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LAS DISTANCIAS DEL CINE / JACQUES RANCIÈRE

septiembre 2, 2012

LA SABIDURÍA DEL AMATEUR

Por Roger Koza

Las distancias del cine es un libro intelectualmente exótico, inclasificable, huidizo; puede resultar demasiado específico para los amos del concepto, los filósofos, una familia a la que Jacques Rancière, sin duda, pertenece. Ellos podrán reconocer de inmediato la arquitectura conceptual, los modos de argumentación y la jerga y el estilo de una tradición nacida de esa década gloriosa, la del ’60, cuando despuntaron en París pensadores de una creatividad insólita.

Para esa generación la experiencia de la cinefilia no fue ajena, ya que constituía un imperativo de época y una cuestión de juventud. Sin embargo, después de un tiempo, las cercanías entre el cine y la filosofía no fueron invariables. En ese sentido, los lectores filosóficos, quienes busquen al Rancière de El desacuerdo y El maestro ignorante, hallarán un libro demasiado dependiente de la imagen, demasiado cinéfilo si se quiere. ¿Quién ha visto las películas de los Straub y los musicales de Minnelli?

En el capítulo 4 de la segunda sección (“Las fronteras del arte”), Rancière consigue una aproximación puntillosa a los intentos del gran cineasta Roberto Rossellini de llevar a la televisión la experiencia filosófica, no sólo con el propósito de ilustrar el concepto sino también de “presentar cuerpos de filósofos, cuerpos que dan testimonio de lo que es la filosofía como experiencia vivida en intervención concreta”. Así, en el análisis de los filmes filosóficos (y televisivos) de Rossellini, como Cartesius y Blas Pascal, el lector filosófico se encontrará a gusto, aunque una mirada atenta podrá detectar que el gran artículo filosófico del libro es el capítulo primero de la sección “Después de la literatura”, en donde el autor analiza la tensión entre el legado de la literatura y su (im)posible superación, a propósito de Vértigo de Hitchcock, El hombre de la cámara de Vertov y la Historia(s) del cine de Godard, uno de los puntos más altos del libro. Aquí, la vieja idea de Deleuze sobre “el cine como una teoría del movimiento mismo de las cosas y el pensamiento” parece actualizarse.

Algo similar puede suceder con el amante del cine, incluso con el especialista. Inmediatamente reconocerá la vertiente cinéfila de Rancière, que, explícita desde la introducción misma, denota una vasta experiencia y una total vigencia. No sólo se analiza Mouchette, la magistral pieza de Bresson, y se problematiza el ascetismo dramático del mítico director, basado en su concepto de modelo como purga del psicologismo y teatralidad característicos de los actores, sino que los filmes citados implican una total actualidad de Rancière como hombre de cine. ¿Qué libro de estas características puede incluir en su discusión películas recientes como Road to Nowhere de Monte Hellman y Satantango de Béla Tarr? Y aun así el cinéfilo tendrá que hacer un esfuerzo, pues aquí los ojos son hijos dilectos del Logos.

La naturaleza inestable del libro, lo que puede dificultar su lectura, es precisamente su virtud. La libertad es soberana. En un pasaje clave, Rancière se desnuda y se define como amateur: “La política del amateur afirma que el cine pertenece a todos aquellos que, de un modo u otro, han viajado al interior del sistema de distancias organizadas por su nombre, y cada cual puede autorizarse a trazar, entre tal o cual punto de esa topografía, un itinerario singular que agrega al cine como mundo y a su conocimiento”. Aquí las distancias son las que existen entre el cine y el arte, el cine y la política, el cine y la teoría. Las tres secciones del libro intentan producir un instante de relámpago que ilumine zonas de intersección entre esas distancias. La clarividencia del método amateur alcanza su esplendor cuando Rancière analiza la obra del mayor cineasta de la actualidad: el portugués Pedro Costa. En los párrafos dedicados al director de Juventud en marcha y En el cuarto de Vanda, en la sección “Políticas de los filmes”, las distancias del cine sobrevuelan toda la escritura. En el análisis de un pasaje inolvidable en el que Ventura, un viejo inmigrante de Cabo Verde, visita un museo de Lisboa en cuya construcción participó, Rancière enseña a mirar la política del realizador, su extraño vínculo con el cine popular, su estética ligada a otras vertientes del arte. Aquí, justamente, se lee uno de los pasajes más bellos y representativos de la sabiduría del amateur: “Al poner a Ventura en ese decorado, Pedro Costa también le hace adoptar un tono a la manera de los Straub, el tono de la epopeya de los descubridores del mundo. El problema no es abrir los museos a los trabajadores que los construyeron, es hacer un arte a la altura de la experiencia de esos viajeros, un arte originado en ellos y que ellos puedan a cambio compartir”.

A no dudarlo: Las distancias del cine es un libro de amor. Cinefilia y filosofía, o cómo amar la materia del mundo a través de las imágenes que al ser pensadas devienen en conceptos.

Las distancias del cine /Jacques Rancière, Ediciones Manantial, 144 páginas

Esta crítica fue publicada en otra versión en Ciudad X, suplemento de cultura de La voz del interior en el mes de agosto 2012

Roger Koza / Copyleft 2012

CINE CONTRA ESPECTÁCULO / JEAN-LOUIS COMOLLI

junio 3, 2011

LA SUJECIÓN INDISCRETA

Por Roger Koza

Un caso extraño: se acaba de estrenar la tercera película de Ana Katz, Los Marziano (título que remite a cierta tradición televisiva asociada al costumbrismo), interpretada por actores que pertenecen más al reino de la pantalla chica que al universo del cine. La seducción de la propuesta es evidente: una comedia, Francella, el fantasma de Campanella y el Oscar. Sucede que el filme es un caballo de Troya. Sus prendas indican espectáculo, pero al desnudo Los Marziano es otra cosa. Sus planos son lentos (sus travellings tienen la velocidad de un caracol), sus encuadres extraños (planos generales, planos en picado), su relato inconcluso (la elipsis es una regla). Este formidable filme sobre la irracionalidad del enojo entre seres queridos irrita al público. No muy lejos de los perros de Pavlov, el espectador se siente estafado, pues “no tiene final”, “es lenta”, “no pasa nada”, “no explica la pelea entre los hermanos”.

Tal descripción sintetiza en clave popular la compleja tesis que el crítico Jean-Louis Comolli despliega a lo largo de su libro Cine contra espectáculo, dividido en cinco capítulos de reciente publicación, y seguido por seis artículos de la década del ’70, la época roja de la mítica revista Cahiers du Cinéma, bajo el título Técnica e ideología. Ambos libros son textos de combate. El enemigo es el mismo de antaño y tiene un nombre preciso, espectáculo, aunque no se trata de un sujeto definido, ni singular, ni colectivo.

En efecto, el espectáculo y sus dispositivos, adversario difuso pero deletéreo, al menos para Comolli, constituye una práctica política concomitante al capitalismo. La política es espectáculo y viceversa, como anunció el profeta Guy Debord hace 40 años. En efecto: todo es imagen, todo es mercancía, y los modos de representación y venta proponen una velocidad y una textura de la imagen, en consonancia con un trabajo sonoro que se traduce en formas audiovisuales. Se trata de un sistema de modulación (falsamente) universal en el que se yuxtapone la televisión, la publicidad y el cine, y en donde aprendemos incluso a “amar la alienación misma”. Destituir la servidumbre audiovisual y su goce correspondiente implica pensar la forma (cinematográfica). Dice Comolli: “Esta lucha debe hacerse contra las formas mismas que el espectáculo pone en acción para dominar. La lucha de las formas se oculta en la mayor parte de las formas de lucha”.

Comolli parece ser un sobreviviente radicalizado de un orden simbólico pretérito, un testigo de otro tiempo, acaso un nostálgico trasnochado, que cree que el cine aún puede emancipar a sus fieles, o, mucho mejor, construir un espectador crítico, no sólo del cine que ve sino de las prácticas que el cine hace visibles. Los grandes maestros de siempre (Ford, los Straub, Kiarostami, Godard) han enseñado a mirar y a escuchar; sus películas funcionan como una pedagogía de la percepción.

Al asumir tal posicionamiento, Comolli habrá de revisar conceptos clave. Dilucidar cómo opera el cine respecto de lo real es su primer objetivo. Mundo e imagen no son ontológicamente equivalentes. El cine pone en marcha una mediación entre lo real y lo representado, pero ese procedimiento queda borrado en el resultado que vemos. De ahí en adelante, Comolli fijará su atención en el relato, los encuadres, el fuera de campo, el lugar del documental, la historia política de los avances técnicos del cine.

Si en Técnica e ideología Comolli analizaba a fondo la profundidad de campo, décadas después su interés pasa por pensar la naturalización y mercantilización de los jump-cuts, una modalidad de corte (y montaje) explorada como nadie por Godard, que insólitamente será luego incautada por la lógica televisiva, lo que da lugar a lo que el autor denomina una estética de la abreviación.

El viejo crítico de los Cahiers no cederá a la tentación de formular un elogio de la lentitud. Más bien preferirá pensar y dejar el encomio a quienes se conforman con el deleite estético. La duración de un plano es políticamente inofensiva, si no se piensa su correlato extracinematográfico. Dice Comolli: “El tiempo del filme remite al tiempo del espectador que remite al tiempo conocido fuera de las salas cinematográficas… Por eso la cuestión de las duraciones es directamente política. La guerra está en el tiempo”.

Cine contra espectáculo seguido de Técnica e ideología (1971-1972) / Jean-Louis Comolli, Manantial, 268 páginas

Esta crítica fue publicada por la Revista Ciudad X en el mes de mayo 2011

Roger Koza / Copyleft 2011

120 HISTORIAS DEL CINE / ALEXANDER KLUGE

marzo 22, 2011

NOTICIAS DESDE LA ANTIGÜEDAD CINEMATOGRÁFICA

Por Roger Alan Koza

Alexander Kluge es, junto con Jean-Luc Godard, el cineasta que mejor ha comprendido la Modernidad del cine, su relación con la Historia y, principalmente, los vínculos secretos entre la imagen cinematográfica y las operaciones complejas que se suscitan en ese órgano todavía enigmático que es el cerebro.

Quien haya visto alguna vez los famosos programas televisivos de Kluge (que cree en la televisión de autor), sobre todo sus entrevistas, podrá apreciar un sistema dialógico disperso cuya lógica, en una primera visión, podrá resultar antojadiza y heteróclita, aunque una mirada atenta podrá constatar un modelo de asociación singular en el que Kluge va a la búsqueda del pensamiento en su momento de descubrimiento: un cazador del acontecimiento, un intérprete del devenir. Kluge busca, insiste, pregunta, asocia y encuentra. Un ejemplo soberbio se puede leer en las notas y referencias del capítulo 7 de 120 historias del cine. Lo que se lee es la transcripción de un diálogo televisivo entre Godard y Kluge.

Dividido en 7 capítulos, una introducción precisa y lacónica a cargo de Carla Imbrogno y una entrevista especialmente realizada por Imbrogno para la publicación en español, un aporte significativo pues ese apéndice ilumina la secreta arquitectura simbólica de la obra, 120 historias del cine posee ese estilo errático y a la vez elegante del trabajo del autor en televisión: no hay centro y una prosa nomádica se sustrae a la interpretación ordenada y sistemática. Lo que sucede con sus filmes y sus programas televisivos, también sucede con su libro. ¿Se trata entonces de un manual de historia, o acaso de una glosa de los acontecimientos centrales del arte cinematográfico? No, definitivamente no. El título podría sugerir una conexión directa con la monumental obra en video de Godard en la que éste demuestra cómo el cine ha sido la materia y la memoria del siglo XX. Las historias del cine de Kluge quizás compartan el espíritu de esa obra fundamental de Godard, pero trabaja en otro sentido.

En primer lugar, son historias anecdóticas que a veces toman la forma de un cuento breve o de un cuaderno de anotaciones personales. Relato, diario íntimo, crónicas de un viaje, el del cine. Kluge asume la primera persona de muchos de sus protagonistas, e incluso inventa a menudo un interlocutor imaginario que lo interroga sobre un evento u ocasión determinada. Los protagonistas pueden ser nombres desconocidos, actrices famosas del cine mudo, filósofos, científicos y grandes cineastas: Walter Benjamin, León Trotsky, Oskar Negt, Fritz Lang, Joris Ivens, Federico Fellini, entre otros. En una de las historias, Kluge es un protagonista ineludible: la genealogía y constitución del Manifiesto de Oberhausen (1962), el gesto fundacional del Nuevo Cine Alemán. Y su relato sobre la destrucción del cine Capitol, el 8 de abril de 1945 (fue testigo de esto, a los 13 años), denota una precisión visceral y cinematográfica.

En estas crónicas anárquicas y misteriosamente lineales, Kluge se vale de una clarividencia que remite más a un principio cosmológico que filosófico. Kluge afirma: “Para mí el «cine» es inmortal y más antiguo que el arte de filmar. Se basa en la comunicación pública de lo que nos «mueve por dentro»”. A esto Kluge lo denomina “el principio cine”. “Es tan antiguo como la luz del sol y las representaciones de luz y oscuridad en nuestras mentes”. Estas declaraciones articulan el resto de las historias, casi imperceptiblemente. En efecto, la invención de la cámara no es otra cosa que la prolongación de nuestra condición óptica, que define un poco nuestra especie. Desde esa perspectiva el cine mutará siempre, y jamás desaparecerá. Las últimas páginas de 120 historias de cine discuten con nuestro tiempo digital y “el cine de confección”, una expresión textil sobre el cine dominante. Lo que importará siempre es ver cómo el cine y su polimorfa evolución tendrán (o no) consecuencias sobre lo que Kluge llama “esfera pública”, allí donde la intimidad es atravesada por un orden simbólico y el poder como discurso.

Sin duda, el encuentro entre Kluge y el premio Nobel Eric Kandel es uno de los puntos más altos del libro. Aquí, la neurología y el cine se dan cita: ¿qué sucede con nuestro cerebro ante la imagen en movimiento? Una impresión polifónica en donde el trabajo sobre la percepción es activo, y con la que el cerebro fabrica otra película. El cine, parece sugerir Kandel, es una interesantísima gimnasia para nuestro órgano pensante. E incluso más: ¿qué sucedería si la historia del cosmos viajara como imágenes en movimiento? Esta historia, en la que participan el jurista Félix Eberty y Albert Einstein, gira en torno a una especie de cine cósmico universal.

Para el cinéfilo, el delirante proyecto místico entre el cineasta ruso Andrei Tarkovski y Alexander Kluge quizás justifique la lectura del libro. ¿Cómo no sorprenderse ante una empresa fallida de Tarkovski orientada a registrar con su cámara las entidades espirituales descriptas por teósofos y metafísicos como Helena Blavatsky y Rudolf Steiner? Tarkovski murió, y Kluge tan sólo pudo rememorar este episodio desconocido de la historia del cine. Su generosidad intelectual y su curiosidad podrían haberlo conducido a una exploración metafísica en el Tíbet en compañía del realizador de El sacrificio. Un destino extraño pero comprensible para un cineasta y pensador que todavía parece creer en el inacabado proyecto de la Ilustración, lo que no le impide ser un hombre libre dispuesto a filmar la transitoriedad de los hombres, los objetos, la tierra, la lluvia y el sol que nos ilumina.

120 historias del cine, Alexander Kluge, Caja Negra, 307 páginas

Esta crítica fue publicada por la revista Ciudad X en el mes de marzo 2011

Roger Alan Koza / Copyleft 2011

REFLEXIONES SOBRE CINE

marzo 9, 2011

EL CINE EN UN SENTIDO EXTRAMORAL

Por Roger Alan Koza

Las relaciones de la filosofía con el cine no son recientes. A principios del siglo pasado, Henri Bersgon, y unas décadas después Walter Benjamin, entendieron la importancia del cine como fenómeno popular y como perfeccionamiento y evolución de nuestra especie, centrada en la percepción visual. Lógicamente, cuando el cine devino en espectáculo algunos representantes oficiales del Logos vieron en él un sistema colectivo de barbarie, una modulación vil y banal de subjetividades destinada al embrutecimiento de las masas.

Pero muchos otros, herederos de Parménides y Platón, vieron en el cine algo fascinante y esencial del tiempo histórico en el que se desarrolló, un arte heredero de la revolución industrial cuyo poder intrínseco no es otro que el de trabajar en varios órdenes de la percepción y la cognición sobre dos categorías medulares de la filosofía: el espacio y el tiempo.

Es quizás la primera gran intuición que Clément Rosset deja entrever en su libro Reflexiones sobre cine. Este sofista contemporáneo, miembro del linaje “herético” que prefiere el aforismo al silogismo, la crueldad de la lucidez al confort metafísico, dice: “La similitud entre la percepción cotidiana y el guión técnico (découpage) cinematográfico es tan grande que podría razonablemente considerarse que, a fuerzas iguales, el segundo termina por influir sobre la primera”. Esta ósmosis entre el ojo y la cámara no siempre liberaría la mirada. El cine puede reproducir y representar, y por tanto ocultar, un orden social dado, pero también puede otorgar visibilidad a ciertas prácticas y aspectos de lo real inaprensibles para el ojo orgánico. Es lo que Rosset identifica en el cine de Godard como una suerte de extraño realismo integral, pues Godard, según el autor, halla en la realidad bruta cierto matiz fantástico. Diríase entonces que el cine puede capturar “un atisbo fugitivo de lo real”, el excluyente objeto cinematográfico sugerido aquí por el filósofo.

Reflexiones sobre cine está dividido en dos secciones: una larga y amena entrevista con Roland Jaccard abre el libro; luego, 8 ensayos, que no son correlativos entre sí, van delineando algunas tesis sobre el cine en general, la representación del terror y la cuestión del doble. Hitchcock, Spielberg, Bresson, Godard, Clair, y algunas de sus películas, funcionan como ejemplos pertinentes para que Rosset vierta sus conceptos. “La otra realidad” y “El objeto cinematográfico”, primer y último ensayo de la segunda parte del libro, son los textos más valiosos y teóricamente densos.

Pero es en la entrevista en donde Rosset hace apuestas más fuertes. A contramano de la predilección cinéfila por el western, el filósofo advierte en el género, incluso si se trata de Río Bravo, de Hawks, un “brebaje moralizante, que catequiza e infantiliza al espectador imponiéndole su adhesión a una distinción pueril entre bien y mal, justo e injusto”. Rosset concibe el western como un instrumento didáctico en sintonía con el fanatismo y el crimen, de lo que infiere un síntoma y una cifra de la paradójica seducción experimentada por sus colegas en la década del ’70 por este género, en su mayoría simpatizantes de Mao y Lenin, y enemigos del imperialismo norteamericano.

En tres páginas gloriosas, Rosset propone una taxonomía (y una hermenéutica) de las lágrimas en el cine. Lloramos de risa, felicidad y tristeza. Pero existe una cuarta expresión del llanto que comporta una emoción de otro orden y una verificación del triunfo de lo viviente sobre la entropía. Dice Rosset: “Me emociono en el cine cada vez que hay una victoria de la vida frágil sobre la muerte inamovible, victoria de la energía vital sobre los potentes contrapoderes que se le oponen”. Quienes hayan visto el último plano de Rosetta, de los hermanos Dardenne, podrán saber rápidamente de qué habla Rosset.

Reflexiones sobre cine, Clément Rosset, El cuenco de plata, 126 páginas

Esta crítica fue publicada en la revista Ciudad X, en el mes de febrero 2011

Roger Alan Koza / Copyleft 2011

 

MDP (01) DESPUÉS DEL LIMBO

noviembre 15, 2010

Two years later: today’s cinema: a dialogue with Quintín

http://lalectoraprovisoria.files.wordpress.com/2010/11/img_1938.jpg?w=349&h=263

Por Roger Alan Koza

Finalmente, el libro Cine del mañana existe, cuya edición estuvo a mi cargo, se publicó, se presentó (la foto lo demuestra) y veremos si se vende. Me parece que quedó bien. No pudo ser bilingüe, aunque quizás la versión en inglés se suba a la web del festival de Mar del Plata y se pueda bajar en PDF. A continuación dejo la versión en inglés del diálogo con Quintín que cierra el libro. (Roger Koza)

***

Roger Koza: Two years have passed since a group of critics of different nationalities and generations sought to think out the future of cinema. This event called “Cinema of Tomorrow”, took place within the framework of the twenty-second Mar del Plata International Film Festival. To speak about the future of cinema may sound abstract also utopian and discouraging, however all participants insisted on distancing themselves from generalizations and on being specific. It was about understanding a number of situations that would shape the way we understand cinema, where we watch it, how we interpret it and what lines of discussions revolve around it.   How do you see Mar del Plata conferences today in the light of time gone by?

Quintín: I don’t think much has changed over the last two years as far as the general situation of cinema is concerned, particularly that which was tackled in the conferences, which dealt more with the present than with an abstract future. “Cinema of Tomorrow” was a somewhat pretentious title, a marketing strategy, if you will. The real intention behind these conferences was to make a diagnosis of what was going on with an eye on certain contemporary tendencies. Nobody showed up with a crystal ball; on the contrary, we intended to present very concrete subjects, tangible I would say; and even if these concerns were available to the common spectator, to try and distance them from the arts & entertainment sections and the way the press deals with cinema. In any case, it was about looking from a distance and providing food for thought; a pause in information technology onward rush and even in the dynamics of festivals, so focused on the new.

RK: Somehow, it seemed to me that these conferences were a follow-up to the Movie Mutations project, those epistolary exchanges between critics from several latitudes who had been initially brought together by Jonathan Rosenbaum. Those exchanges were first published in Trafic in 1997 and later expanded in 2001 within the framework of the BAFICI, where you worked as a new catalyst and master of ceremonies. This ended up as a book in Spanish (Cartas de cine, 2002) and its later definitive English version (Movie Mutations, 2003), which included the two collections of letters and additional essays written by other mutants. The purpose has always been the same: to analyze the transformations of cinephilia, which was also a way to think out criticism and therefore to map out the new tendencies of contemporary cinema. I had the impression that “Cinema of Tomorrow” was another chapter in that project; Rosenbaum and Peranson were there, and they had been, along with you, the main participants of Movie Mutations.

Q: The original project of Movie Mutations, the letters published in Trafic in 1997 which later had different spin-offs and follow-ups (among them, a second collection of letters that we published at the BAFICI), was very important for several reasons. To begin with, it meant the first cosmopolitan discussion among critics, a key detail that tends to be overlooked. Critics gathered, and still do, in national ghettos; and even though everybody keeps repeating that the language of cinema is universal, when I started travelling I found out that it was almost impossible for a Cahiers critic to really communicate with one from El Amante, or for Spanish and Italian critics to even pay attention to what was being said outside their own borders, while Americans were stuck on what was going on in Hollywood and nobody seemed to have ever spoken in public to an Asian, African or Australian critic. Being able to notice that lack – so evident and yet so overlooked- and attempting to correct it was Rosenbaum’s great achievement (we should add that communications have improved ever since). The letters in Movie Mutations intended to tear down national borders as well as bridge the generation gap, to bring together critics of different ages on the basis of each ones cinephile genealogy.  Sometimes, when it comes to determining likings and allegiances, that difference is crucial. I think this is increasingly the case and I believe that shortening distances between critics is becoming more and more difficult. Rosenbaum’s project was visionary in that sense too, by noticing that certain personal affinities and rejections (but often generational rejections) regarding the different chapters in the history of cinema, should be clearly stated beforehand in order to smooth the process of a productive dialogue. The Mar del Plata conferences were intended to bring together the experience of Movie Mutations but perhaps in a different way: calling upon the plural and international expression of critics, giving them a space they do not usually have in festivals where the ones who generally express themselves -not only through their work but in interviews, master classes and presentations- are the filmmakers; while producers, sales agents, etc.. also participate with their market decisions. However, experience shows that only critics have an independent view of cinema, unbiased by interests, even if those interests were a legitimate defense of the work itself. Directors, producers, salespersons, even programmers (there are exceptions, of course) have a biased view of the movie world. To have critics in Mar del Plata also aimed at giving them the space they are generally denied. That was something we always tried to do at the BAFICI: to break out of the idea that to invite critics to a festival is only good enough for “working the press”. I have always thought that giving critics a space, even one of privilege, provides a significant contribution to the quality of a festival.

RK: In the 2008 Atlas of the Cahiers du Cinéma, there is a dossier on festivals. Jean-Michel Frodon, current director of the Cahiers, says that festivals are the alter-ego of critics. What are festivals good for? What is the existing relation between festivals and critics? What does it mean to be a programmer? What is the role of an artistic director? And finally, what mutations are film festivals undergoing, that there are more and more of them and that they constitute a phenomenon that calls for clarification

Q: One of the latest unquestionable changes in the movie business is the one related to film distribution. Today, all around the world they only show the movies produced or sold by Hollywood studios or those produced in the country. Only American films get to be presented in premier movie theaters. Technology somehow compensate for this bias thanks to the DVD, the television and, above all, to the (legal or illegal) downloading of films off the Internet. Auteur films, art cinema, or simply the cinema that is not made or distributed by Hollywood, has ended up having, so to speak, a purely virtual medium, with the exception of film festivals, true non-virtual strongholds of resistance against Hollywood hegemony. Festivals are the only physical seat of alternative cinema (film libraries, film clubs, etc… reach out to a far smaller audience); it is the only place where the rest of the cinema can still reach a mass audience -even in its own scale- that generates a second movie market. Suffice it to say that there are fewer films premiered in Argentina in a year than in Mar del Plata and Buenos Aires film festivals combined. In addition, festivals are a meeting place for the world of cinema providing the opportunity to relate at a personal level, something that cannot be fully replaced by virtual reality. In the world of cinema, human contact is given by festivals and that contact, which includes the participation of spectators, is the driver of change and infuses energy into the movie-making business. Since they provide for such basic needs (an alternative to a mainstream program and human presence), festivals have noticeably proliferated. To program a festival, to choose what you want to show, is a way of practising criticism by other means. However, it requires a certain awareness of the purpose of that role. I cannot conceive of a programmer who is not critical and who, on the contrary, merely chooses a few films according to his/her own taste, which could be as good as the next person’s. To program is to intervene in culture and this calls for intellectual grounds, as opposed to the concept of the programmer as a wage-earning chooser. An artistic director, just like a museum curator or a theater director, is someone who has to suggest an editorial line and a conception of cinema and also to provide the festival with an organic structure that is capable of answering to that conception and of going beyond a mere accumulation of remarkable movies of the year. Otherwise, the task is impoverished, causing festivals to resemble each other and encouraging the circulation of the same films everywhere, contributing to the tendency of many programmers to follow the dominant opinion, which in turn has brought about the stagnation and the standardization of the so-called “independent” cinema which in fact is becoming more and more formatted and predictable as a response to the parameters set by a handful of European production companies.

RK: Cristina Nord’s conference suggested a certain stagnation of New Argentine Cinema; her analysis was based on a vaguely similar phenomenon that befell the development of the so-called New German Cinema. She argued that the world no longer showed the same interest in Argentine cinema for it was known to have passed its prime. Her diagnosis seemed to be valid but then came the future with some possible objections: Liverpool, by Lisandro Alonso, Leonera, by Pablo Trapero, Historia extraordinarias, by Mariano Llinás, Copacabana, by Martín Rejtman, just to mention a few. What should be said about New Argentine Cinema today? Do you see a somewhat analogous situation in other similar cinemas, such as in that of Mexico or Brazil? Do these films need the existence of festivals?

Q: A certain artistic stagnation and loss of initial freshness in new directors, a sort of vulgarization in recent years has affected Argentine cinema. And yet, some years are better than others and 2008 in particular does not seem to be one of the worst. Argentina has consolidated a production model that is based on getting a subsidy from INCAA and doubling and tripling it with the support of international co-producers, only to make movies that are much more expensive than they should have been, with the additional problems of creative laziness and aesthetic customization to fit the parameters this mechanism has set. The result is a paradox: movies are made for the festival circuit; however since these films are very much like one another, those same festivals end up rejecting them. In any case, Argentina is far better off than the rest of Latin America, where the standardization of products, a copycat tendency and manipulation for commercial purposes is even more noticeable. Unfortunately, the region produces a majority of films that are bound to remain within national borders or to become indistinguishable from the rest of the production made for international consumption.

RK: Burdeau’s exceptional lecture emphasized the general digitalization of the way in which we experience the world; in his view, Abbas Kiarostami’s The Wind will Carry Us and, The World by Zhang-ke Jia, were good examples of this. Later Rosenbaum knowingly analyzed the changes in film discourse in the digital era and finally the optimist Arroba defended the almost infinite access –a sort of radical democratization via Internet-, to all the cinema we are unable to see if we confine ourselves to the market logic and to distribution decisions. How do you see these mutations affecting distribution, the role of festivals, film criticism, production systems and modes of reception?

Q: Broadly speaking, one could say that there is an important aesthetic change with digital shooting, editing and viewing. The latter promises the utopia of democratization suggested in Arroba’s conference which will put the whole history of cinema just a click away. In any case, this already existing (though somewhat troublesome) increased supply is not accompanied by a qualitative progress in film culture that could parallel the boom of technical wisdom. We still do not fully grasp that making a movie now means making it available to an overwhelming majority world-wide, whereas in the past it used to be the property of a chosen few. At the same time, any film school graduate knows his business better than the average veteran of the previous generation. In addition, theoretical and academic studies on all aspects of cinema have dramatically proliferated. And yet that proliferation of knowledge does not translate itself into a richer, more rigorous and lucid understanding of the art of cinema.

I dare say you can rarely find a film director who knows the ropes and who is also technically knowledgeable, with a general understanding of his craft and a clear sense of his own aesthetic, professional and existential development. Filmmakers are filled with doubts about their path and their own worth, about the decisions that will lead them to develop a meaningful career. That is why criticism, understood as a dialogue with the artists, is becoming increasingly important at this moment of uncertainty. Of course, this uncertainty is shared by the critics themselves…

RK: Finally, I would like to ask you a question that is as simple as it is sharp, as bastardized as it is necessary: what is cinema? Bazin posed this question and answered it at a specific historical moment. In other words: what is cinema today, in this present time where anyone can shoot and the audiovisual is the matrix of our general knowledge?

Q: It is very impressive to think that André Bazin, who died in 1958, was perhaps the last thinker to have elaborated an enlightening and deep conception of cinema; a conception which, above all, was capable of influencing the manner in which cinema is made and of providing a framework to discuss the question, even against his own ideas. Maybe Godard is right and that type cinema, that is, that aesthetic, political, ideological and vital outburst that shook the world for fifty years, that discipline that arose from the most ordinary empiricism and grew more sophisticated at an amazing rate, has probably come to an end.  In other words, though in its death throes, the cinema of Griffith, Renoir, Ford, Ozu, Rossellini, Straub and Hong Sang-soo is probably over as such. And so the question “What is cinema?” should turn into “What was cinema?” and the answer is very clearly and beautifully put in the Histoire(s) du cinéma.

Or maybe Burdeau, one of our guests, is right when he announces that the digital era has put an end to the age of shots and has finally substituted it for the age of image. It is a very broad concept and in this view cinema becomes a concept in the making. Only then would there be a “cinema of tomorrow” willing to include television, video art and clip, animated design, American series and amateur movies from Saladillo. To think out cinema today is not clearly simpler or more productive than in Bazin’s times. But maybe it is necessary. Time will tell.

Foto: gentileza de La lectora provisoria (Izq: RK; centro: Quintín; derecha: el gran Marcelo Alderete).

LA PANTALLA GLOBAL: CULTURA MEDIÁTICA Y CINE EN LA ERA HIPERMODERNA

noviembre 27, 2009

LA ÉPOCA DE LA IMAGEN DEL MUNDO

por Roger Alan Koza

La obra de Gilles Lipovetsky, filósofo, sociólogo, acaso un heterodoxo antropólogo cultural, pasa por cartografiar las prácticas sociales del presente, que en el devenir cotidiano se resisten a ser pensadas, e investirlas de una inteligibilidad y ordenarlas, por consiguiente, en un relato total que dé una explicación de cómo vivimos. Este francés nacido en Millau en 1944, que estudió filosofía en el Liceo Michelet, nunca parece haber estado obsesionado por lo abstracto y la pulcritud platónica del concepto. Su programa filosófico no consiste ni en la contemplación de la verdad y sus secretas derivaciones contemporáneas, ni en la transformación (marxista y pragmatista) del mundo. La filosofía de Lipovetsky circunscribe su praxis a una descripción meticulosa del funcionamiento de un fenómeno excluyente: el individualismo contemporáneo.

 Desde La era del vacío (1983), pasando por El crepúsculo del deber (1992), hasta llegar a La pantalla global (2007), Lipovetsky no hace otra cosa que singularizar prácticas y localizar transformaciones conceptuales: sea la empresa, la ética, el feminismo, la moda, y ahora el cine, su interés se circunscribe a analizar una institución, una práctica, un estado de ánimo, como expresión de ese personaje conceptual al que denomina individualismo (democrático) y que sitúa en un estadio y relato global al que llama Hipermodernidad.

El punto de partida de La pantalla global es el siguiente: “El individuo de las sociedades modernas acaba viendo el mundo como si éste fuera cine, ya que el cine crea gafas inconscientes con las cuales aquél ve o vive la realidad”. Es una afirmación poderosa, pero que no está destinada a una defensa de la cinefilia o a una crítica de la hegemonía audiovisual de Hollywood. Lipovetsky entiende que el tiempo del cine como práctica e institución central ha concluido, pues ya se ha consumado lo que él denomina la cinematografización del mundo. ¿Una superación dialéctica hegeliana? Puede ser, aunque Lipovetsky rara vez cita figuras centrales de la filosofía (por el tema, la omisión de Heidegger es sospechosa). En efecto, la esencia del cine yace fuera del cine. Es que la experiencia del mundo está mediada por pantallas múltiples en donde circulan imágenes diversas. Pantallas gigantes y microscópicas, pantallas en los aviones, en los subtes, en los autos, en las paredes, en los bares, cuyo correlato es la proliferación de cámaras en cualquier espacio público y privado. Todo se filma, todo deviene en cine. En la “pantallasfera”, como dice el autor, o en la época de las “imágenes móviles”, como diría Peter Sloterdijk, un adolescente frente a un atardecer ya no dice “Qué hermosa puesta de sol”; dice más bien: “Qué buena imagen”. Este ejemplo sintetiza las 352 páginas, y un filme mediocre como Identidad sustituta (2009) es su mejor traducción audiovisual en cartelera.

Dividida en tres partes (“Lógicas del hipercine”, “Neomitologías” y “Todas las pantallas del mundo”), la primera sección es la que tiene relevancia estética y cinematográfica. Si bien el libro también está firmado por el crítico de cine Jean Serroy, el papel de éste parece haber consistido en constatar algunos problemas de las teorías del cine y la crítica y ver su relación con las preocupaciones filosóficas de Lipovetsky, además de suministrar títulos que funcionen como pruebas de las hipótesis del filósofo. Lipovetsky llega a proponer un concepto central: la imagen exceso: se trata de “más ritmo, sexo, violencia, velocidad, búsqueda de todos los extremos y también multiplicación de los planos, montaje a base de cortes, prolongación de la duración, saturación de la banda sonora”. Ya no se trata ni de pensar ni de soñar, sino de sentir, arrebatarse, colocarse con las imágenes. La imagen exceso configura nuestras sinapsis, ordena nuestra percepción y nos ejercita cognitivamente. El cine que todavía se ve en el cine le rinde pleitesía a esta modalidad de la imagen. Y sólo algunos “cineastas indisciplinados”, como Bartas, Jarmusch y Tarr, entre los citados, “construyen su obra fuera del régimen”.

La pantalla global es un libro discretamente apologista del régimen. Notable por divisar todas las mutaciones que conciernen a la cinemanía, o cómo el cine es una “matriz de lo que se expresa fuera de él”, propone sin decirlo un capitalismo total y audiovisual, en el que el cinéfilo y el espectador se sustituyen por un consumidor de imágenes, y en el que Hollywood opera como una máquina colosal de subjetivación colectiva. La inevitabilidad del fenómeno es concomitante a entender el capitalismo como el estilo de vida lógico (y necesario) en la evolución de nuestra especie. Nosotros, los animales narrativos de la Hipermodernidad, somos a imagen y semejanza de la mente de Griffiths y Spielberg. Un Yo devenido en estrella, o la única metafísica posible en un orden económico y simbólico en donde todo es mercancía.

La pantalla global: Cultura mediática y cine en la era hipermoderna, por Gilles Lipovetsky y Jean Serroy, Editorial Anagrama (Colección Argumentos), Barcelona, 2009, 352 páginas.

Esta crítica fue publicada en el mes de noviembre por el diario La voz del interior en su suplemento de cultura.

Copyleft 2009 / Roger Alan Koza

CONQUISTA DE LO INÚTIL

julio 31, 2009

UN TRAVELLING DE HERZOG

Por Roger Alan Koza

conquista-de-lo-inutil-herzogLos diarios son un género literario extraño. Un antiquísimo libro como Las confesiones es un antecedente de cómo desplegar (e inventar) la intimidad en prosa, reconociendo, a pesar del supuesto carácter de privacidad, un lector privilegiado, el Altísimo en el caso de San Agustín, y un imaginario lector desconocido, en el caso de cualquier escritor ligado a esta tradición literaria. Nadie escribe porque sí, y menos aún sin el deseo de que las pupilas de un Otro potencial reparen sobre las páginas que ya no están en blanco.

Los diarios de filmación no siempre suelen ser interesantes, y hasta cierto punto pueden ser insignificantes en términos literarios. Pero Conquista de lo inútil (Diario de filmación de Fitzcarraldo) más que un diario de filmación es la expresión subjetiva de Herzog. Abarca un tiempo específico (desde junio de 1979 a noviembre de 1981) y coincide, azarosamente, con los preparativos de una película y el rodaje de la misma.

No es cualquier película. Es Fitzcarraldo, una de las grandes películas de Herzog, en donde un hombre enamorado de la ópera atraviesa la selva peruana transportando un barco. Una empresa delirante, una proeza hiperbólica y ridículamente sublime. Leyendo las 272 páginas de Conquista de lo inútil más que aprender sobre los secretos de un rodaje se entrevé una mirada filosófica.

El cine de Herzog ha sido desde sus inicios una peregrinación en los límites de la civilización, lo que en su perspectiva es también un paso más allá de la razón. La locura, fenómenos extremos de la naturaleza, comunidades heterodoxas, utopías dementes constituyen los tópicos dominantes de su cine. Este diario abandonado, crónicas que Herzog describe como “paisajes interiores, nacidos del delirio de la jungla” y que revisita recién en 2004, momento en el que se publica, incluye transcripciones de un discurso filosófico desordenado aunque coherente en el que se destila una suerte de naturalismo darwinista poético cifrado en una curiosidad extrema, matizado por un pesimismo discreto. Dice Herzog: “La selva, exclusivamente en el presente, si bien está involucrada en el tiempo, permanece por siempre sin edad. Para todo ello algo como la justicia sería una contradicción”.

No obstante, el animal preferido de Herzog, tanto en el libro como en sus películas, es el hombre, esa criatura definida por el habla y el uso del pulgar. Herzog permanece atento a las diferencias culturales. La selva peruana, algunos viajes a países limítrofes de Perú, incluso ciertos pasajes en los que Herzog está en EE.UU. funcionan como datos empíricos para un ensayo lúdico sobre la naturaleza humana. “La vida, esa pasión inútil” (la pretérita provocación de Sartre) podría ser un lema de su escritura. Así, Kinski, el intérprete principal de la película, compite en importancia con la selva, las mujeres indígenas dan de mamar a los chanchos y a los perros, los resabios coloniales se materializan. Escribe Herzog: “Un sector de la asamblea se levantó con una hostilidad que yo sólo conocía por los relatos de antiguos navegantes, con la diferencia de que los nativos llevaban remeras con «John Travolta Fever» y «Disneyland»”.

Quienes busquen una meditación sobre el arte cinematográfico poco encontrarán en Conquista de lo inútil. El término plano, concepto cinematográfico por excelencia, rara vez es empleado por Herzog, excepto cuando imagina algunas panorámicas sobre la selva. Este diario de filmación contiene algunos chismes (sofisticados): Coppola, Jack Nicholson, Glauber Rocha, Syberberg, entre otros, aparecen en estas páginas, incluso Jagger, quien participó en el rodaje, aunque finalmente las escenas que involucraban al cantante de los Rolling Stones quedaron descartadas. Hasta el gordo Porcel y Olmedo forman parte del elenco impensable de este libro apasionante, un libro que conjura, en su lectura, “la fatiga de los hombres, la carga de los sueños y los suplicios del tiempo”.

Conquista de lo inútil (Diario de filmación de Fitzcarraldo), por Werner Herzog, Editorial Entropía, Buenos Aires, 2008, 272 páginas.

Esta crítica fue publicada por el diario La Voz del Interior durante el mes de julio 2009.


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