Archivos de la categoría ‘Crítica’

LA HUÉRFANA

Octubre 31, 2009

**** Obra maestra  ***hay que verla  ** Válida de ver  * Tiene un rasgo redimible ° Sin valor

Por Roger Alan Koza

LA PERVERSIÓN COMO TERROR FÍSICO

La huérfana / Orphan, EE.UU. 2009.

Dirigida por Jaume Collet-Serra. Escrita por David Leslie Johnson y Alex Mace

*Tiene un rasgo redimible.  

La nueva película (norteamericana) del director español Collet Serra tiene una buena primera hora para luego desbarrancar narrativamente con varios lugares comunes incompatible con su talento.  

A principio de esta década, Hollywood descubría el horror japonés y lo anexaba a la fábrica de sueños (más bien de pesadillas). Pasada la moda nipona, llegó la hora del horror español. Quizás entrenados en Sitges (el primer festival de cine fantástico), hay una nueva generación de directores procedentes del país de Juan Carlos I, Franco y Nadal que renuevan el género: Jaume Balagueró, Juan Carlos Fresnadillo, Koldo Serra, Gabe Ibáñez, Luis Berdejo y Jaume Collet-Serra ruedan en Los Ángeles como si estuvieran en Madrid o en Barcelona.

Todo empieza con una pesadilla. Una mujer está a punto de parir. Ella y su marido llegan al hospital. Es una postal de la felicidad, aunque en el tono beatífico se percibe un ligero enrarecimiento, que se confirma con un plano cenital: no todo es lo que parece, un enunciado que articula el secreto de la película. Como en El juego de las lágrimas, las apariencias engañan.

Un matrimonio y sus dos hijos menores viven en algún paraje del norte de EE.UU. El padre, un arquitecto exitoso. La madre, una pianista y antigua profesora de Yale, hasta que sus problemas con el alcohol desafinaron no sólo su carrera sino también su maternidad: su hija más chica es sorda debido a un accidente que la compromete. El hermano más grande vive absorto en juegos electrónicos. En otras palabras, la opulencia no es sinónimo de bienestar, más aún si recientemente se ha perdido un tercer hijo.

A pesar de la negligencia y el alcoholismo, son padres aptos para adoptar. Y así elegirán a una niña rusa de 9 años, capaz de pintar y tocar a Tchaikovsky, que viste como una princesita y habla perfectamente inglés, y que las religiosas del orfanato consideran una buena candidata. La vida es bella, hasta que paulatinamente la criatura empiece a ejecutar su agenda secreta: conquistar al padre a cualquier precio.

Collet-Serra piensa el plano cinematográfico como un cuadrilátero y lo explora en función de desnaturalizar y violentar. Basta que la mirada esté pasiva ante un paisaje x para que algo atraviese el campo visual y ocasione pánico. Que dos niñas se crucen inesperadamente ante nuestros ojos en el orfanato (o un niño en una plaza con juegos) es suficiente para asustar. Los planos subjetivos no suelen funcionar como siempre; los planos cenitales tampoco. Se trata de un procedimiento cuyo objetivo es desorientar el trabajo perceptivo sin el auxilio y la postulación de un ente no humano que desde el fuera de campo fundamente el espanto.

La casa de cera, la película precedente de Collet-Serra, como señaló el crítico Diego Trerotola, reflexionaba oblicuamente sobre la concepción baziniana del cine como un arte heredero de la pretérita práctica de embalsamar a los muertos. En La huérfana, el director español toma el camino menos transitado en el género. A diferencia de muchas películas de terror cuyo horror se predica de lo sobrenatural y metafísico (monstruos, vampiros y fantasmas), Collet-Serra elige localizar el terror en el misterioso universo del psiquismo. En muchas películas del género los niños son personajes maléficos, lo que constituye un ataque al sentido común que ve en la niñez un reservorio de inocencia. En La huérfana la apuesta es mayor: una niña es sagazmente perversa. El tabú y el límite por excelencia de nuestra ética liberal de la tolerancia, la sexualidad (y violencia) en los niños, aquí es transgredido.

Formalmente inquieta y narrativamente despareja, La huérfana propone un terror que consiste en una provocación a nuestro sistema de creencias: la perversión como terror físico y psíquico, o cómo la incomodidad moral es pavor y temblor por otros medios.

Esta crítica fue publicada en otra versión por el matutino La Voz del Interior durante el mes de octubre.

 Copyleft 2009 / Roger Alan Koza

IDENTIDAD SUSTITUTA

Octubre 26, 2009

**** Obra maestra  ***hay que verla  ** Válida de ver  * Tiene un rasgo redimible ° Sin valor

Por Roger Alan Koza

BIENVENIDOS A LA PANTALLA GLOBAL

Identidad sustituta / Surrogates, EE.UU. 2009.

Dirigida por Jonathan Mostow. Escrita por John Brancato y Michael Ferris.

*Tiene un rasgo redimible.  

La nueva película del director de Terminator 3 es, paradójicamente, cautivante y mediocre, pues sus contenidos filosóficos equilibran la pobreza cinematográfica de su puesta en escena.

Según el sociólogo Gilles Lipovetsky, estamos en una nueva edad del cine. Ya no hace falta verlo, pues vivimos y experimentamos el mundo y sus complejidades a través de una matriz que es en sí cinematográfica. En Identidad sustituta ya nadie mira televisión y los cines permanecen fuera de campo (no se ven), pues la realidad misma ya funciona como una película. Es la cinesfera, o cómo el orden simbólico que sostiene nuestra identidad está mediado holísticamente por una pantalla.

En menos de 5 minutos, Identidad sustituta establece el estado de cosas: un científico y una corporación concibieron un mundo utópico, sin crímenes, inmaculado, poblado de jóvenes esbeltos inmunes al envejecimiento, un universo liberado de la carne y la herencia genética, que le hubiera encantado a Michael Jackson. Así las cosas, el 99% de la población mundial vive conectada y reemplazada en sus tareas cotidianas por robots denominados ‘sustitutos’. Nuestra especie literalmente vive acostada. Nuestro cerebro es la pantalla, los robots los protagonistas de un relato personal y colectivo.

En este futuro impreciso, hay disidentes. Los dreads (en inglés, “terror”) militan por una humanidad desrobotizada. Son los luditas de este nuevo siglo, gente que desestima el bienestar digital. Viven en zonas libres de androides, y, como se puede constatar en una secuencia, creen en una civilización orgánica, no muy distante de una comunidad alternativa de Oregon o Capilla del Monte. Siguen a un líder llamado El Profeta, un personaje a imagen y semejanza de Bob Marley y Osho, aunque todo no es como parece.

El gran Bruce Willis es un detective del FBI. Ha perdido un hijo, y, aunque su sustituto es un exitoso agente, su melancolía es infinita. Todo cambiará para él (y para el resto de los mortales) cuando investigue un inesperado asesinato de un sustituto que implica un arma capaz de dañar a sus operadores, es decir al Yo detrás de la máquina.

Basada en una novela gráfica, Identidad sustituta es filosóficamente fascinante y cinematográficamente berreta. Más que una película es un boceto: parece filmada a las apuradas y salvada en la sala de edición para alcanzar un mínimo de coherencia, aunque hay dos secuencias que justifican la película. Jonathan Mostow imagina cómo sería la reincorporación a la realidad material por parte de un mortal que permanece inmóvil frente a una pantalla. Willis vuelve a pisar la calle. Un plano subjetivo en gran angular expresa visceralmente cómo el uso obsesivo de una tecnología modifica todos los órdenes de la sensibilidad. El otro pasaje sugiere el porvenir militar en la era digital.

Como toda película de ciencia ficción, Identidad sustituta aplica una lupa sobre el presente y exacerba las consecuencias de nuestras prácticas. El devenir virtual de nuestra especie es irreversible. También la finitud del cuerpo y el espíritu.

Copyleft 2009 / Roger Alan Koza

Esta crítica fue publicada por el diario La Voz del Interior en el mes de octubre de 2009

EDUCANDO A VICTOR VARGAS

Octubre 24, 2009

**** Obra maestra  ***hay que verla  ** Válida de ver  * Tiene un rasgo redimible ° Sin valor

Por Roger Alan Koza

LA EDAD DE LA INEXPERIENCIA

Educando a Victor Vargas / Raising Victor Vargas, EE.UU. 2002.

Escrita y dirigida por Peter Sollett.

** Válida de ver  

La opera prima de Peter Sollett es una caso extraño en el género coming of age: su foco no es estrictamente el despertar sexual sino la constitución de la (auto)conciencia, elección heterodoxa para un tipo de cine que hace del intercambio de fluidos su proposición exclusiva

Hace mucho tiempo que la inocencia es incompatible con la adolescencia, incluso con la niñez. Si la inocencia es una virtud es materia de discusión, pero aun cuando todo el conocimiento esté disponible en el click de un mouse, hay ciertos tipos de saberes que se adquieren en la experiencia. Educando a Victor Vargas ilumina un estadio del crecimiento en donde la autoconciencia de la inexperiencia es evidente: la adolescencia.

Al este de Manhattan, una familia dominicana, compuesta por tres adolescentes y una abuela, pasa sus días de verano. Como todo adolescente, el calor para Victor es atmosférico y hormonal. La obsesión de la población juvenil de su barrio es monotemática: hay que acostarse a toda costa; el sexo es un imperativo generacional. Es así que la primera escena del filme es tan cómica como precisa: Victor y su vecina pasada en kilos duermen juntos. Y cuando su hermana y su mejor amigo lo descubren es material de divulgación, lo que implica para el damnificado una reconstrucción de su reputación erótica.

Victor conocerá a Judy, otra teen del mismo origen, que, como el resto de los adolescentes latinos, rara vez habla en español. La película simplemente se dedica a seguir la transformación de Victor en función de conquistar a Judy y cómo este romance afecta la dinámica familiar. De allí su título, pues se trata, efectivamente, de capturar el proceso de un aprendizaje sensible. Detrás del pavoneo y la seducción hay otra agenda, quizás inconsciente, que nada tiene que ver con el machismo recalcitrante de sus coetáneos, sino más bien con el trabajo silencioso que un joven realiza respecto de sí, su camino hacia la autonomía, como sugiere el último plano del filme.

A diferencia de muchas películas de adolescentes norteamericanos, la ópera prima de Peter Sollett, que tuvo su première en Cannes en el 2002, carece de drogas, armas, vampiros, Facebook y celulares, y sin embargo cada plano destila verosimilitud y honestidad. Sollett, amante del cine de Cassavetes y del filósofo danés Kierkegaard, adopta un ameno tono realista en su retrato, aunque el tono emocional no es la angustia como pathos sino la incertidumbre afectiva y el cuidado de la intimidad.

Formalmente sobria, Educando a Victor Vargas abandona su parsimonia narrativa tan sólo en un giro abrupto de cámara en una discusión y en dos elegantes planos con zoom al inicio del filme. La grandeza de Sollett es amar por igual a todos sus personajes. Ni siquiera el puritanismo anacrónico de la abuela es materia de condenación. Quien nunca juzga quizás intuye que la inexperiencia excede al acné y a la insurrección de las hormonas. Nadie sabe cómo se debe vivir, y de allí el respeto por cualquier intento de significar el paso de las horas.

Copyleft 2009 / Roger Alan Koza

Esta crítica fue publicada por el diario La Voz del Interior en el mes de octubre de 2009

DIABÓLICA TENTACIÓN

Octubre 20, 2009

**** Obra maestra  ***hay que verla  ** Válida de ver  * Tiene un rasgo redimible ° Sin valor

Por Roger Alan Koza

UNA PARODIA FEMINISTA

Diabólica tentación / Jennifer’s Body, EE.UU. 2009.

Dirigida por Karyn Kusama. Escrita por Diablo Cody.

* Tiene un rasgo redimible

La nueva película de Kusama es una interesante deconstrucción (a medio camino) de varios géneros cinematográficos e indirectamente una difusa crítica feminista respecto ciertos rasgos de la cultura patriarcal estadounidense, sin ser por ello una buena película.  

¿Qué diablos es Diabólica tentación? ¿Una comedia de terror? ¿Otro estúpido filme de escuela de adolescentes en algún suburbio intrascendente de Estados Unidos? ¿Un ejercicio de deconstrucción cínica de la banalidad estadounidense? ¿Un síntoma de una cultura opulenta paradójicamente cada vez más supersticiosa? ¿Una parodia feminista? El pastiche de Karyn Kusama y Diablo Cody, que resiste todo intento de clasificación y por eso genera rechazo tanto en el público como en los críticos, es más una película para pensar que para ver; su vaguedad es su virtud y su defecto.

El título original es menos metafísico que su traducción vernácula: “El cuerpo de Jennifer”. Y todo empieza por una violación “simbólica”. En medio de un concierto de los Low Shoulder se produce un incendio en una cantina. Muchos jóvenes mueren. Jennifer y Needy, amigas desde la infancia, están allí. Jennifer dispuesta a encamarse con el líder de la banda. Needy, una compañera nomás, pues está saliendo con un chico. Son dos figuras antagónicas, pero, como suele decirse, los opuestos se atraen.

Después del fuego, Jennifer, quizás hechizada, quizás embelesada, se va con toda la banda. Sube a una furgoneta y más tarde aparece en la casa de Needy como si hubiese regresado del más allá. Más tarde, sabremos que fue víctima de un ritual satánico. De querer acostarse con cuanto hombre se le cruza en el camino (a pesar de que Needy puede ser objeto de su fantasía), Jennifer deviene literalmente en una comehombres. La voz en off de Needy, que está encerrada en un psiquiátrico, abre y cierra la película. ¿Cómo llegó hasta aquí? La trama circular explicará su transformación de una mujer sensible en un ente poderoso con sed de venganza.

La venganza es el gran tema del cine estadounidense después del 11/9. Aquí, esta concepción primitiva de justicia se aplica a la brutalidad masculina. Kusama y Cody no hacen otra cosa que canalizar esta tendencia justiciera de la que Prueba de muerte de Tarantino es su ejemplo más excelso: mutilar el orden patriarcal. No sorprende entonces que el debut cinematográfico de Kusama haya sido Girlfight, un filme sobre una joven boxeadora. O que Cody sea la guionista de La joven vida de Juno.

Diabólica tentación es aceptable aunque muy despareja. Algunas secuencias son notables: un beso lésbico en primerísimo plano, y un montaje paralelo mientras Needy hace el amor con su novio y Jennifer consume “sexualmente” a otro. Los momentos cómicos se predican del absurdo: Needy levitando como Maharishi Yogui, hablar de un tampón en medio de una masacre, o los discursos kitsch de un profesor manco son una estrategia de distanciamiento respecto de un género popular que encuentra en Crepúsculo su paradigma. La parodia es contundente, no así la película.

Copyleft 2009 / Roger Alan Koza

Esta crítica fue publicada por el diario La Voz del Interior en el mes de octubre de 2009

SECTOR 9

Octubre 17, 2009

**** Obra maestra  ***hay que verla  ** Válida de ver  * Tiene un rasgo redimible ° Sin valor

Por Roger Alan Koza

EL SECRETO DE NUESTRA ESPECIE

Sector 9 / District 9, Sudáfrica-Nueva Zelanda, 2009.

Dirigida por Neill Blomkamp. Escrita por N. Blomkamp y Terri Tatchell.

** Válida de ver  

Es posible que esta película clase b con presupuesto, un oximoron, sea más interesante como metáfora política que como una película en sí, aunque su primera media hora es más que aceptable (y su última media hora más que objetable).

El primer acierto de la ópera prima de Neill Blomkamp, presentada por Peter Jackson, es evidente: los extraterrestres no eligen Nueva York, ni cualquier otra ciudad de Estados Unidos para darse a conocer. El mundo no es una sucursal del país de Obama. La ciudad elegida es Johannesburgo, la metrópolis más moderna de Sudáfrica, y al ser un filme cuyo tema excluyente es la exclusión, la elección es pertinente: el apartheid como política de Estado habrá sucumbido, pero el gesto por separar al diferente no se destituye por mera abolición, ni se circunscribe a los sudafricanos.

Desde 1989 una nave espacial gigante flota sobre la capital de Sudáfrica. Ya han pasado 20 años y la impaciencia de los homo sapiens sapiens respecto de los alienígenas, criaturas que parecen langostas o camarones gigantes, se ha agotado. Casi dos millones de “gambas” deben ser relocalizados. El plan de evacuación de la MNU (Multi-Naciones Unidas) es trasladar el Distrito 9 a 200 km de Johannesburgo. ¿Un Auschwitz para marcianos?

Si bien los extraterrestres hasta pueden hablar en inglés, se comportan como seres voraces, desesperados por deglutir alimento balanceado para gatos. Roban, juegan con fuego, descarrilan trenes. Husmear en la basura es su comportamiento clásico, aunque quizás no son tan brutales como parecen: después de todo, un viaje intergaláctico requiere de ciencia y tecnología.

Como suele ocurrir con todas las fantasías de seres venidos del espacio exterior, nuestro imaginario les impone nuestros miedos y esperanzas. Dioses o monstruos, sus naves pueden ser comandadas por un Buda de Venus o un Cristo de Andrómeda, o albergar entes que remiten a insectos o anfibios radicalmente diferentes de nuestro ser en el mundo. Y es precisamente ahí en donde Sector 9 es políticamente sagaz: la segregación es inversamente proporcional a nuestra capacidad de ver al distinto como uno de nosotros. Las panorámicas sobre el Distrito 9 son simbólicamente precisas. Se trata de identificar este suburbio de ficción como las villas reales de Johannesburgo (y de cualquier otra metrópolis), esas comunidades precarias en donde subsisten los que quedan fuera del progreso y el desarrollo, los aliens del capitalismo.

Neill Blomkamp elige estructurar el relato como si se tratara de un (falso) documental. El contexto histórico lo establecen los expertos; el contexto político y social lo expresa la gente de la calle. Pero la película tiene un héroe, un tal Wikus Van De Merwe, empleado de la MNU y yerno de un directivo de la poderosa institución, cuya misión será liderar el éxodo extraterrestre. Habrá un incidente, y Wilkus experimentará un devenir gamba. Y con él la película deja su registro documental para convertirse exteriormente en una película de acción, pues la solidaridad entre un terrícola y un alienígena enuncia discretamente una fórmula cívica y el secreto del entendimiento entre extraños: el otro es mi yo por otros medios.

 Copyleft 2009 / Roger Alan Koza

Esta crítica fue publicada en otra versión por el diario La Voz del Interior en el mes de septiembre de 2009

MY WINNIPEG

Septiembre 19, 2009

**** Obra maestra  ***hay que verla  ** Válida de ver  * Tiene un rasgo redimible ° Sin valor

Por Roger Alan Koza

LA INTERPRETACIÓN DE LOS SUEÑOS

My Winnipeg, Canadá, 2007.

Escrita y dirigida porDirigida por Guy Maddin.

*** Hay que verla  

La película más accesible de Guy Maddin es un ensayo personal sobre una ciudad, su inconsciente y una muestra fecunda de que este realizador autodidacta es una de las voces más singulares del cine contemporáneo.

No es azar: el cine y el psicoanálisis nacieron casi al mismo tiempo. Fue en 1895, aunque bien podría considerarse que en La interpretación de los sueños los hermanos Lumière y Sigmund Freud unieron fuerzas para develar lo inconsciente. El diván y la cámara, dos tecnologías para explorar la vida humana.

My Winnipeg parece un sueño que resiste ser enteramente descifrado, una pesadilla edípica, una utopía olvidada, un delirio personal motorizado por fuerzas históricas y políticas que retumban en el psiquismo de Guy Maddin. ¿Es un documental sobre una ciudad canadiense? Maddin sostiene que es una fantasía documental, pero esto no la hace un retrato inexacto, más allá de la saturación simbólica.

El espíritu de Winnipeg se percibe en todo su esplendor: siempre fría, cubierta de nieve, en donde el hockey sobre hielo es el deporte nacional y los hombres son propensos al sonambulismo. Winnipeg: un lugar en donde en 1957 unas mujeres rodearon un viejo olmo en medio de una avenida para evitar su muerte y luego un desconocido lo dinamitó; Winnipeg: ciudad de una revuelta obrera colosal en 1919, metrópoli de calles que evaden la cartografía, de profetas y médiums, de tribus nativas que leyeron los signos del poder telúrico de una tierra signada por su propensión a los fenómenos parapsicológicos, como alguna vez afirmó Arthur Conan Doyle.

Como sucede con Del tiempo y la ciudad, de Terence Davies, la Winnipeg de Maddin pertenece a una entelequia personal, o cómo una ciudad se introyecta en la intimidad y la afecta. Aquí también la voz en off guía las imágenes, y la película combina material de archivo, animación y algunos pasajes que teatralizan los recuerdos infantiles de Maddin como acontecimientos públicos que transfiguraron la historia de la urbe. La identidad se constituye en tensión con la cultura familiar y la idiosincrasia de un lugar y una clase. Así, la madre de Maddin (interpretada por Anne Savage) es un personaje omnipresente: puede verlo todo, está en todas partes (hasta en la televisión), acaso un agente de castración, incluso hasta puede adivinar las aventuras amorosas de la hermana del realizador. En un pasaje magnífico, Maddin recuerda el salón de belleza materno: los olores, los sonidos, y concluye: “era una ginocracia”. Librarse de la madre fue un objetivo pretérito, abandonar Winnipeg es la misión del momento.

Quienes hayan visto La música más triste del mundo sabrán que el cine de Maddin es experimental y accesible. Su apropiación de la sintaxis del cine mudo se aplica a un relato que parece reproducir la lógica de los sueños. La epifanía de una reina imaginaria coincide con el deseo de revertir el tiempo y reparar los viejos mitos. Así, los espectros de algunas estrellas del hockey vuelven a jugar en las ruinas de un estadio demolido. “¿Qué es una ciudad sin sus fantasmas?”

 Copyleft 2009 / Roger Alan Koza

Esta crítica fue publicada en otra versión por el diario La Voz del Interior en el mes de septiembre de 2009

BASTARDOS SIN GLORIA (2)

Septiembre 10, 2009

**** Obra maestra  ***hay que verla  ** Válida de ver  * Tiene un rasgo redimible ° Sin valor

Por Roger Alan Koza

ÉRASE UNA VEZ LA BARBARIE

Bastardos sin gloria / Inglorious basterds, EE.UU., 2009.

Escrita y dirigida porDirigida por Quentin Tarantino. .

*** Hay que verla  

La última película del ícono del cine norteamericano de los ’90 se parece a sus títulos precedentes, pero una mirada más atenta habrá de verificar algunos cambios decisivos, aunque Bastardos sin gloria ostenta una importancia que excede a su responsable.

 “El cine es un historiador sensacionalista”. La declaración pertenece a Godard, y más allá de que Quentin Tarantino la conozca o no, el realizador de Kill Bill parece apostar a conjurar este señalamiento en una apuesta hiperbólica. No se trata, entonces, de pretender rigor histórico, sino más bien de hacer una finta a la verdad histórica y fantasear sin restricciones: matar a Hitler, Goebbels y una caterva de nazis en una sala de cine es un permiso lúdico, o quizás Quentin ha inventado algo nuevo: violencia kosher.

“Érase una vez… Francia ocupada por los nazis. 1941”. Así empieza el primer capítulo de Bastardos sin gloria, el primer guiño cinéfilo, en este caso a Sergio Leone. Pero lo que importa aquí no es el saber enciclopédico pop de Tarantino, presente en toda la película, sino la perfección de esta introducción: un campesino y sus hijas trabajan en la campiña francesa. Mientras las hijas cuelgan la ropa recién lavada se divisa a lo lejos un jeep nazi. ¿Es un western?

La llegada del “Cazador de judíos”, el políglota coronel Landa (Waltz), es la presentación del villano más odioso en el bestiario de Tarantino. Este Sherlock Holmes ario, que dice saber pensar como judío, y, como un etólogo, intuye el comportamiento de estas “ratas”, sabe que el campesino esconde a una familia de judíos. La precisión del diálogo, sus pausas, un vaso de leche, los encuadres, un movimiento semicircular de la cámara y la decisión de dejar en fuera de campo la ejecución, es decir, no mostrar a las víctimas, constituyen el mejor pasaje de todo el cine de Tarantino, y este pasaje explicita, sesgadamente, una tesis: la violencia es primero un discurso, luego una acción física. De esta matanza surgirá una sobreviviente, Shosanna, quien se convertirá en dueña de un cine de arte.

Los cuatro capítulos restantes se articulan en torno a dos planes simultáneos para matar al Führer, que asistirá a la première de “El orgullo de la Nación”, dirigida por su ministro de propaganda, Goebbels. La cinéfila Shosanna planea convertir el celuloide en pólvora y el cine en cámara de fuego. Mientras tanto, los “bastardos sin gloria”, la pandilla secreta liderada por el descendiente de apaches Aldo Raine (Pitt) y sus secuaces judíos también sueñan con asesinar en el mismo escenario al obsceno mandatario de bigote.

Tarantino es un auténtico transgresor. Mientras Hollywood consolida un nuevo género, el cine del Holocausto, y reescribe y normaliza el Holocausto en sus propios términos, Tarantino se resiste a este gesto reconciliador entre el pasado y el presente. De La lista de Schindler a Desafío, se trata de instaurar un relato humanista del horror, y es por eso que Spielberg y sus seguidores son meros historiadores sensacionalistas.

En su libertad irresponsable, Tarantino no apuesta por la reconciliación, y, como si canalizara el espíritu combativo e intolerante del Viejo Testamento, ametralla y carboniza en 1944 a un sujeto histórico cuyo fantasma todavía sigue merodeando.

Nota: escribí esta crítica antes de leer la nota de Nicolás Prividera que publicó aquí y precede a esta crítica. Solamente sabía que no le había gustado y que su crítica sería negativa. Sinceramente pensé que mi recepción del filme habría de ser igual; siempre me ha molestado la estetización de la violencia en el cine de Tarantino, rasgo que no deja de estar ausente en Bastardos sin gloria, aunque el gore esté menos presente en este film. Si bien creo (críticamente) en la política de los autores, no obstante siempre pretendo pensar la película con cierto grado de autonomía, más allá de la firma que siempre condiciona, mucho más de lo que pensamos. Nunca me he ha interesado el cine de Tarantino, y su influencia en la escena contemporánea no me parece precisamente edificante. Sin embargo, Bastardos sin gloria es un film importante, y en la crítica, más breve que la de Nico,  intenté explicitarlo. Aunque creo que la posmodernidad es un macguffin, como solía decir un filósofo acusado de posmoderno, entiendo muy bien el señalamiento de Nicolás, y no deja de ser pertinente y necesario discurrir sobre la distancia irónica respecto de la crueldad que Tarantino le regala a sus fans a lo largo del film.

 Copyleft 2009 / Roger Alan Koza

Esta crítica fue publicada en otra versión por el diario La Voz del Interior en el mes de septiembre de 2009

BASTARDOS SIN GLORIA (1)

Septiembre 7, 2009

Sobre el cine de Quentin Tarantino

Por Nicolás Prividera

“Esta película es una basura, irresponsable, incoherente, estúpida, como sus personajes. Terminemos de vender humo”, dice un anónimo comentario de la crítica publicada en el site otroscines http://www.otroscines.com/criticas_detalle.php?idnota=3149 (una de las innumerables críticas elogiosas que ha tenido el último film de Tarantino por estas playas). Y a ese mecánico elogio apunta también la ira de otro comentario: “Déjense de joder con Tarantino, le perdonan todo. La película no tiene una sola idea, es absolutamente monocorde, infectada de todos sus cliches. Es chatarra para la manada. Aparte es pelotuda e inmoral. El problema es que si ganás en Cannes podes hacer cualquier basura de por vida. Si esto lo hubiera hecho otro director ya lo hubieran fusilado, pero es cool hablar bien de Tarantino”.

Y sí: es tan cool hablar bien de Tarantino como hablar mal en los anónimos comments de los blogs. Claro que también se puede intentar ser crítico, incluso siendo un mero comentador de blog (no digamos ya un reputado crítico) y usar la potencia del lenguaje para el debate de ideas, como intentan los citados aunque no puedan dejar de caer en la pura violencia verbal. Y algo de eso sucede también con los films de Tarantino: la potencia del lenguaje (cinematográfico) se vuelve contra sí misma, para disolverlo con gozosa violencia. (A esta altura, podemos decir que con Tarantino la abyección se ha vuelto cool). No es casual entonces que el cine de Tarantino se encuentre finalmente con la cinéfila fascinación del fascismo (y que su más logrado personaje –premiado en Cannes- sea el nazi más cool de la historia del cine…). Veamos:

1.

El sobrevalorado Tarantino parece ocupar, pese a sus acciones en baja en el campo cinematográfico, el simbólico lugar que la historia (del cine) reserva a los grandes directores que condensan un espíritu de época: ese sitial lo ocupan aquellos realizadores en cuya obra irrumpe, a través de la forma, un problema de fondo (en este caso, la eclosión de la posmodernidad), para el que sus films parecen proponer una salida (más certera que la de sus malos imitadores), pero que en realidad no es sino una mera exacerbación del problema, ya que la verdadera resolución sólo logran alcanzarla los genios (no los talentos), si es que logran trascender los límites de su época. Y pese al ciego o (auto)complaciente fervor de los admiradores que aún le quedan, es claro que no es el caso de Tarantino: no se trata de un genio wellesiano sino más bien de un talento griffithiano, cuya obra resume y condensa las posibilidades de su tiempo. Lo que en una época decadente no es mucho decir…

El exacerbado cine de Tarantino hace su aparición cuando el cine norteamericano vive su última gran crisis (luego de su renacimiento durante los ’70 y su  descomposición en los ’80). Pero si en un primer momento Reservoir dogs o Pulp fiction podían parecer su revitalización, más de una década (y varios films) después se revelan más bien como la marca de su irreparable caída. Pues esas películas no logran superar (ni se lo proponen) lo irremediablemente pasado, sino que reflejan la conciencia de una era terminada (ya sin nostalgia, sino entregada a la euforia amoral de los ’90), con la asunción del fin de los grandes relatos y su sentido de la Historia: eso que conocemos como posmodernidad, y que el cine de Tarantino condensa como ningún otro.

Sus películas de la última década demostraron su verdadero rol como liquidador de la gran tradición clásica de Hollywood (que culminó en esos ’70 revisitados -en su versión pop más conservadora- en Jackie Brown, Kill Bill y Death proof). Claro que también para ese ejercicio de demolición reaccionaria hay que tener talento, y Tarantino indudablemente lo tiene: eso es lo que lo coloca a la cabeza de su clase (entre los cultores de la disgregación devenida en degradación), como los personajes de Pitt y Waltz en la película cuyo nombre evoca el destino de su estirpe: Bastardos sin gloria.

2.

El incontinente Tarantino actúa (a veces literalmente) como sus personajes: es un jovial atracador. En su defensa suele decirse que su saqueo juguetón y anárquico de los géneros clásicos se opone al de la fría máquina de hacer remakes en que se ha convertido el Hollywood actual. Pero aunque Tarantino no pase (ni pose) por un ejecutivo que lucra remixando el glorioso catálogo de su estudio, no deja de ser su asumido hermano bastardo: el hijo hippie que creció como dependiente de la cadena de videoclubes mientras sus hermanos yuppies (los Weinstein) manejaban el negocio; y que si luego se asoció con ellos para comercializar su películas, no lo hace (sólo) por un suculento puñado de dólares sino por amor al cine… Pero aun cuando así se (lo) quiera diferenciar de la nobleza bastardeada (como la de los hermanos Scott, entregados a la insípida maquinaria industrial- y de tanto bastardo sin nobleza -como su protegido Eli Roth, ejecutor de la tortuosa saga Hostel-), lo único que demuestra su condición de cinéfilo es que el plebeyo amor por el cine puede convertirse en perversión.

Porque la cinefilia (como cualquier filosofía vital que se pretende pura) no más es un amor destructivo cuando se la separa de la ética. Eso (entre otras cosas) es lo que nos enseña el cine clásico. Y Tarantino es su asumido slasher: no  pretende sostener la fe de sus mayores (como Michael Mann), para intentar salvar lo que queda de la venerable tradición de Hollywood, sino que se divierte jugando con sus ruinas. En cierto modo, se podría decir que si Eastwood es el paradójico gran último cineasta clásico (ya que es el mejor enterrador de la tradición: ver la nota El extraño caso de Mr Eastwood http://ojosabiertos.wordpress.com/2009/02/05/el-extrano-caso-de-mr-eastwood/), Tarantino es el paradójico gran último cineasta posmoderno (si es que la posmodernidad llega pronto a su fin…).

3.

El excesivo Tarantino rompió las formas (en todo sentido) de la tradición de Hollywood, al destruir con lenta minuciosidad la mesura clásica (y abrirla literalmente a su venerado explotation): al mostrar un asesinato con un bate de béisbol o extracciones de cuero cabelludo en primer plano, reivindica de film en film lo que sólo parecía una forzada escena de tortura en su opera prima (y que sólo fue el inicio de una abyección continuada hasta al hartazgo por sus imitadores). A la vez, paradójicamente, su obra pareciera buscar el centro de la construcción clásica, al (re)poner como centro lo elíptico y episódico (según la gran lección de Citizen Kane). Pero se trata de un movimiento (dialécticamente) falso:

Pues lo que en la primera generación de la autoconciencia (Welles) era abierta potencialidad –en tanto reconfiguraba el paradigma griffithiano para abrirlo al cine moderno-, y en la segunda (Godard) abierta crítica –en tanto deconstruía el paradigma wellesiano para hacer una crítica de la modernidad-, en la generación posmoderna que Tarantino representa no hay intento de reconfiguración crítica ni de resolución dialéctica: los opuestos se anulan. Es un cine de la implosión.

Y ese juego pendular entre el exceso y la discreción (ya presente en su primera y mejor película, entre la elisión de la escena del asalto y la  exhibición de la escena de tortura), si por un lado parece insuflarle cierta respiración (artificial) al clasicismo, por el otro lo desarma y sangra desde la raíz. Porque Tarantino sabe bien (tal vez mejor que nadie en el cine contemporáneo) que el cine es ante todo un arte que se juega en esa tensión entre elipsis y expansión. Y su poética se basa en hacerlas chocar, elidiendo a la vez (en esa muda explosión) precisamente aquello que el cine clásico erigió como central: la imagen-movimiento.

4.

Para el insular Tarantino el movimiento es apenas la deflagración que lleva de un estado de tensión a otro: por eso el eje de sus films son esos momentos de detención que cualquier cineasta americano consideraría como mera “transición”. Pues aun sus momentos de mayor acción (como los que enhebran el movimiento espasmódico de Kill Bill), no son más que expansiones de esa tensión contenida (como el largo prólogo a los duelos en los spaghetti western). Y es que el verdadero centro de la escena es ese tiempo “muerto” entre descargas (como si Leone filmara una película de Antonioni): por eso su epítome son esas largas conversaciones aparentemente banales que aplazan el inevitable estallido (y cuya raíz profunda se remonta a The Killers de Hemingway, de quienes los asesinos de Tarantino son su  verborrágica y dispersa encarnación posmoderna).

Su asumida banalidad del mal reduce esa superficie discursiva (ese iceberg hemingwayano) a un nihilismo ya no trágico sino exultante: los antihéroes no creen en nada… salvo su discutida pasión plebeya (las mil variaciones del pop, defendido con la vehemencia demencial de un artista frustrado a punto de dar un putsch en una cervecería: los antihéroes de Tarantino sacan su revolver cada vez que oyen la palabra cultura). Y es que la violencia ya no es un medio sino un fin: la violencia es una pasión más. Como la cinefilia…  No es extraño entonces que para Tarantino no parezca existir una realidad fuera del cine (alejado ya de su clásica relación de exterioridad con el mundo), ni que esa estetización de la vida termine inevitablemente en la tentación fascista.

5.

El demagógico Tarantino hace implosionar la tradición del cine clásico de Hollywood, que fue ante todo un paradójico arte del escapismo (que permitía a quienes lo dominaban –según la gran lección de Ford- escapar del arte “escapista”): una forma de enfrentarse con lo real (allí donde la realidad –según el positivismo del siglo XIX que había dado origen a la técnica cinematográfica- empezaba a desvanecerse), en un momento en que el mundo tambaleaba entre dos guerras mundiales (que fueron en realidad una sola gran guerra, mediada por una larga elipsis), para proponer otro mundo posible (sin negar la realidad). Por eso el cine clásico podía burlarse de un dictador (como lo hizo Chaplin), pero jamás se hubiera atrevido a matarlo: el cine podía sublimar lo real (y ser una “fábrica de sueños”), pero no pretendía sustituirlo. Esa mesura constituyó la base de su gloria.

Y ese es uno de los motivos por los que la irredenta épica cinematográfica vuelve una y otra vez a la gran guerra, a buscar la gloria que perdieron (la guerra y el cine clásico). Es el caso de Spielberg (otro bastardo heredero del clasicismo): aunque no es lo mismo Saving private Ryan que Schindler’s list (tan distantes entre sí como el sacrificio de la Shoa), ambas  películas convertían a la guerra en una batalla tanto física como metafísica. Pero Tarantino está tan lejos de Spielberg (que vanamente intenta revivir una y otra vez el It’s a Wonderful Life de Capra), como de Fuller (que aun en el sinsentido de la guerra encontró el estoicismo final de The Big Red One). Aunque quizás la gran diferencia es que Fuller vio la guerra de cerca, mientras que Tarantino sólo la vio en el cine (al igual que Spielberg, quien todavía intenta conservar –aunque de modo simétricamente hipócrita- una fachada humanista para su defensa del imperio cinematográfico, o la defensa cinematográfica del imperio).

El impasible Tarantino, en cambio, es un asumido mercenario (y en eso al menos es más honesto que Spielberg). El cine es su única patria: no le interesa cuestionar la roja insignia del valor, sino vanagloriarse de la dorada palma obtenida en Cannes. “Los franceses respetan a los directores” dice la heroína de Inglourious Besterds, y ese es el problema: los autores triunfaron sobre la política (es decir: ya no hay política sino autores…). No es que Hollywood haya conquistado Francia, sino que Francia no opuso resistencia (una vez más). Así se escribe la Historia (del cine).

6.

El inmoral Tarantino se identifica tanto con la obcecada estupidez del capitán americano (digna de los Hermanos Coen) como con el refinado pragmatismo del oficial nazi (tan lejano al de Stroheim-Renoir en La gran ilusión): no es más que una glorificación del mal de la banalidad  (más que de la banalidad del mal), del mismo modo en que el incendio final del cine es una metáfora del propio cine de Tarantino (y cómo su sueño de cambiar la Historia ni siquiera logra conmover la historia del cine).

Pues el incauto Tarantino es un Sansón ciego derribando sobre sí mismo el templo del fariseísmo cinematográfico. Su logro (nada difícil en una época como la nuestra) es ocultar su vacuidad moral a través de un artificio formal (su aséptico y escéptico uso de la elipsis y la disolución, cual trituradora empeñada en diseminar –aun más- las ruinas del cine clásico). Y eso es finalmente la posmodernidad: no la nostalgia del clasicismo ni su superación moderna, sino sólo una conversación tan brillante como banal que encubre su arrogada y arrogante violencia exhibiéndola con gesto cool. Ese es el lenguaje del fascismo (y el fascismo del que es capaz el lenguaje cuando relega sus principios): tanto más terrible cuanto más trivial parece.

Fotos: 1) Caricatura de QT; 2) Póster de Bastardos sin gloria; 3) Welles en Touch of Evil; 4) Tarantino en Cannes; 5) The Big Red One

Copyleft 2009 / Roger Alan Koza

EL PRIMER AÑO DE NUESTRA VIDAS

Septiembre 5, 2009

**** Obra maestra  ***hay que verla  ** Válida de ver  * Tiene un rasgo redimible ° Sin valor

Por Roger Alan Koza

UN ÁLBUM FAMILIAR

El primer día del resto de nuestras vidas / Un conte de Noël, Francia, 2008.

Dirigida por Arnaud Desplechin. Escrita por A. Desplechin y Emmanuel Bourdieu.

*** Hay que verla  

La segunda película de Desplechin que se estrena en el país, quizás no esté a la altura de Reina y reyes, su precedente, pero su estreno es un buen indicio de que todavía se puede ver películas de realizadores arriesgados y personales en una cartelera dominada por la imbecilidad norteamericana en todas sus expresiones.   

La familia, esa institución sacrosanta, esa militancia obstinada por perpetuar un apellido junto con sus mitos, historias y costumbres, es el tema predilecto de varias películas de Desplechin, uno de los directores galos más talentosos de su generación. Su mirada no es despiadada, tampoco apologética: la familia es un club genético que no se elige, pero que define gran parte de lo que somos.

Un padre habla de su hijo muerto y confiesa que ya no siente dolor. En segundos, el prólogo prosigue a través de una voz en off y unos títeres que se mueven sobre un fondo pletórico de símbolos. La novela familiar nace de una tragedia: Abel y Junon tuvieron cuatro hijos. El primogénito desarrolló un cáncer sanguíneo, y solamente un trasplante de médula podía salvarlo. Como ninguno era compatible, llegó un cuarto hijo, como última esperanza. Años más tarde, Junon también enfrentará el mismo caso de leucemia. Bajo estas circunstancias, se presenta a los Vuillard, una clásica familia burguesa asentada en Roubaix, cerca de la frontera con Bélgica, y protagonista excluyente del filme.

Como en todas las familias, hay secretos, resentimientos y enfrentamientos. Una de las hermanas, Elizabeth, por ejemplo, ha dejado de ver a uno de sus hermanos, Henri. Todos se han casado, algunos han tenido hijos. El film se estructura a propósito del calendario familiar por excelencia: la fiesta de Navidad y el reencuentro de toda la familia, pero también por pedido de un adolescente en crisis, hijo de Elizabeth, que invita a su tío Henri. Habrá revelaciones diversas, aunque la franqueza verbal es la regla de la familia. Ir a una disco y a una iglesia, ver películas, practicar jogging, escuchar jazz son algunas de las acciones que se articulan con un problema acuciante: el trasplante de médula para Junon.

Como siempre ocurre en Desplechin, su cine visceralmente moderno sugiere un estado psíquico. Su estilo narrativo parece liberarse de las convenciones de tal modo que un estado de ánimo surge de acciones y situaciones. Diríase que estamos ante una especie de cubismo narrativo: la dispersión y los fragmentos constituyen un centro de gravedad narrativo, y sus intérpretes excepcionales jamás adquieren un protagonismo exclusivo, a pesar de que estrellas como Catherine Deneuve, Mathieu Amalric, Chiara Mastroianni y Emmanuelle Devos suelen participar de sus películas.

Hay varias secuencias extraordinarias: la aparición de un lobo en un living, un espejo que no devuelve la imagen esperada, una sesión de música electrónica, un viaje microscópico. El pasaje más conmovedor es aquel en el que el padre lee en voz alta el prólogo de la Genealogía de la moral de Nietzsche para consolar a su hija, mientras se ven las calles vacías de la ciudad: “Somos desconocidos para nosotros mismos. Incapaces de comprendernos. Arrastrados por nuestras preocupaciones, nunca somos buscadores de conocimiento”.

Copyleft 2009 / Roger Alan Koza

Esta crítica fue publicada en otra versión por el diario La Voz del Interior en el mes de agosto de 2009

UNIDAD 25

Septiembre 1, 2009

**** Obra maestra  ***hay que verla  ** Válida de ver  * Tiene un rasgo redimible ° Sin valor

Por Roger Alan Koza

CORDEROS DE DIOS

Unidad 25, Argentina, España, Francia, 2008.

Escrita y dirigida por Alejo Hoijman.

*** Hay que verla  

Este documental que triunfó en el BAFICI 2008 elige un tipo de aproximación problemática para un fenómeno social proclive al desdén y la sospecha, y aun cuando en dos oportunidades la película afirma su punto de vista, no obstante la ambigüedad y la indeterminación semántica sobrevuela el film, lo que puede ser concebido como virtud y paradójicamente también como debilidad ideológica.  

El primer minuto del plano inicial de la película se circunscribe a un primer plano de un rostro. Simón Pedro permanece en el cuadro por unos instantes hasta que lentamente la cámara gira hacia la derecha y revela que el “protagonista” está en una unidad policial rumbo a una cárcel.

Por voluntad del Altísimo o por el requerimiento de su hermano, este recluso de 18 años es uno de los 250 presidiarios que habitan la Unidad 25, una suerte de paraíso evangelista que funciona en el correccional Olmos en la provincia de Buenos Aires, caso único en Latinoamérica. El problema es que Simón no es creyente, al menos su conducta indica indiferencia, y en esta iglesia de rejas la moderación no es precisamente una virtud. Unidad 25 seguirá su proceso de conversión, o cómo una comunidad articulada en un conjunto de creencias se introyecta en la intimidad de un convicto hasta que nace, supuestamente, un nuevo hombre.

Tras 4 años de trabajo, Hoijman y su equipo deambulan como un espíritu por las celdas, los pasillos, los lugares de recreo. Rara vez alguien mira a la cámara, a pesar de que Hoijman registra todos los procedimientos rituales, el funcionamiento institucional y algunas conversaciones “profanas”. Como todo documental de modalidad observacional, Unidad 25 evita las entrevistas y la voz en off; el discurso surge de la puesta en escena: lo que se muestra y cómo se muestra implica una perspectiva específica y expone la conciencia del director. De lo observacional no se predica neutralidad, y es por eso que dos planos separados de unas hormigas en fila contrastan con el retrato de los presos. Es una metáfora innecesaria.

Pero el trabajo de Hoijman es notable. Unidad 25 triangula su relato en la interacción entre Simón, sus compañeros y la arquitectura de este templo heterodoxo. Los planos generales de la Unidad 25, las expresiones faciales de Simón y el enérgico comportamiento de sus compañeros materializan una experiencia intangible: tener fe.

Es un lugar común de la clase media despreciar los cultos evangélicos, una religión que prende en los márgenes de la sociedad. Hoijman sortea el sarcasmo a través de su elección formal y respetuosamente plasma una práctica. Como trapenses y cartujos, estos “monjes” involuntarios también poseen su liturgia: rezan, cantan y leen las sagradas escrituras. Si bien los cánticos distan de ser gregorianos y parecen más un himno adaptado de la popular de Boca, o si bien aquí las exégesis bíblicas desconocen el carácter simbólico de la palabra divina, se trata de una praxis legítima, nos guste o no.

¿La religión como el opio de los presos? Puede ser, si se analiza desde una perspectiva sociológica, acaso necesaria. Pero ocurre que la pobreza es una experiencia literal, y en una cárcel (una institución siempre perversa) el consuelo también debe serlo: creer sin saber que se cree. El debilitamiento de la razón es proporcional a la progresión infinita de la pobreza.

Copyleft 2009 / Roger Alan Koza

Esta crítica fue publicada por el diario La Voz del Interior en el mes de agosto de 2009