SEGUNDA SEMANA
SALA LUIS BERTI, BELGRANO 470, LA CUMBRE
MARTES 11
16.00hs: Clásicos para un canon

Yi yi, de Edward Yang, Taiwán-Japón, 2000
173’ / +13
La película más accesible de Edward Yang (2000) sigue el trayecto de tres generaciones de una familia de Taipei, desde una boda hasta un funeral, y aunque dura casi tres horas no hay un solo momento injustificado. A través del trabajo con actores no profesionales, Yang logra la actuación sobresaliente de Wu Nien-jen, como N. J., un hombre de mediana edad, socio de una compañía de computadoras venida a menos, que tiene la esperanza de trabajar con un diseñador de videojuegos japonés y sostiene un amorío secreto en Tokio con una chica que había abandonado treinta años antes. Entre los otros personajes principales se encuentran el hijo de N. J., de ocho años, una hija adolescente, una esposa espiritualmente traumatizada, una suegra agonizante, y un cuñado agobiado por las deudas. El hijo, que está obsesionado con fotografiar lo que la gente no puede ver, es probablemente el portavoz de Yang, quien parece no perderse ningún detalle al entretejer los distintos puntos de vista y las dolorosas notas emocionales, creando así una de las familias más significativas del cine contemporáneo. (Jonathan Rosenbaum)
19.15hs: Mi primera película

Noche sin fortuna, de Francisco Forbes y Álvaro Cifuentes, Argentina-Colombia, 2011
86’ / +18
Cortometraje: Agarrando pueblo (Los vampiros de la miseria) (29’), de Luis Ospina y Carlos Mayolo, Colombia, 1978
En los primeros minutos una voz en off dice: “¿Cómo diablos puede convertirse un tipo de 25 años en un autor inabarcable?”. El tipo en cuestión es Andrés Caicedo, el enigmático escritor (y crítico de cine) colombiano, miembro del grupo de Cali, fundador de la revista de cine Ojo al cine, cineclubista, ícono indiscutible de una generación inconformista, que se suicidó el 4 de marzo de 1977. Este sólido y amoroso trabajo sobre la figura de Caicedo y su generación transmite el exceso vitalista y la auténtica transgresión de su personaje a través de testimonios de sus amigos y amores (entre ellos el cineasta Luis Ospina, Eduardo Carvajal, Carlos Mayolo, Miguel González, los hermanos Lemos), material de archivo, fragmentos de películas de ese tiempo, citas cinéfilas, una excelente animación basada en un guión escrito por Caicedo, Los amantes de Suzie Bloom, un western con el que Caicedo intentó ingresar a Hollywood y conocer eventualmente a Roger Corman. La autenticidad y complejidad de ese autor inabarcable, venerado por Forbes y Cifuentes, resulta comprensible y asible por la inteligente puesta en escena y eficacia narrativa del film, cuya sociología precisa e investigación rigurosa permiten asociar el viaje libertario de Caicedo y sus amigos con un tiempo histórico específico. Una película irreverente, más allá del bien y del mal, que ilumina la vida de un artista poco conocido mimetizándose con su objeto excluyente hasta el punto de ser una pieza cinematográfica creativa e iconoclasta, como si el propio fantasma de Caicedo estuviera ligando los planos que lo representan. (Roger Koza)
21.30hs: Rivette X 2

El último verano, de Jacques Rivette, Francia, 2009
84’ / ATP
Cortometraje: Estudios de los movimientos en París (4’), de Joris Ivens, Holanda, 1927 (Ivens en foco)
En una escena clave del último film del gran Jacques Rivette, pasaje resuelto en dos planos, uno introductorio y el otro un plano secuencia muy placentero, Vittorio (el personaje que interpreta el genial Sergio Castellitto), un viajero acomodado, le dice a Kate (la no menos genial Jane Birkin) que a él no le interesa la vocación sino el azar, y que prefiere buscar, aunque no sabe muy bien qué es lo que busca. Los circos nómades probablemente constituyen una intersección entre azar y vocación: viajan de un pueblo a otro, pero sus miembros repiten pruebas y sketchs. Es por azar que Vittorio encuentra a Kate, tras no parar primero con su auto lujoso y volver luego al pedido de auxilio mecánico en un paraje hermoso de Las Cevenas, zona montañosa del centro y sur de Francia, lo que precipitará una invitación al circo al que ella acaba de volver tras 15 años de ausencia. El glamour de la pareja es indudable, pero el romance quedará en fuera de campo, pues lo que importa aquí es salvar a Kate. ¿De qué? De un trauma que la alejó del circo fundado por su padre y que está relacionado con la muerte de su marido. Así descripto, El último verano puede parecer un drama con giros existenciales, pero se trata de un film ligero y libre en el que Rivette propone una meditación lúdica sobre la representación (teatral) y su relación con el espacio viviente no circunscripto al teatro. “La película establece una gran relación con la naturaleza, como si lo equivalente a la espontaneidad de una montaña o de un bosque fuera la actuación y no el naturalismo”: tal vez esta intuición sensible de Quintín sea una vía de acceso a este film amoroso, probablemente el último de Rivette. (RK)
23.15hs: Horizontes contemporáneos

El cazador, de Rafi Pitts, Irán-Alemania, 2010
90’ / +13
Cortometraje: Los habitantes (10’), de Artavazd Peleshyan, Rusia, 1970 (Peleshyan en foco)
Escrita, dirigida y protagonizada por Pitts, la película es un inteligente caso de cine político que no se protege de la censura y la hermenéutica policial del régimen a través de un relato sobre niños en donde la crítica política es oblicua. El relato es económico: el personaje que interpreta Pitts estuvo en la cárcel y ahora trabaja como guardia de una compañía muy grande. Le toca el turno noche, lo que tiene consecuencias en su vida familiar. En una manifestación habrá un accidente fatal, y Pitts se limitará a dar indicios para que el espectador reconstruya lo sucedido. Tras insistir en la policía, el personaje central habrá de perder la paciencia y tomará decisiones radicales. Pitts filma Teherán de un modo novedoso. Es un retrato secular y deliberadamente arquitectónico. Ciertas panorámicas reflejan una modernidad edilicia que se contrapone a los característicos planos cerrados de las calles angostas de la ciudad, una representación dominante del espacio urbano en el cine iraní, aunque no se trata solamente de elegancia sino de una estrategia formal por la que se evidencia una paradoja: una ciudad moderna administrada políticamente por una banda medieval. Los constantes comunicados radiales establecen una política de estado y en la banda de sonido suenan las voces de la resistencia. Éste es el primer film en la historia del cine iraní en el que se asesina a un policía. El lugar elegido simboliza un hito de la revolución islámica del ’70, también aludida por la enigmática foto inicial que acompaña los créditos. Un policial soberbio, un director valiente. (RK)
Miércoles 11
15.30hs: Clásicos para un canon

Hielo, de Robert Kramer, EE.UU., 1969
130’ / ATP
Cortometraje: Atraksion (10’), de Raoul Servais, Bélgica, 2001 (Servais en foco)
Una de las películas “underground” (1969) más radicales del director independiente Robert Kramer (EE.UU.), posiblemente la mejor, fue realizada dentro y en las afueras de Nueva York antes de que él se reestablezca en París. Este potente y crudo thriller de ciencia ficción sobre las guerrillas de ultra izquierda, filmado a la manera de un áspero documental en blanco y negro, tiene un trasfondo épico. (Como tantas películas de arte de la época, políticamente informadas, comenzando por Alphaville e incluso THX 1138, está ubicada en el futuro como una artimaña para criticar el presente). Ahora como entonces, el poder de esta película espeluznante reside en la crítica directa de la paranoia y las luchas internas que caracterizaron las políticas revolucionarias durante la década del ’60. La atmósfera es atemorizante y con frecuencia brutal, sin embargo encontramos observaciones sobre la conducta y algunos momentos de ternura que remiten a las primeras películas de Cassavetes. Una lección de historia mordaz y desconcertante, la contraparte estadounidense de algunas películas conspiratorias de Rivette, un mensaje desesperado encontrado en una botella. (JR)
18.15hs: Planos y pentagramas

El silencio antes de Bach, de Pere Portabella, España, 2007
102’ / ATP
Cortometraje: Ofrenda (5’), de Claudio Caldini, Argentina, 1978
La última película de Pere Portabella, figura enigmática del cine español y emblema de la lucha contra el franquismo, es una meditación sobre la música en general (Bach en particular) y sobre cómo, a través del tiempo, los vínculos con el arte musical van cambiando. Portabella elige una narración cubista en la que se pueden ver fragmentos de la vida de Bach en pleno siglo XVIII (componiendo, aconsejando a uno de sus hijos en materia de interpretación), para saltar, como si existiera una secreta continuidad, a nuestro tiempo, en donde se pueden ver algunos momentos de la vida de un camionero alemán que en sus tiempos libres interpreta Bach en fagot, y así, sin aviso, volver al siglo XIX para ser testigos de la anécdota mítica según la cual el carnicero de Mendelssohn le envolvía la carne en las partituras de “El Evangelio de San Mateo”. La noción de continuidad a veces se acentúa a través de ciertos raccords (una puerta se cierra en un siglo y al abrirse ya estamos en otro), o, directamente, el espectador participa de un paseo turístico por el río Elba o por la tumba de Bach en la iglesia Santo Tomás de Leipzig. Toda la música que se escucha en la película está interpretada en tiempo real, por músicos o por procedimientos mecánicos, excepto el último plano del film, un travelling sobre las partituras del “Magnificat”. ¿Es una protesta contra la reproducción técnica del arte? Portabella ofrece también una lectura política de la música: después de Auschwitz, el arte ya no tiene sentido, es casi indecente. “La música daña”, dice un personaje, después de que un vendedor de pianos visita una librería en donde se ilustra el rol perverso de la música en los campos de concentración. Dialécticamente, la música también salva o, al menos, justifica la existencia del mundo. “Sin Bach, la teología carecería de objeto”, dice Cioran, citado en un fragmento clave a través de un aforismo similar. La película es formalmente magistral; algunos planos secuencia son formidables, como el de los estudiantes tocando chelo en el subte. Quizás la mayor provocación del film consista en señalar el carácter popular de la música de Bach, lo que indirectamente sugiere la pauperización del vocablo ‘popular’ en el siglo XXI. (RK)
20.30hs: Planos y pentagramas

El sonido del ruido, de Ola Simonsson y Johannes Stjärne Nilsson, Suecia, 2010
98’ / ATP
Cortometraje: Pegaso (9’), de Raoul Servais, Bélgica, 1973 (Servais en foco)
Una comedia simpática e ingeniosa cuyo espíritu anarquista quizás resulte políticamente inofensivo, pero no deja de ser una fantasía atractiva y eventualmente reparadora. Este film sueco no tiene nada que ver con la herencia de Bergman y el existencialismo crepuscular de sus películas, aunque la ópera prima de Ola Simonsson y Johannes Stjärne Nilsson no renuncia a la filosofía, al menos propone pensar acerca de la relación de los ruidos, la música y el silencio en las metrópolis, pero en clave de musical y con un evidente espíritu pop, aunque los números musicales, si se trata de precisión, remiten más a una banda de música industrial como Einstürzende Neubauten. Seis músicos, que sin enfatizarlo tienen una noción de la ciudad como un sistema de ruidos y sonidos, se proponen hacer una obra musical en cuatro lugares específicos. La tarea consiste en intervenir en espacios públicos inesperados e interpretar los temas de sus obras musicales: las dos primeras, en un hospital y en un banco, son literalmente increíbles y musicalmente formidables. El nudo narrativo es que un policía se obsesiona con atraparlos, aunque indirectamente eso significará la superación de un viejo trauma que involucra a su hermano mayor, una suerte de genio musical. Es un film menor, pero feliz, y un film imperdible para quien le guste la música. (RK)
23.00hs: Clásicos para un canon

La actriz, de Stanley Kwan, Hong Kong, 1991
126’ / +13
Cortometraje: Vida (7’), de Artavazd Peleshyan, Armenia, 1993 (Peleshyan en foco)
La obra maestra (1991) de Stanley Kwan es aún hoy la película más sobresaliente de Hong Kong que he visto, aunque el recorte de media hora que se le hizo al original de 146 minutos ha resultado desfavorable. (Lo que es peor, los productores de Hong Kong destruyeron el negativo original; aparentemente, la única versión original sin cortes sobrevive en la televisión australiana.) La historia de la actriz de cine mudo Ruan Ling-yu (1910-1935), conocida como la Garbo del cine chino, combina material documental y reconstrucción de época, el glamour de un biopic y una profunda curiosidad, clips históricos deslumbrantes y simulaciones en color de las mismas secuencias durante su filmación: todo esto con el objeto de explorar el pasado, en apariencia más complejo, sensual y misterioso que el presente. Maggie Cheung ganó merecidamente el premio a la mejor actriz en Berlín por su refinada interpretación en el papel de Ling-yu, y gran parte del trabajo del director consistió en recrear una suerte de nimbo alrededor de su elegancia y gracia (George Cukor me viene a la mente como el equivalente hollywoodense). Kwan crea además un laberinto de preguntas con respecto a quién era Ruan realmente y por qué se suicidó –un laberinto físico (a través del uso bellamente ambiguo de los sets cinematográficos en blanco y negro) y metafísico–. Se destacan la sofisticada belleza de un universo cinematográfico imaginado en Shangai en los años ’30 y la conversación de tono distante que Kwan sostiene con Cheung sobre el significado de todo esto y la casi ausencia de respuestas por parte de ella. Cualquier película histórica que valga la pena historiza el presente junto con el pasado, y esta película trata, en parte e implícitamente, sobre la inadecuación que sentimos ante los poderosos clips de Ling-yu. (JR)
Jueves 12
15.00hs: Ivens en foco

Komsomol, de Joris Ivens, Rusia, 1932
50’ / ATP
Cortometraje: Philips-Radio (36’), de Joris Ivens, Holanda, 1931 (Ivens en foco)
Tras presentar un diagnóstico (global), la crisis europea del capitalismo a principios de la década del ’30 del siglo pasado, que Ivens enfatiza a través de un montaje cruzado dramático y preciso, la revuelta obrera y la represión policial, el director holandés contrapone ese estadio de la lucha de clases con un retrato utópico y desde la vanguardia de esa lucha: el quehacer mancomunado de la juventud socialista en la Unión Soviética en el resplandor posrevolucionario. La construcción de unos hornos para obtener acero y acelerar la producción de tractores y automóviles, una respuesta directa y práctica a un pedido de Stalin, en Magnitogorsk, en los Urales, constituye una oportunidad extraordinaria para filmar el trabajo humano y su relación con los elementos telúricos desde un punto de vista materialista. Ivens muestra la labor como un proceso solidario, y muestra también una modalidad de subjetividad en donde el individuo es simplemente un eslabón de una identidad colectiva. La musicalización de Hanns Eisler es formidable, aunque la canción que cierra la película sintetiza perfectamente el espíritu y la credulidad de la época. (RK)
17.00hs: Clásicos para un canon

Una vida humilde, de Alexander Sokurov, Rusia-Japón, 1999
75’ / +13
Cortometraje: Screen Play (11’), de Barry Purves, Reino Unido, 1993 (Purves en foco)
Se podría escribir un tratado, o un análisis serio, acerca del trabajo con el sonido y la luz en relación con los espacios de la casa en el film de Sokurov, de cómo en un principio transitamos por un lugar que parece vacío escuchando las pisadas –¿del que filma?–, los ruidos que vienen del exterior y que susurran en los pasillos, en el piso, que mueven las llamas del bracero. También se podría escribir acerca de cómo esa casa adquiere una dimensión humana, poco a poco, como pidiendo permiso para filmar una presencia, “la” presencia de esa casa, tan ajena a Sokurov como a nosotros, y de cómo una profunda sensibilidad (rusa) tiene que habérselas con silencios y confección de kimonos, rezos contemplativos y cotidianidad resolutiva. Y entonces llega un momento en que todo parece poblarse, todo eso está vivo, respira, y los peregrinos-monjes que esperan en la puerta una (humilde) ofrenda de lo que sea invaden el espacio en un plano que parece “momificado”, una pintura, un exquisito dibujo, pero que se mueve, el cine esta allí. Y está también en la lectura de las poesías, tristes pero no nostálgicas, que la anciana lee para Sokurov, para nosotros, para mostrarnos, una vez más, que no se trata de penetrar los recónditos designios de una (otra) humanidad, develar algo así como la psicología de un pueblo a través de una figura que, casi, existe sólo para Sokurov y para nosotros. Se trata del tiempo, el de la casa y el del trabajo, el de la anciana y el de aquellos que ya no están, el de la soledad. Se trata de detenerse filmando, de ver esa danza, todo se mueve aunque necesitemos tiempo –el del film, el del cine– para movernos junto a otras maneras de frecuentar por él. En Elegía oriental los fantasmas presiden, se conversa con ellos, se aprende de ellos; acá se platica con la porfiada existencia de un estar en este mundo. El cine se trata de esta conversación. (Fernando Pujato)
19.00hs: Peleshyan en foco

Nosotros, de Artavazd Peleshyan, Rusia, 1969; seguido por Las estaciones, de A. Peleshyan, Rusia, 1975; seguido por Nuestro siglo, de A. Peleshyan, Rusia, 1983
103’ / ATP
Si uno se enfrenta con Nosotros, Las estaciones y Nuestro siglo podrá constatar que sus planos cinematográficos son un viaje perceptivo al corazón de un pueblo armenio y sus formas de vida y creencias, aunque no se trata de una aproximación patriótica, pues la genialidad de Peleshyan consiste en destilar en su pueblo los rasgos de la humanidad. Es que la obra de Peleshyan en su conjunto no es otra cosa que una única gran película que, según él, podría llamarse Homo sapiens. El cine de Peleshyan parte de un supuesto esencial: la percepción cinematográfica del mundo. El montaje es precisamente la organización visible del mundo. En Las estaciones Peleshyan se dedica a mostrar la vida de un pueblo de pastores y agricultores armenios. En los planos iniciales, los hombres caen por los rápidos de un río abrazándose a las ovejas que cuidan. A medida que avanza el metraje, esas imágenes se irán yuxtaponiendo con otras: se verán nubes, un pueblo montañés, casamientos, entierros, planos generales de hombres y animales, hombres que juegan con sus pilas de heno a deslizarse por la montaña, y más campesinos abrazándose a sus ovejas mientras caen en la nieve y las montañas. Así descripto, parece un conjunto de imágenes simpáticas y etnográficas, pero en conjunto Las estaciones adquiere el carácter de un organismo audiovisual viviente en el que se condensan la materia y la memoria de un pueblo. De los efectos del montaje a distancia se predica la anulación del relato (lineal y circular), y así los planos que podrían tener en su continuidad cierto orden narrativo se dispersan, de tal modo que vibran entre sí a la distancia produciendo y sintetizando una experiencia que se ve y se escucha. Si en el cine Bresson alcanzó a transmitir la experiencia táctil del mundo, Peleshyan ha inventado un cine cosmológico y geológico, profundamente materialista aunque no desprovisto de estertores casi místicos que se sienten en el cuerpo mientras se miran sus películas. La tierra, el espacio, los animales, los hombres (trabajadores y creadores) se conjugan en una única imagen total de la vida en un tiempo específico. En sus películas están los pastores y los astronautas y cosmonautas: tanto quien trabaja la tierra y vive de ella como aquellos que se fugan verticalmente hacia las estrellas. Una geología de la imagen, y también una cosmología. Vitalismo poético inolvidable, pero también memoria material del mundo, un film de 29 minutos como Las estaciones o de 47 minutos como Nuestro siglo (acerca de la aventura espacial estadounidense y soviética) podrían alcanzar, si fueran la única evidencia de nuestra existencia, para brindarle a un imaginario alienígena una fiel imagen de nuestra especie y las especies sobre la Tierra durante el siglo XX. (RK)
21.00hs: Horizontes contemporáneos

Muñeca de aire, de Hirokazu Koreeda, Japón, 2009
126’ / +13
Cortometraje: Sirena (10’), de Raoul Servais, Bélgica, 1968 (Servais en foco)
Un hombre de unos 40 años vive una soledad extrema y convive con su mujer Nozomi, una muñeca inflable. Una gota de agua la transfigurará secretamente en humana, aunque más bien parecerá un ángel sensual que observa la alienación de la sociedad japonesa en todos sus órdenes. Un testigo inocente nos mira, y en esa mirada Koreeda intentará realizar una crítica sensible y honesta del materialismo rampante que gobierna la vida moderna japonesa, aunque no siempre consigue siquiera comprender las coordenadas políticas y económicas de por qué el aislamiento y el consumo definen ese estilo de vida. Más existencialista que política, Muñeca de aire pone atención en una conducta precisa que define bien la relación con los objetos materiales pero que aquí se aplica a la relación que se establece con todo tipo de sujeto: la sustitución, de tal modo que el film sugiere cómo en la economía afectiva contemporánea todo sujeto es pasible de ser reemplazado, como sucede cuando una vajilla se rompe o incluso cuando un perro muere. Aquí, los otros son mercancías de consumo, y la cámara de Koreeda no hace otra cosa que intentar conjurar ese devenir indeseable. (RK)
23.30hs: Horizontes contemporáneos

El estudiante, de Santiago Mitre, Argentina, 2011
126’ / +13
Después de un gran comienzo en el BAFICI, un premio destacado en Locarno y en Valdivia, y su consagración en Gijón, este film de Santiago Mitre, que fue parte de la selección oficial del festival de Nueva York, constituye un posible punto de inflexión en el llamado Nuevo Cine Argentino. En primer lugar, es un relato maximalista y fluido: su voluntad de narrar y encontrar un modelo para hacerlo es ostensible. Un joven, que llega del interior, empieza a estudiar (tal vez Ciencias Políticas en la UBA), aunque con el transcurso del tiempo más que estudiar hará directamente política (universitaria), sobre todo cuando se transforme en la mano derecha de un profesor con aspiraciones a llegar a la dirección del rectorado (y en el posible novio de una de sus profesoras). Mitre registra el aprendizaje, los efectos sobre la conducta del personaje, lo que incluye su vestimenta y su lenguaje corporal. En segundo lugar, El estudiante elige el camino menos transitado por una generación de cineastas jóvenes: la política. En ese sentido, el film es político no por su discurso directo: que se hable de Marx y Rousseau, del socialismo y la revolución, o que se cite una traición pretérita en el seno de la UCR de fines del siglo XIX y se discuta el capitalismo como un sistema responsable de los males del mundo, no es estrictamente su discurso político. El gran acierto de Mitre es filmar el poder no como sustancia sino como un sistema de relaciones que constituye todos los órdenes de intercambio en una institución de conocimiento. (RK)