Archivar como 4/02/12

LA COLUMNA DE JORGE GARCÍA (05): CINE AMERICANO HOY: RATIFICACIONES

febrero 4, 2012

Di Caprio, Hoover y Eastwood

Por  Jorge García

En una nota anterior (calificada de “reaccionaria” por algún lector) me refería a la pobre actualidad del cine americano, sobre todo, comparándolo con la vigencia y modernidad del cine clásico de ese país. El hecho de haber visto en estos días varias películas de ese origen, en algunos casos presentadas como de lo mejor producido últimamente por esa cinematografía, me da la oportunidad de volver de manera sucinta sobre el tema y ratificar algunos conceptos vertidos en el escrito de marras.

Mara

Para algunos sectores de la crítica David Fincher es un director importante aunque la visión de varios films suyas no me permite compartir esa aseveración. Es cierto que Zodíaco, con su tono austero y contenido es una muy buena película y que inclusive Pecados capitales, que utiliza parámetros narrativos opuestos, abusando en varios pasajes de los efectismos, tiene sus buenos momentos. Pero la pretenciosa Aliens 3, intentando convertir a Sigourney Weaver, a través de abusivos close-up, en una suerte de Juana de Arco de la ciencia ficción y la muy sobrevalorada Red Social (dejo de lado otros títulos que me parecen absolutamente prescindibles y algún bodrio memorable, como El curioso caso de Benjamíin Button) me provocan serias dudas acerca de los valores de Fincher como realizador. He visto la trilogía sueca dedicada a las novelas de Stieg Larrson y me parecieron discretos films destinados al consumo masivo, de un moderado interés, en los que se desarrollaba una historia rocambolesca sustentada principalmente en el bizarro carácter del personaje principal femenino. Por supuesto que Hollywood se sintió rápidamente atraído por ese exitoso producto y fue David Fincher el encargado de darle forma. Así La chica del dragón tatuado, desarrolla la primera parte de la trilogía, anticipando elementos de la segunda a través de 150 interminables minutos. Hay que apresurarse a decir que el film no supera a su antecesor: está irremediablemente estirado, y su baza principal, el personaje de Lisabeth Selander, interpretado aquí por Rooney Mara, carece de las ambigüedades y dobleces del original, con el agravante de que la actuación de Noomi Rapace en la producción sueca era muy superior a la de Mara. Dentro de un relato mayormente sin interés, sólo son destacables ciertos climas oscuros (principalmente logrados a través de la iluminación) y el personaje de Christopher Plummer que, lamentablemente, desaparece rápidamente de la pantalla.

Secretos de Estado

George Clooney se ha convertido en una estrella (sobre todo entre el público femenino) dentro del cine americano actual. Hombre de ideas liberales, discreto actor, aunque muy redituable en la taquilla, su trayectoria se puede asemejar con la de Robert Redford, otro intérprete en su momento muy taquillero, que en una etapa de su carrera decidió dedicarse a la dirección con producciones de un look independiente. La primera película de Clooney como realizador, Confesiones de una mente peligrosa, aparecía agobiada por el recargado guion de Charlie Kaufman y la tercera Jugando sucio, era una comedia romántica más bien intrascendente. Su segundo film, Buenas noches y buena suerte, rodada en austero black&white, que narra el enfrentamiento entre un periodista televisivo y el nefasto senador Joseph McCarthy, es su título más logrado. En Secretos de estado, centra su relato en la interna del Partido Demócrata a través de la figura de un asesor de campaña que va abandonando progresivamente sus ideales. La película no trasciende algunas generalidades tales como que la política es sucia y corrupta, sus personajes, salvo el que interpreta Philip Seymour Hoffman son muy estereotipados y el vuelco hacia el melodrama del film en un determinado momento no lo favorece demasiado. Hay que decir que con temas afines se hicieron películas muy superiores como Decepción (1948), de Robert Rossen, El mejor candidato (1964), de Franklyn Schaffner y Medium Cool (1969), de Haskell Wexler.

Los descendientes

Alexander Payne es otro niño mimado de buena parte de la crítica y presentado por algunos como una figura renovadora dentro del cine norteamericano actual. El primer film suyo, Elección, me pareció un interesante retrato, con algunos toques corrosivos, de la vida estudiantil norteamericana. De Entre copas, lo siento, pero a pesar de haberla visto, mi memoria no registra un sólo plano de esa película y en cuanto a Las confesiones del Sr. Smith se trata de un título que no me interesó en lo más mínimo. Ahora llega la muy promocionada Los descendientes con, otra vez, George Clooney como estrella. Esta historia de un rico empresario que, luego de que su esposa quede en coma tras un accidente, debe hacerse cargo de sus hijos y se entera que su mujer le era infiel, ofrece un guion prolijo y calculado, incorpora elementos de “actualidad” como la eutanasia y detrás de sus aparentes audacias, propone una mirada edificante y conservadora sobre la familia. Hay un par de buenos momentos y algunos personajes secundarios interesantes, pero el resultado final no excede una discreta medianía.

La invención de Hugo

Es indiscutible que Martín Scorsese fue uno de los directores más relevantes del cine americano en el período comprendido entre fines de la década del 60 y principios de la del 90. También hay que decir que su obra de las dos últimas décadas ha sido mucho más irregular, con un ostensible descenso en la calidad de sus films. Desde luego que en todas esas películas, aun en las menos logradas, se pueden encontrar secuencias recordables, pero es difícil hallar una obra redonda suya en los últimos años (tal vez la excepción pueda ser alguno de sus documentales musicales). En La invención de Hugo, Scorsese se propone rendir homenaje a uno de los grandes pioneros del cine: George Mélies. Para ello recurre a un protagonista infantil que ha perdido a su padre y se ve involucrado en una poco creíble historia. El director muestra su habitual virtuosismo -funcional en algunas escenas, gratuito en otros- pero los problemas de la película son otros. Lo que podría (debería) haber sido un emotivo homenaje a una figura seminal de la historia del cine derrapa asfixiado por el ampuloso diseño de producción de Dante Ferretti y un sentimentalismo bastante ñoño de neta estirpe “spielbergiana”. El film elude cualquier atisbo de adultez en sus resoluciones dramáticas y termina convirtiéndose en un ejercicio bastante manierista destinado a un público pre-adolescente no demasiado despierto. ¿Volverá a ser algún día Scorsese el potente y vigoroso director de sus primeros años? Solo él tiene la respuesta.

J. Edgar

En un artículo anterior sostenía que el veterano Clint Eastwood era el único cineasta norteamericano actual que mantenía las premisas narrativas del cine clásico de Hollywood. Con una ya larga filmografía que en su primer período reconoce altibajos, en las dos últimas décadas ha conseguido dotar a su cine de una innegable solidez. Personalmente, sus películas de esta etapa, con la excepción de El sustituto e Invictus, en mayor o menor grado, me gustan todas. J.Edgar es un biopic sobre un personaje, a priori, muy poco querible: John Edgar Hoover, el fundador del FBI, institución de la que estuvo al frente durante casi medio siglo, sobreviviendo a ocho presidentes distintos. Eastwood se enfrenta a un hombre de ideas ultrarreaccionarias (una suerte de antecesor del Tea Party) sin ensañarse con él, desde una distancia “premingeriana” y a través de un relato que se vale de abundantes flashbacks para narrar su ascenso y caída, su pregonada homosexualidad y su relación con una madre dominante y castradora. El film ofrece la habitual fluidez narrativa del director, pero tiene una construcción de guion discutible y, para mi gusto, subraya demasiado, los aspectos señalados de la relación con su segundo y del sometimiento a su madre, desaprovechando también a un personaje potencialmente interesante, el de su fiel secretaria, que trabajó con él a lo largo de toda su carrera. Película de tonos oscuros,   en la que la objetividad con que el director trata al personajes ha provocado variados resquemores,  por cierto no está entre las mejores del viejo Clint,  aunque sus méritos le alcanzan para colocarse bastante por encima de los films reseñados más arriba.

Jorge García / Copyleft 2012

MES FICUNAM 2012 (03): EASTERN WISDOM

febrero 4, 2012

By Roger Koza

LIFE WITHOUT PRINCIPLE, JOHNNIE TO, HONG KONG, 2011

Few hours after the 2008 Greek crisis is announced, a bank employee, a gangster, and a cop share their lack of immunity in face of the macroeconomic factors that determine our everyday life and behavior; but, apart from that, their stories barely intertwine. Teresa’s job is in peril and she has to convince her clients to gamble on some high-risk investment she hardly believes in; Panther organizes parties and everyday activities for his Mafioso boss while also taking care of the debt one his brothers has to other thugs; detective Cheung tries to solve a minor homicide while also trying to sort out where to live with his wife, who dreams about moving into a new luxury apartment. And even though these are the main protagonists, all the characters have something to say: a young mobster contextualizes economic Darwinism, an old worker ready to explode a gas can inside an elevator is the living proof of the effects of the socioeconomic transformations in the region, an old lady sums up in a mantra the desire shared by many and the behavioral matrix of all: “I want more money.” To hide his own virtues is the trait of a master; often described as a choreographer of space and a genre author, Johnnie To is one of the most relevant filmmakers still in active. With a classic narration and a modern cinematography, in Life Without Principle To is able to combine three cop stories not without humor and to offer several remarkable sequences while also obliquely portraying the deity, visible and invincible, with the larger number of followers: money. Johnnie To is no Bresson (Money) nor a Dardenne (Lorna’s Silence); but as they did, he also suggests money is a substantial definer of contemporary subjectivity; however, To is less metaphysical than the French and more structural than the Belgium brothers, and the relation between the subjects and the system is much more evident, specially because Life Without Principle shows in great precision the existing relations between national economies, global speculation, and intimacy. At the end fate will favor the weak, but only because To’s love for his creatures seems inversely proportional to the ruthless cruelty of a social system so brilliantly and elegantly portrayed by the director.

GUILTY OF ROMANCE, SION SONO, JAPAN, 2011

It isn’t necessary to have seen neither Cold Fish nor Love Exposure in order to follow this closing film of the “Hatred trilogy” by Sion Sono. Guilty of Romance could be interpreted as a delirious and corrosive presentation of the dialectic confrontation between two opposing and yet structural forces of our psyche; let’s call them Eros and Thanatos, in a Japanese key. The central theme of the film is not hate or love, but repression as the modus operandi of Japanese culture. Detective Kazuko tries to solve a brutal murder that happened in Tokyo’s Red-Light District. At the beginning of each of the film’s five chapters Sono advances the state of the investigation and then reconstructs —through heterodox flashbacks— the story of the victim, Mitsuko (professor of literature at a elitist university by day and prostitute by night), and her disciple, Izumi, the obedient wife of a famous novelist who little by little becomes a prostitute. Izumi is actually trying to reinvent herself and the one thing she is truly fascinated by is her sexual guru’s knowledge of Tamura Ryuichi’s poetry, whose poem “The Way Home” is spiritually present throughout the whole tale. Is this a voluptuous deconstruction of the traditions? Izumi’s homely rituals and an extraordinary sequence in which Mitsuko visits her mother together with Izumi and a pimp synthesize the social customs and the double morality which organizes them: an obsession for purity and neatness are the reverse of perversion. The acting performances are glorious and the furious and astounding editing is only sporadically slowed down by the musical chords of Marais and Mahler. Sono suggests that sex and language form the base of identity, and their rigid and extreme codification within Japanese culture is always a source for malaise.

Both films belong to Traces section. 

Both texts have been published by Ficunam catalogue 2012. 

Roger Koza / Copyleft 2012


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