Archivar como 7/05/12

NOSOTRAS SIN MAMÁ

mayo 7, 2012

**** Obra maestra  ***Hay que verla  **Válida de ver  * Tiene un rasgo redimible ° Sin valor

Por Roger Koza
EL DUELO COMO LIMBO
 
Nosotras sin mamá, Argentina, 2011

Escrita y dirigida por María Eugenia Sueiro. 

** Válida de ver

Ópera prima despareja, con algunos aciertos y decisiones cuestionables, lo que alcanza para entender que detrás de cámara existe una directora a tener en cuenta. 

Sólo por azar dos óperas primas recientes, dirigidas por mujeres, giran en torno a esa experiencia imposible de transmitir (pero interesante de filmar) que se conoce como duelo: la sofisticada Abrir puertas y ventanas de Milagros Mumenthaler y Nosotras sin mamá de Eugenia Sueiro. En las dos películas los herederos son tres hermanas. Prácticamente están solas y el duelo se vive como un limbo, un paréntesis sin tiempo preciso en el que secretamente se trabaja sobre la percepción de una falta infinita en pos de naturalizarla. No es sencillo.

Sueiro propone un limbo sin ventanas y la única puerta que lleva al mundo exterior permanecerá cerrada. La casa materna, que una de las hermanas quiere vender, otra conservar por un tiempo y que a la tercera parece resultarle indiferente, luce como un útero materno al aire libre sin salida. El jardín con su pileta infantil y los interiores de la casa transmiten encierro, detención, asfixia, y aun así la atmósfera, “pintada” en blanco y negro, no es lúgubre sino enrarecida.

La inteligencia formal de Sueiro se verifica en sus heterodoxos planos cerrados, no necesariamente primeros planos; de lo que se trata es de evitar toda exterioridad. A lo sumo, caerán objetos de los vecinos, que permanecen en fuera de campo, y para una de las hermanas esto refuerza su malestar. Amanda quiere vender, necesita el dinero y algunos signos indican una situación afectiva difícil. Susana, en cambio, desea casi infantilmente retener la vieja “quinta”, y habrá una revelación paulatina que explica en parte su deseo. Ema, que vive en el extranjero y es actriz, acaba de separarse y es posible que su único refugio esté en su profesión. Éstos son los datos empíricos, la conducta visible (que incluye un sugestivo gesto cargado de erotismo), y así como no vemos el rastro de los otros, tampoco se exteriorizan conflictos y por consiguiente ninguna psicología se explicita.

No sucederá mucho más, excepto cuando la austeridad emocional se trastoque con pasajes cómicos, a menudo subrayados por motivos musicales innecesarios, que suelen carecer de timing y no parecen enhebrarse orgánicamente al paisaje emocional propuesto por Sueiro. Lo que podría ser una virtud, la introducción de la risa en el contexto de una pérdida, deviene en rémora, y entonces lo ridículo, involuntariamente, merodea.

Esta crítica fue publicada en el diario La voz del interior durante el mes de mayo 2012

Roger Koza / Copyleft 2012

SEMANA DEL 7 AL 13 EN CINECLUBES

mayo 7, 2012

LA CUMBRE: EN EL CINE LUIS BERTI, BELGRANO 470

PELÍCULA DEL MES

9 de mayo, a las 20.30hs:

Érase una vez en Anatolia, de Nuri B. Ceylan, Turquía, 2011

158’ / +13

La sexta película del realizador turco (y extraordinario fotógrafo) Nuri Bilge Ceylan tiene un inicio formidable. Después de dos planos iniciales que transcurren en un bar, se ven unos autos en una zona montañosa. Es el atardecer. Allí van policías, sospechosos, testigos, un procurador, un médico y dos excavadores. Están buscando un cadáver y deben reconocer previamente el lugar donde fue enterrado. Sopla el viento, llueve, y después de una búsqueda infructuosa, al llegar a una aldea, la luz se cortará por la tormenta. Los relámpagos iluminan la oscuridad, y el médico y el procurador conversan sobre el caso de una mujer muerta, la pertinencia científica de las autopsias, la naturaleza de la mujer, y el suicidio como una forma de castigo a los otros. Ceylan trabaja en dos líneas: el suspenso de saber si se encontrará o no el cadáver, y una suerte de meditación sobre la soledad de los hombres y sus deseos incumplidos. En algún momento, un policía le dice al médico: “Si no tuviera familia y fuera más joven, tomaría mi mochila y me iría de viaje”. La formulación de ese deseo casi adolescente reverberará sobre las acciones que siguen. El final resulta un encuentro indirecto con lo ominoso, con la irrupción de lo siniestro. En un fuera de campo soberbio, el médico forense y su colega de la morgue practican la autopsia requerida. No se ve, se escucha, y entre el sonido de un cuerpo desmembrado Ceylan le impone al protagonista volver a pensar sobre su deseo. Por la ventana verá a unos niños jugando al fútbol. La vida está en otra parte. (Roger Koza)


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