Archivo de Agosto 2008

LO QUE SÉ DE LOLA

Agosto 30, 2008

**** Obra maestra  ***hay que verla  ** Válida de ver  * Tiene un rasgo redimible ° Sin valor

Por Roger Alan Koza

LA VIDA SECRETA DE LOS HOMBRES

Lo que sé de Lola, España-Francia, 2006.

Dirigida por Javier Rebollo. Escrita por Lola Moya y J. Rebollo.

*** Hay que verla

Una ópera prima que se desmarca de la chatura dominante del cine español mainstream y que destila una ambición estética poco frecuente.

Para la mayoría ir al cine es un mero entretenimiento, una salida que suele incluir masticar maíz inflado mientras se acepta quedar inmóvil por un rato sin hacer nada excepto mirar y escuchar. Divertirse, emocionarse, esa es la regla, quizás hasta se pueda aprender algo, una excepción. Pero al cine se le puede pedir más, o con él se pueden hacer experiencias más arriesgadas y edificantes. “La universidad del pueblo”, afirmaba del cine el gran Henri Langlois; “el psicoanálisis del pueblo”, decía Felix Guattari.

En el cine centellea un cierto potencial medicinal; a veces, los espectadores pueden descubrirse menos solos de lo que están, sus obsesiones e incertidumbres, de pronto, le pertenecen también a un personaje. Aquello que íntimamente avergüenza puede conjurarse. Aquello que entristece puede ser compartido. De allí la belleza secreta de las películas de solitarios, como sucede con Lo que sé de Lola.

¿Una especie de comedia bressoniana? Quizás. La opera prima del joven realizador Javier Rebollo es un estudio seco y a veces cómico sobre cómo un fóbico supera en parte su propensión a evitar el mundo y sus sujetos, una vez que se “libera” de su madre y una vecina española se muda al departamento del piso de arriba de su casa, en un París frío y desolado. Paulatinamente, Léon y Lola vivirán una historia de “amor a distancia”, que alcanzará su máxima poética y vuelo cuando los dos protagonistas se “van” de vacaciones y llegan a España.

En el primer número de los Cahiers du cinema en español, en mayo del 2007, Rebollo decía a propósito del futuro del cine: “Sólo cuando nos liberamos de la técnica, aparece el estilo”, un aforismo que pertenece al cineasta Robert Bresson y bien explica la depurada estética de la película. En efecto, el bressonianismo de Rebollo se ve en los procedimientos específicos que remiten al maestro responsable de Pickpocket: una voz en off que habla para sí y no para la audiencia, y remarca las acciones del protagonista; una obsesiva búsqueda de simetrías en la composición de los encuadres; una compleja elaboración de la banda de sonido.

“Es facultad del cinematógrafo, y siempre lo ha sido, la de revelar, a través del mecanismo poético de la puesta en escena, lo que de misterioso hay en la ambigüedad del mundo”. Este pronunciamiento del director se lo puede verificar en su película. La puesta en escena, es decir, la relación de los planos entre sí como también lo que acontece en los planos, desnaturaliza en Lo que sé de Lola la percepción mecánica del mundo. Así, un subte no habrá de ser un espacio de transición y movilidad sino un observatorio del desamparo ciudadano, como establece el plano inicial. Tampoco los bares, los departamentos y los pueblos serán meros lugares. Porque no sólo aprende Léon sobre la vida de Lola, sino que a través de él, quienes miramos, aprendemos a pensar en los detalles y los gestos que constituyen el extraño mundo al que habitamos distraídos.

Copyleft 2000-2008 / Roger Alan Koza

Esta crítica fue publicada durante el mes de agosto por el diario La Voz del Interior de la provincia de Córdoba.

CINECLUB CON LOS OJOS ABIERTOS EN LA CUMBRE

Agosto 29, 2008

PROGRAMACIÓN SEPTIEMBRE-OCTUBRE 2008

EN EL CINE LUIS BERTI, BELGRANO 470

 

Algunos espectadores que vieron En la ciudad de Sylvia, o Luz silenciosa, durante el mes de junio, dijeron lo mismo: son películas lentas, aunque tal adjetivación no siempre dictaminaba un juicio final y negativo sobre ellas. ¿Qué se quiere decir? La unidad básica del cine es el plano, como podría ser la oración en el lenguaje escrito. Es decir, cuando hay objetos y sujetos dispuestos en un espacio filmado en el cual lo que vemos se mantiene igual hasta que se realiza un corte (y podrá o no volver al mismo espacio u otro espacio pero ya desde otra perspectiva) decimos que es un plano.

En el cine que vemos en las salas comerciales una película consta de 400 a 500 planos. Eso no la convierte ni en mejor, ni en peor. Pero lo que sí importa saber es que esa lógica de compaginación de planos es característica del comercial. En una publicidad, el espectador retiene el nombre del producto y alguna cualidad magistral que amerita su compra. No se puede pensar lo que se está viendo porque lo que importa es seducir al cliente y constituir un deseo por el producto que no se tiene. La velocidad no permite pensar a fondo, la lentitud sí. Y esto se repite en el cine mainstream e incluso en los noticieros, que además musicalizan sus noticias como si quien mira estuviese viendo una película (mala).

En otras palabras: el espectador medio participa de un régimen de la imagen, uno que lo sustrae de sus facultades críticas y que lo subsume en una suerte de observador inmóvil, dispuesto a que no sea él o ella quien se mueva por el plano para pensarlo y experimentarlo sino que los planos en su hiperactividad funcionen como un simulacro de actividad mental, mientras la pereza se naturaliza y se celebra un cautiverio cognitivo.

Alguien podría decir: “Che, después de todo se trata de películas”. Sí, se trata del cine, un medio que formatea discretamente nuestra percepción, afectos, conceptos sobre el mundo y que, silenciosamente, nos enseña a desear (sugiero no perderse el film de Zizek, Guía de cine para pervertidos, en donde todo esto queda muy claro). No se debe subestimar el poder del cine. Todavía sigue siendo una práctica colectiva con efectos tangibles. Por eso, ver otro tipo de cine puede resultar un poco exigente, pero quien se anime habrá de constatar tras un tiempo que su mirada no es la misma. Y entonces no será una cuestión de películas, pues el mejor cine es aquel que nos devuelve al mundo con la sospecha de que no todo era como creíamos.

Roger Alan Koza, programador

3 de septiembre, a las 18.15hs: Ciclo de cine mudo

Una mujer de París, de Charles Chaplin, EE.UU., 1924

84 minutos / Apta para todo público (ATP)

A las 20.30hs: Película principal

El taxista ful, de Jo Sol, España, 2005

81 minutos / ATP

Antes de la película principal, en el horario especial de LAS 19.45HS, se proyectará Guía de cine para pervertidos (con Slavoj Zizek), de Sophie Fiennes, Reino Unido, 2006 (PRIMERA PARTE)

10 de septiembre, a las 20.30hs:

Temporada de sequía, de Mahamat-Saleh Haroun, República de Chad, 2006

96 minutos / No recomendada para menores de 13 años

Antes de la película principal, en el horario especial de LAS 19.45HS, se proyectará Guía de cine para pervertidos (con Slavoj Zizek), de Sophie Fiennes, Reino Unido, 2006 (SEGUNDA PARTE)

17 de septiembre, a las 20.30hs: Ciclo Herencia y presencia del Cristianismo

El diablo probablemente, de Robert Bresson, Francia, 1977

95 minutos / No recomendada para menores de 18 años

Antes de la película principal, en el horario especial de LAS 19.45HS, se proyectará Guía de cine para pervertidos (con Slavoj Zizek), de Sophie Fiennes, Reino Unido, 2006 (ÚLTIMA PARTE)

24 de septiembre, a las 20.30hs: Satyajit Ray en foco

La canción del camino, de Satyajit Ray, India, 1955

115 minutos / ATP

Antes de la película principal se proyectará el cortometraje Rouch, un noir, de Isaki Lacuesta y Sergi Dies, España, 2008

1 de octubre, a las 20.30hs:

Chamamé, de Cosima Lange, Alemania, 2007

104 minutos / Apta para todo público

Antes de la película principal se proyectará el cortometraje Última palabra, de Werner Herzog, Alemania, 1968

8 de octubre, a las 20.30hs:

Glue, de Alexis Dos Santos, Argentina-Reino Unido, 2006

110 minutos / No recomendada para menores de 18 años

Antes de la película principal se proyectará el cortometraje Al principio fue el viaje, de Alejandro Vázquez San Miguel, España, 2008

15 de octubre, a las 20.30hs: Ciclo Herencia y presencia del Cristianismo

Palabra y utopía, de Manuel de Oliveira, Portugal, 2000

130 minutos / ATP

Antes de la película principal, en el horario especial de LAS 19.45HS, se proyectará el mediometraje El home cinema de los hermanos Dardenne, de Jean-Pierre Limosin, Francia, 2006

22 de octubre, a las 20.30hs: Ciclo Brasil, una nación poderosa

Tierra en trance, de Glauber Rocha, Brasil, 1967

106 minutos / No recomendada para menores de 13 años

Antes de la película principal, en el horario especial de LAS 19.45HS, se proyectará el mediometraje Shohei Imamura, el librepensador, de Paulo Rocha, Francia-Portugal, 1995

29 de octubre, a las 20.30hs: Satyajit Ray en foco

El invencible, de Satyajit Ray, India, 1956

113 minutos / No recomendada para menores de 13 años.

Antes de la película principal, en el horario especial de LAS 19.45HS, se proyectará el mediometraje Un día en la vida de Andrei Arsénevich, de Chris Marker, Francia, 2000 (Chris Marker en foco)

Fotos: 1) fotograma de Guía de cine para pervertidos; Glauber Rocha, director de Tierra en trance.

OFICIO DE DIFUNTOS

Agosto 27, 2008

LOS ÚLTIMOS DÍAS DEL CINE (2)

Por Nicolás Prividera.

Acá va la segunda entrega de Prividera sobre una nueva serie de artículos: Los últimos días del cine. Crepuscular quizás, pero actual, y en esta ocasión, oblicuamente, Prividera discute con ciertos debates recientes que se desataron en la comunidad de críticos cinematográficos de la ciudad de Buenos Aires. Por mi parte, he intentado advertir ciertas mutaciones en cómo vemos el cine en el artículo El ojo privatizado, que está en este blog y se ha publicado en otros lugares en distintas versiones. Espero poder escribir algo más. Mientras, Prividera sigue con sus bienvenidas contribuciones. (Roger Koza)

1. Desde que tengo uso de memoria se viene hablando de “la muerte del cine” (primero fue la muerte del autor, y ahora la del espectador…). Pero sabemos que la Historia siempre “continuará”, aunque el cine se haya convertido en un arte de museo (¿no era ese el destino obvio del “cine arte”?). Y que seguirá habiendo salas (como sigue habiendo circos o parques de diversiones), porque no decaerán ni la coacción al recuerdo (en sociedades cuya velocidad acicatea el memorialismo) ni la necesidad física de imágenes parlantes, sea cual sea su formato (aunque las historias se resientan, víctimas del efectismo). Pero el cine no será “masivo”, porque ya no habrá “masas”: sólo una masa de consumidores privados (de lo público, como nos enseña la etimología). Ir al cine volverá a ser (como hace cien años) una experiencia en sí misma: iremos “al cine” (y ya no a ver tal o cual película). Lo único que podemos desear es que la tristeza no degenere en nostalgia.

2. El cine contemporáneo se vuelve primitivo (vuelve a ser un módico espectáculo de feria, o a fascinarse por el mero paso del tiempo), y los espectadores también. Como esos hombres que en su vejez se vuelven niños una vez mas (¿volveremos a emocionarnos con “el tren llegando a la estación” o “el beso”, o sólo será que nuestra vida habrá pasado ante nuestros ojos en un instante?), antes de languidecer. Mientras tanto, poco a poco vamos olvidando la gramática, empezamos a balbucear entre las sombras. Nos dejamos llevar, mecer, acunar, por las imágenes, y luego vemos una breve luz muy brillante. Es el fin. O un nuevo comienzo (si es que hay vida después del cine).

3. Lo que no tiene fin en la Historia, mientras los hombres pasan, es la eterna renovación del Mercado: “El film es un arte, pero el cine es una industria”. Creer en el diseño industrial (legado de la Bahuaus, no en vano arrasada por el fascismo) fue la utopía del arte en la era de su reproducción masiva. En el cine, unir arte e industria (como lo hizo Hitchcock) es la excepción, no la regla. (Los espectadores de Wall-E nunca verán Juventud en marcha: esa fórmula sólo funciona a la inversa.) La “industria” (que siempre fabrica espectadores para el fetichismo de su mercancía) nunca deja de avanzar sobre el “arte” (condenado siempre a un espacio marginal). ¿No se han convertido, en Buenos Aires y el país,  la sala Lugones y el MALBA en el último refugio de la cinefilia frente al avance de las unívocas multisalas? Los shoppings o los museos: ya no hay otra opción. En este escenario, si el cine ha sido el arte forense por excelencia (el perfecto embalsamamiento perseguido por la técnica), no es de extrañar que practique consigo mismo el goce final de la necrofilia: por fin se ha convertido en un verdadero “oficio de difuntos”.

4. Para terminar, démosle entonces la palabra a uno de esos ilustres extintos: “La televisión es un mundo en el que, al haber desaparecido poco a poco la alteridad, ya no hay buenos ni malos procedimientos de manipulación de las imágenes. Estas ya no serán nunca “imagen del otro” sino imágenes entre otras en el mercado de las imágenes de marca. Y ese mundo, contra el que ya no me rebelo, que provoca en mí aburrimiento e inquietud, es precisamente el mundo “sin el cine”. Es decir, sin el sentimiento de pertenencia a la humanidad a través de un país suplementario llamado cine. Y sé muy bien por qué adopté el cine: para que a cambio me adoptara. Para que me enseñara a tocar incansablemente con la mirada a qué distancia de mí empezaba el otro.”  (Serge Daney)

Fotos: 1) Fotograma de Wall E; 2) fotograma de Juventud em marcha.

Nicolás Prividera / Copyleft 2008

SEMANA DEL 25 al 31/08 EN CINECLUBES

Agosto 25, 2008

LA CUMBRE: SALA LUIS BERTI, BELGRANO 470.

27 de agosto, a las 20.30hs: Haneke en foco:

71 fragmentos de una cronología del azar, de Michael Haneke, Austria, 1994

95 minutos / No recomendada para menores de 18 años

Antes de la película principal se proyectará el cortometraje Ambición, de Hal Hartley, EE.UU., 1991

“Mis películas intentan ser una declaración polémica contra el cine estadounidense y la concomitante pérdida de poder por parte del espectador. Son una apelación por un cine de cuestionamientos insistentes lejos de las respuestas falsas (porque son muy rápidas), a favor de una distancia clarificadora en vez de una cercanía abusiva, un cine a favor de la provocación y el diálogo lejos del consumo y el consenso”. El final de la trilogía de la glaciación confirma, sin duda alguna, la sentencia de Haneke. La novedad consiste en que abandona (no completamente) el núcleo familiar como eje de análisis para focalizar su interés en el conjunto de la sociedad austríaca (y europea) y su funcionamiento mecánico y alienante, una perfección irrespirable que los planos detalle y algunos planos fijos y extensos, como uno magistral en el que se puede ver al protagonista practicando ping pong, dejan bien en claro. En esta película, inspirada como sus dos precedentes en un hecho real, un joven estudiante comete un crimen colectivo; el acto en cuestión es una excusa narrativa y un dilema sociológico que Haneke habrá de responder intentando ofrecer una radiografía de un clima social con sus prácticas cotidianas proclives a la repetición y al ritual doméstico. Así, un empleado de banco, un jubilado, un estudiante, un niño inmigrante ilegal proveniente de Rumania, una niña adoptada, un guardia son personajes conceptuales que develan un sistema socioeconómico que produce un tipo de subjetividad específica y a los que Haneke interroga con su cámara sin declamar. La película también puede ser vista como una advertencia sobre la relación acrítica y desvinculada que se tiene con las crónicas de los noticieros, cuyo sistema comunicacional banaliza los eventos cotidianos. (Roger Koza)

LA FALDA: RESTAURANTE UGOLINO, 9 DE JULIO 470

29 de agosto, a las 20.30hs:

Me voy a casa, de Manuel de Oliveira, Portugal, 2001

90 minutos / No recomendada para menores de 13 años

Antes de la película principal se proyectará el cortometraje Encuentro exclusivo, de Manuel de Oliveira, Portugal-Francia, 2007

Esta película del maestro portugués Manuel de Oliveira -la cuarta desde que cumplió 90 años- fue realizada en 2001 y está ambientada en París (que pocas veces hemos visto tan bella o ha sido evocada con tanto afecto). La trama se centra en un famoso actor francés de unos setenta años (Michel Piccoli en su mejor momento) que está aprendiendo a enfrentar la soledad luego de que un accidente automovilístico cobrara las vidas de su esposa, hija y yerno. La película muestra al protagonista trabajando junto a la coprotagonista, Catherine Deneuve, en la representación teatral de la obra de Ionesco El Rey se muere, luego en el papel de Próspero en una producción francesa de La tempestad y, más tarde, tratando de hablar en inglés en una adaptación del Ulises de James Joyce, dirigida por John Malkovich. Pero Oliveira es igualmente atento y respetuoso cuando su héroe disfruta de rituales cotidianos tales como jugar con su nieto o leer el diario con su café expreso. Por tratarse de un film sobre el dolor que supone la pérdida de un ser querido, es una película sorprendentemente liviana. Si bien esta simplicidad es engañosa, puede ser la obra más accesible de Oliveira que hayamos visto hasta la fecha, una obra maestra de uno de los mejores cineastas del mundo. (Jonathan Rosenbaum)

VILLA GIARDINO: SALA TEATRO-CINE ALEJANDRO GIARDINO

31 de agosto, a las 20.00hs: Tarkovski en foco:

El sacrificio, de Andrei Tarkovski, Rusia, 1986

144 minutos / No recomendada para menores de 13 años

Antes de la película principal se proyectará el cortometraje Tres minutos, de Theo Angelopoulos, Grecia, 2007

La última película de Tarkovski, que ya padecía de cáncer, es, entre muchas cosas, una elegía y una despedida perteneciente a un artista profundamente religioso y un maestro indiscutible del medio. El primer y el penúltimo plano, en donde se enuncia a través de una parábola una tesis respecto de la fe y el acto necesario por parte del creyente para cumplirla, son además tours de force: dos planos secuencia de 10 minutos, hasta ese entonces de los más extensos de la historia del cine, en donde Tarkovski enseña su concepción del espacio cinematográfico. Que el bergmaniano Erland Josephson interprete a Alexander, un académico retirado a punto de festejar su cumpleaños junto con algunos amigos en su casa de campo cuando una catástrofe atómica es anunciada por la televisión y altera el comportamiento de todos los personajes, no es sólo un reconocimiento de la admiración del ruso por Bergman, sino también una filiación estética (además de que la magistral fotografía pertenece a Sven Nykvist, otro miembro del staff del director de Persona). Atmosférica y onírica, El sacrificio es intempestiva por su religiosidad, sinceridad y abstracta metafísica; lamentablemente, ya casi no se hacen películas como ésta, aunque nombres como Bela Tarr y Sharunas Bartas puedan indicar que esta concepción del cine no ha muerto. Tarkovski ya no está, pero en sus películas prevalece una idea del cine digna de preservar. “Esculpir en el tiempo”, extraña y precisa definición de cine, eso que hace Tarkovski en su sacrificio, en El sacrificio. (RK)

PEDRO COSTA HABLA EN JAPÓN (PRIMERA PARTE)

Agosto 23, 2008

Este texto de Costa lo leí en un libro bilingüe publicado por la Sendai University Press, Japón (2005), a propósito de una retrospectiva del director en Japón. Compré el libro en la Viennale, en el 2006, un día en el que pude ver una versión restaurada de La noche del cazador, una noche fría pero inolvidable. Todavía recuerdo la sensación de ver el film de Laughton y luego, feliz y conmovido, leer el libro sobre Costa de un tirón hasta que amaneció. Acá va la primera parte, y en los próximos días, subiré el resto de la conferencia. Más adelante también traduciré y subiré al blog una bellísima conferencia de Nobuhiro Suwa sobre Costa, que forma parte del libro aludido. Con este texto inauguramos en el blog una nueva categoría: las traducciones. Muchas gracias por visitarnos. (Roger Koza)

En primer lugar quisiera expresar mi agradecimiento a algunas personas -esto será un poco como en los Oscars pero así es como funciona. Quiero agradecer a mi madre, al Sr. Yano y al Sr. Matsumoto, porque son para mí las personas más importantes, al menos desde algún tiempo hasta aquí. Me han dado una buena razón respecto de algo que he sentido, que quizás amaba a Japón y no lo sabía. Tal como ocurre en el cine, debemos conocer gente, gente de verdad, de carne y hueso, para creer en este amor. Por supuesto, doy mi agradecimiento a todos los otros en el hermoso catálogo que ustedes han publicado, y que me produce mucho placer como honor. Todo lo que quiero decir es que quiero agradecer a quienes recién conozco ahora y que antes no conocía, y esto está relacionado con lo que hoy, mañana y pasado me gustaría hablar. Sencillamente, que podemos conocer algunas cosas a través del cine. Como en mi caso, por ejemplo, que amé al Japón y que conocía muchas cosas sobre Japón, sin haber jamás estado aquí hasta el día de hoy.

Conocí el Japón de las películas, sobre todo de los tres directores más conocidos en Europa, es decir, Mizoguchi, Ozu y Naruse. Conocí Japón a través de ellos, quienes están muertos, y que pertenecen a otro tiempo, pero, a la distancia, ya amaba a Japón, y eso es muy importante en el cine, el amar a la distancia. Hubo cosas del Japón que nunca pude ver en las películas de Mizoguchi, Ozu y Naruse, y que sigo sin ver de Japón. Aquí, me adentro a un tema muy complicado, porque hay cosas que estos directores, u otros grandes directores que no conozco me han escondido, aspectos del Japón que no me develaron. Hoy estoy en Japón y aun no puedo verlo todo. Lo que significa que en el cine, a veces, es tan importante el hecho de no ver y ocultar como el de mostrar. El cine, tal vez, sea más una cuestión de concentrar la mirada, de nuestra visión de las cosas. Eso es lo que los grandes directores, como estos tres directores japoneses, suelen hacer. No muestran Japón, más bien condensan algo de él. En vez de desparramarse sobre nuestros corazones, mentes y sentidos, ellos se concentran sobre nuestra visión. Eso es lo que siempre digo: que el cine se hace para concentrar nuestra visión. Concentrar también significa ocultar. Es un cliché decir que Japón es tal cual como se ve en las películas de Ozu, y que la Historia de Japón es tal cual como se ve en las películas históricas de Mizoguchi. Es un cliché. Ahora, comprendo y siento mejor a Japón (es la misma cosa: comprender es sentir y sentir es comprender). Por ejemplo (y ahora no deben reírse), tengo la impresión de que no veo mujeres embarazadas en las calles de Japón, y lo comprendo después de haber visto las películas de Ozu. Sé muy bien lo qué significa el hecho de no ver a una mujer embarazada en las calles de Tokio. En las películas de Ozu, él nos ofrece pistas para entender lo que permanece oculto. Es decir que Ozu me preparó para percibir esta ausencia de la mujer embarazada. Muchas veces, cuando un director trabaja en un registro realista, cuando trabaja casi en un estilo documentalista como es el caso de Ozu, algunas veces también hace películas para ocultar algo. En sus películas siempre prevalece un secreto, pues para afirmar algunas cosas él debe ocultar otras. Tal vez es necesario dar un paso más allá de Japón, pues lo que voy a decir puede incomodarlos. No lo sé… Para mí, los auténticos documentales japoneses están en las películas de Ozu. Toda la gente que conozco en Japón, todos mis amigos japoneses, ya los conocía con anterioridad, gracias a las películas de Ozu. Lo que acabo de decir está escrito en los diarios de Ozu. Él decía: “Jamás inventé personajes. En mis películas, copio a mis amigos”.

Todo esto es para empezar a decirles lo que pienso sobre aquello que el cine consigue hacer verdaderamente bien, su función esencial, y que en primer lugar no se trata ni de algo artístico ni estético. Para mí, la función primordial del cine es hacernos sentir de que algo no está bien. En este sentido, no hay una diferencia entre la ficción y el documental. El cine, la primera vez que se vio y se filmó, fue para mostrar algo que no estaba bien. La primera película mostraba una fábrica y la gente saliendo de ella. Ocurre algo similar respecto a la fotografía, que también está ligada de cerca a nuestro mundo. Es como cuando sacamos una foto para poder tener una prueba de algo que vemos, que no está en nuestra mente, algo que está frente a nosotros, de la realidad. La primera fotografía que se publicó en un periódico fue sobre algunos cadáveres de la Comuna de París, en donde se veía los cuerpos de quienes pertenecían a la comunidad. Del mismo modo, podemos empezar a ver que la primera película que se exhibió se podía ver gente que salía de una prisión, y la primera foto publicada en un diario mostraba gente muerta que intentó cambiar el mundo. Cuando hablamos desde ese inicio -o de la fotografía, el documental, o la ficción- estamos hablando de su preciso fundamento realista. Es un lugar común, algo concebido históricamente que la primera película y la primera fotografía fueron aterradoras. No fueron historias de amor, sino ansiedades. Alguien se valió de una máquina para poder reflexionar, pensar y cuestionar. Para mí, en ese gesto, en ese deseo -sea un gesto que se traduce en una película o en una fotografía, o en la actualidad, en un video- hay algo muy poderoso, algo que nos dice: “No olviden”. Por supuesto, el primer gesto, la primera película, la primera fotografía, el primer amor, es siempre el más poderoso, aquel que nunca olvidamos.

El problema llega después, porque después de la primera película, después de Obreros saliendo de una fábrica (1895, La sortie des Usines Lumière) de los Lumières, viene una segunda, una vez más mostrando la salida de una fábrica y realizada por los mismos hermanos Lumières. Es aquí en donde las cosas se deterioran, en donde todo sale mal y se complica, porque los Lumières no estaban satisfechos con la apariencia de los obreros saliendo de su fábrica (era su fábrica), y les dijeron: “Compórtense con naturalidad”. Dirigieron a los obreros. De ese modo, el primer gesto se perdió, el primer acto de amor -se trata de un acto de amor pero también de una crítica- que es muy poderoso, como también lo es la primera mirada. Así fue que dirigieron a sus obreros y le dijeron: “Usted, vaya a la izquierda, no vaya a la derecha… Usted, usted puede reírse un poco, y usted también… Usted, vaya para allá con su esposa…” y de ese modo empezó la dirección (mise en scène). Así fue cómo nació la ficción, cuando un jefe les dio órdenes a sus empleados, a un obrero. Es obvio que el primer guión -un guión es siempre un libro de leyes y de reglas- el primer libro de reglas para el cine fue un guión de producción. En los guiones de comedia, se pensaba cuánto costaba que una actriz interpretara a una joven mujer, cuánto costaba que un actor interpretara a un amante, y un actor interpretara al padre que tan solo golpeaba la cabeza de su hijo. Eso costaba tanto e implicaba una determinada suma de dinero. Así sucedió, y hubo un primer guión.

 Al mismo tiempo, o un poco después, se hicieron películas sin guiones, y sorprendentemente esas películas hoy todavía existen en los museos de cine.  Me refiero a películas eróticas. Es como si las primeras películas (como nosotros entendemos las películas de ficción) con un guión, una historia de amor, y personajes que hablan, eran comedias románticas. También podríamos decir que las primeras películas sin guiones, como los documentales, son vagamente amateurs, secretos, pornográficos. A principio del siglo, en 1900, había, por un lado, los primeros directores que escribían ficciones y que el guión consistía en cuánto costaría todo, así que era verdaderamente una historia económica, sea una historia de amor, una comedia romántica, un melodrama. Por otro lado, había directores que filmaban sin guiones, que también rodaban historias de amor, es decir, los gestos del amor, en una película pornográfica o erótica, pero sin un guión. Del tal modo, había gente que mostraban cosas, ficciones, una historia de amor, una chica, un padre, una madre, un final feliz, y por otro lado, había gente que también mostraban cosas, el gesto del amor, alguien cogiéndose a otro. Lo que es interesante es que el documental y la ficción en el cine nacen al mismo tiempo, bajo una misma idea de amor. Excepto que de un lado, todo comenzó con una cierta economía, que luego se transformó en una industria, y de ella, surgió un mercado, y por lo tanto, la necesidad de un público propenso a comprar un producto. Lo que se transformó en una ley de mercado. Incluso si ese es uno de los aspectos del cine en los inicios de Hollywood, hoy eso sigue siendo vigente. Por el otro lado, existían películas sin guiones, sin un mercado aparente, sin una industria, películas amateurs que se rodaban en casas, y que eran antes que nada, películas de amor, pues se trataba de películas eróticas, películas sobre familias, pero se hacían sólo por un gesto de amor por el cine. Y fue necesario que hubiera gente capaz de hacer un puente entre estas dos tendencias. A principio de siglo, hubo gente que logró exitosamente introducir ciertos elementos de la ficción al documental y viceversa, y por ende llegó un poco de dinero a la esfera privada y viceversa. Podríamos decir que los primeros directores fueron aquellos que supieron sintetizar el documental y el cine de ficción, es decir, consiguieron concebir una síntesis entre el documental casi privado, hecho en la esquina, en alguna localidad, en una casa, y la película rodada en público en donde se mostraba todo. La síntesis entre lo público y lo privado, acaece con Griffith, quien llega a hacer un film de guerra que a su vez fue también pornográfico, logrando así en una misma toma entremezclar sexo y terror. Es lo que pasa en El nacimiento de una nación (1915) y en Intolerancia (1916). Estas películas transmiten un sentimiento muy poderoso sobre cómo las pasiones y los horrores de los hombres pueden dar como resultado dos cosas: el amor y la guerra.

Griffith entendió que el cine podía mostrar cosas que todos conocían, que cualquier podía reconocer, y al mismo tiempo, que éste podía no mostrar ciertas cosas que son muy violentas, que debían permanecer ocultas. Griffith es el primero que comprendió y experimentó con la idea de que el cine es un arte que puede conseguir su máximo efecto a través del concepto de falta, el cine como un arte de lo que falta. Para dar un ejemplo muy simple: ustedes han visto un film que he hecho llamado Huesos, y lo que no se puede ver en Huesos, entre otras cosas, son las drogas. Hay otra cosa que falta en el film, y son ustedes, pero Huesos finaliza exactamente igual que La calle de la vergüenza, de Mizoguchi (1956, Akasen-chitai), es decir, hay una chica que cierra una puerta y que los mira, y la puerta se cierra sobre ustedes. Lo que significa que ustedes no pueden entrar en la película. Cuando comienza ese momento, ustedes no pueden entrar. O, dicho de otro modo, es mejor que ustedes no entren en este film, en este mundo. Mizoguchi lo hizo respecto del Japón, al tratar el negocio de la prostitución (que es universal, no exclusivo de los japoneses), pero él fue muy lejos en su indagación sobre el significado de la miseria extrema, el que un hombre le inflige a otro, o el que un hombre le inflige a una mujer, o finalmente el que nosotros podemos infligirnos a nosotros mismos. Pienso que Mizoguchi quería decir con su último plano: “A partir de aquí, la película será tan insoportable que dejará de ser una película”. Después de esta puerta cerrada, ya no es posible la película. Es terror, así que no entren. Es una puerta cerrada para todos ustedes. Así, la película que vieron, Huesos, finaliza con una puerta cerrada. No lo sabía cuando hice ese plano, pues pensaba en una chica que cerraba una puerta. Era un final, y no había pensando en Mizoguchi. Yo había visto todas las películas de Mizoguchi, pero en ese momento no lo sabía. Después el film llegó hasta mí, algo que Mizoguchi no podía hacer, quiero creer.

Posteriormente, ya no supe si Huesos era un documental o si era una ficción, pero sé que hay una puerta cerrada que nos deja conjeturando. Como lo han visto, Huesos es un film que se desprende de situaciones muy familiares, cosas que ustedes pueden reconocer.  Proviene de Chaplin, y la película está en deuda con los melodramas propios del inicio del cine: un chico con un bebé que no tiene nada que comer, la calle, los autos veloces, una prostituta, una cocina, todo eso está en el inicio del cine. Incluso si se percibe un poderoso deseo de ser un documental, se debe a que está rodada con gente que no son actores, que están muy cerca de las cosas que ellos están interpretando. El chico es verdaderamente pobre, la ama de casa, es en verdad una ama de casa, el barrio, es un barrio verdadero. No estamos en un estudio, pero incluso si subsiste el deseo de que la película fuese un documental, sin embargo, es una ficción la que la sostiene y la salva. La ficción es siempre una puerta que queremos abrir o no, no es un guión. Tendremos que aprender que se trata de una puerta para pasar y para marcharse.

Creo que hoy, en el cine, cuando hay una puerta abierta, es casi siempre bastante falsa, porque le dice al espectador: “Pasen a la película y estarán bien, tendrán un buen momento”, y finalmente lo que pueden ver en este género de cine no es otra cosa que a ustedes mismos, una proyección de ustedes. No ven un film, sino a ustedes mismos. La  ficción en el cine, es precisamente eso: cuando se ven a ustedes mismos en la pantalla. No ven otra cosa, no ven la película en la pantalla, no ven una obra, no ven gente haciendo cosas, se ven a ustedes mismos, y todo Hollywood está basado en esa concepción. Es muy extraño que un espectador pueda ver una buena película, él siempre se ve a sí mismo, ve lo que quiere ver. Cuando comienza, rara vez, a ver un film, es precisamente cuando el film no le permite entrar, cuando hay una puerta que le dice: “No entre”. Es entonces cuando puede entrar. El espectador puede ver un film cuando hay algo que se resiste a él. Si puede reconocerlo todo, se proyectará a sí mismo sobre la pantalla, no verá otras cosas. Si él ve una historia de amor, habrá de ver su propia historia de amor. No soy el único que sostiene que es muy difícil ver un film, pero cuando digo “ver” es verdaderamente ver. No es un chiste, porque ustedes piensan que ven films, pero no los ven, se ven a ustedes mismos. Es extraño pero les aseguro que es eso lo que ocurre. Ver una película, lo que significa no llorar con el personaje que llora. Si no lo entendemos, no comprenderemos nada. Es por eso que hablo de puertas que se cierran a sí mismas. Hay algunas películas, para mí, que son como puertas, incluso si no hay puertas en ellas. Se asemejan a puertas que no nos permite que entremos como protagonistas del film. Allí son extranjeros. Si ven una película, ustedes son otra cosa, pues se trata de dos entidades distintas. Hay ciertas películas, para mí, que patentizan esta separación, por ejemplo las películas de Ozu, Mizoguchi, o Naruse, o muchas otras, pero aquí citaré películas japonesas. Esta puerta es absolutamente necesaria. No se trata de una cuestión de propiedad privada, lo que significa, que no está cerrada por algún motivo autoritario. La podemos abrir, la podemos cerrar, es nuestra decisión. Siempre se trata de nuestra decisión. Es siempre la decisión del espectador. Si ustedes deciden ir a ver El último samurái (2003), verán entonces El último samurái, y saben que será doloroso, porque son japoneses, pero ustedes irán a verla. Estoy seguro que irán. Es como la comida chatarra, como una torta, nos induce a desearla, y vamos por ella, aunque sepamos que no es buena para nosotros, vamos por ella. Esto es lo que denomino como “las películas que están siempre abiertas”.

Así ocurre con los negocios. La puerta de McDonalds está siempre abierta. Por eso, un film como La última primavera (1949, Banshun) o Un tarde de otoño (1962, Samma no Aji) no están completamente abiertos. En este sentido, Huesos es una película que ligeramente cierra su puerta. Esconde ciertas cosas, nos dice que podemos sentir dolor, pero no todo, y eso nos sugiere una dificultad.

No sé si lo han escuchado, pero hay unas palabras de elogio, un cumplido de Mizoguchi a Ozu que es muy hermoso, y que está relacionado con lo que vengo diciendo. Un día, un periodista le preguntó a Mizoguchi si a él le gustaba las películas de su colega Ozu, a lo que respondió: “Por supuesto… “¿Por qué?” Porque pienso que lo que hace es mucho más difícil y misterioso de lo que yo realizo”, y eso es una gran alabanza porque ustedes saben mejor que yo que Mizoguchi es considerado un director poético y misterioso mientras que a Ozu se lo suele pensar como un director con los pies en la tierra y muy realista. Es Mizoguchi quien dice: lo que ese caballero consigue hacer con las puertas es mucho más difícil que lo que yo suelo hacer. ¡Una vez más, hay puertas! Es hermoso porque Mizoguchi es un director de misterios y secretos mientras que Ozu es un director de puertas, o ventanas, de entradas y salidas, de matrimonios, de cuestiones básicas. Es como si Mizoguchi estuviera diciendo: “yo que no de dejo de buscar misterios en el medio de la niebla, no soy nada al lado de un colega capaz de filmar puertas y callejones. Eso es mucho más misterioso y difícil. Ese es el pronunciamiento de un genio. Eso, para mí, es el mayor cumplido que un director le puede brindar a otro, y también la más hermosa definición de documental, de ficción, realismo, y de lo que es la imaginación.

Haré un resumen. Es muy simple: pienso, y espero que ustedes estén de acuerdo conmigo, que Mizoguchi, Ozu, Griffith y Chaplin son los documentalistas y directores más ilustres, y por ello los directores más grandiosos de la vida y la realidad. Son los directores que esconden las cosas, que cierran las puertas, y ustedes, algunas veces, pueden abrirlas. Sin embargo, abrir las puertas de estas películas es difícil, peligroso e implica trabajo. A veces cuando pensamos que vamos a mostrar todo, que haremos un documental para mostrar todo, no vemos nada y nos dispersamos. Es absolutamente necesario que ustedes estén fuera, no en la pantalla. Nunca lloren o sufran con un personaje que sufre en la pantalla, nunca. Cuando así lo hacemos, es exactamente lo mismo que hacemos cuando vamos a McDonald, y ustedes lo saben muy bien, por cualquiera que está aquí ha sido infiel a su prometida, o ha traicionado a alguien, y ha padecido un escollo emocional. En esos momentos, sabemos que hemos sido estúpidos, cobardes, y que no hemos sido buenos. Y para mí, yo lloro y siempre me afecta y me conmueve más el amor de una pareja en el siglo XV o XVI en Japón -algo completamente abstracto para mí-. Me conmueve más que ver por la TV las crónicas de un ataque terrorista, como el que sucedió ayer en Madrid. Algunas veces una sola palabra puede asesinar. No sé si una palabra puede salvar, pero una sola palabra puede ocasionar bienestar si está bien expresada, pergeñada, concebida, y comunicada en el momento preciso. Es decir, este tipo de palabra aparece en las películas de Mizoguchi, Ozu, John Ford; no se puede hallar en los documentales televisivos, o en los noticieros. Un gesto singular o una mirada de un actor puede decir mucho más sobre el sufrimiento, la miseria, la dicha, que un documental que lo muestra todo.

Efectivamente, los verdaderos directores no distinguen entre el documental y la ficción. Nunca he pensado en toda mi vida: ¿estoy haciendo un documental? ¿Estoy haciendo una ficción, y cuáles son los pasos que hay que seguir para hacer lo uno o lo otro? No existen. Cuando se filma la vida, y cuanto más se cierra una puerta, más difícil es para el espectador poder sacar provecho y placer de verse a sí mismo en la pantalla -porque no quiero eso-. Cuanto más puertas cierre más habré de tener en mi contra al espectador, tal vez incluso contra la misma película, pero estará al menos, incómodo y en lucha. Es decir, estará en la misma y ardua situación en la que está el mundo. No es bueno si uno está siempre cómodo. Así es que, para mí, las películas, la totalidad de la historia del cine, y diría también toda la música, es decir, todos los trabajos que el hombre ha realizado y que llamamos arte, implican un trabajo que se desplaza como un tren que va al lado de la vida, pero que nunca debe cruzarse.

Lleva trabajo hacer una película, un tipo de trabajo muy comparable al trabajo de ver películas. Es tan difícil ver una película como hacerla bien. Por ejemplo, es muy difícil ver una película de Ozu, de verla realmente, a partir de una perspectiva que reconoce que ésta es un auténtico documental sobre la humanidad y sus pasiones. Hay un pequeño detalle, que implica lo japonés, un pequeño lugar en la tierra, pero es tan sólo un detalle, digamos, una botella amarilla, que no es verde, y que es precisamente un detalle japonés. Lo que es importante es que se trata de un documental acerca de los que los hombres pueden hacerle a otros hombres. Para mí, es un detalle que Ozu sea japonés. Personalmente, pienso que es portugués. Pero cuando hacemos lo que denomino un documental, estamos inmersos inmediatamente en un pensamiento nacionalista. Si ustedes van a un festival de cine documental, como el de Yamagata, ustedes verán películas de Chile, Argentina, etc., y así estarán listos para ver una película chilena. No se trata de que no sean importantes los problemas de los obreros de una mina de Chile, problemas específicos y particulares a los chilenos, pero ocurre que normalmente está mal filmado, se ve pobremente y en un estilo inadecuado; lo que se ve se muestra sin la mirada de un artesano, un artista, un director, sin la paciencia o las cualidades específicas de una profesión.

El placer de hacer un film, es el de hacerlo, no el de mostrar un problema. La primera razón para hacer una película es el placer de hacerla. Si no hay placer en el trabajo, no pasa nada. Entonces, ¿cuál sería la característica más importante de un documental? Es ver que la persona que lo realizó hizo un buen trabajo, eso es lo primero, que él fue tras algo y trabajó. Una película es siempre un documental de su propia filmación, de su concomitante realización. Aquí, diré que cada película de Ozu y Mizoguchi es sobre todo, una película sobre artistas, sobre el placer de trabajar, sobre el trabajo, ese trabajo que es algo bueno, y cuando está bien hecho es hermoso, lo dice todo, y eso es más que suficiente para cualquier película. El trabajo que vemos bien realizado, eso es más importante que el tema de la película. Por ejemplo, en el placer y el trabajo que compartí con otros rodando Huesos, mi tarea fue, primero, crear una película interesante y bien hecha, y segundo, hacerla con gente no sabía nada de cine. Este deseo hizo que la película sea, espero, moral y cinematográficamente interesante. Esto no se debe a que se habla de la miseria o el sufrimiento, sino porque el film está constituido de un modo específico del que creo es justo y correcto. Entonces, para finalizar con esta historia acerca del documental y la ficción -ya que ustedes son estudiantes de cine, o al menos están interesados en ustedes mismos- no nos debe inquietar si lo que estamos haciendo es uno u otro, eso no tiene interés como problema. Tiene interés teórico, pero no es un tipo de cuestionamiento que nos haremos, y después los críticos habrán de decir, “es una ficción”, pero este tipo de pregunta no existe para mí, no debería existir. Esa no es la cuestión, aunque empezar nuestra discusión por aquí es complicado. Después de Huesos, rodé una película que se llamo En el cuarto de Vanda, y, por ejemplo, todos los periodistas, japoneses, estadounidenses, británicos, siempre me preguntaban: “¿usted ve su película como una ficción o un documental?” Sostengo que esta pregunta es en verdad sobre otra cosa. Oculta otra pregunta, que es: ¿Es un film verdadero o es falso?

No sé si se entiende, pero imaginen que conocen a Johann Sebastian Bach, y que tienen un problema romántico. Bach, se muestra indiferente a vuestro problema, parece no importarle en absoluto. No le importa vuestra novia, vuestros problemas, o las trivialidades de vuestra situación emocional. No le importa las cuestiones privadas. Aquí, podríamos decir que Bach es una suerte de director de documentales. Es alguien que no desea incorporar ningún sentimiento a su obra, que no quiere incluir nada de ustedes en su trabajo. Creo que el cine tiene un poderoso poder de proyección, y en dos direcciones. Hay algo que va y viene, algo que deja la pantalla, y va hacia nosotros, y algo también que sale de nosotros y va hacia la pantalla.

Es una cuestión de temor, de algo que asusta, pero esa es la diferencia entre las grandes películas, los grandes directores, y los mediocres. Los directores mediocres se aprovechan del temor proveniente de la pantalla. Es un juego de sombras, de proyecciones, y así se produce el temor. Cuando se apagan las luces, tendremos temor. Un director malo, sea de ficción o documental, habrá de jugar con nuestro temor de un modo indebido. Así es que tenemos, el temor, el deseo, la proyección, -como ustedes saben, las tres palabras se utilizan a menudo en la psicología, en el psicoanálisis. Personalmente, entiendo que un film no debería transformarse en una sesión psicoanalítica, no debería psicologizar. Cuanto más se desciende en la psicología más se confunde el público.

¿Conocen las películas de Chaplin cuando él era Charlot? No hay muchas. Había pensado pasar algo de Chaplin, porque es él quien por primera vez juega con lo que he estado diciendo hasta aquí: el documental, la ficción, el temor, el deseo. Chaplin es sobre todo, creo, el único director que lo logró, del mismo modo que podemos decir lo mismo de Picasso. Chaplin lo expresó así: “Gané mi sustento y me hice rico, interpretando a un hombre pobre”. Es importante porque es el único que ha ganado mucho dinero, muchísimo, trabajando siempre sobre el tema de la falta, de la falta de cosas, de dinero, de comida, de amor, y cuanto más películas hacía sobre la falta más dinero ganaba, más se alimentaba, y más cerca suyo tenía mujeres jóvenes. No sólo él consiguió vivir así, sino que fue visto, comprendido, amado por todo el mundo, de tal modo que logró llegar al público más que ningún otro artista en el cine. Quien alcanza algo así debe ser verdaderamente el más grande, cinematográfica y moralmente, ya sea en el documental, en la ficción, en el melodrama, el musical, el Western, o cualquier otro  género, porque lo que hizo con su vida fue lo opuesto a lo que hizo con sus películas. Hizo que todo funcionara en sus películas en oposición a lo que sucedía con su vida. Por tanto, me gustaría presentarles a Chaplin como un ejemplo máximo de esquizofrenia. Tenemos aquella famosa sentencia del poeta francés Rimbaud, quien dijo: “Yo es otro” (Je est un autre). No sé si ustedes, que son japoneses, pueden entender inmediatamente este concepto. “Yo es otro”, pero eso es Chaplin: “Yo es otro”. Es el más grandioso porque de hecho fue ambas cosas al mismo tiempo, amo y esclavo, artista y también su público, fue todo eso a la vez. A través de esta conquista, llevo al cine al límite en donde éste puede llegar en dirección de la vida, y al mismo tiempo, en la dirección de lo que se puede soñar respecto de la vida. Había pensado mostrarle una película de Chaplin sobre boxeo, pero no la pudimos encontrar, pero encontramos otro film que es sublime, llamado El vagabundo (1915); no sé si podremos verlo, me gustaría que ustedes lo vieran, debido a esta idea que venimos discutiendo acerca del documental y la ficción. Después me dirán, pues tendrán que hablar, en dónde han visto árboles, puertas, autos, o animales como se ven aquí. Les aseguro que es raro ver una puerta que sea una puerta, un perro que sea un perro, e incluso un cheque, el dinero, del modo en el que se ve en esta película de Chaplin. Les daré 10.000 yen si alguien entre ustedes me dice “una vez vi una puerta mejor de la que se ve en este film de Chaplin”. Es una apuesta. Hay en este film, uno de los primeros de Chaplin, un modo de registrar las cosas, los objetos, los árboles, el dinero, los autos, un modo de mostrarlos, una manera condensada, tan concentrada que hoy es doloroso, y hasta lastima nuestros ojos ver un cheque en las manos de Charlot, y nos duele ver un auto pasando; uno queda aterrorizado hasta por un auto…

FOTOS: 1) Pedro Costa; 2) Ozu, Mizoguchi, Naruse; 3) fotograma de Huesos; 4) fotograma de Banshun; 5) Charles Chaplin.

TRADUCCIÓN: Roger Alan Koza.

LOS ÚLTIMOS DÍAS DEL CINE

Agosto 19, 2008

Por Nicolás Prividera

 El cinematógrafo es un invento sin futuro.

Lumiere, 1895

Tal vez nunca sepamos qué fue el cine, pero sí cuando nació y cuando murió (aunque sobre este último hecho aún haya desacuerdo: para algunos esto nunca sucedió -y lo que en todo caso tuvo fin es un modo de ver el cine-, para otros su muerte acaeció en algún momento a fines del corto siglo XX). Digamos que el fin pudo iniciarse en 1975 (el año en que murió Pasolini y Spielberg resucitó a la industria de Hollywood): el cine cumplía entonces 80 años de existencia. Si alcanzó la adultez en el mismo tiempo que un hombre, ¿por qué iba a sobrevivir al lapso de una vida humana?

I

Hacia 1975 el cine europeo pareció desfallecer, mientras Hollywood revivía. Luego de un crecimiento de veinte años (tras el milagro económico de posguerra), que había puesto al cine europeo en el centro mismo del canon (frente a un cine norteamericano que había perdido la batalla con la TV), toda su energía parecía haberse agotado: los nuevos cines empezaban a declinar y Hollywood levantaba cabeza, redescubriendo su propia fuente de la juventud en los grandes blockbusters. Los dos films claves de ese quiebre paradigmático son la última película de Pier Paolo Pasolini (Saló) y el primer megaéxito de Steven Spielberg (Tiburón). No sabemos como hubiera seguido la carrera de Pasolini, pero no deja de ser una amarga coincidencia que un film tan límite como Saló sea su testamento cinematográfico: surgida de su “abjuración” de la trilogía de la vida (adaptación de los clásicos populares El decamerón, Los cuentos de Canterbury, y Las mil y una noches), la versión libre de Los 120 días de Sodoma (extrapolados a la fascista república de Saló) era una visión oscura del sometimiento erótico de la poética ante la política totalitaria (indigerible para el mercado que había fagocitado su trilogía anterior). En cambio, el Tiburón de Spielberg era (en plena crisis del petróleo y derrota en Vietnam) un exorcismo de las angustias norteamericanas (sublimadas a través del cine, como sucedió luego del crack del ‘29). De la catástrofe del cine (de un cine que había soñado encarnar la utopía libertaria de las neo-vanguardias europeas de los ‘60, para terminar cooptado por el cada vez mas omnipresente mercado global) al descubrimiento del cine-catástrofe (como género capaz de devolver, aunque más no fuera a través de terrores infantiles, la sublimación de las cíclicas crisis del capitalismo). Ese doble movimiento definiría el mundo en el que aún vivimos: la muerte de la vanguardia fue una vez más el alumbramiento de un nuevo período de desarrollo capitalista, representado en el cine por el nuevo paradigma de Spielberg y Lucas (aunque, paradójicamente, quienes así parecían rendir tributo al clasicismo de Hollywood terminarían por enterrarlo, bajo la inevitable revolución tecnológica del cine y la deconstrucción digital del paradigma de un cine clásico basado en la representación “realista” del mundo): de aquí en más no se trataría tanto de reproducir el mundo como de producirlo (como “simulacro”). Claro que seguirá habiendo películas de aliento clásico (entendido este como una búsqueda sobre la “representación de la realidad”) como siguió habiendo novelas después de la “muerte de la novela” (aunque la última entrega de Indiana Jones marque en cierto modo el cierre de ese paradigma bajo el triunfo del efecto por sobre la narración clásica): si sólo la literatura puede salvar a las palabras de la degradación y el vacío de sentido, sólo el cine (como arte) puede devolverle a las imágenes su potencia redentora de lo real. Pero esa resistencia del arte sólo puede ser un arte de la resistencia (aunque la guerra no esté, tal vez, irremediablemente perdida).

II

Mirando atrás, lo que podríamos llamar “la época de la Gran Pantalla” tuvo lugar entre 1905 (con la consolidación del “cine primitivo”) y 1948 (cuando luego de los tres años más exitosos de su historia, el cine norteamericano se enfrenta al surgimiento de la TV, la ley antimonopolios y el macartismo). El cine surgió como avatar finisecular de la revolución industrial y la consolidación de “la era del capital” (fue el medio por excelencia que captó la imagen de un mundo moderno en el que “todo lo sólido se desvanece en el aire”, y en el cual por primera vez se realizó el sueño de la “aldea global”). La exhibición pública del invento de los Lumiere (que dio inicio simbólico al cine como espectáculo) fue consecuencia directa de los cambios en la economía cultural de la ciudad (los primeros cines tenían mesas de café, y eran tan parte del espacio publico como los nuevos bulevares que abrían la ciudad al movimiento de la vida moderna). El cine era “el espejo que pasea por una calle desconocida” (como Stendhal había definido a la novela), y tuvo con el breve siglo XX la misma relación que la novela con el siglo XIX o la pintura con el siglo XV: la búsqueda de un nuevo realismo que diera cuenta de la rendición del mundo ante la técnica (“la redención de la realidad física”, lo llamará Kracauer) encontró en el cine su arte privilegiado. La “gran guerra” (esa larga guerra mundial dividida en dos) marcó el principio del fin de esa era, ya que la aparición de la TV fue una de las consecuencias de la “aceleración de la Historia” impuesta por el imperativo bélico. El cine le cedió entonces su lugar a otras pantallas, pero sólo para consolidar la supremacía de la imagen en la era de su reproductibilidad técnica: Esa “época de la fragmentación de la pantalla” se extendió desde entonces, imparable (hasta hoy, en que las pantallas individuales han vuelto a dominar la tierra, como en los albores del nickelodeon). Hace cincuenta años la expansión de la TV y los nuevos cines europeos pusieron en jaque al cine de Hollywood (así como la guerra fría tuvo en jaque al mundo), pero el fin del mundo bipolar y la aparición de Internet marcaron el inicio de un nuevo momento histórico, en el que aún estamos sumergidos: una era en la que cualquiera puede producir imágenes y ponerlas a disposición de todo el mundo, pero en que la producción industrial de imágenes sigue aun bajo la hegemonía de la gran industria hollywoodense. Lo que une sin embargo a ambos regímenes de la pequeña pantalla (de la TV a la PC) es su predilección por el efecto (por la brevedad, la instantaneidad, la sorpresa): en cierto modo es como una victoria pírrica del cinematógrafo, devuelto a sus inicios como espectáculo de feria.

III

El cine se rindió pronto ante la pequeña pantalla (aunque aún busque refugio y revitalización en viejas “innovaciones” como el 3D). Adapta comics, series y video-juegos: se vuelve digital. Para sobrevivir, se convierte en su enemigo (no en vano Zemeckis es el gran heredero de Spielberg, aunque sus experimentos digitales -Polar express, Beowulf- no hayan alcanzado la fuerza paradigmática de Tiburón). Las corporaciones (de las que el cine es sólo una cabeza, y no la mas importante), empiezan a pensar en el reemplazo definitivo de “la gran pantalla”: Si vivimos en lo que Deleuze bautizo como “sociedades de control” (etapa superior de la “sociedad disciplinaria” descripta por Foucault), no es casual que el cine se convierta (como el primitivo “kinetoscopio”) en una experiencia “privada” (sea a través de DirectTV o de las bajadas de Internet), y que junto con esa experiencia social esté en crisis la forma misma de lo que el siglo XX desarrolló como “lenguaje cinematográfico”. Para algunos, esa forma del cine (identificada con el paradigma clásico) es una “lengua muerta”: son los que creen que el nuevo paradigma está en el cine contemporáneo (y su búsqueda de “lo abierto”) o en la misma TV (en series “de culto” global como Lost). Lo que no ven es que inevitablemente esas “nuevas” formas siguen definiéndose por oposición a la vieja y sólida forma clásica (del mismo modo que la fuerza de lo antiépico depende de su oposición dialéctica al paradigma aristotélico, como bien sabía Brecht). Lo que demuestra el eterno retorno del cine clásico no es sólo que la “lengua muerta” goza de buena salud, sino que no se trata de una forma “residual” frente a otra “emergente” (en términos de Williams), sino de una “dominante” histórica: el clasicismo (sea cual sea la forma que adopte) no es ni más ni menos que un siempre renovado avatar de la continua búsqueda de Mímesis. Lo real no puede desaparecer bajo los simulacros del fin de la Historia. (Si así sucediera, sólo nos quedaría encomendarnos al triunfo final del capitalismo global y resignarnos a una eternidad en la Matrix… Pero también en el mundo digital puede haber resistencia, si alguno de esos neo-espectadores del ciberespacio se sorprende -y nos sorprende- bajándose Potemkin o Stagecoach. Mientras haya un Gran Relato habrá esperanza…)

FOTOS: 1) Fotograma de Salo; 2) fotograma de Tiburón; 3) fotograma de La diligencia; 4) Fotograma de Indiana Jones 4.

 Nicolas Prividera / Copyleft 2008

SEMANA DEL 18 al 24/08 EN CINECLUBES

Agosto 19, 2008

LA CUMBRE: SALA LUIS BERTI, BELGRANO 470.

20 de agosto, a las 20.30hs: Ciclo Herencia y presencia del Cristianismo:

Caravaggio, de Derek Jarman, Reino Unido, 1986

93 minutos / No recomendada para menores de 18 años

Antes de la película principal se proyectará el cortometraje El claro, de Alexis Bistikas, Reino Unido, 1993

Caravaggio, de haber vivido en nuestro tiempo, hubiera sido Pasolini, declaró Jarman, ícono del cine gay de la década de los ‘80, quien muriera en 1994 de sida. Este biopic iconoclasta sobre Michelangelo Merisa de Caravaggio (1573-1610), el gran estilista barroco italiano, es una aproximación libre y fiel a la obra del pintor y probablemente también a la subjetividad del artista, aunque renuncia exitosamente a ofrecer un retrato realista del personaje. Jarman está más interesado en la intersección entre el erotismo, la fantasía y la estética, y los cuadros vivos y reproducidos aquí filmados en un claroscuro magistral funcionan como revelaciones de un estado de conciencia. A menudo, Jarman introduce algunos anacronismos intrigantes, una decisión arriesgada pero que funciona muy bien para señalar cierto orden de continuidad entre el imaginario del pintor y el del cineasta, o entre el siglo XVII y el siglo XX. A diferencia de lo que hace en Wittgenstein, Jarman elude toda cronología para contar el trayecto de una vida; más bien reproduce la colección de memorias significativas en la vida del artista a partir del encuentro de éste con su propia muerte, lo que incluye triángulos amorosos, crímenes y un sospechoso pero determinante diálogo con la Iglesia. Con un presupuesto exiguo, Jarman demuestra ser un verdadero maestro del espacio cinematográfico, cuya artificialidad y supuesta teatralidad funcionan siempre a favor de acentuar una dimensión psíquica de sus películas. (Roger Koza, programador)

LA FALDA: RESTAURANTE UGOLINO, 9 DE JULIO 470

21 de agosto, a las 20.30hs:

Historias de cocina, de Bent Hamer, Noruega-Suecia, 2003

95 minutos / Apta para todo público

Antes de la película principal se proyectará el cortometraje Un mundo de gloria, de Roy Andersson, Suecia, 1991

El director de Factótum, una interpretación libre y ajustada de algunos textos de Bukowski, hizo esta comedia no exenta de secuencias conmovedoras, en la que se puede divisar una crítica difusa aunque efectiva al método de investigación de las ciencias sociales: no hay objetividad, es naturalmente imposible. Increíble pero real, en la década del ‘50 el gobierno de Suecia llevó adelante un estudio sobre la conducta de los hombres solteros. El lugar de observación elegido fue la cocina. Historias de cocina muestra el caso a través de dos hombres, el morador y el investigador, quienes, tras un tiempo de convivir bajo la distancia y rigor que se predican de este programa científico, van desarrollando un interés común el uno por el otro. Hamer reconstruye fielmente la época, y cuestiona la metodología (un hombre instalado en la cocina observando la conducta de otro sin interacción alguna) para sugerir, entre otras cosas, no sólo la limitación de este tipo de aproximación a un objeto de estudio específico, sino también un modelo de amistad entre los hombres que elude tanto el machismo como el erotismo. (RK)

VILLA GIARDINO: SALA TEATRO-CINE ALEJANDRO GIARDINO

24 de agosto, a las 20.00hs:

El romance de Astrea y Celadón, de Eric Rohmer, Francia, 2007

109 minutos / ATP

Antes de la película principal se proyectará el cortometraje Última palabra, de Werner Herzog, Alemania, 1968

Posiblemente la última película de uno de los maestros indiscutibles de la Nouvelle Vague francesa. Eric Rohmer, a los 87 años, inspirado en una novela de más de 5.000 páginas del siglo XVII de Honoré d’Urfe, sobre una historia de amor que transcurre en el siglo V y cuyos personajes son ninfas, druidas y pastores, demuestra cuán original y provocativo puede ser su cine. Una advertencia en el inicio sobre la imposibilidad de rodar la película en los escenarios naturales e históricos debido a que hoy son espacios urbanizados y modernos indica una preocupación misteriosa: ¿no es acaso el procedimiento normal y característico de cualquier película de época? Ocurre que Rohmer intenta hacer una película sobre el amor y la fidelidad como si todo su equipo estuviera transportado al siglo XVII. Si el cine de Hollywood reconstruye los decorados pero sus personajes se comportan como sujetos de nuestro tiempo, aquí Rohmer, austero y brillante, intenta reconstruir la experiencia total del mundo como si efectivamente la película transcurriera en el siglo V. ¿Cómo sonaría la naturaleza en ese siglo? ¿Cómo habría de ser la juventud en tiempos tan pretéritos? La sensualidad domina pero se ajusta también a un discurso sobre los orígenes de la civilización occidental, a menudo introducido por una exégesis de pinturas de la época, aunque la universalidad de su tópico, un romance puesto en peligro por un conjunto de malentendidos, puede ser tan contemporánea y ser leída, por consiguiente, como una objeción a ese lugar común que concibe el presente como un tiempo menos prejuicioso que cualquier época remota. Una película que no envejecerá nunca, una película intempestiva. (RK)

LA CUESTIÓN HUMANA

Agosto 16, 2008

**** Obra maestra  ***hay que verla  ** Válida de ver  * Tiene un rasgo redimible ° Sin valor

Por Roger Alan Koza

GENEALOGÍA POLÍTICA DE LO INMORAL

 

La cuestión humana, Francia, 2007.

Dirigida por Nicolas Klotz. Escrita por Elisabeth Perceval.

*** Hay que verla

Una de las grandes películas del año, que podrá tener sus momentos cuestionables, pero que finalmente está a la altura de sus pretensiones.

El travelling lateral que abre La cuestión humana, de Nicolas Klotz, última película de una trilogía que intenta filmar el cuerpo político del neoliberalismo europeo en varias de sus facetas, no es una decisión arbitraria. El desplazamiento de derecha a izquierda insinúa una línea de tiempo en reverso, una que va del presente al pasado y que figurativamente anuncia una tesis.  Se ve una pared con números, cifras que cifran un acertijo que el filme habrá de develar paulatinamente hasta culminar en un justo y magistral fundido en negro de varios minutos, mientras se escucha una voz, una letanía, un quejido abyecto que resuena y proviene de la Historia: pedazos, pedazos, pedazos…

“¿Cómo reconcilia usted la cuestión humana con la necesidad de hacer dinero y progresar”? se le escucha decir a uno de los personajes, Just, máximo directivo de una corporación, quien está sospechado de demencia y/o depresión, y es investigado por un psicólogo laboral, Simon, a pedido de un directivo jerárquico importante. Es una tarea especial, porque las dos funciones de Simon consisten en higienizar el espíritu de todos sus empleados para seleccionar a los más aptos y obtener así mayores beneficios, y ofrecer, también, seminarios de superación personal. La investigación tendrá giros sorprendentes, y llevará a situaciones y acontecimientos inesperados.

Es así que el inicio de un filme que parece indagar sobre las sospechosas prácticas de las nuevas filosofías del managment posee una agenda secreta. Si la misión del especialista consiste en determinar la aptitud mental de un directivo, el objetivo de Klotz (y su mujer Elisabeth Perceval, la guionista) es hacer una genealogía del discurso empresarial y denunciar la deshumanización concomitante.

Klotz es un observador lúcido, y es capaz de sintetizar, en apenas dos horas, cómo opera el discurso sobre los gestos, los placeres y los vínculos entre sujetos. Los cuerpos hablan, y así una rave trasluce mucho más que un transe liberador, del mismo modo que esos seminarios en los que los empresarios hacen deportes de riesgo o meditan como si fueran yogis de un capitalismo benevolente, son ejercicios de cinismo al servicio de una crueldad con rostro humano.

En el fondo, La cuestión humana es una impugnación al colaboracionismo indirecto por parte de los miembros de una sociedad respecto de un orden socioeconómico injusto, actitud colectiva que en Francia (y en Europa) puede rastrearse muchas décadas atrás, en ese tiempo en el que se supo que la perfección técnica y la sofisticación racional son compatibles con el planeamiento del horror.

Basada en una novela de François Emmanuel, La cuestión humana no es ni Michael Clyton, ni El informante, ni tantas otras películas estadounidenses que suponen ser una crítica al sistema socioeconómico mientras que de contrabando un héroe individual redime aquello que crítica a través de una rectitud que no es una excepción sino la regla secreta y la naturaleza del sistema. Simon descubrirá que él también es una pieza y víctima de una malla difusa de poder. Y nosotros, junto con él, habremos de identificar la semántica de aquello que nos explota y terminamos amando.

 Copyleft 2000-2008 / Roger Alan Koza

Esta crítica fue publicada durante el mes de agosto, con otro título, por el diario La Voz del Interior de la provincia de Córdoba.

AFORISMOS VISUALES 9

Agosto 15, 2008

Si bien todo ese psicologismo baladí sobre la búsqueda del personaje siempre me ha parecido sospechoso y pretencioso, más todavía cuando maradonianamente el actor se refiere al personaje en tercera persona, hay casos notables en el que un actor se diluye, por entrega y pasión, en la presencia de alguien que no existe excepto en la pantalla. Hay dos actores que han interpretado en el cine al Guasón, pero uno solo transfiguró su propio yo en un Otro maléfico y perverso, probablemente una de las personificaciones más notables del instinto de muerte sin restricciones. No hace falta decir quién es, aunque no sonreirá en las ceremonias del Oscar. (Roger Koza)

CORAZÓN DE FÁBRICA

Agosto 14, 2008

UN ESTRENO QUE IMPORTA

No cuento con tiempo para escribir una crítica sobre el vital e inteligente film de Virna Molina y Ernesto Ardito, Corazón de fábrica, film que explora la experiencia de Zanon y el movimiento de recuperación de fábricas. Es un documental lúcido, que ofrece información relevante y que problematiza la experiencia sin constituir antagonismos convenientes que detienen la discusión. Después de M, es la segunda película que crítica indirectamente la era K, pero sin participar de la demonización mediática o la apología acrítica de quienes denostan o apoyan el Kirchnerismo. Corazón de fábrica, además, se desmarca de la manipulación benevolente pero no inocente que Naomi Klein y su marido hicieran en La toma, sobre la misma experiencia, y que sirve para ver dos modelos de documental. Nada de humanismo fácil y mucho menos de retórica de la antiglobalización. Este documental es verdaderamente político. (Roger Koza)

La gente del cineclub La Quimera estrenan el film y me envían esta gacetiila que adjunto a continuación:

ESTRENO “ CORAZÓN DE FÁBRICA” en Córdoba con la presencia de los realizadores Virna Molina y Ernesto Ardito (también realizadores del film Raymundo).

Los días jueves 14/8, 20:30 hs y Domingo 17/8 18:30 hs La Quimera Cineclub estrenará en Córdoba el film “Corazón de Fábrica” (www.cdfdoc.com.ar). Realizado con el apoyo y financiamiento de los fondos Jan Vrijman Fund – IDFA – International Documentary Festival of Amsterdam (Holanda) y Alter-cine Fondation (Canada), este film retrata la lucha de los obreros de la fábrica de cerámica Zanón en la patagonia argentina.

El día domingo 17, luego de la proyección, se llevará a cabo una charla con representantes de la Cooperativa de Trabajo de Salud Junín Limitada (ex clínica Junín), Comercio y Justicia Editores Coop. de Trabajo Ltd., y los realizadores del film. Los miembros de la mesa debatirán en torno a la temática de las empresas que actualmente funcionan bajo control de los trabajadores.

Acerca del film:

La lucha de los obreros de la fábrica de cerámica Zanón en la Patagonia argentina ha sido profusamente documentada: esa lucha es un símbolo, sirve para contar el menemismo, la destrucción de la industria nacional, la burocracia sindical y la lucha de un movimiento obrero renovado, capaz de ir aprendiendo sobre la marcha, por no resignar la fuente de trabajo. El documental de Molina y Ardito, constituye el testimonio más acabado y el análisis más complejo del episodio y, por esa vía, de las batallas más importantes de los trabajadores argentinos que capearon la crisis de 2001. Porque CORAZON DE FABRICA, además de contar el proceso que llevó a la gestión obrera de la planta, se quedó allí para registrar las trabas que aparecen a cada paso y profundizar en los desafíos que conlleva todo cambio de mentalidad, esa inversión de roles y de lógica que no es fácil de concretar.

Lugar:

Centro Cultural La Luna. Pasaje Escuti y Fructuoso Rivera, a una cuadra del Paseo de las Artes.