Archivo de Febrero 2008

AFORISMOS VISUALES 2

Febrero 29, 2008

LA LÍNEA DE FUGA 

Tras ver la ceremonia del Oscar después de tres horas insoportables, hubo un sólo momento real, más acá del limbo en el que vive esa gente que dice hacer cine. Glamour, patriotismo, divismo, chauvinismo, pelotudismo. Y en eso esa anécdota maravillosa llamada Once se lleva la estatuilla por mejor canción, y es un momento en el que algo de otro orden sucede. Hasta el cínico de Stewart, el anfitrión de turno, se da cuenta y habla de la “arrogancia” de Glen Hansard, protagonista y compositor de la música del film. Ya lo había visto en Cannes cuando Ventura, el personaje principal de Juventud em marcha, llegaba al gran teatro Lumière. Y entonces lo imprevisto, lo que está fuera del plan para que no pase nada, el guión obsesivo y castrador que protege para que nadie diga lo indebido y todo sea un gran simulacro. Regresa la compañera de Hansard, Markèta Irglová y le dedica el premio a los independientes. Nadie entiende nada porque está fuera del programa y la desconocida ya había recibido su Oscar aunque no se le había concedido la palabra. Tres minutos reales que justifican tres horas banales. Gente que no viaja en limousine. Sujetos que desenmascaran la infinita boludez de esta máquina semiótica conocida como Hollywood y su obscena autocelebración de los premios Oscar, ejercicio de canonización a la fuerza de películas berretas. (Roger Koza)

CINE EN LA RADIO: 94.3 FM UTN

Febrero 28, 2008

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Larga el programa de cine de varios participantes del curso que doy en el Hugo del Carril, cineclub municipal de la ciudad de Córdoba. Promete muchísimo, pues quienes lo hacen poseen un gusto variable y fino, además de una capacidad crítica que no se ve en los medios gráficos, televisivos y radiales de la ciudad de Córdoba. El programa será conducido por Eva Cáceres, Fernando pintura del fuego Pujó, Verónica Tarantino, José de Bela Atar, Silvia lo que Allen soñó y otros ilustres. Va a las 20.30hs, todos los sábados. No se lo pierdan. (Roger Koza)

ROSETTA

Febrero 27, 2008

**** Obra maestra *** Hay que verla ** Válida de ver * Tiene un rasgo redimible °Sin valor

por Roger Alan Koza 

UNA PELÍCULA DE GUERRA, UNA PELÍCULA DEL FUTURO

Rosetta, Bélgica, 1999.

Escrita y dirigida por Jean-Pierre y Luc Dardenne.

**** Obra maestra

Tras dos películas de los hermanos Dardenne estrenadas comercialmente durante el 2006, El hijo y El niño, su indiscutible obra maestra llamada Rosetta de 1999 se viene anunciando desde el 2007; llegará tarde pero sigue siendo un film del futuro, intempestivo, necesario.

Unos años atrás David Cronenberg declaraba en el periódico Libération , a propósito de su decisión de otorgarle el palmar de oro a Rosetta de los hermanos Dardenne: “Hemos elegido lo que creemos será el futuro del cine, y sabemos que aquello que hoy está en los márgenes habrá como siempre acabar en el centro… Desde mi punto de vista es pesimista Shakespeare enamorado, pues demuestra no tener fe alguna en el cine. Mientras que Rosetta me permite ser optimista debido a que muestra que el cine puede cambiar el mundo y que posee todavía el deseo y la fe de transformarlo”.

El cine de los Dardenne interpela el presente sin condescendencia alguna; sus películas son films-reelámpagos que iluminan la tristeza y la desesperación del mundo con la pretensión de alterar, por mostrar, el orden simbólico que las produce. Y a veces lo consiguen. Justicia poética y ejemplo del poder político del cine, la ley laboral para adolescentes en Bélgica se llama Plan-Rosetta, instituida el 12 de noviembre del 2000. Cronenberg, el lúcido, tuvo razón.

Rosetta cuenta la historia de una adolescente de 17 años perteneciente a la clase trabajadora que intenta trabajar para mantener a ella y a su madre, una alcohólica compulsiva. El relato se circunscribe a mostrar la cotidianidad de Rosetta (Emilie Dequenne) dividida entre rituales de supervivencia y su rutinaria búsqueda de empleo. Puede ser la experiencia de cualquier púber del gran Buenos Aires, aunque el film transcurre en Seraing, una ciudad de Bélgica que supo ser industrial.

Rosetta pertenece a una generación que desconoce la pertenencia al movimiento obrero y sus luchas sociales. Su percepción de sí es solitaria, atómica, desvinculada de una conciencia de clase. Una mónada sin historia, una existencia inmediata. Por eso, la aparición de un otro, un joven llamado Riquet (Fabricio Rongione), a quien conoce en el paso fugaz por un puesto de trabajo, le permite reconsiderar su identidad en otros términos. Debe ser una de las escenas más conmovedoras del cine contemporáneo: Rosetta, antes de dormir, repite su nombre en primera y tercera persona. Es un diálogo, un monólogo. Tiene un amigo, tiene un trabajo. No es más un fantasma ante el gran Otro. Es alguien para otro, ya no está sola, al menos por un tiempo.

Diríase que los Dardenne postulan un nuevo universo laboral al que consideran una zona de guerra: conseguir un empleo es participar en un combate. Si en la opera Three Penny Brecht decía que el pan viene antes de la moral (debo esta cita al análisis de Jonathan Rosenbaum respecto de este film publicado en Essential Cinema, 2004), aquí la sentencia adquiere una materialidad opresiva. Tal sensación es conquistada por una construcción formal subordinada al relato. La cámara persigue a Rosetta como si esta fuera un soldado en el frente: planos secuencia, cámara en mano, nada de música extradiegética. El sentido de urgencia se materializa en la respiración del combatiente, acaso el efecto sonoro más contundente del cine de los hermanos Dardenne. La cámara sólo se aquieta cuando Rosetta consigue un empleo y un amigo. Pero en la guerra la quietud es una pausa en la disputa.

Lo sabemos: el desempleo disciplina, provoca comportamientos vergonzosos. Véase la escena en la que Rosetta delibera sobre dejar hundir en el río-pantano a su único amigo o salvarle: ¿supervivencia o solidaridad? Esta escena se repite directamente en el espacio por antonomasia en donde se lucha cuerpo a cuerpo: un puesto. El enfrentamiento entre Rosetta y Riquet, tras una táctica legítima de combate, implica en el orden de la trama una suspensión biológica de la ética, y una decisión filosófica y narrativa por parte de los realizadores para ver hasta dónde puede socavar este nuevo estado de guerra la decencia de quienes combaten, compiten. En este sentido, como lo entendiera Bresson (acaso Rosetta sea una lectura materialista y actualizada de su Mouchette) lo que se puede decir con el sonido y la imagen es suficiente. Aquí el sonido de la motoneta de Riquet deviene, en la escucha de Rosetta, en el repiqueteo musical de un redoblante perteneciente a un ejército imaginario que anuncia la cercanía del enemigo. La puesta en escena de los Dardenne es precisa y austera, pero lo que ocurre entre los planos y con los planos habla de un dominio del medio propio de maestros. ¿O no se transfiere a quien mira el peso de una garrafa, el sabor de un huevo duro, la angustia localizada en la panza, el barro que hunde? La coherencia entre forma y contenido hace que el espectador experimente con su propio cuerpo la materialidad de la película.

En la impecable edición de MK2, bajo la dirección de Serge Toubiana, parte de la obra esencial de Charles Chaplin ha sido restaurada y digitalizada. La archiconocida Tiempos modernos es presentada y analizada por los hermanos Dardenne. Es lógico que así sea. Los Dardenne son parte de ese linaje estético y político al que pertenecía el responsable de Luces de la ciudad, y que bien subscribe a la concepción de cine del realizador portugués Pedro Costa, otro miembro de esta comunidad de inconformistas, para quien la función primaria y esencial del séptimo arte es dejar constancia y hacer sentir de que hay algo que está mal.

Y como Chaplin, los Dardenne carecen de escepticismo. Creen en el cine porque creer en él es volver a creer en el mundo. En efecto, Rosetta apuesta a un tipo de dignidad condensada en el último pasaje de su trama, en donde ambos personajes son testigos, como nosotros, de una metamorfosis. Es el gesto que convierte a un animal moribundo como Rosetta en un agente libre que impugna toda injusticia.

Copyleft 2000-2008 / Roger Alan Koza

Esta crítica fue publicada en el número 4 de la revista La Rana de la provincia de Córdoba, durante el 2007. 

AFORISMOS VISUALES 1

Febrero 27, 2008

HITMAN: AGENTE 47

Febrero 25, 2008

**** Obra maestra *** Hay que verla ** Válida de ver * Tiene un rasgo redimible °Sin valor

por Roger Alan Koza 

DURO DE AGUANTAR

Hitman: agente 47, Francia-EE.UU, 2007

Dirigida por Xian Gens. Escrita por Skip Wood.

° Sin valor

Este indiscutible bodrio permite pensar el lenguaje cinematográfico y su vínculo (y diferencia) con el llamado lenguaje audiovisual, aunque ni siquiera por ello se hace llevadero ver este mamotreto producido por Luc Besson.

Se ha insistido que el cine es un arte impuro. Literatura por otros medios, pintura en movimiento, teatro filmado, no en su prehistoria pero sí en su historia, el cine se ha alimentado de diversas fuentes en su noble y todavía joven evolución. Tras más de 1oo años de existencia, Shakespeare y Hugo, la Biblia y el Ramayana, las guerras y las revoluciones, han sido incorporados al séptimo arte. Y también El Hombre Araña y Lara Croft.

Desde mediados de la década del ‘90, un nuevo impulso en el corazón de la industria del cine anglosajón ha incorporado a la legítima impureza del cine la adaptación primero de la historieta, seguido por las series de televisión de décadas precedentes, hasta por último hallar en la minimalista narrativa de los videojuegos un recurso cinematográfico.

Basada en el personaje de un videojuego creado por Rasmus Guldberg-Kjaer, Hitman: Agente 47, parece ser una adaptación fidedigna, pues pocas veces llega a ser una película sino más bien un extenso y tedioso ejercicio de transposición fallida de una lógica audiovisual al lenguaje del cine. Quienes han concebido la biografía de este solitario y fóbico asesino subestiman la inteligencia adolescente, principal destinatario de este producto inescrupuloso.

Mientras que en el inicio se escuchan fragmentos del Ave María, se prologa al personaje. La infancia del agente 47 transcurrió en una misteriosa secta policial y mística llamada “La organización”, en donde niños rapaditos son entrenados en múltiples disciplinas para matar. Una marca iniciática los caracteriza: un código de barras en la nuca. Podría ser el sueño de cualquier púber neonazi, aunque la neutralidad es la política de la institución. Se elimina a quien sea.

Perseguido por un detective de la Interpol, el agente 47 tiene que despachar al próximo presidente de Rusia. Al hacerlo, inexplicablemente, fracasa. Es posible que la SBF, policía secreta rusa, esté involucrada en la operación. Es posible también que “La organización” no esté de su lado. En algún momento, el agente 47 sólo podrá confiar en una prostituta, ligada al candidato, que habrá de ser su primer amor (platónico), pues esta máquina de matar desconoce los placeres corporales. Es virgen a los treinta.

Este agente 47 no tiene ni el brío del nuevo 007 proletarizado, ni la experiencia traumática de Jason Bourne (tampoco el humor de Austin Powers o la ironía de McClean). Es un agente atonal, propio de una película robótica. En efecto, no hay ni una secuencia de acción que resulte con eficacia. La omnipresente música de fondo intenta agilizar lo que las imágenes no pueden. Gens ni siquiera permite que se disfrute de las locaciones. Filmar Estambul y San Petersburgo como maquetas insulsas es de una impericia absoluta.

A pesar de que los rusos corruptos en cuestión se traten de camaradas, término poco inocente, Hitman…es políticamente nula. Lo político yace entonces en la naturalización de la matanza a través de los videojuegos. Algo que Stallone lleva a su perfecta apoteosis en los 20 minutos finales de su nuevo Rambo.

Copyleft 2000-2008 / Roger Alan Koza

Esta crítica fue publicada en el mes de febrero por el diario La Voz del Interior de la provincia de Córdoba.

TE DOY MIS OJOS: EL CINE, LA CRÍTICA Y EL PÚBLICO

Febrero 23, 2008

Por Roger Alan Koza

 

Un amigo mío llevó irreflexivamente a su hijo a ver Bañeros 3. Me comenta que se durmó pero que su hijo, al menos cuando él estaba despierto, se reía durante la película. Discutimos sobre la mistificación del cine popular en manos de este producto, de su retórica reaccionaria disfrazada de entretenimiento familiar. Días después, mi amigo me llama para contarme una declaración de su hijo. Sin ser inducido por su padre, el niño vio en DVD El cameraman, con Búster Keaton. Y sentenció: “Papá, ésta está mucho mejor que la de los bañeros”.

La anécdota puede ser la prueba de una tesis, el indicio de que el film de Ledo, efectivamente, sobrestima (y desprecia) la inteligencia popular. Pero en verdad, va más allá de ese caso particular. En efecto, el caso mencionado sirve para descifrar la brecha entre los criterios de los críticos cinematográficos y el gusto del público.

Hace un mes atrás el crítico del New York Times, A.O. Scott intentaba pensar esa distancia cada vez mayor entre quienes escriben sobre películas y quienes asisten a verlas, y procuraba explicar y justificar el oficio del crítico. El crítico, decía, trabaja para el espectador, e intenta resguardar para él o ella una concepción del cine entendido como arte, sin negar desde ya su incuestionable costado de entretenimiento popular. Scott no es, precisamente, un crítico radical, alguien capaz de defender un film de Kiarostami a expensas de uno de Scorsese, pero en su artículo bien delimita el problema.

Partamos de esta afirmación de un exponente excelso de esa tradición literaria menor denominada crítica cinematográfica, Siegfried Kracauer: “Un buen crítico sólo puede ser concebido como un crítico de la sociedad”. La afirmación puede parecer exagerada, pues muchos críticos cinematográficos limitan su análisis al placer que le proporciona una película determinada. El gusto del crítico es uno de los tantos criterios a la hora de ejercer el oficio pero no es ni el único, ni el definitorio. Ver una película para juzgar si ésta coincide o no con el gusto de quien escribe es convertir el trabajo del crítico en mero narcisismo ilustrado. Un crítico, más que nadie, debería interpelar su gusto, ampliarlo, cuestionarlo, pues para aprender sobre una película se debe saber que el gusto es proclive al cambio. De lo que predica una función de la crítica: suministrar conceptos pertinentes para la constitución del juicio (estético) del lector y posible espectador, que le permita expandir su gusto. El límite del placer es proporcional al límite respecto de la capacidad de ver.

Pero ¿qué podemos ver? ¿Hay acaso un hilo secreto entre lo que se puede ver y lo que gusta? Un crítico deberías saber: lo que se puede ver regularmente en una sala de estrenos semanales corresponde a un 30% de lo que se puede ver del cine que se realiza en el mundo. Un crítico debería dejar constancia de que existe otro cine fuera de Hollywood. Un crítico, además, debería reconocer que, cuando él redacta su análisis, su mirada está influenciada por una cantidad de películas que el público no ha tenido acceso, y que por tanto habrá de juzgar una película bajo un parámetro comparativo desconocido por muchos de sus lectores.

Pero la descripción anterior corresponde a un crítico ideal, acaso perteneciente a una minoría. Muchos colegas tampoco tienen el privilegio de ver películas fuera del canon que consagra anualmente el mercado, y que Hollywood celebra en su festín obsceno de la noche de los Oscar. En efecto, existe un anónimo pero omnipresente seleccionador que va paulatinamente confeccionando un espectador y también un tipo de crítico, un dictador difuso que impone sus reglas sobre qué es el cine, el placer, la denuncia, la reconstrucción histórica, el amor en la pantalla. Su aforismo predilecto es “lo que el público quiere ver”; su método pedagógico la repetición publicitaria; su triunfo comercial puede verificarse en la irrefutable prueba empírica de que su preferencia es la de todos: los números de taquilla así lo confirman.

Sí, nuestro gusto es el gusto diseñado por la lógica del mercado, ese juego perverso y dominante en el que se inventa una necesidad y un placer en el nombre de la libertad del consumidor, del espectador (o el crítico) que supuestamente elige lo que quiere ver. Si el cine fuera un supermercado de alimentos la oferta se reduciría a alimentos saturados en grasas con escaso valor nutritivo. Todo lo que se puede adquirir en ese gran mercado del cine, lo que hoy se puede ver en una sala, equivale a una dieta monocorde de embutidos, carne picada y alguna ingesta ocasional de proteínas ligeramente saludables. En ese sentido, no debe sorprender que el negocio de las cadenas de exhibición cinematográfica sea, precisamente, la venta de comida chatarra. Hay un misterioso correlato ideológico entre el fast-food y el cine devenido en espectáculo de masas. La ideología siempre está expuesta.

 

Y es peligroso, también, glorificar el asentimiento masivo de un film como dato que explica su calidad, su verdad estética, aquello que responde al deseo colectivo sobre qué cine se quiere ver. Los números no son un argumento. La verdad (estética) no es una cuestión de consenso. Si hay algún momento rescatable en Manderlay, segundo film de la trilogía sobre Estados Unidos en manos del provocador profesional conocido como Lars von Trier, es el pasaje en donde su angelical protagonista les regala la democracia a los ya negros libres, ayer esclavos, ahora listos para deliberar el destino de su pueblo. La primera gran decisión tomada en conjunto consiste en linchar a un traidor, miembro de la misma comunidad. Dicho de otro modo: las miles de entradas pagadas para ver un film como Bañeros 3 no significa que la verdad pertenece a la mayoría, que si el público responde es porque solamente gusta, y que ese es el cine que se quiere ver. La respuesta masiva es un síntoma de otra cosa: ello denota un momento histórico cultural en el que la experiencia de pueblo se disuelve en la de masa, y ésta como tal implica un debilitamiento de las facultades racionales del individuo, quien carece de una protección y reacción intelectual capaz de hacer frente al poder ominoso y eficaz de la publicidad. Si el cine es una industria de entretenimiento masivo, la publicidad constituye a fuerza de repetición un deseo masivo de consumo. Es un círculo irrespirable aunque admirable en su funcionamiento. ¿Cómo liberar entonces el deseo? ¿Cómo retomar la identidad obnubilada bajo la seducción del marketing? ¿Cómo conocer lo desconocido?

Un crítico de cine, entonces, podría ejercer un rol específico: devenir en crítico social, si se entiende por crítica el acto de desenmascarar qué se dice con una película y desde dónde se enuncia aquello que se dice y muestra, sin dejar de advertir, desde ya, de qué forma un director elige construir las escenas que conforman su película. ¿Por qué en Luna de Avellaneda, por ejemplo, el personaje de Darín jamás cruza el riachuelo para buscar a la niña de clase obrera que aprende danza en el club al que él pertenece? En la próxima película de Oliver Stone sobre los atentados de las torres gemelas, los dos héroes del relato son netamente estadounidenses, aunque las 2.749 personas asesinadas el 11 de septiembre pertenecían a 87 países distintos; una tragedia humana travestida en tragedia nacional. Y ¿por qué la iconografía dominante en el regreso de Superman remite a un cristianismo mesiánico? Curiosa coincidencia respecto de la retórica política de un país, cuyo universo simbólico evoca inescrupulosamente a las cruzadas medievales. Las películas son síntomas del mundo, fantasías colectivas o expresiones de un imaginario social definido. Un crítico debería hacer un esfuerzo por leer el inconsciente de las películas, hacer hablar lo que ellas muestran sesgadamente.

Por eso quien escribe crítica cinematográfica debería tener en cuenta aquellas películas que aportan otras miradas, otros discursos, otros modos de estar en el mundo. A veces son películas que se ven en festivales, y que darles visibilidad en la discusión pública puede significar su posible estreno comercial. Hay que defender las buenas películas, pues de que éstas puedan ser vistas depende de que se forme un buen público. Y es allí que un crítico puede ser el centinela y testigo de que hay algo valioso que el mercado execra por una supuesta rentabilidad deficitaria. ¿Quién sino el crítico puede anunciar y enunciar la importancia de una película desconocida, una capaz de transmitir otra mirada sobre cómo vivimos, resistimos, creamos, amamos? No se trata de devenir en un especialista que pontifica desde las alturas de un suplemento cultural o desde una cátedra para pocos.

Se trata más bien en convertirse en un intercesor entre aquellas obras artísticas, populares o de vanguardia, que todavía no encuentran su lugar de exhibición, y su público, propenso a elegir como propio algo que se le impone. Un crítico intercesor escribe sobre películas fantasmas, películas intempestivas aunque necesarias para visualizar algo fundamental de la estructura básica de nuestro mundo. Hay películas que hacen hablar zonas mudas de nuestra experiencia del mundo. ¿Qué fueron acaso Ladrón de bicicleta, Día de fiesta, Noche y niebla? El crítico intercesor puede espigar entre los tesoros del pasado y recordar a un público embotado de novedades de que existe, por ejemplo, un cómico popular llamado Búster Keaton. Pero el crítico intercesor también necesita detectar las películas del futuro, y traducir rápidamente para su público un código desconocido pletórico de posibilidades. Intercesor, vocero, hermeneuta, incluso geógrafo de las imágenes, el crítico debería buscar las películas que abren el horizonte simbólico de sus espectadores, aquellas que estimulan el instinto utópico de la platea.

 

Hay muchas películas que son explosiones de esperanza, títulos que se extinguen en la infatigable selección artificial del mercado. Un crítico debería vociferar la existencia de un film como Rosetta, de los hermanos Dardenne, de El mundo, de Jia Zhanke, de Juventud em marcha, de Pedro Costa, películas que ennoblecen el séptimo arte y reconstituyen su poder libertario y emancipador. Ese fue el credo de Chaplin, Tati, Keaton; es también la fe innegociable que sostienen todavía realizadores como Godard, Haneke, Cronenberg, Érice, Tarr, Kiarostami. El crítico, en verdad, presta sus ojos al lector. Convertirse en lupa y telescopio de quien no tiene el tiempo de hacer de una pasión una profesión, en eso consiste la deontología del crítico. El crítico ya no solo como artista, la bellísima apología concebida por Oscar Wilde para esta profesión siempre cuestionada, sino también la legitimación de una nueva figura, la del crítico como un obdusman de los derechos estéticos (y políticos) del público por ver imágenes del mundo.

COPYLEFT 2000-2008 / Roger Alan Koza

* Este artículo fue publicado en la sección cultural del matutino La Voz del Interior, del jueves 24 de agosto, 2006.

ESTAMOS TRABAJANDO PARA USTED

Febrero 20, 2008

Desde el inicio de este blog, tras la mudanza de Blogspot a WordPress, sin dudas, una decisión correcta, el blog ha estado actualizado. No he pasado más de una semana sin subir una nota, una crítica, un ensayo, una entrevista. Como se puede advertir, la mayoría de los artículos provienen de otras publicaciones en las que suelo escribir y junto con éstos siempre está la información actualizada de los cineclubes. Rara vez publiqué algo de mi autoría especialmente para el blog, excepto contadas ocasiones. El aporte de los tres excelentes artículos de Prividera (y se viene un cuarto) fueron un acierto. Quizás otros amigos, cada tanto, habrán de contribuir con algún escrito.

Mi intención es empezar a escribir cosas exclusivas para el blog. Veremos si puedo hacerlo. Serían críticas, traducciones, ensayos, todos para ser publicados en este espacio. Intentaré hacerlo, y no es fácil, porque tengo muchos trabajos y no cuento con acceso a la web desde mi casa.

Y aviso lo que viene: Reportes diarios del Festival de Guadalajara (desde el 7 de marzo); un texto inédito de Pedro Costa, críticas de películas recientes, y reposiciones de algunos textos viejos publicados en otros lugares, incluyendo un largo ensayo sobre Cine y Psicoanálisis.

Muchísimas gracias a todos los lectores del blog. En los últimos meses la cantidad de visitas se ha duplicado. Espero entonces no decepcionar las expectativas de quienes ven esta página día a día o semana a semana. Sus comentarios son bienvenidos.

RK

MISERIA DE LA REPRESENTACIÓN

Febrero 12, 2008

por Nicolás Prividera

Este texto es el tercero de Prividera que publico en el blog. Considero que de los tres es el más agudo y nodal de todos los que me envío. Comparto la tesis de su escrito y me admiro de la lucidez de un director que hoy debería ganar el premio FRIPESCI 2007 por su película M; pocos realizadores y críticos argentinos podrían ensayar como él sobre un estadio del arte y del cine contemporáneo, de lo que se predica por qué no habrá de ser reconocida esta noche. Es él la excepción de un regla. Es un artista y un hombre de palabra. (Roger Koza)

 

1.  “Íbamos juntos a los bailes, y yo los miraba vivir”  

Julio Cortazar, Las puertas del cielo  

En el Kunsthistorisches Museum de Viena se encuentra una de las más famosas autocelebraciones del arte: El atelier del artista, de Vermeer. Sin la fantasía barroca de Las meninas (que coloca al espectador en el centro de la obra), esta representación es famosa precisamente por su simpleza clásica: El clima es leve, cotidiano, íntimo, como si sorprendiéramos al artista (el mismo Vermeer) en pleno trabajo. Su modelo esta de frente, a la izquierda del cuadro, bajo la mirada del pintor y la suave luz de la ventana. Pero nada sabemos de ella.

En muchos cuadros pasa lo mismo, e incluso cuando por algún motivo la figura representada cobra vida o leyenda propia (como la duquesa de Alba o la Gioconda, mujeres que entregan su imagen a la vicaria eternidad del lienzo), lo que está en primer plano, siempre, es la maestría del artista, y los modelos no son más que aquellos ignotos seres que su mirada inmortaliza para siempre. La novedad de El atelier del artista está ligada a esa representación prosaica de un tema elevado: La pintura ya no tiene que basarse en la antigüedad clásica o en la vida cortesana.

 

Pero aun así, la representación del pueblo (de las “clases populares”, digamos) sigue estando ligada a la sátira, la alegoría, o simplemente lo pintoresco. Habrá que esperar a mediados del siglo XIX para que el vulgo aparezca llanamente en las obras (y para que sea una mera excusa: una naturaleza muerta). Hay que esperar el auge del Realismo, y aun más allá: basta ver la distancia que separa El ángelus de Millet (con su imaginería religiosa aun intacta) de Los comedores de papas de van Gogh (donde lo popular estalla sin atavíos). Pero incluso en estos retratos, los modelos siguen siendo ignotos hombres del pueblo, solo convertidos en íconos por el artista (que empieza a ser consciente de su poder revolucionario). El Romanticismo no acabó hasta bien entrado el siglo XX, con el fin de las vanguardias (la bélica primero, la artística después). Habrá que esperar entonces hasta bien entrado el siglo XX, cuando la pintura vacila como centro de las artes plásticas, cuando el cuadro se rompe y se abalanza sobre un mundo que ha perdido su marco, para que los modelos reclamen también su propia atención, y la obra viva precisamente de la des-composición de lo real.

Ese asalto tiene lugar en el centro del canon, en el centro del mundo, pero también en la periferia. En Buenos Aires (en la inquieta Buenos Aires de fines de los ‘60), la muestra “Experiencias ‘68” (la última experiencia del DiTella, en un año que también marca el fin de una época), Oscar Bony presenta una “familia obrera” expuesta ante el público, como una obra más. Pero no lo es: el modelo es la obra, y la obra es modélica, en su afán de pulverizar las convenciones, incluso las del arte moderno. La “intervención” de Bony convierte la representación en un problema: No sólo la “representación” artística (la relación de la obra con el mundo) sino la política (la relación del mundo con la obra). Para la institución burguesa, La familia obrera era una falta de respeto a la dignidad del arte, y eso era precisamente lo que Bony quería poner en cuestión, para demostrar que el sistema del arte era una falta de respeto a la dignidad de “la familia obrera”. La cuestión no era nueva (sino un avatar más del “fetichismo de la mercancía” descripto por Marx un siglo antes), pero será la última vez que se plantea con esa virulencia (para luego desaparecer bajo la violencia real que devoró, en todo el mundo, el sueño de una generación, y en la periferia a la generación misma). Cuarenta años después, es como si nunca hubiera sido formulada (como si hablar de “clases” fuera propio del siglo XIX, y no de la neo “era del capitalismo” en la que vivimos), como si volviéramos a ser los Lumière filmando (con esa inocencia salvaje de la burguesía en su período de gloria: como en los últimos fines de siglo) la salida de los obreros de su fábrica. No podía ser de otro modo (en este mundo reificado): la imagen de los “obreros” (entendámonos: de cualquier “clase”) le pertenece al capital tanto como sus productos. (Eso es lo que descubrimos en esa toma inaugural de los Lumière: una suerte de plusvalía cinematográfica.)

Unas cuantas décadas después, algunas voces se alzarán para protestar porque en una “explotation movie” como Mondo cane se asesina un hombre, y la muerte misma es menos escandalosa que la sospecha de que fue “puesta en escena”, destinada a ser filmada. Pero raramente (y mucho menos cuando el sujeto es periférico), el cine se haya cuestionado los límites de la representación de la miseria, de la pobreza, de la degradación, más allá de lo que hace al “buen gusto” de las almas bellas. (A veces se escucha alguna vieja polémica sobre la “estetización de la pobreza”, pero es más propia de la fotografíaa o más atenta ante la obra de un Sebastiao Salgado, que frente a películas como Ciudad de Dios , tal vez porque la fotografía nos expone ante la pura mirada, sin la complicidad de las sombras, mientras que en la imagen-movimiento el abuso se vuelve diario: basta ver los noticieros.)

Con la misma impasibilidad con que la ficción nos lleva a los límites de una crueldad nada gratuita, la mirada “documental” se solaza frente a las miserias cotidianas, naturalizándolas. (Incluso inventó para esa invisibilidad una coartada: la teoría de “la mosca en la pared”: la cámara es un ojo indiferente que registra el mundo, como si no hubiera nada ni nadie tras ella. Como si, desvanecido el camarógrafo a través de ese fetichismo de la imagen, se esfumaran con él los problemas de conciencia.) La TV llevó esto al paroxismo: nos trae la miseria del mundo mientras cenamos en casa, mientras no muy lejos alguien la sufre en carne propia.  

Y si hago hincapié en el documental es porque es un “género” en el que la relación con el mundo aparece menos mediada (aun cuando a los sujetos se les pague un salario, o tal vez por eso): Sigue teniendo para con sus personajes la misma reificada relación que la de los Lumière con sus obreros (un transparente ejercicio de dominación, el fatalismo de una simple constatación de una “realidad” inmodificable). En medio de esa explotación constante, cada tanto alguna película reflexiona sobre esa correlación. Veamos una de ellas.

En Santiago (Joao Moreira Salles, 2006) hay al menos dos películas (de hecho, fue realizada en base a los materiales de un proyecto inconcluso): en la primera pinta el retrato del mayordomo que tenía su familia en su mansión de Río de Janeiro (un personaje digno de Manuel Puig), mientras que en la segunda se incluye en el cuadro, trazando un esbozo de esa relación. La primera película está esbozada en los restos de la que no fue: Los “materiales en bruto” que el cineasta exhibe, y sobre los que a la vez reflexiona en ese segundo film efectivamente realizado, más de diez años después y ya muerto su protagonista. Puesta en abismo de esos restos y doble meditación sobre el tiempo: El sirviente Santiago habla del pasado, desde el pasado mismo (desde esa película que lo invoca como uno más de sus fantasmas) y Santiago concluye con una única certeza (mas allá de la más obvia, que ya estaba en los esbozos: La constatación del inevitable paso del tiempo). Dice el artista, hablando de su retratado y de sí mismo: “Yo no era solo un documentalista y él mi personaje: yo seguía siendo su señor y él mi mayordomo”. A pesar de ello, la obra no se libra de ese esteticismo decadentista que late en las inevitables imágenes del pasado (ligadas a una casa, a una clase, que ya es lo que era, y que Santiago hace suya): nos lo devuelve contradictoriamente, sabiendo que la película pone ese orden en cuestión, pero a la vez no puede trascender (como Santiago mismo) la mirada del amo.

Porque la mirada del poderoso no puede reflexionar sobre su condición, sobre el sometimiento que impone al otro (a la mirada del otro), sin ceder su lugar en ese mismo instante: Y “las clases no se suicidan”, según decía Marx. Antes bien, imponen su visión y naturalizan cualquier división del trabajo (también el estético). Parafraseando a Fredric Jameson, podríamos decir que imponen una “estética geopolítica”: una forma de ver el mundo adecuada a las coordenadas (de clase o región) que nos han tocado en suerte. Por supuesto, esa división no es solo geográfica o social: atraviesa también los géneros, precisamente porque el género (en sexo o arte: todo es política) es el lugar en que se ponen en juego los límites.

Veamos entonces lo que sucede con un género “menor” como la ciencia ficción, en su subgénero de “invasión” -ese gran subgénero sobre el Otro-, a través de un par de films recientes y no tanto, ya que ambos tuvieron al menos tres versiones en los últimos cincuenta años: Me refiero a Soy leyenda (tercera versión de la novela de Richard Matheson, sobre el único sobreviviente a una mutación que ha convertido al resto de los hombres en vampiros) e Invasores (tercera remake del film clásico de Don Siegel, Los usurpadores de cuerpos, donde la invasión alienígena se (re)produce a través de unas esporas que permutan humanidad por serialización: verdadero inicio de una revisión del género (donde el enemigo viene de “adentro”), vigente desde la guerra fría hasta las últimas reproducciones del miedo biotecnológico (y que sobrevivió en los ‘90 incubado en el cine de David Cronenberg).

Al final de Soy leyenda (de la última y traicionera adaptación de Soy leyenda ) aparece Dios (y maquina) para salvar al hombre: Ya no alcanzan los microbios, como en el final de La guerra de los mundos, aunque aquí también los aliens son una plaga de violentos “talibanes” a los que solo cabe exterminar. De esa poco sutil metáfora están hecha esa y otras películas (como la saga de Resident evil), y es importante notar el cambio: Los “vambies” (vampiros-zombies) de Soy leyenda poco tienen que ver con los humanoides de la novela original de Matheson (que ya había previsto todo, incluso la evolución que a los zombies de George Romero, autor de esa obra maestra llamada La noche de los muertos vivos, luego copiada hasta el hartazgo, les tomó décadas: poder hablar, desarrollar el pensamiento). El detalle no es menor, porque incorporar el lenguaje es, por supuesto, incorporar lo humano en el otro: la dimensión política de la existencia. Y esa es la gran involución del género, en esta era de terror globalizado: en los ‘50 los otros eran inteligentes (demasiado inteligentes), usaran esa capacidad para el mal (como esos “invasores” que replicaban la “amenaza comunista”) o para el bien (como en El dia que paralizaron la tierra, de Robert Wise, anticipación del buen alienígena spielbergiano de los “80, mutado hacia el fin de siglo en un Otro con el que ya no se puede dialogar, y que solo cabe destruir).

Esta es la clave de Soy leyenda (esa vieja metáfora de Donne: “Ningún hombre es una isla”), por eso es una película sobre la soledad (o sobre la construcción de la sociabilidad misma, según el modelo de Robinson Crusoe), mientras que Invasores es una película sobre “la comunidad organizada” (como también lo es 28 dias después y su secuela, 28 semanas después, aunque en esta “como en la remake de Los usurpadores de cuerpos de Ferrara- el ejército es tan implacable como los invasores). Pero lo que en Siegel era ambigüedad (ya que también podía ser interpretada como metáfora del macartismo) aquí se convierte en pura y simple “razón de estado”, filtrada por el Nuevo Orden Mundial post 11 de septiembre. La salvación sólo puede ser el fundamentalismo, sea religioso (como en la explícita moraleja trascendentalista de la Soy leyenda) o pseudodarwinista (según la simétrica moraleja de Invasores: “Si el ser humano no fuera violento, no sería humano”. Lo que esta última hace es postular la utopía como distopía: cuando vemos en los noticieros a Bush abrazándose con Chávez, o al ejercito saliendo de Irak, sabemos que los invasores están ganando…). La paradoja es que es un mundo feliz (a no ser porque los invasores pretenden exterminar a los seres inmunes al contagio, sin que quede claro por qué: como si los humanos no hubieran inventado ya la opción intermedia del “gulag” y solo quedara la opción de la “solución final”). Una sociedad donde se renuncia a un poco de humanidad (si coincidimos en la verdadera premisa fantástica de la película: que lo humano sería la emoción y no la razón…) a cambio de la paz mundial, etc. Conclusión solo imposible cuando el enemigo se asemeja menos a ese estado totalitario de 1984 que al tecno-medicalizado mundo de Huxley que hoy se nos propone como único posible. (En fin: Imaginemos que un Kubrick hubiera podido hacer con Los usurpadores de cuerpos la única versión que nunca veremos: contada desde el punto de vista de los Otros, asesinados sin piedad por los humanos que reconquistan la tierra…)  

2.  “Yo que anhelé ser otro, ser un hombre de sentencias, de libros, de dictámenes, (…) Al fin me encuentro con mi destino sudamericano” 

Jorge Luis Borges, Poema conjetural  

Volvamos al presente, a esa New York que en el cine siempre es amenazada sin cesar (como en la reciente Cloverfield ) por las mismas fantasías posbélicas que destruían a Tokio en los ‘50, a caballo de Godzilla. Detengámonos en el Museum of Modern Art. Los pisos superiores están dedicados a la vanguardia europea y a la (norte)americana: Un piso sostiene al otro, y todo el museo se convierte así en un intento (logrado) de incorporar “América” al canon del arte occidental. Pollock y Warhol son las estrellas: todo el mundo se fotografía junto a sus obras. Latinoamérica está prácticamente ausente: Apenas un par de brasileños y un Fontana (catalogado como “italiano”). Lo latino hay que buscarlo afuera, en la calle.

Un poco más al norte, en el corazón de Manhattan, en Central Park South y la 6ta. Avenida (llamada también “Avenida de las Américas”), se yerguen tres estatuas ecuestres, cada una representando a un patriota latinoamericano: San Martín, Bolívar, Martí. La primera fue donada por el gobierno argentino en 1950 (“Año del Libertador”, según la mitología justicialista), y es una réplica de la que está en la Plaza San Martín, en Buenos Aires: las patas delanteras del caballo en el aire, la mano derecha del Libertador señalando el horizonte. (La imagen mítica del héroe, el prototipo de lo que debe ser una estatua ecuestre.) La de Bolívar, en el otro extremo, es más apacible pero igualmente marmórea: ni la sonrisa del General ni el paso cansino del caballo logran enturbiar su aura de gloria. Flanqueado por ambas, unos metros atrás y en pleno corazón del monstruo, en la ciudad en la que vivió durante su exilio, se alza la estatua ecuestre de Martí. Sin embargo, la diferencia con las otras es notable: El caballo esta ladeado hacia un lado, como si presintiera el destino de su jinete, que se toma el pecho con la mano y se desliza hacia un costado con el gesto adusto. El escultor quiso retratar el momento en que el héroe es herido de muerte en Dos Ríos y, queriéndolo o no, pone en entredicho las reglas del arte épico, o simplemente lo tensa hasta la paradoja: El héroe no está en su momento de gloria, como San Martín, ni consciente de su destino de grandeza, como Bolívar, sino en su batalla final, un segundo antes de caer de su caballo. Pero el bronce lo detiene, lo inmortaliza en ese gesto y convierte la derrota en victoria: La estatua lo humaniza en el momento mismo en que se funde con la Historia.

Martí muere casi recién desembarcado en la isla que lo vio nacer, luego de haber vivido largos años en esa otra isla que creció con él. Martí escribió algunas de las crónicas más extraordinarias del cambio de siglo, que tuvo en New York su bisagra, y hoy tiene su estatua allí donde empieza o termina el Parque Central, allí donde la isla se reencuentra con su lado salvaje, y uno ve desde adentro el espesor de la verdadera jungla de asfalto que crece alrededor. (Las islas solo pueden ser colonias o imperios: Gran Bretaña o Cuba. O las entrañas del monstruo: Manhattan. La ciudad que se derrama sobre el rio, que durante un siglo mostró al mundo la imagen del futuro, el núcleo del orgullo imperial. Pero un imperio también puede ser una colonia: es el destino de toda isla ser una fortaleza sitiada. Aun así, en su decadencia, sigue siendo el centro de un Imperio que empieza a dejar de existir: Grecia, Roma, España, Inglaterra, Estados Unidos. El centro siempre ha sido, al menos hasta ahora, occidente.) Y para escribir la Historia hace falta estar en el lugar adecuado: a pesar de que Martí escribió, hace un siglo, algunos de los grandes textos de la literatura del siglo XX, nunca ocupó un lugar central en el canon, no sólo porque muchos de esos textos son solo “crónicas”, sino porque las escribió en el lugar equivocado (un latinoamericano solo debe hablar de Latinoamérica y desde Latinoamérica). Martí es entonces la imagen del gran héroe equívoco (por eso tal vez esa estatua lateral): Un “hombre de palabra” que va a morir violentamente (recién llegado de regreso a su tierra natal y portando un arma que acaso no sabe manejar, como el protagonista de El sur). Borges jugó mucho con esa imagen bifronte, pero su suerte será la opuesta a Martí: No morirá en batalla como sus “mayores”, pero será leído como un escritor central, canónico (aunque en él lo central sea esa tensión irresuelta entre dos mundos opuestos).

Partiendo de una reflexión de Beatriz Sarlo (“Todo parece indicar que los latinoamericanos  debemos producir objetos adecuados al análisis cultural, mientras que los europeos tienen el derecho de producir objetos adecuados a la crítica del arte”), la crítica chilena Nelly Richard reflexiona sobre la nueva “violencia representacional” del canon modernista occidental: “La paradoja que parece enunciar la cita de Sarlo es la siguiente: después de que lo latinoamericano haya reclamado tan insistentemente su derecho al contexto, es decir, después de que lo latinoamericano haya usado su -regionalismo crítico- en contra de lo universal para desafiar el idealismo trascendental del valor estético, Beatriz Sarlo, una crítica latinoamericana, se queja ahora de que lo latinoamericano, en la escena internacional, quede restringido al <<contexto>> y no al <<arte>>: a la <<diversidad cultural>>  -a las identidades sociales y políticas- y no a las problemáticas formales y discursivas del lenguaje estético” (Nelly Richard, “El régimen crítico-estético del arte en tiempos de globalización cultural”, en Fracturas de la Memoria , Buenos Aires, Siglo XXI, 2007).

Esto es muy claro cuando vemos los premios recibidos en Europa por una típica y tópica película “latinoamericana” como El violín (Francisco Vargas, 2006), pero lo es menos cuando nos enfrentamos al reconocimiento crítico hacia el cine de Lisandro Alonso (La libertad, Los muertos), por poner dos ejemplos prototípicos y aparentemente contrapuestos en su estética. Ambas películas descansan en el peso de sus protagonistas, y el Misael de La libertad no es menos cándido que el viejo manco de El violín aunque, por supuesto, una película nos proponga la identificación con ese entrañable viejo que es “una cifra del sur” (del destino sudamericano: la violencia y la repetición ritual de la muerte), y la otra un retrato distante del hombre enfrentado a la naturaleza: Los dos están fuera de la Historia, aunque Alonso suplante el psicologismo y la narración clásica por el observacionalismo y los tiempos muertos del cine contemporáneo. La pregunta es: ¿Hay menos “color local” en El violín que en Los muertos? ¿Hay más preocupación “formal” en La libertad que en El violín? ¿O son ambas presas de la misma mirada extranjera, dos tonos diferentes de la misma perspectiva centrípeta? Una cosa es cierta: Tanto el viejo manco como Misael y Vargas son personas en distinta posición social que sus directores, pero esa relación no está tematizada ni puesta en tensión en ninguna de esas películas, que sólo se apropian de su imagen, vampirizándola. Pero tal vez no pueda ser de otra manera en películas que sostienen una versión circular de la Historia. Más allá de sus diferencias, tanto El violín como La libertad o Los muertos evocan a la Historia como Naturaleza y, por tanto, naturalizan esa apropiación. Esa versión etnocéntrica (asimilada por “el otro” como propia) atraviesa las miradas sobre Latinoamérica desde los “cronistas de Indias” hasta Cien años de soledad.

En esa versión circular, toda idea progresiva está vetada, salvo para el viejo mundo o la única América que lo replica: los Estados Unidos. La mirada del conquistador tiene género propio: el western, que no es otra cosa que una épica sobre la conquista del desierto por parte de la civilización y la historia (aunque Hollywood imprima la leyenda…). Y esa mirada se impone por su propia fuerza.

Miremos Filipinas, por ejemplo. Lamentablemente, hay mas Historia en Regreso a Bataan (Edward Dmytryk, 1946) que en Autohistoria (Raya Martín, 2006). Porque en esa abyecta película de propaganda americana protagonizada por John Wayne (en la que un filipino prefiere morir antes que arriar la bandera de quienes le enseñaron “el significado de la libertad”) la Historia tiene un desarrollo, y un desarrollo interno. Cualquiera que la vea puede comprender de que se está hablando. Mientras que sólo siendo filipino (y tal vez ni siquiera así) se puede comprender a qué hace referencia Autohistoria: La historia de los hermanos Bonifacio (representada una vez más apelando a la circularidad) y su relación con la Historia de Filipinas es tan ignorada por el espectador como por el lector de esta nota, si no posee alguna información externa a la película misma (es algo que solo un lector “informado” puede “reponer”, digamos, como demuestra la lectura “culta” que sobre ella hace Beatriz Sarlo en el número 88 de Punto de vista): La lección de Autohistoria sólo puede parecer “brechtiana” para quien puede hacer gala de un saber intelectual, mientras que Regreso a Bataan puede ser comprendida por cualquier hombre del pueblo. Brecht, que entendía como nadie el valor y los límites de la cultura popular, sabía que la “vanguardia” nunca puede estar disociada de las “masas”, a riesgo de convertirse en “patrulla perdida” (¿Y no es la película del mismo título de John Ford una metáfora lateral más potente que la lateral de La chinoise de Godard, treinta años antes y contemporánea del Galileo de Brecht?). Que ya no haya “masas” (revolucionarias, al menos) no implica que debamos renunciar a la Historia.

*Fotos: Escultura de Marti en el Central Park de N. York; Fotograma de film Cloverfild; Los comedores de pan, Van Gogh; La familia obrera; Fotograma del film Santiago; fotograma de film Soy leyenda; Retrato de Martí; fotograma del film El violín; fotograma del film Autohystoria 

Copyleft 2000-2008 / Nicolás Prividera

SOBRE LA MAGIA DEL CINE

Febrero 2, 2008

Por Roger Alan Koza

 

A continuación del título habría que agregar: desde un punto de vista empírico. Es decir: la magia del cine desde una mirada materialista, física, a contramano de esa aseveración infantil y pasmosamente narcótica respecto de un cine en el que el engaño y la distracción son sinónimos de placer absoluto.

Magia del cine sin Potter y sus medievales adolescentes gozando de un vuelo de escoba, en esa fantasía propia de un paganismo pop en consonancia con nuestra época. Magia del cine sin dinosaurios resucitados y superhéroes voladores. Magia del cine desprovista de ese gesto dominante en el que batallas pretéritas se reviven digitalmente como si la Historia fuera un juego de una PC.

¿Cómo poder reclamar todavía una experiencia mágica del cine? ¿Cómo despegar el vocablo magia de su costado esotérico y mixtificador? Si el cine puede asociarse a la magia habrá de ser por su vocación de mostrar, de hacer visible algo que se ve siempre de una manera para verlo de otro modo. La magia concebida como un procedimiento lúcido en el que se revela, gracias a un refinamiento de la inteligencia y de la sensibilidad, y la asistencia de un arte específico, algún motivo natural pero asombroso del mundo, de un ser vivo, de un evento que había pasado inadvertido. El cine, en este sentido, fue mágico desde su origen. En efecto, todo empezó con la llegada de un tren a una estación. La primera película de los hermanos Lúmiere imponía, naturalmente, otra magia: la reproducción extraordinaria de un evento ordinario.

Quien advirtió ese acontecimiento novedoso para la experiencia humana, un momento decisivo en la historia de la percepción, fue el gran crítico y teórico del cine, André Bazin. Fue él quien pudo vincular la fotografía y luego el cine con una práctica cultural y una técnica antiquísima, propia de los egipcios: el embalsamamiento. Lo denominó, el “complejo” de la momia, y entendía por ello esa pretensión tan humana y desgarradora de querer revertir la finitud de la existencia y la descomposición del cuerpo. “Escapar”, decía, “a la inexorabilidad del tiempo”. En otras palabras, el primer acto de magia que puede, si se quiere, definir algo así como la esencia del cine, es, precisamente, el intento de atrapar el tiempo en su devenir para poder luego repetirlo, revisarlo, revivirlo. Tiempo condensado en luz, luz que se proyecta y devuelve lo que ya fue en un extraño tiempo presente; una definición tentativa del cine, un arte que va mucho más lejos que su definición canónica contemporánea que lo reduce a un mero ejercicio narrativo. 

Recientemente se ha estrenado M, película argentina de Nicolás Prividera sobre el secuestro y desaparición de su madre, Marta Sierra, en el inicio de la última dictadura vivida en nuestra país. Película valiente como pocas, pues interpela un tiempo histórico todavía presente que se resiste a ser pensado con libertad, M, más allá de articular un drama familiar como parte de un contexto nacional, o cómo la historia social atraviesa la intimidad, posee un recurso  conmovedor que remite a la tesis de Bazin, una elección de puesta en escena que alcanza una misteriosa dimensión sublime pero mudamente dolorosa de justicia. Prividera utiliza un conjunto de películas caseras en la que se puede ver a su madre. El modo elegido permite que un fantasma se materialice, que el desaparecido adquiera cierta entidad. El espectador ve una ausencia, y al verla entiende lo impensable.

Se podrían citar tantas otras películas en las que se repite este pasaje mágico por el que la imagen proyectada en la pantalla conlleva algo del mundo representado, aunque transfigurado y transformado. Películas como Tren de sombras, de José Luis Guerín, El árbol, de Gustavo Fontán, El cielo gira, de Mercedes Álvarez, y la magistral El sol del membrillo, de Víctor Érice, son ejemplos excelsos de un cine que capturan el tiempo y postulan una concepción del arte cinematográfico, acaso el por qué de su magia. En el cine, diría Bazin: “la imagen de las cosas es también la de su duración: algo así como la momificación del cambio”.

 Pero no todo es egipcio. Existen otras dimensiones mágicas del cine. A menudo, el cine devela esa zona de indeterminación en donde la vida es cine y  la ficción se torna indistinguible de lo real. Se trata de la naturaleza documental de la ficción o de cómo la ficción es parte de la naturaleza de lo que denominamos real. Aquí también hay películas excepcionales. ¿Qué decir de los primeros 20 minutos de Hiroshima, mi amor, de Alain Resnais? ¿Cómo pensar el plano de la muerte de Calvero-Chaplin en Candilejas? ¿Qué fue Ladrón de Bicicletas? ¿No es el viaje al “santuario” de Pasolini, el de Moretti en Caro Diario, un arquetipo de este señalamiento? La lista es extensa.

 

Sin embargo hay una obra maestra que condensa la quintaesencia de esta acepción de magia. Se trata, efectivamente, de un film no muy conocido: Primer plano, de Abbas Kiarostami. Allí un pobre tipo llamado Hossein Sabzian, un trabajador desocupado (y cinéfilo) decide, repentinamente, convertirse en Moshen Makhmalbaf, el otro gran cineasta de Irán. Mientras viaja en colectivo una mujer lo confunde con el realizador de Kandahar. En su desesperanza, Sabzian intuye que vivir la vida de otro puede ser, al menos por un tiempo, un modo de conjurar su amargura.  La conversación con la mujer termina en un agasajo en su casa. Sus hijos y su esposo lo reciben como un artista consagrado. De pronto, los invita a participar de su próxima película. Y así empiezan a ensayar escenas posibles de un supuesto film. Tras un tiempo la familia sospecha de él. ¿Es Makhmalbaf? Sabzain acaba procesado, hasta que la justicia iraní lo absuelve. Así las cosas, la trama puede resultar interesante, pero en verdad es fantástica, mágica, pues toda la película está basada en un caso real. En efecto, cuando Kiarostami decidió hacer este film el proceso judicial todavía se estaba llevando a cabo, de tal modo que llegó a registrar, entre otras cosas, el momento en el que Sabzian salía de la cárcel, acaso uno de los instantes más mágicos de la toda la historia del cine. Pero más desconcertante aún es saber que no sólo Sabzian se interpreta a sí mismo, sino que todos los actores del film son los mismos involucrados en el caso: la propia familia en cuestión y hasta el verdadero Makhmalbaf, cuya aparición en la película trastoca el límite en donde la pantalla es el linde entre el mundo y el cine.

En una entrevista conducida por Serge Toubiana, Michael Haneke, el realizador de Caché escondido, citando a Adorno decía: “El arte es igual a la magia pero sin la mentira de ser real”. Más adelante concluía: “En un tiempo en el que Dios ha dejado de existir, lo que aún permanece es el anhelo de otro mundo, y no me refiero al paraíso sino a otra imagen del mundo”. La aseveración de Haneke es precisa: la magia del cine se constituye por una operación compleja en donde la imaginación instaura una posibilidad que está en el mundo pero carece de visibilidad, articulación, enunciado, pues no se trata de imitar a lo real sino alterar las coordenadas que le impone un orden. Un plano mágico en el cine es ese que materializa una promesa.

Entre los 32 cortometrajes que componen Chacun son cinéma, película colectiva producida por Gilles Jacob para la conmemoración de los sesenta años de la existencia del festival de Cannes, se puede ver Oscuridad, de los hermanos Dardenne: un ladrón sigilosamente gatea en un cine en dirección de una cartera mientras un espectador está absorto viendo una película. Cuando la mano esta a punto de llevarse la billetera la dueña la intercepta para que con su mano le acaricie su cara y toque sus lágrimas. Un plano secuencia de tres minutos para creer en el mundo y en nosotros.  La magia del cine.                

Fotos: 1) Los hermanos Lumiére; 2) fotograma de M; 3) Fotograma de Primer plano.

Copyleft 2000-2008/Roger Alan Koza

*Este artículo fue publicado con algunas modificaciones en el número de Diciembre-Enero, 2008, de la revista Quid.