

Los interpretadores buscan significados. Los sensualistas, acaso los verdaderos materialistas del cine, al desactivar la interpretación como acceso encienden la pasión física y erótica que experimentaron aquellos primeros espectadores frente a una imagen en movimiento de un tren llegando a una estación.

Fotos: 1) Apertura; 2) Castro; 3) Border; 4) Where are you? y Police, Adjective; 4) Freiberg (izquierda) y Haimovich (derecha)

Este texto fue publicado por la revista La Rana en el mes de noviembre, 2009

Copyleft 2009 / Roger Alan Koza

LISTAS DE PELÍCULAS RECOMENDADAS DEL FESTIVAL DE CINE INTERNACIONAL DE MAR DEL PLATA 2009

Noviembre 2, 2009 por ojosabiertos

Como suelo hacer todos los años, acá va una lista de películas recomendadas (y no recomendadas) del próximo festival de Mar del Plata. En esta ocasión, utilizo MR y R para aquellas películas que no vi, pero que programadores o críticos que respeto y confío me han advertido que son valiosas. Para las películas que vi, al final de cada una lleva un número de calificación, que va, lógicamente, del 1 al 10. Además, si hay algo escrito sobre ellas en el blog, pues entonces tendrán un color distinto que indica que se puede leer solamente aprentando el mouse.

Quiero agradecer por este medio, además, la gentil invitación de Marcelo Alderete a escribir uno de los artículos correspondiente al catálogo de esta edición. Alderete, nuevo programador del festival de Mar del Plata, es una garantía de que habrá películas imperdibles. Como dijera en alguna oportunidad Quintín, hace rato que uno de los tipos que mejor entiende los tesoros de los festivales se llama Alderete. Espero que sirva y que tengamos un buen festival. (Roger Koza)

Competencia Internacional:
-Francia (Argentina), de Adrián Caetano, 78′ (R)
-Vikingo (Argentina), de José Campusano, 90′ (MR)
-Mother / Madeo / Madre (Corea del Sur), de Bong Joon-ho, 129′ (7)
-El cuerno de la abundancia (Cuba/España), de Juan Carlos Tabío, 108′ (3)
-Life During Wartime / Vida durante la guerra (Estados Unidos), de Todd Solondz, 96′ (MR)
-The Time That Remains / El tiempo que queda (Francia/Bélgica/Gran Bretaña/Italia/Palestina), de Elia Suleiman, 109′ (10)
-Dogtooth / Kynodontas / Colmillos (Grecia), de Yorgos Lanthimos, 94′ (R)
-Room and a Half / Poltory komnaty ili sentimentalnoe puteshestvie na rodinu / Una habitación y media (Rusia), de Andrey Khrzhanovskiy. 130′ (8)
-Mal día para pescar (Uruguay/España), de Alvaro Brechner, 100′ (5)

Competencia latinoamericana (largometrajes):
-La invención de la carne, de Santiago Loza (Argentina), 80′ (R)
-Los viajes del viento, de Ciro Guerra (Colombia-Alemania-Holanda-Argentina), 119′ (6)
-Hiroshima, de Pablo Stoll (Uruguay-Argentina-Colombia-España), 80′ (R)
-Huacho,de Alejandro Fernández Almendras (Chile-Francia), 89′ (8)
-Daniel y Ana, de Michel Franco (México), 90′ (5)

Competencia argentina (largometrajes):
-TL-2 la felicidad es una leyenda urbana, de Tetsuo Lumière, 85′ (R)

Panorama (Autores):
-36 vues du Pic St-Loup (Francia/Italia), de Jacques Rivette, 84′ (MR)
-Antichrist (Dinamarca/Alemania/Francia/Suecia), de Lars Von Trier, 109′ (4)
-Irène (Francia), de Alain Cavalier, 83′ (9)
-Nanayo (Japón), de Naomi Kawase, 90′ (MR)
-Un prophète (Francia), de Jacques Audiard, 150′ (7)
-Yuki & Nina (Francia/Japón), de Nobuhiro Suwa-Hippolyte Girardot, 92′ (MR)

Panorama (Autores Jóvenes):
-Cold Souls (EE.UU.), de Sophie Barthes, 97 (R)
-Moon (Gran Bretaña), de Duncan Jones, 97′ (R)
-La vergüenza (España), de David Planell, 107′ (4)

Panorama (El estado de las cosas):
-Food Inc. (EE.UU.), de Robert Kenner, 87′ (MR)
-Plastic Planet (Austria), de Werner Boote, 95′ (R)
Panorama (Busco mi destino: El cine como brújula):
-The Exploding Girl (EE.UU.), de Bradley Rust Gray, 79′ (R)
-Unmade Beds (Gran Bretaña/España), de Alexis Dos Santos, 93′ (R)
-Un día sin chanchos (Argentina), de Fabián Cristóbal y Javier Zevallos, 20′ (R)

Panorama (Cine documentado):
-L’Enfer d’Henri-Georges Clouzot (Francia), de Serge Bromberg y Ruxandra Medea, 94′ (R)
-For the Love of Movies: The Story of American Film Criticism (EE.UU.), de Gerald Peary, 70′ (7)
Panorama (Los caminos de la música):
-Kikoe (Japón), de Chikara Iwai, 99′ (MR)
Panorama (Registros de la Historia):
-City of Life and Death (China/Hong Kong), de Lu Chuan, 132′ (R)
Panorama (Sentidos del humor):
-Harmony and Me (EE.UU.), de Bob Byington, 75′ (R)
Panorama (B.S.O. Banda Sonora Original):
-All Tomorrow’s Parties (EE.UU./Gran Bretaña), de Jonathan Caouette, 82′ (5)
-Searching for Elliott Smith (EE,UU.), de Gil Reyes, 80′ (MR)
Panorama (Hora Cero):
-Accident (Hong Kong), de Cheang Pou-Soi, 89′  (MR)
-Mamá (España), de Andy Muschietti, 3′ (R)
Panorama (Estados alterados):
-Anaglyph Tom (Tom with Puffy Cheeks) (EE.UU.), de Ken Jacobs, 110′ (R)
-Burrowing (Suecia), de Henrik Hellström y Fredrik Wenzel, 76′  (MR)
-Between Two Worlds (Sri Lanka), de Vimukthi Jayasundara, 80′ (MR)
-Karaoke (Malasia), de Chris Chong Chan Fui, 75′ (R)
-She, a Chinese (Gran Bretaña/Francia/Alemania), de Xiaolu Guo, 98′ (4)

Revisiones y homenajes (Retrospectiva Javier Fesser):
-El secdleto de la tlompeta, 17’ (6)
-El milagro de P.Tinto, 106′ (7)
-La gran aventura de Mortadelo y Filemón, 107′ (5)
-Camino, 143′ (2)

Revisiones y homenajes (Los desafíos de Simenon): (R)
Revisiones y homenajes (Omisiones de la Academia): (R)

Fotos: 1) Logo de MDP 2004; 2) El tiempo que queda; 3) For the Love of Movies. 

SEMANA DEL 2 AL 8/11 EN CINECLUBES

Noviembre 2, 2009 por ojosabiertos

LA CUMBRE: SALA LUIS BERTI, BELGRANO 470

4 de noviembre, a las 20.30hs:

Hambre, de Steve McQueen, Reino Unido, 2008

96’ / +18

Cortometraje, a las 20.15hs: Cuadro de una exposición, de Osamu Tezuka, Japón, 1966

La ópera prima del artista de video Steve McQueen es un verdadero tour de force y una experiencia visceralmente cristiana. Los últimos meses de la vida de Bobby Sands, el líder emblemático del Ejército Republicano Irlandés, constituyen el eje narrativo de la ganadora de la Cámara de Oro en Cannes 2008. La aparición de Sands en el film ocurre después de una media hora brutal en la que se concentra el conjunto de atrocidades que la policía británica imparte sobre sus prisioneros (políticos, aunque la voz en off de Margaret Tatcher afirme lo contrario). Es una estrategia narrativa coherente: mostrar la injusticia y el desprecio seguidos de un martirio personal en el que el cuerpo deviene en instrumento político y cuyo objetivo específico parece ser conjurar la barbarie institucionalizada de la policía británica. McQueen expone la vida carcelaria en detalles: la orina es protesta; la mierda, obra de arte; las moscas, mascotas; el aseo, castigo. Dos pasajes alcanzan para demostrar los métodos carcelarios; en uno de ellos, hasta un guardia sufre la crueldad de sus colegas, como lo denota un soberbio plano en profundidad de campo. El suplicio de la primera media hora es interrumpido por una conversación inolvidable entre un cura y Bobby Sands, un plano general fijo de 15 minutos, formal y narrativamente brillante. Es el momento en el que Sands anuncia su huelga de hambre, que, después de 66 días, terminó con su vida en mayo de 1981. El seguimiento de esta pasión (cristiana) es minucioso y lineal, aunque el tono mortuorio es paulatinamente sustituido por un clima poético, incapaz de sublimar la derrota y suficiente para dignificar el extremismo de un hombre que ha sido humillado. (Roger Koza)

LA HUÉRFANA

Octubre 31, 2009 por ojosabiertos

**** Obra maestra  ***hay que verla  ** Válida de ver  * Tiene un rasgo redimible ° Sin valor

Por Roger Alan Koza

LA PERVERSIÓN COMO TERROR FÍSICO

La huérfana / Orphan, EE.UU. 2009.

Dirigida por Jaume Collet-Serra. Escrita por David Leslie Johnson y Alex Mace

*Tiene un rasgo redimible.  

La nueva película (norteamericana) del director español Collet Serra tiene una buena primera hora para luego desbarrancar narrativamente con varios lugares comunes incompatible con su talento.  

A principio de esta década, Hollywood descubría el horror japonés y lo anexaba a la fábrica de sueños (más bien de pesadillas). Pasada la moda nipona, llegó la hora del horror español. Quizás entrenados en Sitges (el primer festival de cine fantástico), hay una nueva generación de directores procedentes del país de Juan Carlos I, Franco y Nadal que renuevan el género: Jaume Balagueró, Juan Carlos Fresnadillo, Koldo Serra, Gabe Ibáñez, Luis Berdejo y Jaume Collet-Serra ruedan en Los Ángeles como si estuvieran en Madrid o en Barcelona.

Todo empieza con una pesadilla. Una mujer está a punto de parir. Ella y su marido llegan al hospital. Es una postal de la felicidad, aunque en el tono beatífico se percibe un ligero enrarecimiento, que se confirma con un plano cenital: no todo es lo que parece, un enunciado que articula el secreto de la película. Como en El juego de las lágrimas, las apariencias engañan.

Un matrimonio y sus dos hijos menores viven en algún paraje del norte de EE.UU. El padre, un arquitecto exitoso. La madre, una pianista y antigua profesora de Yale, hasta que sus problemas con el alcohol desafinaron no sólo su carrera sino también su maternidad: su hija más chica es sorda debido a un accidente que la compromete. El hermano más grande vive absorto en juegos electrónicos. En otras palabras, la opulencia no es sinónimo de bienestar, más aún si recientemente se ha perdido un tercer hijo.

A pesar de la negligencia y el alcoholismo, son padres aptos para adoptar. Y así elegirán a una niña rusa de 9 años, capaz de pintar y tocar a Tchaikovsky, que viste como una princesita y habla perfectamente inglés, y que las religiosas del orfanato consideran una buena candidata. La vida es bella, hasta que paulatinamente la criatura empiece a ejecutar su agenda secreta: conquistar al padre a cualquier precio.

Collet-Serra piensa el plano cinematográfico como un cuadrilátero y lo explora en función de desnaturalizar y violentar. Basta que la mirada esté pasiva ante un paisaje x para que algo atraviese el campo visual y ocasione pánico. Que dos niñas se crucen inesperadamente ante nuestros ojos en el orfanato (o un niño en una plaza con juegos) es suficiente para asustar. Los planos subjetivos no suelen funcionar como siempre; los planos cenitales tampoco. Se trata de un procedimiento cuyo objetivo es desorientar el trabajo perceptivo sin el auxilio y la postulación de un ente no humano que desde el fuera de campo fundamente el espanto.

La casa de cera, la película precedente de Collet-Serra, como señaló el crítico Diego Trerotola, reflexionaba oblicuamente sobre la concepción baziniana del cine como un arte heredero de la pretérita práctica de embalsamar a los muertos. En La huérfana, el director español toma el camino menos transitado en el género. A diferencia de muchas películas de terror cuyo horror se predica de lo sobrenatural y metafísico (monstruos, vampiros y fantasmas), Collet-Serra elige localizar el terror en el misterioso universo del psiquismo. En muchas películas del género los niños son personajes maléficos, lo que constituye un ataque al sentido común que ve en la niñez un reservorio de inocencia. En La huérfana la apuesta es mayor: una niña es sagazmente perversa. El tabú y el límite por excelencia de nuestra ética liberal de la tolerancia, la sexualidad (y violencia) en los niños, aquí es transgredido.

Formalmente inquieta y narrativamente despareja, La huérfana propone un terror que consiste en una provocación a nuestro sistema de creencias: la perversión como terror físico y psíquico, o cómo la incomodidad moral es pavor y temblor por otros medios.

Esta crítica fue publicada en otra versión por el matutino La Voz del Interior durante el mes de octubre.

 Copyleft 2009 / Roger Alan Koza

PROGRAMACIÓN GENERAL EN CINECLUBES NOVIEMBRE Y DICIEMBRE 2009

Octubre 31, 2009 por ojosabiertos

El curioso caso del hombre de San Marcos

No importa su nombre, sí su actitud. ¿Quién es? ¿Por qué viene? Todos los miércoles recorre casi 80 kilómetros para asistir a la función del cineclub. Viene de San Marcos. ¿Es millonario? ¿Es un fanático?  Creo entender qué es lo que mueve al misterioso hombre de San Marcos: el deseo, esa fuerza invisible pero efectiva que lleva a un hombre o a una mujer a buscar lo que le falta, a reconocer que su mundo se agota si el conformismo y el agotamiento cotidiano instituyen su política del menor esfuerzo y renuncia al conocimiento. Es un peligro que en geografías como la nuestra acecha. El encierro es un síntoma, la inconstancia otro. En última instancia, cultivarse implica siempre buscar lo que no se tiene y perseverar en una cualidad del espíritu poco frecuente que implica estar concentrado. La distracción es un enemigo.

El hombre de San Marcos viaja con la certeza de que el cine sigue siendo una tecnología de la intimidad. Las imágenes que ve semana tras semana, imágenes de un adolescente chino que ve en su bicicleta el porvenir, imágenes de estatuas africanas que abofetean el orgullo blanco, imágenes de una sirvienta que un buen día descubre la existencia de una vida más allá de la servidumbre, pues puede dejar de pensar como esclavo, imágenes de un hombre que cumplió el extraño deseo de subir a un rascacielos y hacer equilibrio como si se tratara de un planeador humano. En otras palabras, el hombre de San Marcos, como yo, ha aprendido y constatado que el cine nos puede hacer mejores, más libres, menos desorientados, menos narcisistas. Como si fuera un mantra, él y yo repetimos una sentencia lúcida: adoptamos el cine para que éste “me enseñara a tocar incansablemente con la mirada a qué distancia de mí empezaba el otro”. Eso decía Serge Daney, un profeta de la cinefilia.

¿Somos tan pocos? Como en la vieja metáfora de Adorno (popularizada años después por Sting), arrojo al mar esta misiva sin destino en una botella imaginaria. Quizás existan otros hombres de San Marcos.

 Roger Alan Koza, programador.

 LA CUMBRE: SALA LUIS BERTI, BELGRANO 470

4 de noviembre, a las 20.30hs:

Hambre, de Steve McQueen, Reino Unido, 2008

96’ / +18

Cortometraje, a las 20.15hs: Cuadro de una exposición, de Osamu Tezuka, Japón, 1966

11 de noviembre, a las 20.30hs:

Azúcar, de Anna Boden y Ryan Fleck, EE.UU., 2009

120’ / +13

Cortometraje, a las 20.15hs: Un cuarteto para el fin de los tiempos, de Guillermo del Toro, México, 1983

18 de noviembre, a las 18.30hs: Alexander Kluge en foco

El patriota, de Alexander Kluge, Alemania, 1979

121’ / +13

PELÍCULA DEL MES

20.30hs:

Caminando, de Hirokazu Kore-eda, Japón, 2008

112’ / +16

25 de noviembre, a las 20.30hs:

Pizarrones, de Samira Makhmalbaf, Irán, 2000

85’ / ATP

Función gratuita a las 17.15hs: China, de Michelangelo Antonioni, Italia, 1972 (Ciclo: China en 7 películas)

2 de diciembre, a las 20.30hs: FUNCIÓN DE CIERRE DE TEMPORADA

Un hombre sobre un cable, de James Marsh, Reino Unido, 2008

94’ / +13

Cortometraje: Saltando, de Osamu Tezuka, Japón, 1984

Antes de la función se realizará el tradicional sorteo de fin de temporada seguido por un breve concierto a cargo del dúo de cámara integrado por Julio Carranza y Alejandra Carazo

VERSIONES DE LA CONQUISTA

Octubre 29, 2009 por ojosabiertos

Por Nicolás Prividera

I.

Acaba de editarse en castellano Conquista de lo inútil, el diario que Werner Herzog escribió durante el rodaje de Fitzcarraldo, un film excesivo y (como no podía ser de otro modo) excesivamente sobrevalorado, que fue saludado posteriormente como la última cumbre de Herzog (visto que luego vendría el traspié de Cobra verde y una larga decadencia, de la que lo rescataría su nueva incursión en el documental). El equívoco (para la crítica y para el mismo Herzog) fue justamente creer que Herzog había llegado a la cumbre con Fitzcarraldo (su megalómano proyecto sobre un megalómano proyecto), y no con Aguirre (su megalómana crítica a una conquista nada personal). Fitzcarraldo fue más bien la conversión de Herzog en Aguirre: del conquistador inútil a la conquista de lo inútil.

Dice Quintín comentando el libro y el film: “La obsesión por lo inútil como divisa, como eje de la libertad humana cuya culminación es la literatura parece demostrar que esa cinematografía titánica de Herzog no es un acto fascista.” También se podría decir lo contrario: porque la obsesión por lo inútil (es decir: el arte por el arte) terminó de algún modo en los campos de concentración. Y aunque el anarquismo de Herzog lo salva del nihilismo, no deja de constituir un “triunfo de la voluntad”: esa guerra de un solo hombre no deja de ser una sublimada voluntar de poder convertida en un tánatos suicida. Es el lado de Herzog que expresa lo más oscuro de la adorniana “dialéctica del iluminismo”.

Hay un lado más luminoso, aunque igualmente trágico, y es el del héroe irredento, aun cuando esté alienado (Kaspar Hauser) o aislado (País de silencio y oscuridad): en su batalla con el mundo, ese héroe se afirma en su sola voluntad (más allá del triunfo). Ya no desde la megalomanía y la riqueza, sino desde la carencia (aunque su destino final parezca un terrible chiste de Groucho: “Llegué de la nada a la mas absoluta pobreza”). Son seres que no sueñan (a través de otros) con lograr que un barco cruce una montaña, sino con dar un solo paso en medio de las tinieblas: la contracara del conquistador siempre insatisfecho, los que se han conquistado a sí mismos (aun habiendo “nacido pequeños”).

II.

En el luego simbólico ‘68 francés, Truffaut filma El niño salvaje, basado en la historia real de un “niño-lobo”, según la cuenta en su diario su “educador”, un pedagogo del siglo XVIII. Por supuesto, toda la izquierda francesa se le fue encima a Truffaut, que en su película seguía fielmente el diario y además se había reservado el papel del maestro: haciendo una lectura foucaultiana, sus detractores decían que el film era reaccionario, ya que mostraba el modo en que el saber ejercía su dominación, etc. (probablemente se hubieran sentido más a gusto con el Kaspar Hauser de Herzog, y su reivindicación del “buen salvaje”). Truffaut estaba desolado: para él, la película hablaba de la educación como acto amoroso, y explicitaba de algún modo la relación “filial” que lo había unido a Bazin (quién lo había rescatado de ser un “niño salvaje” gracias a la escuela de Cahiers).

Recordaba yo esto hace un tiempo, hablando con la directora de un instituto de menores (que está haciendo un gran trabajo para lograr convertir ese depósito de cuerpos violentados en escuela), porque me decía que no sólo tenía que luchar con el afuera (la criminalización de la minoridad), sino con el adentro: algunos “progresistas” que trabajan en el Instituto se resistían (desde su universitaria educación foucaultiana) a “imponerles la ley” (paterna y estructurante) a los chicos a su cuidado, optando más bien por potenciar la desestructuración del “sistema”… ¡Sin comprender que esos chicos vienen de un medio (familiar y social) totalmente desestructurado! Por lo que la “desestructuración” no representa ninguna novedad, ni mucho menos liberación alguna: por el contrario, para encontrarle un sentido a la rebeldía, necesitan primero incorporar una “estructura”, un orden que los oriente y que también les de herramientas para liberarse o pensar (contra) ese orden: eso que siempre seguiremos llamando “educación”.

Y es que tanto ella como yo sabíamos (como Truffaut) de lo que hablábamos, porque crecimos en medio de una violenta desestructuración (producto de la época, no de la clase), de la que sólo nos salvó (entre otras cosas) el amor por el saber (eso significa la palabra “filosofía”, que no tiene nada de académica) o, para decirlo mas llanamente, la pura curiosidad intelectual (que se puede estimular o adormecer, desestimar o favorecer).

III.

El cine y la educación siempre fueron de la mano. En principio porque el cine es una continuación del iluminismo por otros medios (desde su misma concepción por los Hermanos “Lumiere”). El cine no sólo fue adoptado como entretenimiento: también fue pensado como escuela. Y (uniendo los dos términos: entretenimiento y escuela) como medio de adoctrinamiento y propaganda (desde la primera guerra mundial a la guerra fría, y luego reemplazado en parte por la TV).

El documental mismo fue creado como “género” a partir de esta reducción didáctica (cerrando la escuela documentalista de Grierson lo que Vertov había abierto como posibilidad: pensar en un cine que fuera un más allá –y no un más acá- de la ficción). Pero así como hubo un cine didáctico, también hubo films sobre el didactismo: films sobre la escuela (como representación del mundo).

Dos de esas últimas representaciones de lo escolar vienen de Francia, pero son diversas (y divergentes): Una es Entre los muros (la película de Cantet que ganó la Palma de Oro en Cannes), y la otra es Ser y tener (el no menos famoso pero mucho menos visto documental de Philibert): si bien ambas trabajan sobre una base “real”,  la distancia que las separa es la que media entre la ficción sociológica y la libertad documental. Cantet filma con sujetos reales en un espacio real (una clase multicultural en una gran ciudad), pero a partir de un libro previo y largos ensayos: su film logra así parecer un documental, pero al final (al caer en la inevitable “resolución del conflicto”) muestra sus costuras dramáticas (más rígidas aun cuando la moraleja es tan oscura como “políticamente correcta”). Philibert es más modesto, y a la vez más profundo: al filmar las clases (de un maestro rural en un pueblo del interior de Francia) sin forzar las situaciones, deja que las situaciones hablen por sí mismas, y que la moraleja pueda ser más luminosa, sin por ello caer en la “corrección”. Y esa es finalmente la gran lección del film (y de todo gran film): así trabajan los maestros.

Fotos: 1) Aguirre, la ira de Dios y Póster de Fitzcarraldo; 2) F. Truffaut; 3) Ser y tener.

En este blog se puede leer más sobre La conquista de lo inútil

Copyleft 2009 / Nicolás Prividera

IDENTIDAD SUSTITUTA

Octubre 26, 2009 por ojosabiertos

**** Obra maestra  ***hay que verla  ** Válida de ver  * Tiene un rasgo redimible ° Sin valor

Por Roger Alan Koza

BIENVENIDOS A LA PANTALLA GLOBAL

Identidad sustituta / Surrogates, EE.UU. 2009.

Dirigida por Jonathan Mostow. Escrita por John Brancato y Michael Ferris.

*Tiene un rasgo redimible.  

La nueva película del director de Terminator 3 es, paradójicamente, cautivante y mediocre, pues sus contenidos filosóficos equilibran la pobreza cinematográfica de su puesta en escena.

Según el sociólogo Gilles Lipovetsky, estamos en una nueva edad del cine. Ya no hace falta verlo, pues vivimos y experimentamos el mundo y sus complejidades a través de una matriz que es en sí cinematográfica. En Identidad sustituta ya nadie mira televisión y los cines permanecen fuera de campo (no se ven), pues la realidad misma ya funciona como una película. Es la cinesfera, o cómo el orden simbólico que sostiene nuestra identidad está mediado holísticamente por una pantalla.

En menos de 5 minutos, Identidad sustituta establece el estado de cosas: un científico y una corporación concibieron un mundo utópico, sin crímenes, inmaculado, poblado de jóvenes esbeltos inmunes al envejecimiento, un universo liberado de la carne y la herencia genética, que le hubiera encantado a Michael Jackson. Así las cosas, el 99% de la población mundial vive conectada y reemplazada en sus tareas cotidianas por robots denominados ‘sustitutos’. Nuestra especie literalmente vive acostada. Nuestro cerebro es la pantalla, los robots los protagonistas de un relato personal y colectivo.

En este futuro impreciso, hay disidentes. Los dreads (en inglés, “terror”) militan por una humanidad desrobotizada. Son los luditas de este nuevo siglo, gente que desestima el bienestar digital. Viven en zonas libres de androides, y, como se puede constatar en una secuencia, creen en una civilización orgánica, no muy distante de una comunidad alternativa de Oregon o Capilla del Monte. Siguen a un líder llamado El Profeta, un personaje a imagen y semejanza de Bob Marley y Osho, aunque todo no es como parece.

El gran Bruce Willis es un detective del FBI. Ha perdido un hijo, y, aunque su sustituto es un exitoso agente, su melancolía es infinita. Todo cambiará para él (y para el resto de los mortales) cuando investigue un inesperado asesinato de un sustituto que implica un arma capaz de dañar a sus operadores, es decir al Yo detrás de la máquina.

Basada en una novela gráfica, Identidad sustituta es filosóficamente fascinante y cinematográficamente berreta. Más que una película es un boceto: parece filmada a las apuradas y salvada en la sala de edición para alcanzar un mínimo de coherencia, aunque hay dos secuencias que justifican la película. Jonathan Mostow imagina cómo sería la reincorporación a la realidad material por parte de un mortal que permanece inmóvil frente a una pantalla. Willis vuelve a pisar la calle. Un plano subjetivo en gran angular expresa visceralmente cómo el uso obsesivo de una tecnología modifica todos los órdenes de la sensibilidad. El otro pasaje sugiere el porvenir militar en la era digital.

Como toda película de ciencia ficción, Identidad sustituta aplica una lupa sobre el presente y exacerba las consecuencias de nuestras prácticas. El devenir virtual de nuestra especie es irreversible. También la finitud del cuerpo y el espíritu.

Copyleft 2009 / Roger Alan Koza

Esta crítica fue publicada por el diario La Voz del Interior en el mes de octubre de 2009

SEMANA DEL 26/10 AL 01/11 EN CINECLUBES

Octubre 26, 2009 por ojosabiertos

LA CUMBRE: EN EL CINE LUIS BERTI, BELGRANO 470

28 de octubre, a las 20.30hs:

La nana, de Sebastián Silva, Chile, 2009

95’ / +13

Cortometraje: a las 20.15hs, Wasp, de Andrea Arnold, Reino Unido, 2003

La sólida película e Sebastián Silva examina la pertenencia de clase en la sociedad chilena contemporánea indagando la interacción cotidiana de una familia de clase media alta y su nana. Silva presenta un universo reconocible, el de los patrones y sus sirvientes, pero sin ser condescendiente, y mucho menos políticamente correcto (o cínico), dibuja personajes queribles y complejos que expresan un orden simbólico. Si bien La nana se sostiene en el enorme trabajo de Catalina Saavedra, que interpreta a Raquel, la nana en cuestión, Silva no desatiende la conformación matriarcal de la familia, en donde el padre, preocupado por sus maquetas y palos de golf no está muy lejos del hijo adolescente que navega en Internet saciando los dictados de su explosión hormonal. Los privilegios y placeres de clase funcionan como contrastes y correlatos de los deberes y padecimientos de clase. Es así que, tras 20 años de servicios, Raquel es uno de los tantos sujetos que viven como “objetos” respetados mientras cumple sus faenas de limpieza y mantenimiento. Su cansancio, y más precisamente la mala relación con la hija mayor de la casa, llevan a la contratación de una segunda mucama. Silva se vale de esto para sugerir cómo un empleo es un territorio existencial, o también cómo la servidumbre compone un modo de ser, pero también, a partir del ingreso de una joven empleada, el joven director le otorga a su dolido y avergonzado personaje la oportunidad de cambiar y explorar su identidad más allá del deber laboral. Ver la transformación de Raquel en la pantalla es un pequeño milagro. En última instancia, La nana es un film rítmico y fluido que prescinde de música y subrayados, y su trama no es otra cosa que una defensa discreta de la dignidad humana. (Roger Koza)