Archivar como 18/06/12

ABRIR PUERTAS Y VENTANAS

junio 18, 2012

**** Obra maestra  ***Hay que verla  **Válida de ver  * Tiene un rasgo redimible ° Sin valor

Por Roger Koza
EL ESPACIO DE LOS SENTIMIENTOS
Abrir puertas y ventanas, Argentina, 2011
Escrita y dirigida por Milagros Mumenthaler
 
*** Hay que verla
 
Una ópera prima notable

¿Qué es exactamente Abrir puertas y ventanas? Su relato es comprensible; sus actrices notables y, en sus propios términos, hermosas; su lenguaje cinematográfico distinguido. Todo lo que se ve proviene de un cuidado obsesivo; la delicadeza es aquí un imperio, un imperativo. Sin embargo, la ópera primera de Mumenthaler puede toparse con una inmerecida ingratitud. Es extraña, impredecible.

Sucede que filmar un duelo no es sencillo. ¿Cómo filmar una ausencia? Violeta, Sofía y Marina despiden a su abuela, que las crió. La única tutora, y probablemente una institución académica, murió, involuntariamente las abandonó. Es una segunda experiencia de la orfandad, pues sus padres hace tiempo que no están (y el motivo de esa otra ausencia fundamental permanecerá como un secreto guardado; habrá que imaginar a través de algunos pocos indicios, datos dispersos y alguna que otra iconografía doméstica los motivos de esta otra ausencia). Mumenthaler, por lo pronto, jamás pierde el foco: tan sólo seguirá las reacciones dispares de las tres hermanas frente al evento. Desconsuelo y desamparo general, también cariño y atención.

Violeta, por ejemplo, elegirá irse a otro país y luego insistirá con su vocación musical. Quizás Sofía abandone sus estudios de arquitectura y se entregue a la compulsión de seducir con su vestuario multicolor y sexy. Mientras, Marina seguirá leyendo a Lyotard para la universidad y por momentos será quien sustituya pragmática y simbólicamente a la abuela: organiza, paga las cuentas, negocia una triple mensualidad, pone los límites, aunque tendrá sus excesos y sus placeres. ¿Será por eso que el fantasma de la abuela se le aparece sólo a ella? En una escena escueta y circunspecta, soñará con su aparición nocturna, un instante de ternura, demasiado austero si se quiere, pero de una precisión admirable. La luz es perfecta, como el tempo de la escena.

Pero los duelos constituyen siempre un ejercicio de acomodamiento cuya cualidad más reconocible es la experiencia del tiempo. Mumenthaler permite entender el lento paso del tiempo a través del cambio de estaciones, pero la experiencia interior de un duelo implica una suspensión sin un término definido. La película patentiza misteriosamente ese tiempo flotante. Es un limbo sentimental en el que las tres hermanas van rediseñando sus vidas afectivas. Lloran, se pelean, aman, tienen sexo, destruyen paredes, venden muebles, rompen vidrios, podan, reacomodan todo, desaparecen, hasta que paulatinamente dejan de sobrevivir una ausencia para incorporar la vida de su abuela como memoria. Es esto lo que filma Mumenthaler: el imperceptible trabajo de destrucción y reconstrucción al que estamos obligados cada vez que un ser querido deja de existir.

A menudo un rostro que conocemos pero no podemos identificar con precisión se reconoce una vez que se establece una relación entre algún lugar y ese rostro. Mumenthaler aquí invierte el procedimiento. Ya no hay rostro, ya no hay cuerpo, y es entonces precisamente el mobiliario el que contiene y preserva la historia de esa abuela que ya no está. Los planos fijos sobre el escritorio en el que reposa una vieja máquina de escribir, el dormitorio, algunas raíces de plantas, una hamaca paraguaya, los libros y un cuarto prohibido constituyen los espacios todavía impregnados por aquella mujer que lideró este núcleo matriarcal de clase media alta. Es notable cómo la joven directora viaja e inspecciona la arquitectura e interiores de la casa. Los travellings discretos con los que se recorre las escaleras y se atraviesa las paredes, decisiones pertinentes de puesta en escena, simplemente señalan un espacio histórico, afectivo, íntimo, un lugar en el que una pieza viviente faltará para siempre. La forma justa para materializar una sensación fugaz y deleznable.

Si bien se trata de un duelo, el humor y el placer están presentes. Los gags son tan refinados que pueden pasar desapercibidos: Marina y su pretendiente moviéndose ridículamente ante la vibración de la cama de la abuela con una opción para masajes resulta evidente; no sucede lo mismo con otros momentos cómicos, como cuando Marina, tras tomarse una botella entera de whisky, está tan relajada que parece imposible acomodarla en un sillón. Además, habrá dos escenas de sexo: una estática, como si se tratara de un cuadro viviente, y una en movimiento, en donde el amor y el apasionamiento se conjugan a la perfección.

Como en todas las buenas películas, hay algún pasaje en el que el secreto del filme resplandece. Las tres hermanas sentadas escuchando un tema de Bridget St. John, “Back to Stay”, en un plano secuencia que finaliza con un travelling hacia adelante, es una de las pruebas del talento de Mumenthaler. El duelo es personal y solidario. Aquí, las hermanas están unidas.

Esta crítica fue publicada en otra versión por el diario La voz del interior durante el mes de junio 2012

Roger Koza / Copyleft 2012

SEMANA DEL 18 AL 24/08 EN EL CINECLUB

junio 18, 2012

LA CUMBRE: EN EL CINE LUIS BERTI, BELGRANO 470

20 de junio, a las 20.30hs:

Melodías de Broadway, de Vincente Minnelli, EE.UU., 1953

112’ / ATP

Mediometraje, a las 19.30hs: El decálogo: Capítulo 3 (50’), de Krzysztof Kieslowski, Polonia, 1989 (Ver crítica aquí)

Melodías de Broadway cuenta la historia de un actor famoso que debe enfrentar su ocaso (en ese sentido no muy lejana a El artista). Fred Astaire interpreta a Tony Hunter, el actor en cuestión. Sin embargo, tendrá una última oportunidad. Dos viejos amigos le ofrecen un proyecto, una adaptación heterodoxa de Fausto en clave musical. Lógicamente será un fracaso, pero él, sus amigos y un gran director y actor, un tal Jeffrey Cordova, le encontrarán la vuelta. El relato es menor, pero lo que marca una diferencia es la historia oblicua de amor que va surgiendo entre Tony y Gabrielle Gerard (Cyd Charisse). En ese sentido, hay un momento mágico en el que los dos caminan por un parque y casi sin aviso, gracias a un gesto mínimo que señala un cambio y una transformación, empiezan a bailar. Sólo quien conozca la escena podrá comprender enteramente que allí reside y se revela el misterio del musical, la gracia del baile y el modo como se debe filmar a una pareja moviéndose en el espacio. La cámara, sin duda, baila con ellos: tres o cuatro planos secuencia dibujan la geometría variable del entendimiento entre dos cuerpos que van de un lado a otro en consonancia con el ritmo de una música ideal para el lucimiento de Astaire y Charisse. La secuencia es formidable e inolvidable. De esa escena se ha dicho y escrito mucho. En uno de los párrafos más lúcidos y precisos que se hayan escrito sobre el musical, Gilles Deleuze dice: “Pero lo que cuenta es la manera en que el genio individual del bailarín, la subjetividad, pasa de una motricidad personal a un elemento suprapersonal, a un movimiento de mundo que la danza va a trazar. Es el momento de verdad en el que el bailarín camina todavía, pero es ya un sonámbulo que será poseído por el movimiento que parece llamarlo: lo encontramos en Fred Astaire, en el paseo que insensiblemente se vuelve danza (Melodías de Broadway de Minnelli)…”. Melodías de Broadway tiene ese momento síntesis, ese instante relámpago que comprime en pocos minutos la gloria de esa invención pretérita, la danza, un hábito devenido en arte, posiblemente ancestral, que, como la risa, caracteriza a nuestra especie. (Roger Koza)

23 de junio, a las 13.00hs: Sábados de súper acción

La bella mentirosa, de Jacques Rivette, Francia, 1991

238’ / +13

Habrá un intervalo de 25 minutos a las dos horas de proyección

Ganadora en 1991 del Gran Premio del Jurado en Cannes, esta atrapante aunque oblicua adaptación libre, de cuatro horas, de La obra maestra desconocida de Balzac sigue el trabajo de un pintor (Michel Piccoli) que retrata a su hermosa modelo casi siempre desnuda (Emmanuelle Béart), con la presión y la presencia de la esposa del pintor y ex modelo (Jane Birkin), el novio de la modelo y un vendedor de arte que solía estar involucrado con la esposa del pintor. Las fuerzas complejas que suelen estar implicadas en el arte constituyen el foco obsesivo del film, y rara vez el tiempo empleado por Rivette para observar un proceso ha sido tan cautivante; ningún momento parece desperdiciarse. El sentido extraordinario del ritmo y de puesta en escena está más que presente, y la trama tiene muchos giros argumentales. La película se beneficia de la exquisita fotografía de William Lubtchansky, de las locaciones en el sur de Francia (principalmente de un palacio del siglo XVIII) y de los dibujos y pinturas de Bernard Dufuor. La traducción del título sería algo así como “La pícara y hermosa mujer”; es también el título de una obra maestra que el pintor intenta finalizar. (Jonathan Rosenbaum)


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