Archivar como 29 junio 2012

PARTÍCULAS ELEMENTALES EN MOVIMIENTO

junio 29, 2012

Ginger Rogers y Fred Astaire

Por Roger Koza

Son pocos los que no la vieron, y menos aún los que ven la impostura, su postura, su hechizo eficiente, el hueso lleno de miel que, como su simpático perrito estrella, estamos dispuestos a morder y chupar. El artista, esa película que poco tiene que ver con el cine mudo y mucho con el cine de productor, tiene una escena amable y feliz. Allí Hazanavicius sí respeta la época y un concepto de puesta en escena. Es en la secuencia final, cuando el actor devenido en fracasado y la actriz de sus sueños pero también el paradigma viviente que lo sustituyó se encuentran en una nueva era del cine. Ellos bailan, se mueven en el espacio y la cámara prácticamente se limita a bailar con ellos. Es una escena hermosa y conceptualmente significativa: el crepúsculo del silencio y la superación dialéctica de la palabra escrita en la pantalla hay que buscarlos en el musical. Allí el cuerpo vuelve a tener relevancia expresiva, como antaño cuando el sonido no existía. Y la voz se aparta de su función realista (aunque en el pasaje de El artista se baila, no se canta). El diálogo se conjura por unos minutos en canción. La oralidad cotidiana se trastoca en júbilo sonoro, en letra y música, y el movimiento del cuerpo también se emancipa de sus gestos cotidianos.

En los primeros minutos de El último Elvis, mientras la banda del falso Elvis suena y la gente baila, su director, Armando Bo, el nieto del mítico Bo, decide traicionar por unos segundos la relación entre la música que interpretan los músicos en escena y la respuesta física de los presentes, introduciendo unos acordes musicales extradiegéticos (que los personajes no pueden escuchar y sí la audiencia) que no coinciden en absoluto con el movimiento de los bailarines. La decisión estética se explica por un procedimiento narrativo con el que se intenta reforzar la soledad del personaje, esa extraordinaria reencarnación de Elvis nacida en las calles de Avellaneda. Más allá de la voluntad del director, es un momento interesante, pues en sí mismo es el rayo X, la inversión exacta del musical. Los movimientos del cuerpo, involuntariamente, se ridiculizan, pierden su sostén simbólico. Sin música, el baile popular se deshilvana en una performance no muy lejana al estertor de un animal moribundo. A los cínicos y a los amargados les encanta señalar el fenómeno, pues son alérgicos a la discreta alegría del baile. ¿No es precisamente lo que señala el personaje de Imanol Arias en Mi primera boda cuando asiste a la fiesta de casamiento de su ex y analiza en voz alta la escena y lanza diatribas venenosas contra los bailarines?

Charleston

La inquietud por el cuerpo en sincronía con la música y el movimiento concomitante es una preocupación temprana en el cine. Existe una pieza magistral, entre delirante y cómica, llamada Charleston, dirigida por el maestro Jean Renoir, que sintetiza el espíritu y el ansia de saber sobre y ver más de cerca el misterio del cuerpo y sus reacciones ante la música. Antes de una nueva guerra, en el 2023, un explorador de nuestra especie llega a una tierra incógnita. Literalmente vuela en una esfera que parece un huevo. Estamos sin duda en la prehistoria fílmica de la ciencia ficción. Al aterrizar vemos a un hombre que bien podría ser un reemplazo de Al Jonson en El cantante de jazz (el film de Renoir también data de 1927, y su relación con el supuesto primer film sonoro es directa). Es él el explorador. Un gorila, unos ángeles y una bailarina es todo lo que encuentra. En algún momento, el explorador dirá que al fin se ha encontrado con sus antepasados, y eso será precisamente cuando la bailarina realice sus pasos. Renoir se aprovecha del ralentí para observar detenidamente el cuerpo en movimiento y el desplazamiento en el espacio y su relación con el suelo. El plano elegido es general y fijo. Al enfrentarnos con ese film, incluso ahora, en la era de la imagen global, la sorpresa frente al casi congelamiento de las agitaciones corporales coreografiadas es inevitable. Las manos, los pies, las piernas y los brazos, conjugados con los desplazamientos de cadera, transmiten un orden de la inteligencia sensible que poco tiene que ver con nuestra manía de localizar la inteligencia en los rincones dispersos del cerebro. La anatomía y la carne parecen seguir un esquema, como si el cuerpo leyera una partitura rítmica en microsegundos y en función de su interpretación surgieran formas inteligentes. ¿De dónde provienen esas formas?

Uno de los pasajes más inolvidables de los musicales de todos los tiempos está en un film de un cineasta mayor, un grande entre los grandes: Vincente Minnelli. Melodías de Broadway cuenta la historia de un actor famoso que debe enfrentar su ocaso (en ese sentido no muy lejana a El artista). Fred Astaire interpreta a Tony Hunter, el actor en cuestión. Sin embargo, tendrá una última oportunidad. Dos viejos amigos le ofrecen un proyecto, una adaptación heterodoxa de Fausto en clave musical. Lógicamente será un fracaso, pero él, sus amigos y un gran director y actor, un tal Jeffrey Cordova, le encontrarán la vuelta. El relato es menor, pero lo que marca una diferencia es la historia oblicua de amor que va surgiendo entre Tony y Gabrielle Gerard (Cyd Charisse). En ese sentido, hay un momento mágico en el que los dos caminan por un parque y casi sin aviso, gracias a un gesto mínimo que señala un cambio y una transformación, empiezan a bailar. Sólo quien conozca la escena podrá entender enteramente que allí reside y se revela el misterio del musical, la gracia del baile y el modo como se debe filmar a una pareja moviéndose en el espacio. La cámara, sin duda, baila con ellos: tres o cuatro planos secuencia dibujan la geometría variable del entendimiento entre dos cuerpos que van de un lado a otro en consonancia con el ritmo de una música ideal para el lucimiento de Astaire y Charisse. La secuencia es formidable e inolvidable.

De esa escena se ha dicho y escrito mucho. En uno de los párrafos más lúcidos y precisos que se hayan escrito sobre el musical, Gilles Deleuze dice: “Pero lo que cuenta es la manera en que el genio individual del bailarín, la subjetividad, pasa de una motricidad personal a un elemento suprapersonal, a un movimiento de mundo que la danza va a trazar. Es el momento de verdad en el que el bailarín camina todavía, pero es ya un sonámbulo que será poseído por el movimiento que parece llamarlo: lo encontramos en Fred Astaire, en el paseo que insensiblemente se vuelve danza (Melodías de Broadway de Minnelli)…”.

Melodías de Broadway tiene ese momento síntesis, ese instante relámpago que comprime en pocos minutos la gloria de esa invención pretérita, la danza, un hábito devenido en arte, posiblemente ancestral, que, como la risa, caracteriza a nuestra especie. Habla, risa, baile.

Hay varios musicales clave: Cantando bajo la lluvia, Un americano en París, Golden Eighties, incluso El principito de Stanley Donen, pues el número en el que Bob Fosse deviene en víbora danzante en medio del desierto no deja de ser un ejemplo imbatible de la belleza del baile y del lenguaje corporal. Pero es un film reciente el que ha conseguido transmitir la quintaesencia de la danza y al mismo tiempo mostrar su costado material, la faz social invisible que implica el disciplinamiento físico y estético de los hombres en su conquista sobre el azar de los movimientos, y, además, retratar al bailarín como un trabajador. La genialidad de La danse, de Frederick Wiseman, consiste en visualizar holísticamente el fenómeno de la danza y la vida de los bailarines.

La danse

Un plano misterioso en el techo del edificio de la Ópera de París muestra a un hombre limpiando un panal de abejas. ¿Por qué está ahí? ¿Qué tienen que ver esos insectos productores de miel con los bailarines de una institución prestigiosa? La respuesta es una metáfora: el ballet parisino es un organismo colectivo y jerárquico que vive en una suerte de colmena; la misión consiste en montar espectáculos de danza (en el período que muestra el film, El cascanueces y Paquita, entre otras), aunque Frederick Wiseman está interesado en mostrar no sólo el proceso de trabajo sino también el espíritu y la materia de una institución.

Formalmente brillante y sociológicamente precisa, La danse no solamente es una generosa introducción (popular) a la danza clásica, una expresión artística ligeramente tutelada por una clase social específica, sino también un magnífico retrato del trabajo. El veterano director estadounidense filma la institución y consigue (de)mostrar cómo se articula la fuerza de trabajo de muchos para que un bailarín doblegue la gravedad y coreografíe en el espacio movimientos que pueden expresar ternura, locura, piedad, ligereza. Los cocineros, los costureros, los músicos empujan a los bailarines. La institución es una totalidad e implica un orden.

Wiseman es un maestro de la invisibilidad. Su método consiste en ubicar la cámara en puntos estratégicos de una institución y hacer que los planos funcionen como un discurso. No hay voz en off, entrevistas o títulos que expliquen. Se trata, naturalmente, de un documental observacional, pero el punto de vista de Wiseman evita cierta tendencia conformista del observacionismo. Es que, en el montaje, el octogenario director destila su punto de vista: un obrero que pinta una pared mueve su muñeca con gracia. ¿Es un artista? Del mismo modo, los excelsos bailarines, que deberán luchar por su jubilación excepcional, son también trabajadores, además de artistas cuyo dominio del movimiento del cuerpo resulta admirable. Por otra parte, la ausencia de bailarines morenos tal vez no sea una contingencia.

“Mitad monja, mitad boxeador”, dice un personaje respecto de la danza. Sutileza y fortaleza: el cuerpo es una fuerza que produce figuras perfectas que conjuran la anatomía brutal del homo sapiens, poco proclive a la agilidad estética. El placer visual es extremo, y el deseo de bailar ya no será ajeno.

Este artículo fue publicado por la revista Quid en el mes de junio 2012

Roger Koza / Copyleft 2012

CHIMPANCÉS / CHIMPANZEE

junio 27, 2012

**** Obra maestra  ***Hay que verla  **Válida de ver  * Tiene un rasgo redimible ° Sin valor

Por Roger Koza
NUESTRO PRÓJIMO
Chimpancés / Chimpanzee, EE.UU., 2012
Escrita y dirigida por Alastair Fothergill y Mark Linfield. 
 
*Tiene un rasgo redimible

La vida animal según Disney no es muy diferente de la vida de los hombres

Hace unos días hubo una noticia de color que recorrió todos los noticieros. Un chimpancé bebé jugaba a través del vidrio de su jaula en un zoológico con un bebé de nuestra especie. Es acaso natural que ambas criaturas pudieran establecer contacto: después de todo, el genoma humano y el del chimpancé son casi idénticos (98%).

Los chicos amarán a Oscar, el chimpancé protagonista de este documental producido por Disney con cierta voluntad ficcional omnipresente a lo largo de toda la película. Oscar, como los niños espectadores, está en plena edad de aprendizaje. Ellos también necesitan aún de sus progenitores: miran, escuchan, copian. Exactamente eso es lo que hace Oscar, aunque él, lógicamente, no habla, lo que no tendrá importancia: si preocupa que los chicos puedan distraerse o no entender lo que ven, una voz en off (demasiado simpática y humana) interpreta hasta el último gesto de los mamíferos en cuestión. Ni siquiera un movimiento de cejas queda sin explicación.

En el corazón de la selva, en alguna región de Costa de Marfil y Uganda, Fothergill y Linfield consiguen retratar la vida de los chimpancés sin intervención humana alguna. Eligen seguir el crecimiento de Oscar, cuya vida cambia drásticamente cuando un grupo de chimpancés rivales, en búsqueda de alimento y conquista de mayor territorio, termina con la vida de su madre. Oscar quedará momentáneamente huérfano y sus posibilidades de sobrevivir serán mínimas.

Los chicos, por otra parte, aprenderán aquí una lección inolvidable: la guerra excede a nuestra especie; tomar lo ajeno, conquistar, doblegar al débil, saquear no sólo es cosa de bípedos implumes sino también de animales salvajes. La metáfora no es inocente y el modo de describir y nombrar la conducta de nuestros antecesores evolutivos, más allá de los propósitos conscientes de los realizadores, constituye el esplendor de una ideología específica, su cándida introducción al pueblo infantil globalizado. Los monos son soldados; los monos van a la batalla.

Pero acontecerá una suerte de milagro natural: Freddy, el macho alfa de su grupo (según el narrador, portador de sabiduría y experiencia), adoptará al pequeño Oscar. No hay duda: incluso los machos pueden ser tiernos y sacar a relucir su costado femenino, y es allí donde la manipulación humana, paradójicamente, nada tiene que ver. El cuidado que dispensa Freddy a Oscar es sencillamente sorprendente. Aquí, lo real dirige la puesta en escena.

El registro fílmico de Chimpancés es alucinante. Se descubre la vida animal y vegetal de la selva. A veces, los directores aceleran las imágenes, y en otras ocasiones eligen lentificarlas; así, la plenitud de una ecología jamás filmada resulta una revelación: las gotas de agua, los hongos, las flores parecen de otro mundo. Lo ideal es ver el film con auriculares, pues entre la música y el semidios parlante que cuenta con una palabra para todo, se destituye sistemáticamente la prestancia de las imágenes.

Pero la mirada de nuestros prójimos, aquellos que Darwin decretó como nuestros hermanos más cercanos entre la diversidad de las especies, es el gran misterio del filme. Lamentablemente, una voz casi insoportable insiste en ver en los chimpancés a un grupo de actores entrenados en el Actors Studio. Antropomorfizar siempre ha sido el gran negocio de Disney, y Chimpancés es fiel a esa vieja tradición sin un mínimo gesto de disidencia. Honrar a Mickey es un imperativo, filmar la vida animal e intentar mirar la experiencia de los otros, nuestros prójimos sin habla, una excusa para recaudar.

Esta crítica fue publicada en otra versión por el diario La voz del interior durante el mes de junio 2012

Roger Koza / Copyleft 2012

LOS AMORES IMAGINARIOS / LES AMOURS IMAGINAIRES

junio 25, 2012

**** Obra maestra  ***Hay que verla  **Válida de ver  * Tiene un rasgo redimible ° Sin valor

Por Roger Koza
LOS MODELOS ANIMADOS
Los amores imaginarios / Les amours imaginaires, Canadá, 2010
Escrita y dirigida por Xavier Dolan
 
*Tiene un rasgo redimible
 
Es probable que Dolan sea un futuro director de cine interesante, por ahora la publicidad de larga duración es su especialidad indiscutible. 

“No hay más verdad en el mundo que el delirio amoroso” es la cita inicial, de Alfred De Musset. Luego se confiesan los jóvenes: sus desengaños amorosos, la ansiedad y esperanza contenidas en un mail, la seducción permanente. No le hablan al Gran Hermano sino a la cámara (y a nosotros), aunque el ritual combina ese tono intimista y casual impuesto por la reconocida metafísica televisiva. La diferencia es que aquí un zoom frenético sobre los que se confiesan se acerca y se aleja sin descanso. Esto es cine, dice Xavier Dolan.

Después arranca estrictamente la historia. ¿Una de histéricos incurables? ¿Un desfile interminable de narcisos? ¿Una de amores triangulares? En principio son tres jóvenes, uno de ellos interpretado por el mismo director, canadiense, hermoso, tal vez talentoso y un tipo con suerte. Con menos de 22 años ya tiene tres películas y siempre las estrena en Cannes.

Aquí Xavier es Francis. Alma sensible, enamoradizo, tímidamente gay. Su gran amiga, Marie, que tiene, aparentemente, talento para la escritura, lo acompaña a todos lados. Los dos se enamorarán de Nico, una especie de semidiós griego cuya existencia parece circunscribirse a la seducción y que en menos de dos meses se convertirá en el amor imaginario y objeto de deseo (conceptual) de ambos.

No pasarán muchas cosas entre ellos. Irán a una fiesta, bailarán, jugarán en el bosque a las escondidas, viajarán los tres a pasar unos días en el campo, se dejarán de ver, se reencontrarán y finalmente Francis y Marie rechazarán a esa deidad caucásica, que se parece mucho a Louis Garrel, el hijo del gran Philippe, sin duda el galán francés por excelencia (y es por eso que al final el mismísimo Louis Garrel aparece para guiñarnos un ojo y decirnos “Él me estaba imitando. Sí, es así”). Es decir: pasará un año y el gran juego de la seducción volverá a suscitarse y los triángulos se repetirán.

Se trata, sin duda, de un filme generacional. Dolan filma lo que conoce, empezando por él. La proliferación de ralentís sobre los tres jóvenes podrá remitir a Con ánimo de amar de Wong Kar-wai, pero aquí la cámara lenta se usa gratuitamente para que veamos la belleza física de los intérpretes y sus atuendos, diseñados también por el joven Dolan. En algunos pasajes, el amor que el director se profesa a sí mismo alcanza el paroxismo. Él ríe, coge, sufre e intenta amar. Pura banalidad revestida por un sentimentalismo chic en el que ser sensible es equivalente a flotar en una vacuidad multicolor donde la seducción es el principio de todas las cosas.

Quien espere sexo se tendrá que conformar con un beso suave en una teta y una masturbación heterodoxa donde, más que un pito, resalta el movimiento involuntariamente cómico del jopo de Dolan. Si bien Francis y Marie se acuestan cada tanto, lo que importa es demarcar la insatisfacción evidente que puede esperarse del sexo por el sexo mismo. Los amantes pueden imaginar que están cogiendo con una estrella de cine o simplemente filosofar acerca de la función del humo del cigarrillo como una metáfora justa del sentimiento que define la vida misma, pero disfrutar del sexo no parece ser una variable legítima. Eso sí: el coito se musicaliza con Bach, y una declaración amorosa con acordes espirituales de Wagner. El sexo y el amor tienen música y también colores específicos. El manierismo pop de Dolan es desenfrenado: los colores brillan en demasía, la luz se impone a la oscuridad. Ni siquiera la naturaleza tiene su luminosidad característica. Es que aquí el universo entero es en sí un delicado spot publicitario: ¿Acaso cuando bailan no parece una propaganda de Gancia?

Si bien Los amores imaginarios coquetea con hitos cinematográficos del pasado (Jules y Jim y Una mujer es una mujer), sus personajes parecen modelos salidos de un almanaque. Demasiado vestuario, peluquería y pose: un desfile infinito que poco tiene que ver con el cine.

Esta crítica fue publicada en otra versión por el diario La voz del interior durante el mes de junio 2012

 Roger Koza / Copyleft 2012

SEMANA DEL 25/06 AL 01/07 EN CINECLUBES

junio 25, 2012

LA CUMBRE: EN EL CINE LUIS BERTI, BELGRANO 470

27 de junio, a las 20.30hs: Shohei Imamura en foco

Los pornógrafos, de Shoei Imamura, Japón, 1966

127’ / +18

Mediometraje, a las 19.30hs: El decálogo: Capítulo 4 (50’), de Krzysztof Kieslowski, Polonia, 1989 (Ver crítica al final del programa)

El esplendor visual de esta película satírica y pervertida de Shohei Imamura rodada en blanco y negro y en Scope acerca de un hombre vinculado al cine pornográfico en 8 milímetros sugiere a menudo la inventiva de la Nueva Ola Francesa, pero no tanto las películas de autores como Godard y Truffaut, sino más bien los productos más característicos de ese movimiento, como Sundays y Cybele y Zazie, que aplican al material a mano sus deslumbrantes y viscerales técnicas como capas frescas de pintura. Encuadrando a menudo la acción a través de ventanas y peceras, puntuándola con planos congelados e interludios de fantasía, Imamura ataca todo el erotismo contemporáneo con inteligencia mordaz, aunque aquí su estilo es menos orgánico y más una forma de comentario independiente y agudo. (Jonathan Rosenbaum)

CRITITWEET (01): PROMETEO / PROMETHEUS

junio 23, 2012

Por Roger Koza

Prometeo / Prometheus, Ridley Scott, EE.UU., 2012 

Prometeo se puede ver; contundente naturalización y aprobación estética del universo dactilar cuyo máximo demiurgo se llamó Steve Jobs. ¿Prometeo by Mac?

Filosóficamente nula y visualmente poderosa, Prometeo no significa ningún acontecimiento para la historia del cine (como Blade Runner y Alien), ni siquiera se trata de uno de títulos del año.

Como en toda película de ciencia ficción los gadgets y la tecnología desplegada funcionan como una amplificación del presente técnico.

Como en todas las flotas intergalácticas de naves estadounidenses en el espacio el plantel debe representar el multiculturalismo de América.

Prometeo se afanó el fuego, R. Scott le robó la iconografía de las pinturas primitivas del film de Herzog en 3D. ¿Es una cita? ¿Una crítica?

Metafísica y tesis berreta: en la genealogía de nuestra especie ya estaban las civilizaciones extraterrestres. Ni Darwin, ni San Agustín,  L. Ron Hubbard tenía razón…

Fassbender en Prometeo: el regreso de Spock aunque perverso y gozosamente inhumano.

Comicidad involuntaria o Fassbender II: verlo hablar después de que su cabeza se separa del cuerpo parece una aprobación humorística de la filosofía cartesiana.

Charlize Theron: si tiene sentido la noción de lo fálico aplicado a la conducta femenina, he aquí su mejor ejemplo.

Lo mejor: la heroína y su cesárea asistida por robots. Las cesáreas del futuro y los abortos serán automáticos y asépticos. Excelente montaje.

Roger Koza / Copyleft 2012

PROMETEO / PROMETHEUS

junio 22, 2012

EL ROBOT CINÉFILO

Por Nicolás Prividera

1.

Entre la segunda película de Ridley Scott y la última han pasado más que treinta años: la distancias entre Alien y Prometeo deja ver con claridad el paso del clasicismo a la posmodernidad: Del mundo cerrado amenazado por una fuerza exterior que amenazaba destruirlo (no en vano la nave “Nóstromo” tenía el nombre de una clásica novela de Conrad) al compendio abrumado de citas y fuentes (la película-nave “Prometeo” como robo a los dioses clásicos). De la “marca” a la explotación de “franquicias” (del cruce genérico de Alien a la hibridación de temas sci-fi sin ton ni son). Prometeo quiere ser un film sobre todo y termina siendo una nadería oculta bajo su grandilocuencia, un gran espectáculo vacío que ni siquiera sabe hacerse cargo de su historia (ni la del film, ni la de su venerable antecesor). Si Alien era un film materialista (la corporación no era menos monstruosa que ese organismo de perfección letal), Prometeo pretende una metafísica efectista (cadenas de adn destruyéndose como naves más allá de Orión) para terminar en un credo reducido a su pura exterioridad (el crucifijo como amuleto intergaláctico), angustiado o cínico ante su propia fatuidad.  No es de extrañar entonces que su verdadero protagonista (como la película misma asume desde el inicio) sea un robot.

2.

A diferencia de la saga Alien, en Prometeo el robot (un “replicante” perfecto) no representa ya el frío cálculo egoísta (como agente de la corporación que consideraba a la tripulación “sacrificable” a sus intereses), sino la evolución misma de lo humano en su búsqueda de la perfección (por eso su obsesión con un Lawrence de Arabia que representa lo humano llevado a su límite: saber atravesar el dolor y el desierto). De hecho el robot, nada curiosamente, es el personaje más desarrollado (el que más capas de humanidad porta), algo que ya sucedía en 2001. Pero si el tema de Kubrick era la inhumanidad (el hombre convertido en máquina, la máquina convertida en hombre), en Scott sólo se trata de lo maquinal en sí (empezando por filmar maquinalmente, claro). Como si fuera él mismo un replicante, lo que viene desarrollando desde Blade Runner (una película que Kubrick pudo envidiar) es un cine sin alma. Pero siendo un realizador de dos clásicos modernos del género, Prometeo marca algo más que la constatación del agotamiento personal de un director: Scott es el robot perfecto de la corporación.

3.

Lawrence de Arabia (el film de Lean en el que el robot busca su inspiración) es en ese sentido el modelo imposible para la máquina cinéfila (el robot, pero también el film): Prometeo no puede hacer más que repetir, sin crear. Lo que es una gran ironía para una película que pretende hablar del origen de todo, pero cuya escena más recordable consiste es un aborto (realizado por otra máquina, por supuesto). Si Lean (y todo el cine clásico) era un constructor de mundos, Scott (y su película) no hacen más que rendirse ante la destrucción. Si algo queda claro después de ver Prometeo es que no alcanza con aferrarse a un amuleto.

Nicolás Prividera / Copyleft 2012

ACCIDENTES GLORIOSOS / EN EL FUTURO (02)

junio 20, 2012

Cine “resistente”: Sobre las películas de Mauro Andrizzi

Accidentes gloriosos

Por Marcela Gamberini

 En esta cartelera de cine diet, con mayoría de películas mediocres y previsibles, aparecen las películas de Mauro Andrizzi, un autor interesante por su mirada experimental y su fuerte apuesta a la hora de correr riesgos. Sus tres películas estrenadas hasta la fecha, Iraqui Shorts films, En el futuro y Accidentes gloriosos están atravesadas por la toma de consciencia de sus procedimientos formales y estilísticos. Un cine que se pliega sobre sí mismo poniendo en la superficie la interrogación por la construcción del relato clásico, por la trasparencia enunciativa, por la prolija adecuación de los planos a lo que se quiere contar. Estas interrogaciones lo llevan a correr un riesgo capital que puede, como espectadores, desestabilizarnos, sin que ello sea una desventaja, sino más bien todo lo contrario.

Los relatos que cuenta Andrizzi son fragmentos, ideas, recuerdos. Sabemos que el hombre es narración, el sujeto necesita narrar para comprender, para entender. En estas películas, como dije antes, la posibilidad de narrar una historia clásica se cuestiona. Son momentos, sucesos, frases, palabras, enunciados sin nexo, sin junturas, sin asociaciones previsibles. Las películas de Andrizzi son un desafío a la capacidad narrativa innata del sujeto. Son películas “resistentes”, que se resisten eróticamente (ya sea por la seducción que expelen sus imágenes, a veces cercana al horror o, por la cadencia de sus palabras) al sentido común, clásico, evadiendo la estética cómoda y controlada.

Tanto en El futuro como en Accidentes gloriosos  -con su seductora voz en off-  se nos cuentan fragmentos de historias que en el mejor de los casos concuerdan con lo que se muestra, pero lo interesante de este procedimiento es que la fuerza narrativa está puesta en el relato oral. El valor del relato reside, en este caso, en su plus de oralidad. En En el futuro, personajes cualquiera, sin nombre y sin identidad, le cuentan a la cámara sus experiencias y la palabra va y viene, la estructura de la película es como la estructura de una novela con prologo y epílogo. Estos relatos, fragmentarios, armados como recuerdos, valen por las palabras que cuentan, no tanto por las imágenes, que son en muchos casos suplementarias. Poner el acento en la oralidad es apostar al costado lingüístico del cine, donde las palabras son más relevantes que las imágenes. Y esto sucede también, porque las imágenes, sobre todo en el caso de Accidentes gloriosos, son tan fuertes, tan densas que son un “suceso” en sí mismas. Son lo innombrable, lo monstruoso, no remiten a nada fuera de ellas mismas porque el sentido se ve obturado por el asombro, por la perturbación; y sabemos que no hay suceso sin asombro. Las imágenes de los autos chocados (que sugieren a Lynch y a Cronenberg) escamotean los posibles sentidos porque ellas mismas son tan espesas, que nublan la posibilidad de otorgarles sentido. Las palabras y las imágenes están a diferentes velocidades, ambas son perturbadoras, pero con una densidad diferente.

En el futuro

El erotismo, presente en Accidentes gloriosos y en En el futuro, se manifiesta en procedimientos formales, sobre todo por la duración en la exposición de cada plano, de cada secuencia. Los besos con los que comienza En el futuro duran bastante y en esa duración se sostiene una tensión que también obtura el sentido. ¿El para qué esta imagen? ¿Cómo sigue esto? ¿Qué estoy viendo? propia de los sujetos no tienen respuesta. La interrogación por los propios procesos de construcción está  a la orden del día en el cine de Andrizzi y eso lo vuelve interesante y extraño. Un cine que también “resiste” a la condición industrial, comercial; un cine que propone una experiencia novedosa en la que es necesario abandonarse y dejarse llevar por la imaginación, por el deseo y por fin desestabilizarnos de tanta normativa, de tanto clasicismo.

Marcela Gamberini / Copyleft 2012

ABRIR PUERTAS Y VENTANAS

junio 18, 2012

**** Obra maestra  ***Hay que verla  **Válida de ver  * Tiene un rasgo redimible ° Sin valor

Por Roger Koza
EL ESPACIO DE LOS SENTIMIENTOS
Abrir puertas y ventanas, Argentina, 2011
Escrita y dirigida por Milagros Mumenthaler
 
*** Hay que verla
 
Una ópera prima notable

¿Qué es exactamente Abrir puertas y ventanas? Su relato es comprensible; sus actrices notables y, en sus propios términos, hermosas; su lenguaje cinematográfico distinguido. Todo lo que se ve proviene de un cuidado obsesivo; la delicadeza es aquí un imperio, un imperativo. Sin embargo, la ópera primera de Mumenthaler puede toparse con una inmerecida ingratitud. Es extraña, impredecible.

Sucede que filmar un duelo no es sencillo. ¿Cómo filmar una ausencia? Violeta, Sofía y Marina despiden a su abuela, que las crió. La única tutora, y probablemente una institución académica, murió, involuntariamente las abandonó. Es una segunda experiencia de la orfandad, pues sus padres hace tiempo que no están (y el motivo de esa otra ausencia fundamental permanecerá como un secreto guardado; habrá que imaginar a través de algunos pocos indicios, datos dispersos y alguna que otra iconografía doméstica los motivos de esta otra ausencia). Mumenthaler, por lo pronto, jamás pierde el foco: tan sólo seguirá las reacciones dispares de las tres hermanas frente al evento. Desconsuelo y desamparo general, también cariño y atención.

Violeta, por ejemplo, elegirá irse a otro país y luego insistirá con su vocación musical. Quizás Sofía abandone sus estudios de arquitectura y se entregue a la compulsión de seducir con su vestuario multicolor y sexy. Mientras, Marina seguirá leyendo a Lyotard para la universidad y por momentos será quien sustituya pragmática y simbólicamente a la abuela: organiza, paga las cuentas, negocia una triple mensualidad, pone los límites, aunque tendrá sus excesos y sus placeres. ¿Será por eso que el fantasma de la abuela se le aparece sólo a ella? En una escena escueta y circunspecta, soñará con su aparición nocturna, un instante de ternura, demasiado austero si se quiere, pero de una precisión admirable. La luz es perfecta, como el tempo de la escena.

Pero los duelos constituyen siempre un ejercicio de acomodamiento cuya cualidad más reconocible es la experiencia del tiempo. Mumenthaler permite entender el lento paso del tiempo a través del cambio de estaciones, pero la experiencia interior de un duelo implica una suspensión sin un término definido. La película patentiza misteriosamente ese tiempo flotante. Es un limbo sentimental en el que las tres hermanas van rediseñando sus vidas afectivas. Lloran, se pelean, aman, tienen sexo, destruyen paredes, venden muebles, rompen vidrios, podan, reacomodan todo, desaparecen, hasta que paulatinamente dejan de sobrevivir una ausencia para incorporar la vida de su abuela como memoria. Es esto lo que filma Mumenthaler: el imperceptible trabajo de destrucción y reconstrucción al que estamos obligados cada vez que un ser querido deja de existir.

A menudo un rostro que conocemos pero no podemos identificar con precisión se reconoce una vez que se establece una relación entre algún lugar y ese rostro. Mumenthaler aquí invierte el procedimiento. Ya no hay rostro, ya no hay cuerpo, y es entonces precisamente el mobiliario el que contiene y preserva la historia de esa abuela que ya no está. Los planos fijos sobre el escritorio en el que reposa una vieja máquina de escribir, el dormitorio, algunas raíces de plantas, una hamaca paraguaya, los libros y un cuarto prohibido constituyen los espacios todavía impregnados por aquella mujer que lideró este núcleo matriarcal de clase media alta. Es notable cómo la joven directora viaja e inspecciona la arquitectura e interiores de la casa. Los travellings discretos con los que se recorre las escaleras y se atraviesa las paredes, decisiones pertinentes de puesta en escena, simplemente señalan un espacio histórico, afectivo, íntimo, un lugar en el que una pieza viviente faltará para siempre. La forma justa para materializar una sensación fugaz y deleznable.

Si bien se trata de un duelo, el humor y el placer están presentes. Los gags son tan refinados que pueden pasar desapercibidos: Marina y su pretendiente moviéndose ridículamente ante la vibración de la cama de la abuela con una opción para masajes resulta evidente; no sucede lo mismo con otros momentos cómicos, como cuando Marina, tras tomarse una botella entera de whisky, está tan relajada que parece imposible acomodarla en un sillón. Además, habrá dos escenas de sexo: una estática, como si se tratara de un cuadro viviente, y una en movimiento, en donde el amor y el apasionamiento se conjugan a la perfección.

Como en todas las buenas películas, hay algún pasaje en el que el secreto del filme resplandece. Las tres hermanas sentadas escuchando un tema de Bridget St. John, “Back to Stay”, en un plano secuencia que finaliza con un travelling hacia adelante, es una de las pruebas del talento de Mumenthaler. El duelo es personal y solidario. Aquí, las hermanas están unidas.

Esta crítica fue publicada en otra versión por el diario La voz del interior durante el mes de junio 2012

Roger Koza / Copyleft 2012

SEMANA DEL 18 AL 24/08 EN EL CINECLUB

junio 18, 2012

LA CUMBRE: EN EL CINE LUIS BERTI, BELGRANO 470

20 de junio, a las 20.30hs:

Melodías de Broadway, de Vincente Minnelli, EE.UU., 1953

112’ / ATP

Mediometraje, a las 19.30hs: El decálogo: Capítulo 3 (50’), de Krzysztof Kieslowski, Polonia, 1989 (Ver crítica aquí)

Melodías de Broadway cuenta la historia de un actor famoso que debe enfrentar su ocaso (en ese sentido no muy lejana a El artista). Fred Astaire interpreta a Tony Hunter, el actor en cuestión. Sin embargo, tendrá una última oportunidad. Dos viejos amigos le ofrecen un proyecto, una adaptación heterodoxa de Fausto en clave musical. Lógicamente será un fracaso, pero él, sus amigos y un gran director y actor, un tal Jeffrey Cordova, le encontrarán la vuelta. El relato es menor, pero lo que marca una diferencia es la historia oblicua de amor que va surgiendo entre Tony y Gabrielle Gerard (Cyd Charisse). En ese sentido, hay un momento mágico en el que los dos caminan por un parque y casi sin aviso, gracias a un gesto mínimo que señala un cambio y una transformación, empiezan a bailar. Sólo quien conozca la escena podrá comprender enteramente que allí reside y se revela el misterio del musical, la gracia del baile y el modo como se debe filmar a una pareja moviéndose en el espacio. La cámara, sin duda, baila con ellos: tres o cuatro planos secuencia dibujan la geometría variable del entendimiento entre dos cuerpos que van de un lado a otro en consonancia con el ritmo de una música ideal para el lucimiento de Astaire y Charisse. La secuencia es formidable e inolvidable. De esa escena se ha dicho y escrito mucho. En uno de los párrafos más lúcidos y precisos que se hayan escrito sobre el musical, Gilles Deleuze dice: “Pero lo que cuenta es la manera en que el genio individual del bailarín, la subjetividad, pasa de una motricidad personal a un elemento suprapersonal, a un movimiento de mundo que la danza va a trazar. Es el momento de verdad en el que el bailarín camina todavía, pero es ya un sonámbulo que será poseído por el movimiento que parece llamarlo: lo encontramos en Fred Astaire, en el paseo que insensiblemente se vuelve danza (Melodías de Broadway de Minnelli)…”. Melodías de Broadway tiene ese momento síntesis, ese instante relámpago que comprime en pocos minutos la gloria de esa invención pretérita, la danza, un hábito devenido en arte, posiblemente ancestral, que, como la risa, caracteriza a nuestra especie. (Roger Koza)

23 de junio, a las 13.00hs: Sábados de súper acción

La bella mentirosa, de Jacques Rivette, Francia, 1991

238’ / +13

Habrá un intervalo de 25 minutos a las dos horas de proyección

Ganadora en 1991 del Gran Premio del Jurado en Cannes, esta atrapante aunque oblicua adaptación libre, de cuatro horas, de La obra maestra desconocida de Balzac sigue el trabajo de un pintor (Michel Piccoli) que retrata a su hermosa modelo casi siempre desnuda (Emmanuelle Béart), con la presión y la presencia de la esposa del pintor y ex modelo (Jane Birkin), el novio de la modelo y un vendedor de arte que solía estar involucrado con la esposa del pintor. Las fuerzas complejas que suelen estar implicadas en el arte constituyen el foco obsesivo del film, y rara vez el tiempo empleado por Rivette para observar un proceso ha sido tan cautivante; ningún momento parece desperdiciarse. El sentido extraordinario del ritmo y de puesta en escena está más que presente, y la trama tiene muchos giros argumentales. La película se beneficia de la exquisita fotografía de William Lubtchansky, de las locaciones en el sur de Francia (principalmente de un palacio del siglo XVIII) y de los dibujos y pinturas de Bernard Dufuor. La traducción del título sería algo así como “La pícara y hermosa mujer”; es también el título de una obra maestra que el pintor intenta finalizar. (Jonathan Rosenbaum)

HA NACIDO UNA CINEASTA: MILAGROS MUMENTHALER

junio 15, 2012

DIRECTORA DE ABRIR PUERTAS Y VENTANAS

Por Roger Koza

El festival internacional de Locarno es el festival del momento. Olivier Père, el actual director artístico, cuando dejó la dirección de la Quincena de los Realizadores en Cannes 2010, tenía un plan: convertir a Locarno en el festival de avanzada, capaz de combinar vanguardia y clasicismo, y dotar a esa combinación de un significado específico en el siglo XXI. No es sorpresivo, entonces, que la gran ganadora de la última edición, en agosto del año pasado, haya sido Abrir puertas y ventanas, de Milagros Mumenthaler, pues la ópera prima de esta joven directora representa muy bien la agenda estética de Locarno.

En Abrir puertas y ventanas, título extraño aunque preciso, el tema es el duelo, una experiencia misteriosa e intensa cuyo final, probablemente, no se podría explicitar mejor que con la acción aludida en el título: abrir, airear, salir. En este caso, tres hermanas jóvenes deben atravesar la reciente muerte de su abuela. El lugar elegido es la propia casa de quien acaba de morir. La abuela todavía es una presencia, más fantasmal que real. Justamente el duelo, que implica asimilar la falta (de alguien) como la única manera de existencia de los muertos, es lo que registra Mumenthaler. Pero eso no es todo porque las tres mujeres, más allá del acontecimiento doloroso, también están viviendo el momento en el que empiezan a delinear sus vidas: desean, quieren viajar, amar, buscar. El resultado es extraordinario.

***

Roger Koza: ¿Cómo concebiste Abrir puertas y ventanas, un filme que se anticipaba en parte en El patio, películas con mujeres vinculadas a un inmueble con cierta carga simbólica?

Milagros Mumenthaler: Era como una continuidad lógica de mis cortos, sobre todo El patio y Amancay, pero por su duración es complicado ir más en profundidad. Creo que cuando hablamos de relaciones familiares el hogar es fundamental. Es allí donde todo se genera. Para mí conocer la casa de alguien es conocer un poco más a la persona.

RK: Para una película como Abrir puertas y ventanas la elección de las actrices que interpretan a las tres hermanas era fundamental: la intimidad, el cuidado, incluso cierta violencia contenida que atraviesan las relaciones son centrales en el clima del filme. ¿Cómo trabajaste con tus actrices?

MM: Desde un inicio las actrices sabían que si aceptaban la propuesta tenían que estar dispuestas a ensayar mucho. Primero se trabajó el vínculo, que ellas tres compartan diversas actividades como quedarse a dormir juntas, ir a un recital, cocinar, pasar tiempo sin ningún objetivo, además de improvisaciones donde poco a poco iban encontrando el personaje de manera superficial, desde el habla a la postura corporal. Y una vez que nos aproximamos nos adentramos en el guión, escena por escena, que empiecen a entender que cada texto o pequeño gesto tenía su importancia y hablaba del personaje. Era ir escarbando las escenas y trabajarlas hasta que de repente surgía algo que parecía verdadero.

Abrir puertas y ventanas

RK: Da la impresión de que la casa es el cuarto protagonista del filme, y eso tiene que ver en cómo pensás la puesta en escena y la relación entre el espacio, la luz y la cámara. ¿A qué se debe la importancia que le das al espacio en la película?

MM: Efectivamente, la casa con todas sus pertenencias es un cuarto personaje que representa a los que ya no están, a los ausentes.

La película es un intento de representar los sentimientos y pensamientos de las tres hermanas. Ellas quedan huérfanas y todavía tienen la necesidad de la presencia de la abuela que las crió. Por eso la cámara por momentos es autónoma y anticipa, es la presencia de la abuela que los personajes necesitan que esté todavía ahí.

La casa y sus objetos hablan mucho de quién era la abuela, también permite adivinar qué tipo de educación recibieron las jóvenes. Y creo que la educación es la base de quiénes somos. Para mí es fundamental para el entendimiento de los personajes y por qué toman las decisiones que van tomando.

RK: En principio, el filme trabaja sobre la ausencia y el duelo de los personajes. ¿Por qué elegiste ese punto de partida para explorar la relación entre las tres hermanas?

MM: Creo que un duelo es un gran momento de vulnerabilidad y de cuestionamiento. Además, esta nueva situación las inyecta al mundo adulto más rápido de lo que pensaban y tienen que ir tomando decisiones respecto de sus vidas. Creo que hasta ese momento en el marco familiar había una lógica (las chicas van al colegio y luego a la facultad) que mantenía una cierta armonía y unidad. Al faltar la figura parental de repente el modelo cambia y provoca choques y no entendimientos. Es como si ese punto de unión se quebrara.

RK: Las irrupciones musicales son absolutamente singulares. ¿Cómo elegiste los temas musicales, que poco tienen que ver con una guía o dirección de la respuesta emocional de los espectadores?

MM: Me asesoró el músico Fran Gayo, que además compuso tres temas para la película: las canciones de los créditos y la que canta el personaje de Violeta al final.

La música era importante para recrear a la abuela: a través de los discos que escuchan el espectador se puede dar una idea de quién era y cómo influyó en las hermanas.

Elegimos las canciones una por una de acuerdo a cada momento. Más que en el espectador pensé en lo que escucha el personaje. Creo que hay una escena clave: cuando escuchan el tema “Back to Stay” de Bridget St. John. Si bien todo está mal, de repente una canción evoca un momento en el que compartían cosas y todo estaba mejor. Es increíble la fuerza de la música en ese sentido, cómo una melodía te transporta inmediatamente a otro lugar.

RK: Hay algo sugestivo en Abrir puertas y ventanas, una caracterización de la vida anímica femenina, muy particular, que puede ser vista como un punto de intersección con otras películas recientes rodadas por mujeres. ¿Creés que es así? La representación del cuerpo masculino en el filme se desmarca enteramente de otros registros de la interacción erótica entre hombres y mujeres; se me ocurre este ejemplo como una posible evidencia de una perspectiva más cercana a una sensibilidad femenina.

MM: No sé puntualmente a qué películas te referís. Respecto del cuerpo masculino no lo pensé demasiado en estos términos. Hay dos escenas muy distintas en las que se exhibe el cuerpo masculino. Una puntualmente y la más evidente era un intento de que fuera un plano pictórico, inspirado en la composición renacentista. Para mí era importante que se pierda la noción de tiempo-espacio. Allí está una de las hermanas pero tiempo atrás podría estar la abuela.

Respecto a la otra escena es un encuentro sexual lo más realista posible entre dos personas. Sí creo que el personaje de Francisco toma una decisión en la escena que no creo que todos los hombres la tomarían.

RK: Una decisión narrativa heterodoxa es la que tomás al retirar o dejar en un fuera de campo casi radical, con un ingreso indirecto posterior, magistral a mi entender, a una de las hermanas, que se “retira” a mitad de película. ¿Cómo y por qué tomaste esta decisión de guión?

MM: Fue una de las primeras decisiones que tomé a la hora de pensar esta película y fue por otra película reveladora cuando la vi a mis 19 años: Route One de Robert Kramer, un documental sobre la vuelta del director después de 10 años en el exilio a filmar la Ruta Uno, que recorre de norte a sur la Costa Este de Estados Unidos. Lo interesante es que tiene un personaje que de repente se va y lo deja solo. Y de repente la cámara está perdida. Para mí fue muy interesante ver lo que se puede lograr con una cámara y pensarla como un motor para la identificación con el espectador.

RK: Hay una escena particularmente extraña, casi al final: las chicas saldrán de la casa y donarán algunos de los objetos heredados a unas personas que viajan en carro recogiendo cosas. Hay aquí un elemento que se insinúa en algunos pasajes vinculados a la relación de clases. ¿Cómo ves la inserción de esta escena?

MM: Fue una escena que se conversó con los que me acompañaban en el proceso de la película, sobre qué lectura se podría hacer porque claramente la película no va por ahí. Y en el cine como en cualquier arte todo se vuelve significativo.

En el proceso de la película siempre intenté ser lo más realista posible. Y creo que es algo del cotidiano de la Argentina hoy en día. Intenté desde la puesta no darle un peso dramático y que no haya sobreinterpretaciones.

RK: Algo que me resultó curioso es que uno de los libros que lee una de las hermanas es La condición posmoderna de Lyotard. ¿Es casualidad? ¿Es una cifra que descifra algo del universo simbólico de los personajes?

MM: Viste que las universidades de por el mundo tienen tendencias y creo que en la UBA les encanta la posmodernidad.

RK: A propósito de los libros, me pareció ver en algún pasaje un libro sobre Bruno Dumont (vi un fotograma de La humanidad en la tapa) en la biblioteca de la casa. ¿Es otra casualidad? Por otra parte, ¿qué cine te gusta o qué influencias creés tener en tu concepción de cine y puesta en escena?

MM: Ésa te la debo. Aunque me gusta Bruno Dumont, no me siento cercana a su cine. Tuve la oportunidad de estar en una charla que daba y definía su cine desde la filosofía de la dialéctica. Siento que se puso de moda un cine bastante provocador que se defiende sobre el principio de poner en discusión ciertos temas. No lo termino de entender. Yo me siento identificada con directores que intentan retratar lo íntimo desde la puesta en escena. Y últimamente me fijo bastante en el punto de vista del director frente a lo que cuenta, me parece que está un poco en crisis.

RK: ¿Qué significó ganar primero en Locarno y después en Mar del Plata?

MM: Fue lindo el reconocimiento a la película y ver qué entendieron o cómo se sensibilizaron con lo que uno quiso contar.

RK: ¿Estás trabajando en algún nuevo proyecto?

MM: Hay varias cositas distintas pero todavía muy en borrador y en veremos.

Esta entrevista fue publicada en otra versión en el diario La voz del interior en el mes de junio 2012

Roger Koza / Copyleft 2012


Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 172 seguidores